Capítulo 3
Livia parpadeó varias veces antes de abrir los ojos.
Se sentía terriblemente cansada aunque no recordaba por qué.
La cabeza le daba vueltas y sentía un ligero malestar en el estómago.
Suspiró y volvió a cerrar los ojos. Estaba tumbada sobre algo suave.
Tal vez estuviera en el cielo, aunque no recordaba haberse muerto.
No importaba. Le gustaba flotar encima de aquella nube de algodón.
En el aire flotaba un olor a cerrado mezclado con naranja.
¡Vaya! El cielo era un lujo. Volvió a abrir los ojos y miró el techo.
Era azul. «Por supuesto, tonta. Todo en el cielo es azul.»
Descubrió que no estaba tumbada sobre una nube de algodón sino sobre una cama enorme con sábanas azules también. Livia las tocó y descubrió el tacto de la seda. Dios era muy generoso con sus huéspedes. Pobres pecadores…
Aunque algo marchaba mal. Se suponía que en el cielo no existía el dolor pero a ella le estallaba la cabeza.
Se incorporó despacio y maldijo su decisión porque el dolor de cabeza aumentó aún más.
Consiguió mantener el equilibrio y echó un vistazo alrededor.
Estaba en una habitación enorme, pintada de un azul celeste.
Había un gran armario y, cuando Livia lo inspeccionó, se quedó asombrada ante la cantidad de vestidos, bolsos y zapatos que contenía.
Desprendían ese típico olor a nuevo que a Livia le encantaba.
Ese armario era digno de una princesa. Se dirigió al tocador blanco y lo examinó.
Los cajones estaban llenos de cepillos para el cabello y numerosos frasquitos.
Livi cogió uno de ellos, lo destapó y el inconfundible olor a cerezas inundó la habitación.
Se llenó los pulmones de ese magnífico aroma.
También había una preciosa cajita de madera pero Livia no la abrió.
Ya había husmeado bastante en la intimidad de la princesa que ocupaba el cuarto.
Se miró en el gran espejo cuadrado que colgaba en la pared, encima del tocador y arrugó la nariz al verse.
No parecía una señorita. Llevaba la misma ropa manchada de barro y su pelo estaba totalmente enredado.
Intentó peinarlo con los dedos pero los bucles no se asentaban. Odiaba su cabello, siempre tan rebelde.
Livia se acercó un poco más al espejo y se tocó la frente. No lo había observado pero había una pequeña tirita justo encima de la ceja derecha. Se la quitó y vio una pequeña herida, como un corte. No recordaba habérsela hecho.
Colocó la tirita en su sitio. Echó un último vistazo a la gran cama y se dispuso a salir de la habitación pero la puerta estaba cerrada.
Livia forcejeó con el pomo pero en vano.
¿Por qué la habían encerrado? Miró la ventana adornada con cortinas blancas y suspiró resignada.
Tendría que salir por ahí. Seguramente aquello era una broma de Sandu.
Él y sus bromas pesadas…Su mejor amigo era un cielo pero cuando se lo proponía, la sacaba de sus casillas. Y eso era muy fácil.
Abrió la ventana pero cuando se asomó no vio las huertas ni el campo.
Miró hacia abajo y sintió vértigo. No podía saltar desde allí.
Olió el aire que estaba impregnado de gasolina y un olor a tocino que hizo que a Livia le crujieran las tripas.
Había edificios. Muchos edificios. Casas de varias plantas.
Y lo que se veía abajo en las aceras no eran animales, ¡eran personas! ¡Y ese pitido que no cesaba!
Livia cerró de golpe la ventana. Edificios, aceras, coches…En el pueblo no había coches. Ni edificios. En el pueblo no olía a gasolina\…
Volvió a abrir la ventana y recorrió la calle con la mirada.
No podía saltar y salir ilesa. Calculaba que estaba en un segundo piso.
Podía gritar y pedir auxilio pero nadie le haría caso.
Había un pequeño cartel en una de las casas de enfrente y Livi forzó la vista para leerlo.
Decía así: «Restaurante Pequeño Paris. Bienvenidos a Bucarest.»
Livia asimiló la última palabra. Bucarest. Los recuerdos volvieron de golpe a su mente. La visita de aquel extraño mayordomo que decía venir de parte de no se quién. Hablaba de protección, de su padre…Y ahora estaba en Bucarest.
Una fría calma se apoderó de su cuerpo mientras miraba al vacío.
El desgraciado la había secuestrado y la había traído a Bucarest a la fuerza.
Y lo que es peor, estaba segura de que la había golpeado para que perdiera el conocimiento y facilitar su tarea.
Bien. No podía saltar y no podía salir de la habitación.
Se dedicaría a esperar. Se sentó en el alfeizar de la ventana.
No tuvo que esperar mucho, ya que a los diez minutos más o menos, se abrió la puerta y una mujer regordeta, de rostro amable entró en la habitación, y con ella, un aroma a manzana.
—Santo cielo, señorita, apártese de la ventana —le dijo con voz suave —. ¿Acaso quiere matarse?
Tenía el pelo completamente blanco y un rostro afable. Sus pequeños ojos marrones derrochaban simpatía y amabilidad. Livia no habló y se dedicó a observar a la anciana. Parecía buena persona aunque su padre le había enseñado a no fiarse de nadie, ni de su propia sombra.
—Soy Greta —se presentó la anciana, acercándose —. Ama de llaves, cocinera, niñera…lo que haga falta.
Livia se bajó de la ventana y le dirigió a la mujer una mirada glacial.
—Quiero, no, exijo ver al responsable de que yo esté aquí.
—Señorita, me temo que nada sé de este asunto. Es más, no sé quién es usted y quién la ha traído. Yo solo cumplo la orden de venir a buscarla.
Livia decidió abandonar la actitud fría. La mujer no sabía nada. Sus ojos estaban confusos y llenos de sorpresa.
—Un tal Grigore me secuestró. Sospecho que me pegó en la cabeza para dejarme inconsciente.
Greta sonrió cálidamente y negó con la cabeza.
—Señorita, Grigore no es capaz de matar ni una mosca. Es el ser más noble que conozco.
—Pues esta herida no me la hice yo sola a propósito —dijo Livi señalándose la tirita de la frente. Empezaba a ponerse nerviosa.
—Deje que se la vea —dijo la anciana, mostrando preocupación.
—Mire, señora —Livia le apartó bruscamente la mano —me da igual quién sea usted o ese tal Grigore. Quiero que me dejen salir de esta casa.
Greta asintió firmemente.
—Por supuesto. Yo misma la llevaré ante Víctor. Pero debería cambiarse. Tiene muy mal aspecto. No es digno de una señorita.
Livia bufó.
—Yo no quiero ser una señorita. Quiero irme.
—De acuerdo —cedió la anciana —. Vamos.
Sacó una pequeña llave plateada del bolsillo y, tras salir de la habitación, volvió a cerrarla.
—¿Por qué no la deja abierta? —preguntó Livia con recelo.
—Porque nadie la utiliza.
Livi percibió cierto temblor en la voz de la anciana. Los vestidos y los perfumes demostraban todo lo contrario. Alguien ocupaba esa habitación o lo había hecho anteriormente.
La anciana la condujo a través de un amplio pasillo pintado también de azul aunque este era un azul marino.
Al parecer, en esa casa eran adictos al color azul.
No había ningún cuadro que adornara las paredes ni siquiera un jarrón de flores.
Todas las puertas lucían y Livi no pudo resistir la tentación de tocarlas.
Estaban hechas de roble. Se le daba bien reconocer los tipos de madera ya que Stefan, su padre, había sido carpintero.
Contó unas siete puertas en todo el pasillo.
Sin embargo, la casa parecía tan vacía, como si no hubiese vida en ella.
Livi sintió un escalofrío que le subía por la nuca y se dio la vuelta.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó Greta, mirándola con sus ojos marrones.
Livi asintió pero aún seguía sintiendo ese frío en la nuca.
Bajaron una enorme escalera y ahora se encontraban en un recibidor.
Había una mesita y unos confortables sillones.
Greta torció a la derecha y se paró frente a una gran puerta.
Tocó suavemente y entró sin esperar respuesta.
Livi hizo lo mismo y tuvo que parpadear varias veces al penetrar en la estancia.
Un fuerte olor a puro la inundaba e hizo que a Livi le escocieran los ojos.
Observó las paredes recubiertas de estanterías enormes que llegaban hasta el techo.
Gruesos tomos las llenaban y Livi sintió un hormigueo en los dedos.
Le encantaban los libros. En el centro de la estancia había una mesa llena de papeles.
También habían dispuesto un sofá que parecía bastante confortable y unos sillones.
En uno de ellos había un hombre sentado.
Fumaba un puro y soltaba volutas redondas de humo.
Livi calculó que tendría unos cincuenta y cinco años, más o menos.
En su cabello dominaban las canas pero aún guardaba algún atisbo de color negro.
Su rostro era duro, con una nariz recta y unos finos labios que parecían dos líneas rectas.
Cuando miró a Livi con sus ojos negros, la joven se sintió pequeña.
Ese hombre la intimidaba. Livi se sintió incómoda al ver que la miraba con detenimiento.
—Greta, dile a Grigore que venga —. ordenó con voz dura.
—Eso, que venga —masculló Livi entre dientes.
Greta desapareció dejándola sola con aquel misterioso hombre.
—No pretendo ser maleducada —empezó diciendo Livi —pero exijo que me dejen salir de aquí.
—Hablaremos de ese asunto los tres —repuso el hombre.
Se escuchó un golpeteo en la puerta y Grigore entró. Livi sintió que la sangre le hervía pero, antes de que pudiese decir nada al mayordomo, el patrón dijo:
—Quiero que os sentéis los dos. Y usted, muchachita, no hará nada de lo que está pensando.
Livi le dirigió una mirada llena de enojo que solía funcionar con Sandu pero, al parecer, con este hombre no. La había llamado «muchachita». Un término claramente despectivo.
Grigore se sentó en el sofá y cruzó las piernas. Evitaba mirar a Livi y bien que hacía.
—¿No gusta sentarse? —le preguntó el patrón a Livia.
—No —replicó secamente esta. Levantó la barbilla desafiante y soltó sus quejas—: Mire, señor, este hombre me agredió y me secuestró. Así que, si no quiere que este asunto llegue a manos de las autoridades, será mejor que me suelte enseguida.
Los ojos del patrón chispearon divertidos. Livi estaba realmente indignada. ¡Se estaba divirtiendo a su costa!
—¿Es eso cierto, amigo mío? —le preguntó a Grigore —. No conocía esa faceta tuya.
El mayordomo negó enérgicamente.
—Señor, yo solo cumplía sus órdenes.
—Mis órdenes no eran pegarla hasta que perdiera el conocimiento —dijo divertido el señor.
—Señor, yo intentaba administrarle una dosis de triclorometano cuando la joven tropezó y se golpeó la cabeza contra la mesa.
—¡Yo no soy tan patosa! —protestó Livia —. ¡Jamás en mi vida he tropezado!
Bueno, eso no era del todo cierto. De pequeña llevaba siempre magulladuras en el cuerpo. Las piedras y el barro no ayudaban mucho si jugabas al pilla pilla.
—Siento discrepar, señorita —dijo suavemente Grigore —pero tropezó. Ni siquiera hizo falta aplicarle el triclorometano.
Livi estaba muy, muy furiosa y eso no estaba nada bien.
—Mire usted —se dirigió al patrón con frialdad, ocultando muy bien su ira —esta situación es muy violenta. ¿Triclorometano? ¿Qué demonios es eso?
—También llamado tricloruro de metilo —dijo Grigore.
—Sigo igual.
—Cloroformo —explicó Grigore —. Se utiliza para adormecer, anestesiar, como usted desee llamarlo.
—Ya —. Ella misma había utilizado el cloroformo con sus animales de vez en cuando. Sobre todo para las operaciones.
—Aclarado el asunto de su herida, creo que deberíamos centrarnos en el meollo de este asunto —dijo el patrón.
—Es la única cosa inteligente que he oído en todo el día —comentó Livi.
—Bien —empezó el hombre —yo soy Víctor Stanescu, dueño de esta casa. Grigore es mi mayordomo. Yo le dije que te fuera a buscar.
Las palabras de Grigore resonaron en la cabeza de Livia. «Protección porque una gran amistad lo unía a tu padre.»
—Usted afirma haber conocido a mi padre —repuso Livia —. Pero yo no recuerdo que él lo haya mencionado a usted.
Víctor sonrió amargamente.
—La gente cambia, señorita Livia. Me temo que ese fue nuestro caso. Pero, ciñámonos al asunto principal.
Livi se cruzó de brazos.
—Conocí a su madre —continuó Víctor —. Una espléndida mujer.
—Yo no tuve ese privilegio.
Víctor notó que la tristeza había acudido a los ojos de la joven.
—Su muerte fue un hecho lamentable. Imagino que debió ser muy duro para Stefan criarte solo, sin una presencia femenina —hizo una pausa al ver que la tristeza de los profundos ojos cobalto de Livia había desaparecido para dar paso a una mirada glacial —. Sin embargo, hizo un maravilloso trabajo.
Livi esbozó una débil sonrisa. Su padre había sido el mejor de todos.
Padre y madre a la vez. Su madre había muerto poco después de que ella naciera por la tuberculosis y Stefan se había hecho cargo de ella.
Víctor tenía razón. Había hecho un trabajo estupendo.
Pero la vida era muy injusta y también se lo quitó.
La maldita tuberculosis de nuevo. Hacía tan solo un mes que había muerto.
Livi aún esperaba verlo volver de las caballerizas.
Seguía poniendo dos platos a la hora de comer, le preparaba el café por la mañana.
Pero su padre nunca acudía. La dejaba sola, merodeando como alma en pena.
Las lágrimas asomaron a sus ojos e hizo un gran esfuerzo por no soltarlas.
—Lamento mucho su muerte —dijo Víctor con pesar.
—Gracias —musitó Livia.
—¿Te importa que te tutee? —preguntó Víctor. Antes de que Livi pudiera contestar, siguió —Antes de morir, tu padre se puso en contacto conmigo.
Víctor se levantó y se sirvió un brandy de una mesita llena de botellas situada junto a la ventana.
—Quería que yo cuidara de ti.
El asombro se plasmó en el rostro de Livi.
—¿Por qué haría mi padre una cosa así? Él sabía que yo soy fuerte, capaz de cuidar de mi misma.
—Era consciente de que no le quedaba mucho tiempo y necesitaba saber que, tras su muerte, estarías a salvo.
—¿A salvo de qué?
Livi sintió que los pies empezaban a dolerle y consideró la idea de sentarse pero la desechó enseguida ya que tendría que sentarse junto al insolente mayordomo y eso le ponía la tensión por las nubes.
—De la Guardia de Hierro —respondió Víctor.
Livi sintió un escalofrío similar al hielo cuando te lo deslizan por la espalda.
La Guardia de Hierro. Los encargados de «limpiar».
Recordó lo que su padre le había contado sobre sus legionarios.
Tenían fuertes convicciones fascistas, ultranacionalistas y además, eran antisemitas.
Mataban a los judíos. Destruían casas, negocios, sinagogas, todo lo relacionado con los judíos.
Por donde pasaba la Guardia de Hierro pasaba la muerte.
—Estoy seguro de que sabes cuál es la situación actual del país.
Rumanía era aliada de Alemania e Italia. Era difícil no saberlo.
—Pero eso no tiene nada que ver conmigo, señor —dijo confundida Livia —. No hay razones para que me quieran matar o robar o lo que sea.
Víctor le dirigió una mirada a Grigore y le preguntó:
—¿No le dijiste el motivo principal por el que quería que viniera?
—Señor, pensé que era mejor que se lo dijera usted. Es el más indicado.
—¿Decirme qué? —inquirió Livi con recelo.
Víctor suspiró.
—Hay una razón por la cual la Guardia de Hierro podría matarte.
—Espero poder sobrevivir tras oírla —dijo Livi sarcástica.
—Eres judía, Livia. Judía.