Capítulo 2
Grigore avanzaba despacio, hundiendo los pies en el barro que le llegaba hasta los tobillos.
—Maldito pueblo —dijo entre dientes—. Alguien debería decirles que existe el cemento.
El aire olía a caballos y a vacas. Aquello estaba muy lejos de la civilización.
Seguramente, la gente de aquel pueblo era igual: inculta y grosera.
Claro, pensó disgustado, para tratar con animales no hacía falta ser amable.
Le habían dicho que la muchacha vivía en una casita blanca, pero ¡maldición!
, en aquel pueblo todas las casas eran blancas.
Grigore miró alrededor y dio gracias a Dios cuando vio a un hombre quitando el barro de enfrente de su casa.
—Perdone, buen hombre.
El campesino levantó la mirada y la posó en el forastero.
—Usted no es de aquí —le espetó—. ¿Qué quiere?
Grigore se echó para atrás cuando vio la mirada feroz del hombre, que apretaba con fuerza la pala. Iba a morir asesinado por un bruto. Después lo cortaría en pedacitos y los cerdos comerían su carne...
—¿Qué quiere? —repitió el campesino casi gritando.
Grigore despertó de sus terribles pensamientos. Intentó sonreír, pero solo le salió una mueca.
—Estoy buscando a la señorita Livia Petrovici —dijo tembloroso—. Me han dicho que vive en una casita blanca, pero aquí todas las casitas son blancas. ¿Sería usted tan amable de indicarme el camino?
El campesino se acercó despacio a Grigore y lo examinó. Un hombre con traje y zapatos de piel buscando a Livia. No era algo muy normal. Y ¿qué era aquello que veía en los ojos del forastero? ¿Miedo? Desde luego. Pensó en divertirse un poco y puso su mejor expresión terrorífica cuando le preguntó:
—¿Para qué quiere ver usted a Livia?
—Bueno... —tartamudeó Grigore—. Es un asunto algo complicado.
—Estoy seguro de que Livia no tendrá inconveniente en que yo también me entere de ese asunto —se apoyó en la pala y le clavó sus pequeños ojos negros.
La mente de Grigore empezó a fabricar imágenes del campesino cortándole las manos y las piernas. El campesino vio que el color desaparecía del rostro del forastero.
—Oiga, ¿se encuentra bien? —le preguntó bruscamente.
«Padre nuestro que estás en el cielo —rezaba Grigore mentalmente—, manda a tus arcángeles para que me cuiden.»
—Ion, necesito que me ayudes con Alba. Está a punto de parir —dijo una voz femenina detrás de Grigore.
Este se dio la vuelta y se encontró con una muchacha alta.
Parecía delgada, aunque los anchos pantalones y los jerséis que llevaba no dejaban ver su cuerpo.
Su ropa estaba llena de manchas de barro.
Grigore miró con envidia sus botas de goma, pensando en sus propios zapatos de piel ya impregnados de mugre.
Un gorro le escondía el cabello, pero sus ojos eran preciosos, de un azul cobalto intenso.
Poseía una nariz pequeña y una boca con los labios más bonitos que Grigore había visto en su vida.
La muchacha era hermosa. Grigore se dio cuenta de que se había quedado embelesado mirándola y apartó la vista rápidamente.
—Livi, querida, este señor te busca, aunque no quiere decirme por qué.
Así que esa era Livia... Grigore volvió a mirarla. Sin lugar a dudas, el parecido era enorme. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
El rostro de Ion se suavizó por completo y ahora sonreía de oreja a oreja, disfrutando del miedo del forastero. Livia miró al extraño con curiosidad. Un hombre alto, canoso y tan elegante, en un pueblo como el suyo, llamaba la atención.
—Ya me ha encontrado —anunció Livia—. ¿Para qué quiere hablar conmigo?
Grigore se presentó amablemente.
—Señorita Petrovici, estoy tan feliz de haberla conocido. Soy Grigore Laboșa*, un humilde mayordomo.
En cuanto Ion oyó el apellido de Grigore, estalló en risas. Livi le dedicó una mirada desaprobadora.
—No se preocupe, señorita, estoy acostumbrado —dijo Grigore—. Me pregunto si podemos hablar en un sitio más privado.
Livi contuvo la risa. El pobre hombre parecía desesperado por escapar de las miradas asesinas de Ion.
—Vayamos a mi casa —le sugirió Livia—. Ion, ¿puedes ir a ver a Alba? Petre está con ella.
*Laboșa es una forma vulgar de decir «olla» en rumano.
Este asintió y, antes de irse, le dijo a Grigore:
—Cuidado con lo que hace si no quiere que le corte los miembros.
Se marchó, y Livi oyó que Grigore suspiraba, seguramente aliviado por perderlo de vista.
—Sígame —le ordenó a Grigore—. Tenga cuidado con el barro, es muy resbaladizo. Anoche llovió a cántaros.
Echó a andar apresuradamente. Iba a llover otra vez. Las nubes se estaban amontonando sobre el pueblo. Llegaron enseguida. Era una pequeña casita blanca con una puerta azul de madera. Livi entró primero y después le indicó a Grigore que hiciera lo mismo.
—No se quede ahí parado. Pronto empezará a llover.
Grigore entró y observó la estancia. No era muy grande: había una mesa, dos sillas y una chimenea de barro. El mayordomo vio una pequeña puerta que daba a otro cuarto.
—Siento no poder recibirle con más lujos —se disculpó Livia—. No estoy acostumbrada a las visitas.
Se quitó el gorro y una mata de pelo negro le cayó por la espalda formando bucles.
—Bien, ¿le ofrezco algo de beber? ¿Agua? ¿Leche? —Livia se pasó la mano por el cabello—. Supongo que usted estará acostumbrado a otro tipo de bebidas.
—Un vaso con agua me vendría bien, gracias.
Grigore sentía la boca seca. En parte se sentía nervioso por el encuentro con ese campesino al que ya consideraba un asesino en potencia, y en parte por conocer finalmente a la señorita Livia.
Parecía una joven educada. Grigore se preguntó si lo seguiría pareciendo cuando le dijera la razón de su visita.
Livia volvió con el vaso de agua y Grigore se lo tomó sin respirar. La muchacha cogió una silla y se sentó a horcajadas enfrente de Grigore. Ese hombre le parecía gracioso. Ion le había dado un susto de muerte. Muy pocos sabían que, detrás de ese duro careto de campesino malo, había un gran corazón.
—Bien —dijo Grigore, armándose de valor—. Señorita Livia, antes que nada, déjeme decirle que es usted una mujer muy bella.
—Gracias —Livia empezó a golpear el respaldo de la silla con los dedos. Podía ser muy bella, pero carecía de paciencia.
Grigore se humedeció los labios.
—Estoy aquí para hablarle de un asunto complicado. Como ya le he dicho, soy mayordomo en casa del señor Víctor Stanescu. ¿Le suena el nombre?
Livia negó con la cabeza.
—Lo suponía —siguió Grigore—. El señor Stanescu era amigo de su padre, que en paz descanse.
Livia se puso rígida.
—Mi padre no me comentó nunca que fuera amigo de ese hombre. De hecho, solo tenía amigos aquí, en el pueblo.
—Bueno, es que era una amistad muy íntima —Grigore empezó a retorcerse las manos—. Verá, señorita, esto es muy raro...
—Suéltelo ya, por Dios —gruñó Livia—. Tengo cosas mejores que hacer.
—Disculpe, sí. Seguramente tendrá que ayudar a su amiga Alba, ¿no? Dijo que está a punto de parir.
—Alba es una vaca —repuso Livia secamente—. Ahora bien, o lo suelta ya o llamo a Ion para que le corte los miembros. Usted decide —dijo con una gran sonrisa.
La amenaza surtió efecto. Grigore cogió aire y soltó lo que tenía que decir sin respirar.
—Debido a la gran amistad entre su padre y mi amo, usted tiene que venir conmigo a Bucarest. Mi patrón quiere protegerla. Debe protegerla. Usted, aquí, tan sola y desamparada, corre peligro. Así que, por favor, venga conmigo y no llame a su amigo el cortador de miembros.
—Ajá —Livia se levantó y empezó a caminar, intentando asimilar lo que el mayordomo le había dicho—. Primero, yo no estoy sola y desamparada. Tengo a la gente del pueblo.
—Sí —convino Grigore con una risita nerviosa—, he visto que es usted muy querida por estos lares.
—Segundo —continuó Livia, mirándole fijamente—, no necesito que nadie me proteja. Tercero, no pienso moverme de aquí, así que ya puede darse la vuelta por donde vino y darle mi mensaje a su señor.
—Pero, señorita —empezó Grigore—, está en juego su vida.
Livia sintió que le subía la tensión.
—Yo nací aquí, me crié aquí. Esta es mi vida. No veo por qué razón deba irme con usted. Ni siquiera lo conozco a usted, ni a su señor tampoco.
Se dirigió a la puerta y la abrió.
—Le agradezco la visita, pero ya se puede marchar. Yo no necesito que nadie me proteja.
No era fácil convencer a la muchacha. Pero tenía órdenes precisas de llevarla, aunque fuera a rastras. «Plan B», pensó Grigore.
—Señorita, una última pregunta. ¿Cuánto dura el parto de una vaca?
—¿Qué? —preguntó Livi, sorprendida.
Grigore se levantó y avanzó hacia ella despacio.
—Lo siento, muchacha, pero es necesario.
—¿Qué siente?
Livia dio unos pasos hacia atrás, de repente temerosa de lo que aquel hombre pudiera hacerle.
No escuchó su respuesta porque la imagen se tornó negra y se sintió desvanecer.