Epílogo
Sorcha
La Candelaria de este año amaneció con nieve vieja en las lomas y la mesa grande puesta desde la víspera, porque el término se cobra el dos de febrero y en esta casa los términos han vuelto a ser lo que fueron: el día en que el valle se junta a contar delante de todos.
Cobré poco y lo cobré despacio, que las dos cosas eran el lujo.
Seis casas con techo pagaron su renta chica del primer año, más de símbolo que de plata, un cordero por casa o su valor, y cada cabeza de familia puso lo suyo sobre la mesa y dijo su nombre para el libro, y yo lo asenté con Tormod al lado mojando la pluma de más, porque a mi tío la letra le mejora cuando lo que escribe engorda a alguien.
La viuda de la casa cuarta pagó en madejas hiladas, doce, del pardo bueno, y hubo un silencio corto de los de antes, de los de la vergüenza, hasta que Tormod cogió la primera madeja, la sopesó como se sopesa la plata y dictó para el libro: «Renta del año, pagada en género de ley, con estima de sobra».
La mujer se sentó a la mesa con la espalda nueva.
Un libro también sirve para eso, si lo lleva quien debe: para enderezar espaldas por escrito.
El invierno dejó. Las seis estaban. Hay años en que la mejor cifra de un libro es que no falte ningún renglón.
La casa no cupo en sí desde mediodía. Vino el brezo entero, que ya no se llama así más que de cariño, porque el brezo era el destierro y ahora es la ladera; vino Oighrig la primera con dos calderos y el mando de mi cocina, que se lo cedo una vez al año por estrategia; vino Marsaili desde la otra casa con su levadura y su modo de reñir a las mozas ajenas como propias, de visita según ella, inspeccionando según todos; y Beitris trajo tortas para el doble de los que éramos, que es como bendice ella una mesa, y discutió con Oighrig por el sitio de los calderos, y perdieron las dos y ganamos los demás.
Dòmhnall pasó la tarde en el banco del fuego con los críos más chicos alrededor, enseñándoles a hacer nudos de red con sus dedos de invierno, nudos de los de coger peces, decía, que son los únicos que un hombre debe enseñar, y los críos no sabían por qué la casa se quedaba un poco callada cuando lo decía, y no hace falta que lo sepan.
Para eso se refunda un valle: para que haya cosas que los críos no sepan.
Mairead, que ya me llega al hombro y lleva el celemín como una mujer, me ayudó con el libro toda la mañana, y a la tarde la encontré contando la casa por su cuenta, con el dedo, ventana a ventana, gente a gente, y le pregunté qué contaba, por oírselo.
—Bocas —dijo, seria, que ha salido a su padre—. Me salen cuarenta y una.
Cuarenta y una bocas comieron en mi casa el día del término. Lo asenté en el libro del común, en la columna ancha, con fecha y sin más, y si algún escribano del futuro encuentra ese asiento y no entiende qué renta es esa, peor para él.
A media tarde los críos bajaron al vado a resbalar por el hielo de la orilla, con Mairead de capitana y el crío del estandarte de teniente, y los mayores salimos al frío a mirarlos con las jarras en la mano, como se mira el ganado propio, y nadie dijo que los términos de esta casa han cobrado de todo, porque no hacía falta y porque los días buenos no se gastan en decir de dónde vienen.
El vado sonaba a risa y a hielo chico. También para eso se guarda un vado.
Por la noche, con la casa vaciándose a farolillos ladera arriba y el vado sonando a hielo chico, hice el cierre del día como lo hago siempre, que los oficios no se jubilan: la plata en el arca del común, el libro cuadrado, la lumbre cubierta, los cerrojos.
Me quedé un momento con el libro nuevo abierto, el del segundo año, con sus columnas en blanco esperando primavera, y pensé que llevo la contabilidad más rara de este reino: un libro donde no hay columna para lo que falta, porque no falta nadie que no esté ya contado en otra parte, y donde lo que sobra no cabe en columna ninguna.
Habrá que inventarle una. Tengo tiempo. Firmé el término, sequé la pluma y subí a acostarme a una casa caliente, que son las cinco palabras más ricas que sé escribir.
Cailean
Mi parte del día del término, por si algún año hace falta: amaneció quieto, el vado con hielo de orilla que cedió a mediodía, el camino de Perth abierto, cuarenta y una bocas en la casa según recuento ajeno que no discuto, sin novedad en el paso, sin novedad en el prado, y dos novedades en el resto que sí asiento.
Antes, el inventario de lo mío, que un soldado pasa revista aunque la guerra se acabe: el arcón de hierro está al pie de la cama y guarda papeles de dos casas, traslados, recibos y una carta de cinco palabras que conservo porque las pruebas se guardan aunque el pleito haya muerto; la manta de viaje cuelga de su clavo y este año ha salido dos veces, a Perth y a una borda con nieve, que es lo que debe viajar un hombre con casa; y la espada tiene su sitio, del que hablaré luego.
Tres cosas me reservé de una herencia entera.
Ninguna está de adorno. Ese era el trato conmigo mismo y se cumple solo, que es como mejor se cumplen los tratos.
La primera fue por la mañana, en el corral, donde el crío del estandarte me vino a pedir la vara grande para aprender a sondear el vado en deshielo, y me llamó por mi nombre entero, el nuevo, el de esta casa, sin pensarlo, como se llama a lo que siempre se ha llamado así.
Llevo el apellido desde abril y me lo han dicho ya muchas bocas, pero hay una edad de las bocas que no regala nada: los críos nombran el mundo como es.
Ese día supe que era como es. Le di la vara y le enseñé el sondeo, tres toques y el peso después, como me lo enseñaron a mí en esta misma agua, y no dije de quién lo aprendí, y él no preguntó, porque ya lo sabe todo el valle y a nadie le estorba.
Las cuentas bien pagadas dejan de ser historia y se vuelven oficio.
Es lo más parecido al perdón que conozco, y sobra con ello.
La segunda fue por la noche. Bajé el último a cerrar, como bajo siempre, la ronda corta de un soldado con plaza: las bestias, el cerrojo, la lumbre cubierta con su ceniza encima, guardando brasa para el alba.
Sobre la lumbre, en el muro, cuelga la espada de su padre, horizontal, engrasada, con su mella sin amolar, que las mellas son la letra de las espadas y esa letra ya la lee esta casa entera.
No está cazada, como estuvo seis años en otro muro.
Está de guardia. Hay una diferencia y se ve a simple vista, aunque no sabría escribirla: quizá que aquí nadie la exhibe y todos saben dónde está.
Salí un momento al frío antes de subir, por el gusto de entrar dos veces.
La ladera tenía sus luces, seis y la del común, cada ventana con su lumbre detrás, y me sorprendí contándolas, que es oficio de mi mujer y en esta casa los oficios se pegan: la del común alta y gorda, la de Oighrig con su rescoldo tacaño de mujer que administra, la de la viuda de las madejas encendida más tarde que ninguna, que las espaldas enderezadas gastan candil, y las tres nuevas ladera arriba, chicas y tercas, aprendiendo a ser casas.
Me salieron todas. Hubo un tiempo en que la mujer que duerme arriba contaba tejados que ya no estaban y le salían siempre los mismos.
Yo cuento lumbres que sí están. Es la misma cuenta con el signo cambiado, y cambiarle el signo a una cuenta así cuesta lo que cuesta un valle: lo sé de primera mano, que llevo el libro de gastos en el cuerpo.
Hubo un hombre que volvió a esta tierra con un arcón de hierro, una carta de cinco palabras y una deuda que no sabía nombrar.
Ese hombre tiene hoy un vado que guardar, un apellido que velar, una casa que da pan y una mujer arriba que deja el candil encendido, no porque me pierda: porque me espera.
No he tomado nada en este valle. Me lo han ido dando todo, por su orden, con recibo.
Subí, cerré la puerta de mi casa por dentro y di el parte donde se dan los partes que importan, en voz baja, a quien monta la guardia:
—Sin novedad.
—Sube esa novedad a la cama —dijo ella.
Obedecí. Es mi mejor oficio de los nuevos.