Escena extra
La noche de la cañada — Cailean
Aquella noche no hizo falta la fórmula.
Subí de cerrar el vado con el último farol del común ya apagado y los arrieros roncando en el prado su jornal ganado.
Traía todavía en la palma el peso del primer peaje de este valle, la plata chica contada dos veces y guardada en el arca con su asiento, y hay pesos que se le quedan a la mano un rato después de soltarlos, como el del arma al licenciarse: el cuerpo tarda en creerse las paces.
Hice mi ronda corta, las bestias, el cerrojo, la lumbre cubierta con su brasa guardada, y subí la escalera de mi casa oyendo el agua del vado trabajar a oscuras, que es el mejor parte que da esta tierra.
Cuando entré en el cuarto ella estaba sentada a los pies de la cama deshaciéndose la trenza, con el candil en el arcón y el pelo cayéndole por tandas, y me paré en la puerta a mirarlo caer, que es un derecho que tengo comprado con luz y por el que pagaría dos veces.
Me dejó mirar sin darse prisa, sabiéndolo, que también eso es suyo: convertir en regalo lo que otra guardaría.
Dos años pedí permiso por parcelas. No me quejo del precio: era el justo, y lo pagué aprendiendo, y la lengua vieja me prestó sus dos palabras para pedir como se debe, y esas dos palabras me abrieron un país que no se conquista.
Pero los puentes de guerra se desmontan cuando la paz los deja en tierra firme, y esa noche, con el primer peaje del valle en el arca y el primer rebaño en el prado, los dos supimos sin decirlo que el puente había cumplido.
No se borró. Las cosas que han cumplido no se borran, no se van como si nunca hubiera sido: se retiran con honores, como una bandera que ya trajo a su gente a casa, y se guardan donde se guardan las banderas, a mano, por si el mundo vuelve a romperse.
No volvió a hacer falta. Esa es toda la historia de la fórmula, y es la mejor historia que sé.
Se levantó ella y vino descalza por la tarima nueva, que ya no cruje porque la clavamos a conciencia y cruje igual un poco, lo justo para avisar de lo bueno, y nos encontramos a medio cuarto, que es donde se encuentran los que ya no negocian.
Me desató la camisa como la desata desde el invierno, sin teatro, por el orden de los cordones, y yo le solté el resto del pelo con las dos manos hasta los codos, mi parcela primera, la que pedí con la voz rota una noche de farol, y ninguno preguntó nada porque las preguntas ya estaban todas contestadas y vivían en las manos.
—Di lo que quieres —me dijo, contra la boca, en el tú de dentro de estas paredes—. Que te gusta decirlo y a mí oírlo.
Verdad. Las dos cosas. Lo dije despacio, contra su pelo, con las palabras contadas de mi oficio, y no las escribo todas aquí, que hay partes que se dan a un solo mando: que la quería encima y a mi vista, con el candil dando en los dos, que es como aprendí a rezar tarde; sus manos en mi pecho llevando el compás, que su compás es la única música que me sé entera; que quería su despacio, el suyo, el de tasadora, el que me gasta y me hace de nuevo; y su nombre en mi boca cuando ella dijera, no antes, que los nombres, en esta casa, se cobran a su hora.
Me oyó entero con la frente en mi barbilla, cobrando cada palabra, y noté contra el pecho que le gustaba el inventario, que a mi mujer se le nota la aprobación en la respiración antes que en la boca: se le acompasa, como quien firma.
—Concedido —dijo, que la lengua de los tribunales se nos ha quedado para esto y nos hace reír a oscuras, y ya no era la palabra de un contrato: era la broma de dos que ganaron el pleito.
Me tumbó de un empujón chico, de los que se obedecen con toda el alma, y me tuvo debajo y a su vista, y se tomó su tiempo entero, que en eso no ha cambiado ni cambiará, gracias sean dadas: me anduvo con las manos y con la boca por el orden que ella sabe, las cicatrices primero, que dice que son mi escritura y que le gusta releerme, el costado de Steenkerque con su parte del tiempo, la marca del antebrazo nueva del invierno, que la trata con un cuidado aparte porque dice que esa la escribió ella y los autores responden de su tinta, y yo me estuve quieto con las manos en su pelo, mi único cargo de aquella noche, guardando su peso caliente entre los dedos como se guarda lo que se ha pedido dos años.
La quietud se volvió lo contrario cuando ella dijo, y lo dijo sin palabras, subiéndose a lo suyo, y lo montó como monta todo: a su compás, despacio primero y después ya no, con el candil dándonos y sus ojos en los míos sin soltarlos, que mirarnos fue la última parcela que se rindió en esta casa y ahora es terreno común y lo andamos enteros.
En medio dijo mi nombre una vez, antes de la hora, saltándose su propia ley, y me lo cobré sin decir nada, que también yo sé llevar libros: hay leyes que se saltan solas cuando la que las hizo ya no las necesita.
No hubo fórmula y hubo todo lo demás. Su compás mandando y mi fuerza debajo, puesta entera a su servicio, que es el único destino que ha tenido nunca esta fuerza mía y tardé media vida en saberlo; el temblor de ella llegando primero, largo, con mi nombre dentro, dicho a su hora, cobrado a su hora; y el mío detrás del suyo, como va todo lo mío, cubriéndole la retirada.
Después el cuarto volvió por partes, como vuelve siempre, el candil primero, la manta, el vado sonando abajo a lo suyo, una brasa acomodándose en la lumbre del piso de abajo con su ruido de casa viva, y ella se quedó sobre mi pecho con la oreja puesta, haciendo la cuenta que hace desde el invierno y que cree que no sé que hace: latidos, hasta que se aburren los números.
—¿Cuadra? —le pregunté al techo, con su cuenta de latidos aún andando sobre mi pecho.
—Sobra —dijo—. Como todo este año. No sé dónde lo apunto.
—Déjalo sin apuntar. —Le puse la manta encima, mi oficio de después—. Lo que sobra, si se apunta, se debe. Y en esta casa ya no se debe nada.
Se rio bajo, contra mi pecho, esa risa suya nueva de este otoño que suena a moneda buena, y se durmió la primera, que ahora también sabe hacerlo, con el pelo por mi brazo y el candil consumiéndose a lo suyo, y yo me quedé despierto un rato más por avaricia, montando una guardia que nadie me había mandado, sobre una mujer que no la necesita, en una casa que huele a pan y a lana, en un valle con todas sus lumbres encendidas.
En Flandes aprendí que las guerras no las gana nadie: las pierde uno de los dos, y al otro le queda el campo. Mentira de soldados. Esta la ganamos los dos, y el campo da avena, y el vado cobra, y mi mujer duerme.
Parte de la noche, para ningún libro, redactado sin pluma en la oscuridad buena de mi casa: sin novedad en el vado, sin novedad en el valle. Toda la novedad duerme aquí, sobre mi brazo, con la cuenta cuadrada.