Capítulo 36
Me juzgaron en mi propio salón, que fue la última avaricia de mi cuñado y su primer error de procedimiento.
Quiso el teatro completo: los cinco jueces a la mesa grande, con Greum en el centro haciendo número como manda su comisión, el escribano con su tintero en la punta, el hombre de negro en una banqueta aparte con su estuche, la parroquia entera de pie al fondo oliendo a lana mojada y establo de domingo, mi cuñado en una silla contra la pared, fuera del estrado y dentro de todo, y la presa traída de la torre por dos hombres, cruzando su propia casa entre dos filas de vecinos.
El día era gris de nieve que no acaba de caer, y la luz entraba pareja por los ventanales, sin favorecer a nadie, que fue lo único imparcial de la vista.
Contaba con que el camino me pesara. Me lo sabía de memoria: los cuarenta peldaños de la torre, el corredor, las dos puertas.
Lo anduve como se anda un inventario, la cabeza alta y las manos donde se vieran, y en la segunda fila, sin buscarlo, estaba mi marido, de pie ya antes de que yo entrara, descubierto, con el arcón de soldado por casa y la mitad del valle sabiéndolo, y no lo miré más que ese aliento, y no nos hablamos, que la palabra sigue retirada y él la honra como honra todo.
La parroquia entera vio al hermano del laird ponerse en pie para la presa.
Los teatros de mi cuñado tienen eso: actores que se le tuercen.
Leyeron el pliego entero, de pie la sala y sentada la presa, que el auto manda sentar a la delatada para que la parroquia la mire a placer, y esa silla sola en mitad del salón fue el mueble más pensado de todo el teatro de mi cuñado.
La voz del escribano es buena, pareja, de las que no mojan, y oí mis cargos como se oye tasar la propia casa por un tratante ajeno: la lana con sus ocho nudos, la lengua extraña a deshora, el mojón de la Candelaria, y el cuarto, el del agua, la vehemente sospecha sobre la muerte de Eachann Bàn, hombre que sabía el agua, procurada por arte.
En la primera fila, Raibeart oyó nombrar a su hermano en el pliego de mi hoguera —hombre que sabía el agua, procurada por arte y maleficio— y se le pararon las manos sobre la gorra, paradas de una quietud nueva, y yo, que llevo la vida leyendo manos, le abrí asiento aparte: hay quietudes que son el principio de una cuenta.
Aquel hombre llevaba un año vendiendo sospechas por jubones, convencido de venderle a un amo que buscaba la verdad de su hermano.
Aquella mañana descubría, con fórmulas y con sello, para qué se compra la verdad en esta casa: para leña.
Declaró después lo suyo, el mojón, la hora del parte, la lana en mi muñeca, y lo declaró como mercadea él, los hechos pelados y ni una conclusión de propina —«yo digo lo que vi; lo que sea, lo dirán los señores»—, guardándose el margen como se lo guarda un tratante que ya no se fía de la feria.
El escribano lo asentó todo. Yo asenté el margen.
Su hermano, ahogado por maleficio mío, valía en aquel papel justo lo que valiera mi hoguera.
Los muertos de los criados, en esta casa, siempre acaban trabajando para el amo.
Raibeart acababa de oírlo en voz alta, con fórmulas y con sello.
Declaró Beathag, con la vista baja y las manos cruzadas, en su tono de pasar inventario:
—La señora habla de noche, algunas noches, en lengua que yo no rezo. La señora cuenta. Qué cuenta, no lo sé: cuenta. En la feria del término la señora se tapó la muñeca. El cordón lo hallé donde se ha dicho, cosido en la entretela, el día que se ha dicho. Puntada menuda. Buena mano.
Buena mano. Hasta en el patíbulo me hacía Beathag la auditoría, y la sala se removió con el detalle, que un maleficio bien cosido asusta el doble.
Todo verdad, todo crudo, ni un adorno: entrega el género y que borden otros.
Esa es la finura del oficio de mi cuñado: no necesita perjuros, que los perjuros se quiebran en los estrados y cobran dos veces; le basta ordenar verdades chicas alrededor de una mentira grande, como se ordenan velas alrededor de un féretro, y dejar que la sala rece sola.
Declaró el mozo del probador, leyó su amo el informe de la aguja con palabras de anatomista, y la parroquia se apretó para oír mejor, que el voyeurismo de este reino tiene bancos fijos y los llena.
Yo miré las hiladas de mi propio salón mientras lo leían.
Siete, sobre el zócalo. Las conté dos veces, que ahora tardo más, y salieron siete las dos, y me agarré a ese siete como se agarra una a la única baranda de una escalera a oscuras.
Cinco noches de velar me han dejado el pulso del mundo un punto suelto, los bordes de las cosas con su segunda sombra; lo sé, lo asiento y cuento despacio.
También aquí las hiladas declaran siempre lo mismo.
Nadie más en aquella sala podía decir lo mismo.
Entonces el joven Ogilvie, que hace las preguntas que le apuntan, pidió que el ministro de la parroquia, presente por citación, dijera si desde su púlpito se había amonestado a la feligresía contra la delatada, y si su sesión sostenía la delación, como es uso y refuerzo en estas causas.
Sempill se levantó con su libro bajo el brazo, y no fue al estrado: se quedó donde estaba, en medio de su gente, que también eso es doctrina.
—Desde mi púlpito —dijo— se amonesta contra el pecado, no contra personas que un tribunal aún no ha hallado culpables.
En cuanto a mi sesión: preguntada por el presbiterio en octubre, respondió que en esta parroquia no había caso que dar, y está en acta, con su fecha.
Mi sesión no ha visto desde octubre nada que la haga mudar de parecer.
Si estos honorables señores hallan lo que mi sesión no halló, suya será la cuenta ante Dios. La mía está dada.
—La memoria del presbiterio os desmiente —dijo Greum, sudando, con el traslado de Innerhadden en la mano—.
Desde abril se juntan estas prácticas. —La memoria del presbiterio la alimentan delaciones —dijo Sempill—.
Mi libro lo alimentan fechas. Cuando el presbiterio me pregunte, le contestaré lo que le contesté en octubre, y le añadiré la fecha de hoy.
—¿Negáis auxilio a la comisión? —preguntó el joven Ogilvie, ya sin mirar al apuntador, que fue lo único suyo de toda la vista.
—Niego mi púlpito a lo que no ha pasado por mi libro.
—Sempill abrió el suyo, sin prisa, como quien enseña un arma limpia—.
Todo lo que esta parroquia sabe de la señora tiene asiento: harina a las viudas con sus fechas, caridades con sus fechas, oraciones en los días de precepto con sus fechas.
Con fecha y sin adjetivos, señores. Así trabajo yo.
Cuando tengáis fechas, mi libro os oirá.
No los paró. Un ministro no para una comisión con sello del Consejo.
Pero la parroquia entera le oyó negarles el púlpito con el libro abierto, y los procesos de brujería se cuecen con leña de púlpito, que lo demás es humo de sala; y el escribano, hombre de oficio, lo asentó todo, porque las negativas de los ministros también se archivan y algunas, con los años, queman más que las hogueras.
Mi cuñado, desde su silla contra la pared, no movió la cara.
Movió el pie. Media pulgada. Llevo dos años midiendo a esa familia: media pulgada de pie es un grito.
A Oighrig la llamaron por la lana, creyendo llamar a una perita en madejas, y les vino una perita en muertos.
Entró como entra en las ferias, sin prisa y cobrando el sitio con el paso, dejó en el banco su cesta de madejas como quien planta bandera de oficio, y juró con la mano tan plana sobre el libro que el libro pareció suyo.
—Vos vendéis lana teñida —empezó el apuntado Ogilvie—. ¿Reconocéis esta labor?
—Reconozco la lana, que salió de mis calderos hace años, del negro bueno que no destiñe.
—Oighrig miró el cordón en la mesa de los jueces como se mira el trabajo propio en manos torpes—.
Y reconozco la labor, que no es labor: es duelo.
En los valles que ardieron, las mujeres atamos un nudo por cada muerto que no pudimos amortajar.
Un nudo, un nombre, y se lleva junto al cuerpo hasta que los muertos tienen tierra como Dios manda.
Mi madre llevó cuatro por los del año del hielo.
Yo llevé dos por mi hombre y por mi hija, y los desaté sobre sus tumbas cuando las tuvieron.
Preguntad en cualquier casa quemada de las Highlands, si encontráis alguna con gente viva dentro.
Eso que tenéis ahí, señores, no es del diablo. Es de los entierros que no hicisteis.
—¿Y los desata? —preguntó Ogilvie, ya sin apuntador—. ¿La delatada los desata?
—Los desatará —dijo Oighrig— cuando entierre a los suyos. Dios quiera que os toque verlo.
—¿Y vos? —quiso apretar Greum, con el traslado todavía en la mano—. ¿Cuántos lleváis, si es uso tan cristiano? —Ninguno, laird. Los míos ya tienen tierra. —Oighrig recogió su cesta—. Por eso puedo venir a decirlo. Los que llevan lana no pueden: están en ella.
Se volvió a su banco sin pedir venia. Nadie se la reclamó.
Hay testigos que se juramentan solos, y la parroquia entera había oído ya dos veces la palabra entierro dicha con más autoridad que todo el pliego, y en los bancos del fondo dos mujeres viejas se tocaron la manga izquierda, donde se cosen las cosas que se cosen, y el joven Ogilvie no hizo más preguntas de lana.
Lo del cordón vino al final de la vista, porque mi cuñado guarda sus mejores mercancías para el cierre.
El escribano lo alzó de la mesa con las dos manos, como mandan los autos, y lo mostró a los jueces y a la sala: exhibición de la pieza, instrumento del maleficio, un cordón de lana negra con ocho nudos, de los de atar y desatar.
Lo pasearon delante de la primera fila. Lo acercaron a los cinco, uno por uno, y los cinco lo miraron como se mira una víbora en un frasco, y Greum se echó atrás en la silla, y Menzies de Innerhadden se santiguó, que para eso trae la práctica de su parroquia, y Nairne del puente, que en toda la vista no había levantado los ojos de sus papeles, los levantó para esto, y el hombre de negro alargó el cuello con interés de gremio, catando la pieza como cata un cirujano el trabajo de otro.
Yo lo miré también. No lo había visto nunca así: a la luz del día, a lo ancho de una sala, en manos de otros. cinco años de mi vida en tres palmos de lana, tendido sobre un paño blanco de escribanía como estuvo tendido sobre un mantel, entre las copas.
Ellos contaban maleficios. Los vi contarlos: los labios del escribano moviéndose, ocho, para el acta; el dedo del joven Ogilvie siguiendo los bultos a distancia; la parroquia de puntillas, ocho, ocho, corriendo el número hacia el fondo como corre el fuego por un rastrojo.
Ocho ataduras del diablo. Ocho ligaduras contra la casa.
Ocho lo que quisieran: el número era mío.
Yo contaba otra cosa, quieta, con las manos a la vista y la cara de no contar: el portero bien comido de Glasgow y su compañero; el de los dragones; el pastor de Atholl; el de la cal; los dos del oficio chico que Goraidh dijo de corrido; y el quinto desde el cabo, vivo y aterrado, guardándome el río.
Ocho jornales del noventa. Ocho deudas con nombre, fecha y paradero, esperando cobro con la paciencia de la lana, delante de cinco jueces que las tenían en la mano y no sabían leerlas.
Y el hueco liso del noveno, alisado con mi pulgar una noche de término, el único asiento saldado del libro, pasando delante de los cinco sin que ningún perito del reino tuviera ciencia para él: los nudos los cuenta cualquiera.
Los huecos, no. Mi libro mayor, exhibido en pública asisa, y ni uno solo de aquellos hombres de letras supo el idioma.
La vista se levantó con la luz yéndose y la nieve empezando por fin a caer, gorda y sin viento, señalada la asisa para después de la Epifanía, «atendido el estado de las probanzas y la santidad de las fiestas», que hasta para quemar guarda este reino el calendario.
La presa, devuelta a su torre. Los jueces, a mi vino.
La parroquia salió despacio, alargando el mirar, cobrándose en espectáculo el diezmo del miedo, y las dos viejas de la manga izquierda fueron las últimas en cruzar la puerta, y una de ellas, al pasar junto a los guardias, me hizo con la cabeza el saludo que se hace a las casas grandes.
A la presa. Delante de todos. Este valle entierra mal, pero saluda bien.
Subí mis cuarenta peldaños contada por dos guardias, oí el cerrojo por fuera, que es el único cerrojo de esta casa que no es mío, y me senté contra el muro del sur a esperar la noche y a las veladoras, con las hiladas en su sitio y los jueves en su cuenta, y el cordón abajo, en el arca de la comisión, sellado como pieza del proceso, lejos de mi pecho como no había estado en cinco años y más mío que nunca, porque las deudas no se secuestran: se deben.
Quedan ocho.