Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Rompí con mi casa un martes al mediodía, en el salón, delante de dieciséis testigos, y me costó una llave.

La comisión llevaba nueve días comiendo de nuestras trojes y durmiendo en nuestras camas, con esa hambre administrativa de los tribunales de provincia que factura hasta el aire, y mi hermano los paseaba por la hacienda como se pasea a compradores: la cuadra, el granero, el adarve.

A mí me tenían en un limbo de su invención: capitán sin órdenes, marido sin acceso, hermano sin mesa.

El portalón cambió de santo y seña la segunda noche y nadie vino a dármelo, que fue la manera de la casa de pasarme el parte.

Comí esos nueve días en la cocina, de pie, de lo que Marsaili me ponía sin preguntar, y dormí en la guardia con mi arcón por almohada, esperando lo que sabía que vendría, porque a mi hermano lo he visto negociar caballos, grano y hombres, y jamás ejecuta una prenda sin ofrecer antes la refinanciación.

Aquel mediodía los tenía a los cinco en el salón, con vino caliente y el escribano al fondo, y me hizo llamar con el mayordomo, por las formas, que es como me lo hace todo desde la noche de la cena.

Fui. Sabía a qué me llamaba, porque llevaba nueve días esperándolo: a la oferta.

La hizo delante de todos, que era su gracia.

De pie junto al fuego grande, con la copa en mano y la pena bien puesta en la cara, dijo que la casa sangraba por dos heridas y no por una; que su hermano, hombre de guerra y de bien, llevaba un año bajo el mismo techo que la delatada, comiendo de su mano, durmiendo — hizo la pausa exacta — expuesto a sus artes; que los sabios en la materia tienen escrito que el maleficio ata primero al más cercano; y que si yo declaraba haber sentido en mí ligaduras, turbaciones, voluntad torcida — cualquier cosa que un hombre honrado nota y calla —, la comisión lo oiría como a víctima y no como a cómplice, y la casa me guardaría el honor y el pan.

Habló bien. Habla bien siempre. Citó a los sabios en la materia sin nombrar ninguno, que es como se cita a los sabios en provincia; recordó a la sala que el maleficio sobre marido es doctrina recibida y descargo entero; y remató con la voz medio rota, la pena de hermano mayor, que si la casa había de perder una pieza, no consentiría Dios que perdiera dos.

Cuando acabó, hasta el joven Ogilvie me miraba con lástima buena, y Greum movía las papadas, aliviado de que hubiera una puerta por donde aquello no salpicara a los manteles, y Menzies de Innerhadden preguntó, por las formas y para el acta, si el hermano del laird deseaba ser oído por la comisión en calidad de parte dañada.

En calidad de parte dañada. Seis años componiendo confesiones para acabar con un tribunal ofreciéndome el papel de víctima con el sello puesto.

Era una puerta de verdad. Esa parte me la guardo para los inviernos: que era una puerta de verdad, con su cerrojo por dentro, y que daba a un cuarto seco donde un hombre podía vivir muchos años con su paga y su honra, sin más renta que decir de su mujer lo que media Escocia dice de las suyas con menos motivo.

Mi hermano no ofrece puertas falsas. Ofrece puertas verdaderas que dan donde él quiere.

Saqué la llave del arca de la soldada, que llevaba seis años en mi cinto, gastada de mi mano, con el cordoncillo de cuero que le puse en Flandes a la otra, a la de la caja de la compañía, porque las llaves de la paga ajena se llevan atadas o no se llevan.

Pesaba lo que pesan las llaves: nada, y el resto.

La puse en la mesa de los jueces, junto al tintero, con el cuero y todo.

—Estuve en mi juicio cada día de mi matrimonio —dije—.

Cada hora. Lo firmo donde este escribano diga, con la fecha que pida.

Nadie me ha atado. En esta casa, los únicos nudos los hace el que paga testigos.

—Y a mi hermano, que ya no sonreía—: La llave es del capitán de la casa.

Buscadle otro. Yo desde hoy soy el marido de la presa, y el marido de la presa no come de esta mesa ni guarda esta puerta ni responde a este apellido más que ante Dios y ante ella.

Lo dije todo en lengua de documentos, despacio, para el acta.

El escribano, que es hombre de oficio, miró a mi hermano antes de mojar la pluma, y mi hermano, que es lo que es, le hizo la seña de escribir, porque un hermano que se descasa de la casa delante de cinco jueces también se archiva: todo se archiva en esta familia, hasta los portazos.

Que lo archiven. Hay renglones que uno quiere con su nombre debajo.

—La sangre se te ha vuelto agua —dijo mi hermano, con la pena todavía puesta, ya para el público que quedaba.

—Al agua de esta casa —dije— le tengo yo más respeto que tú.

No lo entendió nadie del salón más que él, y él lo entendió entero, y por vez primera en seis años le vi mover los párpados dos veces seguidas. Con eso me fui. Es poco. Me ha durado.

Subí a la cámara por mis cosas, que eran las del arcón de soldado y ninguna más, lo cargué a la grupa del castaño, y en el patio, con el frío del mediodía y la guardia sin saber a quién saludaba, hice la última revista de un año de capitán: el portalón con Goraidh, que me miró como miran los hombres que deben cuentas a demasiados acreedores; la tablilla con letra que ya no era la mía; la torre, arriba, con su tronera al este.

No me despedí de la torre. A la torre no se le dicen cosas que puedan preguntarle luego a ella.

Nadie me detuvo en el portalón. Goraidh me abrió sin santo y seña, que a los que salen no se les pide, y me sostuvo el estribo sin que se lo mandara, con esa diligencia rara que le ha dado el invierno, y al coger el camino de la parroquia oí cerrarse detrás las puertas de la casa donde nací, y no me volví, que los soldados viejos sabemos qué se puede mirar en una retirada y qué no.

La casa parroquial me tomó de posadero aquella misma tarde.

La vieja sorda me abrió la cancela como si me esperara desde el martes, que a lo mejor era verdad, y Sempill me oyó desde su silla, con las manos cruzadas y el fuego corto de su despacho dando la luz justa de leer, me dejó acabar el parte —la oferta, la llave, el acta— sin una interrupción, que este hombre deja desangrarse los informes antes de tocarlos, y dictaminó como dictamina él, en dos columnas:

—Habéis hecho lo decente y lo insensato, capitán, que suelen viajar juntos. Dormiréis sobre la cuadra. La leña del diezmo se parte sola estos días, según tengo visto. —Y ya con la pluma en la mano—: Ahora sentaos, que lo decente no defiende a nadie y tenemos trabajo.

Mi cuarto es el de encima de la cuadra, con el calor de las bestias subiendo por las tablas y un ventanuco que da al camino del castillo. Se oye la campana de la parroquia encima de la cabeza y a la mula rumiar debajo, y entre las dos cosas se duerme mejor de lo que merezco.

El trabajo fue este, y lo asiento por su orden, porque es lo único mío que queda en pie:

Primero, los juramentos. El jueves siguiente, con la comisión entretenida en mi mujer y en mi vino, Sempill tomó en su estudio, con dos ancianos por testigos y el latín de los doctores a mano, el juramento de las tres bocas: Oighrig, que llegó la primera con su cesta y declaró el peine y el pan escondido con voz de quien dicta inventario, cada cosa una vez y en su sitio, y no consintió que se le leyera dos veces —«lo he dicho derecho; escribidlo derecho»—; el viejo Dòmhnall, bajado de la majada con su mejor manta, que juró mirando a la ventana, hacia el glen, y pidió que se escribiera también el nombre entero de Ailsa, con el apellido de su casa, «que en los papeles de este reino ese apellido siempre sale debajo»; y Raonaid, que vino con el crío dormido al pecho y habló bajo para no despertarlo, y dijo, entre otras cosas que no son mías de contar, que la última vez que la difunta le habló fue por la Navidad del noventa, y que le preguntó si los muertos pasan frío, y que ella le contestó que no, que descansan, y que la difunta dijo «entonces ya sé más que tú» y siguió peinando lana.

El escribano de Sempill mojó dos veces la pluma antes de poder asentarlo.

Fue la declaración más terrible de las tres y la más útil, porque los doctores llaman a eso, en su latín, con palabras que abren tierra.

Non compos mentis, escribió Sempill, con sus fechas y sus tres firmas, dos de cruz.

El acta salió esa misma noche hacia el presbiterio, con el hijo del molinero de correo, cosida en un serón de harina: la causa de la difunta quedaba fuera del alcance de la comisión, en jurisdicción de Iglesia, andando su camino mientras el otro tribunal andaba el suyo.

Un frente que mi hermano ya no puede comprar, porque no sabe que existe, y cuando lo sepa será tierra de Iglesia, que es la única de este reino donde su dinero pierde la ley.

Segundo, el aviso. Lo redactamos entre los dos, y es la pieza de papel más afilada en que he puesto mano, con fecha y sin adjetivos: el ministro recordaba al presbiterio la obligación asentada en el libro de la parroquia aneja — la presentación del glen, cedida a perpetuidad — y hacía notar, sin comentario, dos cláusulas ajenas: que la dicha cesión pendía del pleito de la señora, y que la comisión de justiciaría traía orden de secuestro de todos los derechos, acciones y pretensiones de la presa.

Nada más. Los hombres de Iglesia saben restar: si ella arde, el patronazgo muere con ella, y una perpetuidad de Iglesia vale más que cinco lairds de provincia.

No pedimos nada. Se les enseñó la cuenta y se les dejó el ábaco.

Tercero, Balneaves. Esta vez las preguntas fueron las buenas.

Le escribí lo que se puede escribir y sabrá leer lo que no: que en mi distrito una comisión de cinco jueces con deudas juzga a una mujer con pleito; que los cinco nombres van en la copia adjunta, y al margen de cada nombre, una cifra, porque yo llevo un año llevando los libros de esta casa y los libros no son míos pero la memoria sí — Greum, seiscientos marcos condonados a la vista de un escribano; Menzies de Innerhadden, un pleito de términos comprado y ganado; Drummond, grano de las trojes a precio de hermano dos inviernos; el joven Ogilvie, un hijo colocado en Perth; Nairne, el puente del tercio y su pontazgo, arrendado a media renta.

Que con los pliegos de Glencoe todavía calientes en los mostradores, el Consejo sabrá si le conviene otra hoguera highland levantada por un tribunal así.

Y al pie, después de la firma, en la tinta apretada que él me enseñó: que del asunto del valle del oeste hay un testigo que firmará cuando se le llame, con su nombre entero y lo que sabe entero, sepa lo que le cueste.

No puse el nombre. Él sabrá leerlo. Es el mío.

Esa posdata la escribí dos veces. La primera me salió con salvedades, con «llegado el caso» y «si el Consejo lo estima», toda llena de puertas chicas por donde escaparme luego, y la rompí, porque conozco ese papel: es el que he estado escribiendo seis años.

La segunda salió como van los partes de rendición, sin condiciones.

Hay papeles que solo valen si le cuestan a uno el cuello con que los firma.

La carta salió al alba con correo pagado de mi bolsa, la mitad de mi soldada de seis años en un lacre chico, que el correo de posta ordinaria pasa por manos de mi hermano como pasa todo lo ordinario de esta comarca, y para los papeles que valen un cuello se paga jinete propio o no se escribe.

Me quedé en la puerta de la casa parroquial viéndola irse camino de Perth, sin caballo ya que ver cuando el ministro salió a mi lado con su aliento de invierno.

—¿Cuánto de vuestro cuello va en esa carta? —preguntó, por preguntar, que lo sabía.

—El que haga falta.

—Bien. —Se sopló las manos—. La leña, capitán. Que lo decente no calienta.

Partí leña hasta la noche, una frase por tajo, y las frases ya no eran las del ensayo, que ese sigue formado y en su sitio, sin gastarse y sin moverse, esperando a que su dueña mande o no mande nunca: eran nombres de jueces, cifras, fechas, el inventario de la guerra que sí sé pelear.

A la palabra retirada no le puse sitio ni plazo.

Se honra un no de esta mujer como se honran todos: al instante, entero y sin pasarle la factura, y este era el no más grande que me ha dado nadie y el que mejor ganado se tiene.

Mi hermano se quedó con las dos llaves del arca.

Yo me quedé con la cuenta.