Capítulo 34
El muro norte de mi celda tiene ciento treinta y siete piedras, o ciento treinta y nueve, según la luz.
Lo supe la primera mañana, porque lo primero que hago en una plaza nueva es medirla, y la torre de esta casa es una plaza como cualquier otra: cuatro muros, una tronera al este por donde entra el amanecer y un frío de diciembre que no ronda, que vive.
Las piedras del norte no se dejan contar dos veces igual; las junta el musgo y las parte la sombra, y una cuenta que baila es peor que ninguna, de modo que al segundo día cambié de unidad y conté hiladas.
Nueve hiladas hasta el arranque de la bóveda, parejas, asentadas por manos que sabían su oficio hace doscientos años.
Las hiladas no discuten con la luz ni con el musgo.
Desde entonces cuento hiladas cuando hay que contar, y hay que contar a menudo, porque contar es mi manera de no darles lo que vienen a buscar.
Por la tronera del este se ve un palmo de patio, el arco del portalón y, de día, el cerro con la mancha negra de la carga gastada, que la escarcha no acaba de tapar: la almenara se comió en una noche el trabajo de dos mañanas de mi marido, y la cicatriz se ve desde mi celda, que algún Dios con humor de escribano dispone estas vistas.
Por ese palmo de patio llevo la cuenta de la casa: los caballos de los jueces, cinco, con el de Greum sudando hasta parado; las idas del escribano; la leña que sube y el pan que baja.
Una plaza sitiada también sitia, si sabe mirar.
Me subieron la noche de la cena, con dos hombres de la comisión que llegaron oliendo a caballo y a turba de camino, y el de la casa que les abría las puertas no me miró la cara: me miró las manos, por si llevaba algo, y pensé, con un humor que no le enseñé a nadie, que al fin alguien de esta casa aprendía a mirar como es debido.
La celda era el cuarto alto de la torre vieja, el del grano de antes, barrido a toda prisa y con el barrido a medias, que aún crujen granos viejos bajo la bota en las esquinas: un jergón, una manta de las bastas, un cántaro, una bacina, y el candil que se llevan cuando se van, porque a las brujas la luz se les administra.
La puerta, de roble viejo con las vetas corridas, cierra por fuera con cerrojo nuevo: lo pusieron el primer día, y estuve oyendo al herrero trabajar mi cerradura desde dentro, que es una educación que le deseo a cualquiera que presuma de conocer su casa.
La primera noche la pasé a oscuras y vestida, con la espalda al muro del sur, que es el que templa el humero de la cocina, haciendo lo que se hace la primera noche en manos del enemigo: inventario de lo que no me habían quitado.
La lengua. La cuenta. El apellido. La cama escrita, que ya no la desescribe nadie.
Y ocho nudos que ya no estaban conmigo y seguían siendo míos, porque las deudas no cambian de acreedor por cambiar de cajón.
El interrogatorio primero fue al tercer día, abajo, en la sala de la guardia vieja, con dos de los cinco jueces —Greum, sudando en diciembre, y el joven Ogilvie, que miraba al escribano antes de cada pregunta como se mira al apuntador—, el escribano con su tintero chico y un hombre de negro al que no presentaron y que no hacía falta presentar, porque le vi el estuche de agujas en la mesa, ordenadito, como el costurero del diablo.
El probador. Persona experimentada, dice su papel. En algo hay que tener experiencia.
Preguntaron lo que traían escrito, por su orden, cada pregunta armada para que la respuesta buena y la mala condujeran al mismo corral: si negaba los nudos, mentía contra el pulgar de Beathag; si los reconocía, confesaba el instrumento.
A esas horquetas no se les contesta: se les da fecha.
Contesté como me enseñó un ministro que no estaba allí: con fecha y sin adjetivos.
—¿Es vuestro el cordón? —Es lana de mi casa.
En mi casa la lana se cuenta por madejas.
Preguntad a la que lo cosió dónde lo halló, y que dé la fecha.
—¿Qué son los nudos? —Lana pasada sobre sí misma.
Lo demás lo estáis poniendo vosotros. —¿Qué lengua habláis a deshora?
—La que me enseñó mi madre. En este reino aún no es delito, aunque todo se andará.
—¿Rezasteis a un mojón el día de la Candelaria?
—Recé camino de una obra de caridad que vuestro laird bendijo en su mesa.
Pedid el asiento de la harina, que tiene fecha.
—¿Por qué os tapasteis la muñeca en la feria de octubre?
—Una señora se recobra el brazo cuando un hombre se lo agarra en un apretón.
Preguntad al que agarró qué buscaba, y que dé la fecha.
—¿Qué cuentas hacéis de noche? —Las de mi casa.
Sebo, lino, soldadas. Preguntadle a vuestro laird si le han salido mal alguna vez.
—¿Conocíais el agua del vado? —Nací en este valle.
El agua del vado la conoce hasta el ganado.
Por eso el ganado no se ahoga. —¿Y el pastor mayor?
—El pastor mayor no era de este valle. Que en paz descanse.
El escribano escribía. Greum sudaba y se secaba con un pañuelo que fue bueno.
El joven Ogilvie miró al apuntador. Me tuvieron de pie las dos horas, que es doctrina de estos procesos, cansar el cuerpo para que hable por su cuenta, y yo repartí el peso como se reparte en las vigilias largas, un pie y el otro, sin que se notara la mudanza, que también eso es oficio aprendido en casa ajena.
El hombre de negro no dijo nada en dos horas, y su silencio era el único honrado de aquella sala: él no venía a preguntar.
Hubo aguja después, otro día, con dos mujeres de la comisión por decencia del auto y el escribano fuera por la misma decencia.
La nombro y no la cuento, que es lo que se merece: un oficio que busca en la carne de una mujer el sello de un amo que no existe, hecho por un hombre que cobra por hallazgo y halla, porque nadie paga dos veces al que vuelve con las manos vacías.
Duró lo que duró. Lo asenté en mi libro con su fecha, en la columna de las deudas que no prescriben, y de allí no ha salido ni va a salir: hay cuartos de esta torre que no le enseño ni a esta página.
Las hiladas eran nueve también aquella tarde.
Lo comprobé mientras el probador guardaba su estuche.
Nueve. El muro, al menos, declara siempre lo mismo.
El informe de la aguja se lo entregó a los jueces al día siguiente, en pliego cerrado, y no sé qué dice y me da igual: los papeles de ese hombre hablan de un cuerpo que no es el mío, porque el mío no firma en sus autos.
Esa doctrina me la inventé aquella tarde y me sirve: que hablen ellos de la presa. La presa es suya. Yo soy mía.
Lo del sueño empezó esa misma semana, cuando el proceso se atascó en mi falta de colaboración, que así llaman ellos a las fechas sin adjetivos.
Tiene nombre de oficio piadoso: velar. Dos mujeres traídas de fuera, a turnos, con orden de que la presa no durmiera, porque el sueño, dicen, es cuando el amo visita a las suyas, y una bruja desvelada confiesa antes.
Lo tienen por ciencia y les funciona, que no hace falta demonio ninguno: al sexto día sin dormir, cualquier cristiano firma que voló a Noruega en una criba, con tal de que lo dejen cerrar los ojos en el papel que sea.
Las mías eran una vieja de manos duras traída del otro lado del monte, que me sacudía el hombro con la cara vuelta, como quien toca lumbre, y no me dirigió la palabra en seis noches, que a las brujas no se les habla, se las vela; y una moza asustada de la parte de Innerhadden, que me hablaba para tenerme despierta porque callar le daba más miedo que yo, y acabó contándome ella su vida, que era corta y mala: un padre que la ajustó de veladora por la paga, un mozo que se fue a los dragones, la mujer de su parroquia, la de los tres cordones, a la que veló también y que cantaba de noche.
No le pregunté qué cantaba. Hay asientos que no le caben a una en el libro.
Al cuarto día sin dormir, las hiladas del muro eran once, y luego siete, y una vez trece, y el mortero de las juntas se movía si lo miraba fijo, despacio, como se mueve el agua gorda, y supe que la cuenta se me estaba yendo y que eso era el oficio entero de ellos: que a una se le vaya la cuenta, porque una mujer sin cuenta firma cualquier suma.
Así que dejé de contar el muro y conté otra cosa, una que no se ve y no me la pueden mover: los jueves.
Los jueves del ministro, uno por semana desde enero, con sus bocas y su procedimiento.
Once meses de jueves, tres bocas, un papel en tierra de Iglesia: todo eso trabajaba fuera de esta torre mientras yo no dormía dentro.
Y trabajaba otra cosa que no apunto en ninguna columna porque no sé en cuál cabe: abajo, en alguna parte del valle, un hombre grande partía leña ajena con mi pleito a cuestas, y su hermano ya no tenía las dos manos de la casa, solo las dos llaves.
Con esa cuenta se aguanta. No es paz. Es aritmética.
A las noches de velar se les da lo que piden: números que no se les puedan llevar.
Mi marido vino dos veces.
La primera, al segundo día, con la comisión recién aposentada y la casa revuelta: le oí la voz abajo, midiendo palabras con el jefe de la guardia nueva, el peso de cada frase reconocible a través de dos suelos, y luego sus botas en la escalera de la torre, y luego nada, porque no lo dejaron pasar del rellano.
No dijo mi nombre. Dijo, con voz de parte, que la presa era la señora de la casa y que la manta que tenía era de las de los mozos, y que si la comisión quería que la presa llegara viva a su propia asisa, la casa tenía mantas y las conocía él.
Un aliento de silencio abajo, del que se hace cuando un hombre grande habla bajo, y a la hora subió Marsaili con la manta buena y un puchero, mascullando en gaélico contra jueces, escribanos, probadores y en general contra todo el que come sin trabajar, y la dejaron pasar porque a Marsaili no hay comisión que la pare: lleva dando de comer a este valle desde antes de que ninguno de ellos supiera leer, y lo saben.
La manta era la de mi cama. La usé. Al frío no se le hacen desaires por el mensajero.
La segunda vez fue una semana después, con no sé qué permiso comprado o forzado, y llegó hasta la puerta. Dos nudillos, una vez. Su voz, baja, del otro lado de la madera:
—Sorcha.
Yo estaba sentada contra el muro del sur, con la manta de mi cama y los jueves en la cabeza. Miré la puerta. Es de roble viejo, con las vetas corridas, y tiene —las conté esa semana— cuarenta y una cabezas de clavo.
—Decidle al capitán —dije, a la puerta, a la torre, al oficio de guardia que hubiera o no hubiera al otro lado— que la presa no recibe.
Silencio. Largo. Después sus botas, escalera abajo, sin prisa, cada peldaño entero, como se retira un hombre que ha entendido la orden y no va a gastarle a una el desacato.
No fue castigo. Los castigos los inventaron los que cobran; yo no estaba cobrando nada.
Los castigos son para los que te deben algo que pueden pagar, y lo que este hombre me debe no se paga: se carga.
Fue más simple: no me quedaba lengua para él.
La de los tratos me la quemó su hermano en un mantel; la de los documentos la estoy gastando entera en jueces; y la vieja, la de la avena y los dàin, esa no se la presto, porque en esa lengua están mis muertos y él sabe desde hace seis años por qué paso entraron a matarlos.
Que espere. Sabe. Es lo único suyo de lo que estoy segura: que sabe esperar sin cobrarse la espera.
Esa noche las veladoras cambiaron de turno con la luna ya alta, y la moza asustada se durmió ella antes que yo, vencida a media palabra de su mozo de los dragones, con la cabeza en el arranque de mi jergón y la respiración de los que aún no le deben nada a nadie, y no la desperté, y tampoco avisé a la vieja, que roncaba su fe en el rincón.
Que la comisión pusiera el orden en sus autos; en mi celda el orden lo ponía yo.
Me quedé quieta, con los ojos puestos en la tronera del este, aguantándole el sueño a la que me lo guardaba, que es el oficio más raro que he hecho en esta casa, y conté hiladas hasta el amanecer.
Nueve. A la primera luz, nueve.
Todavía sé contar. Me han quitado la casa, la lana, el sueño y el apellido de la puerta; la cuenta, no. La cuenta se va conmigo o no se va.