Capítulo 37
La respuesta de Balneaves llegó el segundo día de Navidad, escrita en el reverso de mi propia carta, su manera vieja de decir que no hay tiempo para papel nuevo: «Ven. Trae al testigo entero y la lista limpia. Los mercados de la vergüenza abren pocos días al año y este enero abren.»
Salí al alba siguiente con el castaño y una muda, y le pedí a Sempill dos cosas: su bendición, que no creo haber tenido nunca en mejor precio, y una carta de su mano con el acta de octubre de su sesión, la de «no hay caso que dar», copiada con fecha y testigos.
Me la dio con el desayuno. La bendición fue una frase sobre los que madrugan; la carta valía una diócesis.
Tres jornadas de invierno hay de mi valle a Edimburgo yendo como fui: por Perth con la primera luz, mudando de caballo en la posta con dinero por delante y conversación ninguna, Stirling al segundo anochecer con el puente helado y el castaño ya quedado atrás, en una cuadra de confianza, comiendo mi último orgullo de jinete; la tercera jornada entera de viento de cara por la orilla sur del fiordo, con la escarcha haciéndome en la barba el trabajo que la edad no ha empezado.
En la posta de Kinross el maestro me quiso vender un ruano con el corvejón caliente y las mataduras empolvadas, y le pagué el bueno sin regatear el malo, que un hombre con prisa que regatea acaba montando su propia tacañería.
Comí en las sillas lo que cabía en un bolsillo.
Dormí las dos noches vestido, una sobre paja buena y otra sobre paja mentida, y soñé lo que sueñan las marchas forzadas: el camino mismo, corriendo al revés.
Al tercer día ya no me dolía nada, que es la señal mala: el cuerpo había pasado a fiar.
Edimburgo huele a carbón, a marea baja y a pleito.
Se sube del Grassmarket a la ciudad alta por callejones donde no entran dos hombros juntos, con las casas creciendo hacia arriba como crece todo donde el suelo cuesta, siete pisos y ropa tendida sobre el barranco, y en la calle grande los pregones, los pliegos clavados a las puertas y esa muchedumbre de escribanos, criados, soldados de guarnición y señores de leyes que hacen del reino entero un solo mostrador.
Yo había hecho de esta ciudad plaza de tránsito dos veces en mi vida, camino del mar las dos.
Nunca la había necesitado. Se conoce de verdad una ciudad el día que se la necesita: entonces se le ve el precio a cada puerta, la cola de cada antesala, el gremio de cada esquina, y se entiende de una vez que aquí no rige el hierro sino el turno.
Mi hermano lleva veinte años entendiéndolo.
Yo lo aprendí en tres días con la vida de mi mujer por matrícula.
Llegué al caer la tarde del tercer día, con la ciudad encendiendo sus mil velas escalera arriba y el castillo negro contra lo último del cielo, dejé el caballo de posta en el corral del arco y subí a pie la cuesta con las piernas de otro.
Balneaves tiene el mismo cuerpo de galgo viejo y la mitad izquierda de la cara quieta desde Steenkerque, y me recibió en su cuarto del tercer piso de una escalera del Canongate, con el carbón en la lumbre y una vela de sebo por toda ceremonia, y la mesa ya puesta de papeles, no de comida.
—El testigo entero —dijo, por saludo, mirándome de arriba abajo—. Más entero que la última vez que te vi, que te sujetaba yo el brazo mientras el cirujano cosía. Siéntate. Come algo de todos modos, que los cadáveres no firman.
Comí pan con arenque de un plato que apartó de encima de un legajo, y mientras comía me leyó él mi propia carta en voz alta, la de diciembre, con las cifras al margen, parándose en cada nombre como se para un artillero en cada pieza tomada: esto vale, esto vale más, esto no lo gastes que se gasta solo.
Cuando llegó a la posdata la leyó dos veces y no dijo nada, y ese silencio suyo fue el único pésame y la única enhorabuena que he recibido por ella, y me bastaron los dos.
Trabajamos aquella noche y el día siguiente entero.
Su pariente del Consejo —un señor de leyes al que llamaré aquí el consejero, porque los nombres que abren puertas se gastan si se escriben— nos recibiría el jueves antes de la sesión, un cuarto de hora, en su propio gabinete, y un cuarto de hora, me explicó Balneaves, es una eternidad si no se malgasta un grano.
—Olvida la justicia —me dijo, ordenando mis papeles como se ordena una carga de mula: por peso y por uso—.
La justicia es el sermón del domingo; el Consejo trabaja los otros seis días.
Tu argumento no es que tu mujer sea inocente.
Eso no lo sabe el Consejo ni le importa: brujas se queman veinte al año sin que Edimburgo levante la vista.
Tu argumento es este. —Puso el dedo en mi lista, en los cinco nombres con sus cifras al margen—.
Cinco jueces con deudas juzgando a la pleiteante de su acreedor, en la casa del delator, con la hacienda de la rea en secuestro a favor del que la delata.
Eso no es un proceso: es un panfleto que aún no ha encontrado impresor.
Y este Consejo lleva desde Glencoe aprendiendo lo que cuesta un panfleto.
El Maestro de Stair era el hombre más listo del reino y hoy es una nota al pie con el nombre sucio.
Nadie de esa mesa quiere ser la segunda nota.
Me hizo repetir el cuarto de hora dos veces aquella noche, con él haciendo de consejero y la vela de testigo: qué decir primero, qué papel tocar y cuál no tocar, dónde callar y cuánto.
Me quitó de la boca la palabra justicia las dos veces y la palabra hermana una, «que aquí las esposas pleitean mejor que las hermanas», y a la segunda pasada dictaminó que serviría, con la condición de todos mis oficiales desde el año noventa: que hablara poco.
—¿Y si preguntan por qué el hermano del laird declara contra su casa?
—Preguntarán. —Me miró con la mitad viva de la cara—. Y contestarás lo que traes en el arcón, porque yo te conozco la manera de cargar las alforjas. ¿Qué traes, Cailean?
Le puse delante la hoja de servicios con el descargo de Flandes y un pliego nuevo, escrito en las posadas con letra de frío: mi declaración sobre el año noventa.
El paso, el rebaño, mi memoria de guía, el mandato oído por otro y las señas del que lo oyó.
Sin adornos y con fechas, como me han enseñado este año dos maestros que no se conocen.
Balneaves lo leyó dos veces, la cara quieta entera esta vez, y lo dejó en la mesa con el cuidado con que se deja una granada sin estopín.
—Esto no se gasta el jueves —dijo—. Esto se deposita.
Sellado, en manos del consejero, con acta de entrega: existe, tiene fecha, y se abre si el Consejo lo llama.
Un testigo que ya ha firmado no se puede desdecir y no se puede comprar: deja de ser un hombre y pasa a ser un documento.
¿Entiendes lo que firmas? No hay vuelta desde ahí. Ni para ti ni contra tu hermano.
—Llevo seis años queriendo ser un documento —dije—. Los hombres, en mi familia, salimos caros.
La víspera bajamos por la calle grande hasta la imprenta que él quería enseñarme, sin entrar: en el mostrador, bajo el fanal, los pliegos de a penique con Glencoe todavía vivo, la quinta o la sexta reimpresión, GALLIENUS en letras de horca, y compradores a las cuatro de una tarde de enero.
«Míralos bien», dijo Balneaves. «Ese mostrador ha jubilado a más señores que la viruela.
El Consejo no le teme a Dios, que queda lejos: le teme a la cola de esa tienda. » No compró. Con la memoria le bastaba.
El jueves duró un cuarto de hora, como estaba mandado.
Esperamos en la antesala entre otros seis negocios con mejor ropa que el mío, bajo un techo pintado de virtudes que nadie miraba, y cuando nos llegó el turno el ujier nos pasó sin anunciarnos, que era la seña convenida del parentesco.
El gabinete del consejero tenía fuego de carbón, un retrato del rey con mala luz y una mesa donde nuestros papeles quedaron en tres montones que hizo él, sin preguntar: la lista de los jueces con las cifras; el acta de Sempill con la carta del patronazgo; y aparte, solo, mi pliego sellado, sobre el que puso la mano un momento, como se comprueba si un horno quema.
—Una comisión de provincia con acreedores por jueces —dijo, al fin, a Balneaves y no a mí, que los consejeros hablan a las plumas y no a las partes—.
Y un secuestro que engorda al delator. Torpe.
Lo de la casa del delator como sala de audiencia es una invitación con las señas puestas.
—Golpeó la lista con dos dedos—. Decidle a vuestro amigo que el Consejo no ama a su mujer ni a su hermano ni a nadie: el Consejo ama la quietud.
Y que este enero, la quietud se escribe así: la causa se avoca, la comisión sobresee, y esta ciudad se ahorra leer en un pliego de a penique cómo se hace justicia en las Highlands.
La avocación no es un fallo —añadió, mirándome por primera vez, un aliento—.
Vuestra esposa sigue delatada, el secuestro sigue en pie hasta revisión, y si la causa se ve aquí, se verá con las leyes de este reino, que sobre brujería son las que son.
Compráis tiempo y mudáis de tablero. Nada más. Suele ser todo lo que se puede comprar.
—¿Y la Iglesia? —preguntó todavía, con el acta de Sempill en la mano—.
¿El presbiterio sabe restar? —Sabe, señoría.
Se le dejó el ábaco. —Bien. —Casi la sombra de un humor, en la boca de leyes—.
Los procesos de brujería, capitán, se sostienen sobre tres patas: el púlpito, el juez y el vecindario.
A vuestra mujer le han serrado ya la primera, y hoy le serramos la segunda.
La tercera no es oficio del Consejo. Es oficio vuestro.
—Es todo lo que vengo a comprar —dije, y por una vez en mi vida el precio y la bolsa coincidieron.
Mi pliego quedó depositado esa misma tarde, con acta de entrega y dos testigos de la casa: el escribano leyó la carátula, no el contenido, le puso fecha y cordón, y lo guardó en un arca de tres llaves con la naturalidad de quien archiva testamentos, que es lo que era.
Firmé el registro con la mano quieta. Seis años componiendo confesiones a oscuras para acabar entregando la primera a un arca de Edimburgo, en lengua de documentos, sin que la oyera nadie que me importe.
Balneaves me miró firmar y dijo, bajo: «Ya eres papel.
Duele menos de lo que se cree, ¿verdad?» No le contesté. Duele justo lo que se cree.
El sello se puso el viernes por la mañana, en la antesala grande, sin ceremonia ninguna: un oficial leyó, otro registró, un tercero calentó la cera, y el acta de avocación con la orden de sobreseer y la provisión de custodia —la presa, a tierra de Iglesia, bajo caución, en tanto el Consejo llama la causa o la deja dormir— quedó camino de mi distrito por correo del rey, con dos días de ventaja que yo pensaba comerme por el camino.
La caución la firmamos allí mismo, en el mostrador de las fianzas, con un oficial que espolvoreó la tinta bostezando: el ministro por la Iglesia, con la carta que traje y su firma por poder, y yo por el dinero, con la otra mitad de mi soldada de Flandes, que era lo que quedaba, contada en letras de cambio sobre un banco de esta ciudad que Balneaves me hizo abrir el miércoles, «que los highlanders con oro encima ponen nerviosa a la justicia».
Seis años de guerra: la mitad gastada en un jinete, la mitad depositada en una firma.
Nunca un dinero me dio menos pena. La paga de un soldado existe para esto, aunque el soldado tarde media vida en saberlo: para comprarle a alguien un invierno más.
Balneaves me acompañó hasta el caballo por los callejones del humo, con la nieve de la ciudad ya pisada a negro, y en el arco de la escalera me sujetó el brazo, el mismo brazo, la misma mano.
—Tu hermano no está muerto con esto —dijo—.
Que no te lo cuente el alivio de otra manera.
Ha perdido cinco jueces y un calendario; le quedan el dinero, el apellido y Edimburgo entero donde gastarlos, y aquí los pleitos se ganan durando.
Lo que has comprado es una tregua con el calendario parado. Gástala bien.
—Sé gastar treguas. Soy soldado.
—Eres un documento —dijo, con la media cara que ríe—. Cabalga, papel.
Cabalgué. Tres jornadas de vuelta con el viento ahora de espalda y el deshielo mintiendo en los vados, comiendo en la silla y durmiendo por libras, con la prisa nueva de los que ya no huyen de nada sino hacia algo, y en la alforja izquierda, contra el costado, la copia simple del acta con su cera colgando: media onza de lacre rojo con las armas del reino.
La saqué una vez, en la posta de Stirling, solo por pesarla en la mano.
Media onza. Lo que pesa una bala de mosquete. En mi oficio viejo, con eso se paraba a un hombre.
En el nuevo, con eso se paraba a cinco.