Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 30
66%

Capítulo 30

Mi hermano volvió del tribunal de término de Perth con una palabra de menos y tres días de correo por delante, y cuando mi hermano gasta menos palabras es que ha empezado a gastar papel.

Había ido al tribunal de término como va siempre, con cuatro de escolta, el mejor caballo y provisión de cortesías para tres días de lairds, y volvió con la escolta entera, el caballo sudado a deshora y las cortesías sin gastar.

Lo vi desde el patio bajar sin repartir el humor de costumbre, sin la palabra para el mozo de cuadra, que la tiene hasta en los entierros, subir derecho al estudio y no pedir la cena, y aquella misma noche el escribano cenó arriba, con él, a puerta cerrada.

Un hombre al que le cambia el paso en Perth es un hombre al que en Perth le han dicho algo, y a mi hermano no se le dicen cosas: se le venden.

Alguien le había vendido cara una noticia, y mi hermano, cuando compra caro, revende antes del mes.

En mi oficio, a eso se le llama cambio de disposición, y los cambios de disposición se leen por los abastos: velas de más al estudio, tinta nueva, el lacre grande.

Todo eso subió en dos días. Lo que fuera que le hubieran vendido en Perth, mi hermano lo estaba contestando por escrito, y a mí no me llamó a copiar ni una línea.

Esa exclusión fue el primer parte. Llevo un año siendo la mejor letra de esta casa; cuando la mejor letra sobra, lo que se escribe no es para enseñar.

El segundo parte fue Beathag. Dos veces en la semana la vi salir del estudio de mi hermano, la vista baja y el paso más rico, y la segunda vez nos cruzamos en la escalera de servicio, ella con su cesta de siempre y yo con mi tablilla, y me hizo la reverencia justa sin levantar los ojos, que es como me la ha hecho un año entero, y todo estaba en regla salvo el cuello: paño nuevo, de ese pardo caro que no compra una criada con su soldada, y estrenado sin domingo.

Los pagos de mi hermano se le conocen a la gente por donde la gente cree que no se mira.

Mi hermano no regala: adelanta. Alguien estaba cobrando a cuenta de un trabajo que no figuraba en ninguna tablilla, y el oficio de Beathag, desde que el mundo es mundo, es uno solo: ver y contar.

Lo hace en la parroquia, donde su palabra tiene banco fijo en las sesiones; lo hace en la casa, donde no se le pierde un cabo de vela.

La pregunta no era qué le pagaban, sino a quién le tocaba ser contado.

Me contesté mal. Me contesté como se contesta un soldado: mirando su propio flanco.

Porque el tercer parte fue Raibeart, de vuelta de las ferias del sur a mediados de mes con su libro de veedor y quince días de caminos en las botas, y a los dos días de volver estuvo arriba una tarde entera, con el escribano dentro y la puerta cerrada.

Lo vi entrar desde el adarve: la gorra en la mano, el paso de cobrador.

Lo vi salir con la última luz: la gorra puesta.

A los hombres como Raibeart se les conoce el estado de sus tratos por la cabeza, y entre la entrada y la salida alguien le había comprado algo lo bastante caro como para ponerse la gorra delante del castillo entero.

Yo hice lo que sé hacer: contar la impedimenta.

Al escribano le subieron pliego y medio y le bajó uno escrito, doblado en cuartos, y esa cuenta solo tiene un nombre en cualquier ejército del mundo: declaración.

A un hombre que mira caminos le habían tomado por escrito lo que miró.

Y el único asunto de caminos que este distrito ha tenido en un año duerme en el registro de la parroquia con una hora que escribí yo.

Hice el resto de esa cuenta a solas, en el cuarto de guardia, con el candil corto: qué tenía Raibeart que declarar.

La hora del portalón, que sabía media casa.

El agua de febrero, que sabía el valle. Sus doscientas travesías de hermano.

Nada de eso me alcanzaba a mí más que a la lluvia — salvo que alguien quisiera abrir de nuevo el asiento del ahogado, y para abrir asientos cerrados hace falta lo que mi hermano estaba pidiendo por carta.

Las piezas me cuadraban unas con otras. Por eso me las creí: los errores mejor armados son los que cuadran.

Así que reforcé esa puerta. Releí mi copia del parte de febrero, las tres respuestas, la hora, y me las volví a coser a la memoria hasta poder decirlas dormido y en el mismo orden; pasé revista al vado con dos hombres, de día y con la tablilla por delante, para que mis botas tuvieran fecha fresca y motivo limpio en aquella grava; y cambié la guardia de mis papeles: el arcón de soldado bajó del arca de la cámara al cuarto de guardia, con cerradura nueva comprada en Perth con mi dinero y sin mi nombre, y las cartas de Balneaves, la hoja de servicios y el descargo de Flandes dejaron de dormir donde duerme mi mujer.

Me llevó una tarde y me compró un descanso de una semana, que es lo que compran las medidas bien tomadas contra el peligro equivocado.

Si mi hermano había puesto a su contadora a inventariarme, que inventariara lino.

Con esa lógica firmé también lo de la rota.

Vino por el mayordomo, con toda la naturalidad del mundo: que la señora llevaba casa grande y poca mano, que Beathag podía servirle también las mañanas, la ropa blanca, la alcoba, el agua.

Lo pensé como se piensa un movimiento en un mapa: una espía en mi alcoba de día era una espía lejos de mis papeles, que ya no estaban allí; el lino de mi mujer no tiene secretos y mis cartas sí.

Aprobé la mudanza con mi letra en la rota, me felicité el ahorro de un centinela, y tardaría un mes justo en saber qué había firmado: yo mismo le puse el testigo en la alcoba.

En mi descargo no diré nada. Los descargos son para los consejos de guerra, y de este consejo el juez iba a ser otra.

La cuarta pieza llegó por el secante.

Fue un descuido del escribano, que los hombres cansados secan mal, y yo he leído más papel del revés que muchos letrados del derecho: en Flandes, media guerra se hacía en los secantes de los cuarteles ajenos, y un ayudante con paciencia vale por dos espías caros.

Hay letras que se leen del revés como se leen las huellas: por oficio viejo.

En el secante del atril, en espejo y a trozos, quedó lo que quedó: «…

isión de justiciaría…», y más abajo, suelto, «…

delito de…», y el resto comido. Comisión de justiciaría.

Mi hermano estaba pidiendo a Edimburgo poder de horca y cuchillo con las formas nuevas: jueces con nombramiento, jurisdicción criminal, papel del Consejo.

Lo sopesé la noche entera y le encontré dos caras y me quedé con la falsa: o quería la vara para lucirla —un distrito quieto se luce mejor con la justicia en casa— o quería tener cogido por el mango cualquier pleito que naciera de un ahogado de febrero.

Las dos me señalaban a mí. Ninguna me la creí del todo, y esa desconfianza sin norte es lo más parecido al acierto que tuve en todo el mes: olí la pólvora y me equivoqué de polvorín.

Un soldado que huele pólvora refuerza su flanco; es lo que sabe hacer.

Nadie me había enseñado que hay casas donde la pólvora se almacena en el cuarto de al lado.

Porque llegué a hacerme la otra pregunta.

La hice de pie, en el adarve, con el frío de San Andrés en la cara: ¿y si el blanco era mi mujer?

Y la deseché con buena lógica, que es la peor manera de equivocarse.

Mi hermano necesitaba este matrimonio intachable delante de Edimburgo; lo llamó sermón él mismo.

El pleito del glen se ganaba en los tribunales, donde él es más fuerte, con tiempo y con jueces, sin escándalo.

Atacarla era quemar su propia relación de quietud con sus propias manos.

No le salían las cuentas a un ataque, me dije, mientras mi hermano compraba, pieza a pieza, un tribunal donde las cuentas se hacen de otra manera.

Le encontré hasta tres razones, aquella tarde de San Andrés, y las tres eran buenas.

Que el matrimonio era su sermón ante el Consejo, y los sermones no se apedrean desde el propio púlpito.

Que el pleito del glen lo tenía ganado en derecho con sus tres armas mejores, jueces, años y papel, y nadie cambia un pleito ganado por un escándalo.

Y que atacarla a ella era atacar el assythment que él mismo armó, el arreglo que lo tiene a bien con Edimburgo desde el noventa.

Tres razones de pie, las tres a la vez. Lo que no supe pesar es que mi hermano ya no hacía esas cuentas: alguien en Perth le había enseñado una columna nueva, y contra un hombre que ha cambiado de libro no sirven las razones del libro viejo.

Contra la lógica de un prestamista no hay lógica de soldado que valga: yo defendía una plaza y él estaba comprando el mapa.

A Balneaves le escribí esa semana. Carta de camarada, dos tercios de nada, y el tercio útil en tres preguntas dormidas entre recuerdos: qué pide el Consejo para despachar una comisión de justiciaría y a quién se la niega; si un descargo de Flandes como el mío pesa algo en una vista escocesa; y si en los archivos de los que él come se guardaba razón de los informes que las comisiones del noventa debían al Consejo.

Tres preguntas de hombre que se cree el blanco.

Las eché al correo ordinario, entre facturas, como me enseñó él, y me quedé más tranquilo, que es lo que hacen las cartas equivocadas: tranquilizan al que las manda.

Y quedó la leña.

La orden vino por la tablilla, con el sello de mi hermano y la razón puesta: que se doblara la carga de la almenara del cerro y se techara lo doblado, «por los ladrones de ganado que este invierno de hambre ha de traer», y que se tuviera hombre señalado para la señal.

Razón bastante: los inviernos de hambre crían cuatreros como la carroña moscas, y media Escocia estaría escribiendo órdenes gemelas.

Subí yo con el mulo y con dos hombres, como en abril, por la calzada de cabras endurecida de escarcha, y doblamos la carga: roble nuevo abajo, partido a hacha y asentado en cruz para el tiro; el brezo de encima mudado por seco, que el de abril ya bebía agua; la yesca revisada en su olla y la olla calzada; las lajas del techado corridas a su sitio y dos de más contra el viento del norte.

Dejé señalado al hombre de la señal, uno de los del invierno, con la consigna dicha delante de los tres: la almenara no la enciende el miedo, la enciende la certeza, y la certeza lleva testigos.

Trabajo de una mañana, bien hecho porque no sé hacerlo de otra manera, y esa frase, que toda la vida me fue un orgullo de oficio, va camino de otra cosa.

En la cena, mi hermano me preguntó si el fuego del cerro se vería desde el camino de Perth.

Pregunta rara en un hombre que no sube al cerro desde crío, y la contesté con la verdad del terreno, que es lo que sé vender: desde el camino de Perth, desde el puente del tercio y desde media legua antes, que para eso los viejos ponían las almenaras donde las ponían, para que el aviso le llegara antes al que viene que al que está.

Lo dije así, con esas palabras, y no oí lo que estaba diciendo.

Se dio por servido con la cabeza y cambió a los precios del hierro, y yo aparté la pregunta a su cajón: teatro de quietud, mi hermano ensayando hasta los avisos, el distrito entero dispuesto como un salón antes de una visita.

Hasta le encontré mérito. Esa es la parte de este mes que peor trago: que le encontré mérito.

Preguntó también, en los postres y como quien no va a ninguna parte, si la parroquia seguía contenta con la harina de la señora.

Dije que el ministro había mandado razón de que llegó cabal.

«Una casa que da de comer a las viudas», dijo mi hermano, «vale más que dos sermones», y brindó corto, y el brindis me pasó de largo aquella noche y volvió después, muchas veces, con su cuenta entera: mi hermano ya sabía lo de los jueves cuando yo aún creía guardárselo, y me estaba mirando dar razón de la harina como mira un tratante enseñar la dentadura a un caballo que ya ha decidido comprar.

Pero eso lo supe cuando se sabe todo: tarde y junto.

Subí al cerro una vez más antes de que cerrara el mes, solo, a comprobar que las lajas aguantaban el viento del norte.

Aguantaban. La carga, doblada y seca, esperando su chispa con esa paciencia que tienen las cosas bien dispuestas.

Desde arriba, el glen con sus siete humos de ahora, el río con su vado, el castillo con el mío.

Buen trabajo, pensé, con el orgullo tonto del oficio, y bajé frotándome las manos del frío.

La dejé perfecta. Es lo que sabe hacer un soldado con las órdenes de otro: dejarlas perfectas, y enterarse en la fecha peor de a quién le estaba guardando la lumbre.