Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 31
68%

Capítulo 31

A Beathag me la metieron en la alcoba un lunes, con la rota firmada y la cara de siempre, y me bastó verla doblar mi ropa blanca para saber qué venía a contar: venía a contarme la cama.

No los pasos, que esos ya los contaba desde el corredor; no los cabos de vela ni la lana: la cama.

La deshacía despacio, leyéndola, y la hacía peor que Marsaili con sus dos manos y mejor que un escribano con los ojos, y a la tercera mañana la vi pasarle el pulgar a la costura de una sábana como quien busca en un libro la página que le han dicho.

Yo estaba en la ventana, de espaldas a medias, con mi labor en las manos, y la dejé buscar.

Tres mañanas le di, quieta, mirándola trabajar en el vidrio como se mira en los espejos que no lo parecen, y a la tercera tuve la cuenta hecha: no venía a robar, que no hay qué; no venía a escuchar, que para eso ya estaba el corredor.

Venía con encargo y con página dicha, y las páginas dichas las dicta siempre el mismo.

Mi cuñado había puesto a su contadora a inventariar mi matrimonio.

Y a un matrimonio, en los libros que él maneja, solo se le inventaría una cosa: si está entero o si tiene puerta.

El brindis de la noche vieja llevaba un año criando intereses en mi memoria: por los matrimonios completos, que son los únicos que este reino no sabe deshacer.

Los incompletos, sí. Esa era la puerta, y la vi entera aquella mañana, con sus goznes y su tranca: un pleito de nulidad el día que este arreglo dejara de servirle.

La heredera suelta otra vez en el mercado, casadera para el mejor postor de sus deudas; mi pleito del glen de vuelta al principio con otro apellido encima; el assythment intacto para Edimburgo, que las nulidades no manchan, y todo lo cosido este año — el arriendo de mis cuentas chicas, mis jueves, mi trato con el ministro, mis tres bocas — descosido por un tribunal de los suyos con dos médicos comprados, una matrona pagada y un juramento sucio.

Un año le llevaría, quizá dos. A mi cuñado los pleitos largos no le estorban: le crían.

Mientras la cama tuviera esa hoja en blanco, mi cuñado tenía pluma, y yo llevaba trece meses casada con la tinta a un palmo y sin decidirme a gastarla.

Aquella noche hice consejo de guerra con mi marido. Frío, con la mesa chica entre los dos, dos velas nuevas encendidas a propósito —esta casa sabrá lo que gasto cuando yo quiera que lo sepa— y la voz de los tratos.

—Vuestro hermano ha puesto a Beathag a leerme las sábanas —dije—. Sabéis qué busca.

Tardó lo que tarda un hombre honrado en no fingir sorpresa.

—Lo sé.

—Decidlo vos, que el derecho es vuestro oficio de esta casa.

—Un matrimonio sin consumar tiene pleito de nulidad. —Lo dijo como se dictan las bajas: parejo—. Con jueces suyos, dos médicos y vuestro silencio comprado o forzado, lo deshace en un año. Recupera la pieza y el tablero.

—Y con la cama escrita, no.

—Con la cama escrita, este reino no sabe deshacernos. —Me miró desde el otro lado de las velas, con las manos quietas sobre la mesa, a la vista, como me las tiene enseñadas—. Los suyos lo intentarían igual. Perderían.

Hablamos el resto en el idioma en que se hablan las plazas: qué declaran las sábanas y ante quién, qué pesa un testigo de alcoba contra qué presunciones, cuánto vale el ojo de Beathag comprado por él si es mi ropa la que lo alimenta, y ahí fue donde le vi hacer a mi marido la única mueca de la noche, corta y hacia dentro, la del hombre que acaba de encontrar su propia firma en un pagaré ajeno.

No pregunté. Los porqués de esa casa los cobro por lotes y aquella noche tenía mejor cosecha que atender.

—¿Cuándo? —dijo él, que de las tres preguntas de la guerra es la única que le importa de verdad.

—Los pleitos se matan chicos. Esta noche.

Ni una palabra de más alta temperatura que un arriendo.

Así lo quise yo, porque lo que iba a decidirse aquella noche no se decide caliente, y porque el pasado, si había de entrar, tenía que entrar entonces, por la puerta de la decisión, y quedarse fuera de lo demás.

Entró lo justo: cinco años, un cuchillo, una cuenta de vigas.

Lo puse yo sobre la mesa, en tres frases mías, sin pedir ayuda para cargarlo, y él lo oyó sin moverse y sin ofrecerme el hombro, que es la única manera de oírme que le consiento.

—Hay una cosa más que debéis saber para el consejo —dije—. Llevo tres noches durmiendo sin el cuchillo.

No lo sabía nadie. Lo sabía él, porque los soldados cuentan las almohadas como yo cuento las lumbres, y le había visto la mirada pasar por la mía tres mañanas seguidas, tres, y no decir nada, que callar lo que ve es el segundo oficio que mejor ha aprendido en esta casa.

La víspera de San Andrés hice la primera prueba: el cuchillo al arcón, bajo el lino de invierno, con la costura de mi manga vacía por primera vez desde que la cosí, y me acosté con la mano yendo dos veces al sitio del cuchillo y encontrando pluma, y los ojos abiertos hasta el segundo sueño, y dormí.

La segunda noche la mano fue una vez. La tercera no fue, y no conté las vigas, y si soñé no lo sé, que los sueños que no se recuerdan son los únicos pagados del todo.

Tres asientos, tres noches seguidas, verificadas por la única auditora que me vale.

No lo hice por la cama. Lo hice por saber si podía, que hay armas que una deja de necesitar mucho después de dejar de usarlas, y la mía llevaba meses de más en su costura, cobrando un miedo ya pagado.

El terreno estaba ganado antes del consejo; el consejo venía a ponerle la firma.

—Lo he visto —dijo él, y nada más, y ese nada más valía un discurso.

—Pues queda dicho y queda esto. —Apagué con los dedos la vela que teníamos de más, por costumbre de cerrar los tratos a una luz—.

Lo que vamos a hacer no lo hacemos por vuestro hermano.

Se hace también contra él, y quiero las dos columnas a la vista, la del deseo y la del derecho, porque en mis libros lo que se esconde cría.

Pero la primera columna manda. Si mañana no hubiera pleito, ni cuñado, ni reino, esta noche la querría igual. Que quede asentado.

—Asentado —dijo, con la voz medio punto más baja, y las manos quietas.

—Entonces, que no le quede puerta.

Me levanté yo primero. Es mi casa, es mi cama y era mi noche.

La cámara tenía el brasero cebado de la tarde y el frío de diciembre rondando los vidrios por fuera, sin entrada.

Encendí la segunda vela de la palmatoria grande con la primera, dos llamas nuevas, un gasto de señora que se lo puede pagar, y me deshice los lazos yo, todos, despacio, cada cordón por su ojal, que esa aduana sigue siendo mía y lo será siempre, y la ropa cayó donde quiso y no fui a ordenarla.

Él esperaba de pie donde lo dejé, con la mudanza hecha —los hombros abajo, la lengua vieja asomada en algo que dijo bajo y que entendí sin aduana—, y cuando lo llamé a la cama con la mano vino como viene él, sin prisa de más ni de menos, y al llegar hizo lo que lleva un año haciendo su cuerpo solo: las manos a la madera del dosel, cerradas, cada una en su sitio de siempre, el sitio que yo le di una noche de marzo y que ninguna orden mía había levantado desde entonces.

Un año llevaban allí aquellas manos. Habían ganado permisos por parcelas, la voz, el peso, la lengua, y habían vuelto siempre a su madera como vuelve la guardia a su garita, porque la orden primera seguía en pie y este hombre no deroga órdenes mías: las cumple hasta que yo las mate.

La maté aquella noche.

Y lo primero que hicieron aquellas manos libres, antes de todo lo demás, con el permiso entero por delante y el país abierto, fue lo que me pidieron una noche de marzo y les negué: retirarme el pelo de la cara.

Despacio, con dos dedos, la guedeja que me cruza la sien cuando me suelto, puesta detrás de la oreja con el tiento con que se descuelga un arma cargada.

Veinte meses llevaba ese gesto esperando en su fila, sin quejarse, sin volverse a pedir.

Los generales condecoran menos paciencia.

Yo no dije nada, que hay pagas que se estropean nombrándolas, pero el asiento lo abrí: la primera libertad de este hombre fue acabar un gesto que empezó en marzo.

Con esa clase de acreedores se puede compartir una cama.

Le tomé la muñeca derecha entre mis dos manos y le abrí los dedos de la madera uno a uno, el meñique el último, y le bajé la mano y se la dejé abierta en el aire; y luego la izquierda, igual, dedo a dedo, sin prisa, sintiéndole el pulso ir a más y la obediencia aguantar el desconcierto sin preguntar, que no sabía qué le estaba mandando y me obedecía lo mismo, a ciegas, como se obedece a quien no te ha roto nunca la palabra.

—Sueltas —dije—. Vuestras. Esta noche las manos son vuestras y yo soy el país. Id con tiento, que está recién tomado.

Y le oí coger el aire para la pregunta, la fórmula subiéndole por el pecho como le sube siempre, con su reverencia y su hambre, y no la esperé. Cinco años esperando cosas malas me han dado un oído fino para las buenas.

—Faodaidh —dije, antes de que la palabra le llegara a la boca.

Lo que le hizo eso por dentro lo vi por fuera: como al que le conceden antes de pedir, que es la única moneda que a este hombre le tiembla en la mano.

Sus manos en mí fueron lo que llevaba un año aprendiendo que serían y no sabía: lentas de puro atentas, calientes del oficio y de la espera, anchas y con su aspereza de rienda que no pide perdón por serlo, leyéndome como leo yo los libros ajenos, por las costuras, deteniéndose donde el aliento se me cambiaba y aprendiéndoselo a la primera, y ni una vez, ni una, delante de mi ritmo.

La lana de mi camisa subió cuando dije y hasta donde dije, y después no hubo lana, y el frío de diciembre no encontró sitio: entre el brasero, las dos llamas y aquel hombre, mi cuerpo tuvo por primera vez en esta casa la temperatura de una casa.

Yo mandé la noche entera y él la anduvo, tramo a tramo, la boca donde dije y como dije, el peso cuando lo llamé, los lazos suyos desatados por mis manos porque quise ese trabajo para mí, y cuando llegamos adonde no habíamos llegado, a la última parcela, la única hoja en blanco que le quedaba a este matrimonio, me la escribí yo: lo tomé yo a él, a mi compás, con mis manos en sus hombros y su nombre una vez en mi boca, y el dolor que hubo fue el de los umbrales, corto y mío, y lo demás no fue dolor ni tuvo nombre de libro.

Fue la casa entera volviendo a tener dueña.

Lo tuve quieto debajo de mi compás cuando lo quise quieto, y hondo cuando dije hondo, con mis rodillas a sus costados y sus manos nuevas donde las fui queriendo, la cadera, el nacimiento de la espalda, el peso de mi pelo suelto, y su voz se le deshizo en la lengua vieja a media noche, palabras sueltas, mo bhean entre ellas, dichas contra mi piel como se dicen las cosas en las iglesias chicas, y las dejé estar todas.

Me deshice con él dentro y no conté nada, ni vigas ni puertas ni años, porque no quedaba nada en el cuarto que necesitara cuenta: todo lo que había era mío, y una no se cuenta a sí misma.

Él aguantó su deshacerse hasta el final del mío, como aguanta todo, y lo soltó con la cara en mi cuello y un temblor largo de puente que resiste, y ni entonces, ni con las manos libres y el país abierto, tomó un palmo que yo no hubiera dado.

Hay hombres a los que la libertad los estrena. A este lo confirmó.

Después fue el silencio bueno. El vaho de ambos subiendo a las vigas que no conté, la lana contra la piel, su brazo donde yo lo puse y su pulso bajando por sus escalones de siempre, y el cerrojo de la puerta pasado desde la tarde y el otro cerrojo, el que no se ve, pasado ya para siempre: la puerta de mi cuñado quedó tapiada aquella noche, y no con piedra.

Que traiga a sus médicos. Que traiga a su contadora con sus pulgares de escribana. Esta cama ya sabe leer y escribir.

Le puse la cabeza donde la quise, que fue en su brazo, y él montó el brazo como se monta un puente de campaña, para durar, y el cuarto olía a cera buena y a nosotros, y la manta pesaba su peso justo.

Pensé en dormirme y no hice nada por impedirlo, que es una frase corta y me costó cinco años poder escribirla.

Lo último que vi fue la vela que quedaba, mediada, y a él a su luz, despierto, con los ojos abiertos al cuarto y el brazo quieto debajo de mi cabeza, montando una guardia que nadie le había mandado.

Me dormí la primera. En cinco años, la primera.