Capítulo 29
La lumbre del portalón estaba mal la noche del término de San Martín, y las lumbres de esta casa las cuento yo.
Bajé por eso. No por caridad ni por ronda: porque un farol que baila donde debe estar quieto es un asiento torcido, y los asientos torcidos, de noche, se enderezan antes de que los lea otro.
Las lumbres de una casa son su libro de guardia: cuál arde, cuál falta, cuál se mueve.
Me lo enseñó el oficio de sobrevivir en casa ajena y ya no sé mirarlas de otra manera, ni quiero: a mí ese libro me ha avisado de más cosas que todas las campanas de la parroquia.
La casa dormía la borrachera corta de los días de paga, con el patio oliendo a cerveza cara y a lluvia vieja, y en el hueco del portalón encontré al farol y a su guardia, y de los dos, el que temblaba no era el farol.
Goraidh. Grande, cano, con la alabarda apoyada en la piedra como un aperado de más, la espalda contra el muro y la cara vuelta hacia la noche del camino, hacia donde el camino baja a lo que baja.
Tenía un jarro entre las botas y el jarro estaba de su lado: vacío.
Borracho de término, borracho de paga, y algo más que borracho: rezaba.
Mal y bajo, comiéndose los finales, como rezan los hombres que aprendieron de niños y no han vuelto hasta que les ha hecho falta.
Me vio y se le fue la mano a la alabarda y no la encontró a la primera.
Eso, en un guardia, es la horca chica: borracho en su puesto, en invierno de hambre, con el capitán que tiene esta casa.
Lo vi hacer la cuenta con los ojos flotando: la señora, el puesto, el jarro, el capitán. La hice yo más deprisa.
—Quieto —dije—. Y bajad la voz, que la noche es de todos.
—Señora. —Se enderezó por partes, como se endereza un carro—. Señora, yo…
—Vos estáis malo del estómago y os he encontrado tomando el aire. Eso es lo que ha pasado, si me cuadra lo demás.
Le vi entender. Los hombres como Goraidh entienden los tratos antes que las palabras: llevan la vida entera cobrando en especie. Se le aflojó algo en los hombros y se le apretó otra cosa en la cara, y la cara le quedó peor, porque lo que le sobraba aquella noche no era el miedo al capitán.
—¿Qué mirabais al camino, Goraidh?
No contestó a derechas. Le salió de golpe y de través, como vomitan los borrachos, en voz baja y con la lengua tropezada, y yo no lo interrumpí ni una vez, que las cuentas ajenas, cuando se vuelcan solas, no se tocan: se dejan caer y luego se ordenan.
Lo había visto. Dos noches atrás, en el relevo chico, con el farol a media mecha por ahorro.
Al pastor mayor. En mitad del vado, decía, con el agua a la rodilla y el agua sin mojarlo, el libro contra el pecho como se lo encontraron, y contando.
Eso era lo que no se le iba del cuerpo: que contaba.
Con la mano, despacio, ganado que no estaba, cabeza a cabeza, y que al llegar a él —a Goraidh, al farol— se había quedado quieto con la mano a medio contar, como se queda un recuento cuando falta una res.
—Y no era el aguardiente, señora —dijo, y el aliento lo desmentía y los ojos no—.
Que dos de los mozos han visto la luz baja en el agua otras noches, y el chico de la cuadra no baja ya al vado ni de día si no baja otro, y por algo cruzamos de a dos y con el salmo desde febrero, que eso no lo mandó nadie y lo hacemos todos.
Los ahogados no vuelven por volver, señora.
Vuelven por los que les dejaron cuentas abiertas.
Le dejé decir la doctrina entera. La conocía mejor que él: llevo un año oyéndola crecer por las cocinas y los lavaderos, la luz del agua, el pastor que cuenta, y no he gastado una palabra en desmentirla, porque el miedo es la guarnición más barata que ha tenido nunca ese río.
Lo que no sabía hasta aquella noche era lo hondo que había calado en los del noventa.
Los demás temen al ahogado. Estos le deben.
—¿Y qué cuenta os dejó a vos el pastor mayor?
Ahí se le rompió lo que le quedaba. Se le dobló la cerviz de golpe, la alabarda resbaló por el muro con un ruido de fragua chica y la sujeté yo con la mano abierta antes de que despertara a la guardia, y Goraidh, grande como el portalón, se me quedó delante hecho un saco mal atado, llorando sin ruido, que es lo único que los hombres de su quinta hacen sin ruido.
—Del noventa, señora —dijo—. La cuenta es del noventa.
La noche se me puso de trabajo.
No moví una ceja. Cinco años entrenando esta cara para tres palabras así, y la cara aguantó, y la voz salió por donde la mando: llana, de iglesia, la voz de la señora que reza en los mojones y lleva harina a las viudas.
—Los muertos no cobran sangre, Goraidh. Eso lo dicen las viejas para asustar.
Los muertos cobran nombres. —Le dejé el peso de la alabarda, que lo ocupara—.
Un hombre que calla los nombres carga con todos.
Un hombre que los dice se queda solo con el suyo.
Así ha sido siempre en los valles. Decídselos a la noche, si queréis, que yo soy de la casa de aquellos muertos y sé lo que se les debe: yo no soy quién para absolveros, pero sé escuchar como escuchan ellos.
Sé lo que hice. Lo sabía mientras lo hacía: le vendí teología de feria a un hombre con el alma en carne viva, al precio de lo que llevaba cinco años esperando comprar. No me tembló la lengua. Que cada cual cargue con su oficio; el mío, aquella noche, era ese.
Y Goraidh pagó.
Los fue diciendo de cara al camino, sin mirarme, con el orden torcido de la memoria borracha, y cada nombre me fue cayendo donde tenía su sitio, como cae una llave en su guarda: ocho nombres, y los ocho míos.
Ni uno nuevo. Ni uno de menos. Cinco años de oír por las rendijas, de coser junto a las puertas entornadas, de sumar medios apellidos con medias señas, y la lista de mi cordón salió de la boca de uno de ellos entera y sin una enmienda.
Dijo a los dos que sirven ahora a los Dunlop en Glasgow, de porteros de sus almacenes, «bien comidos», dijo, con una envidia vieja que ni el miedo le quitaba; dijo al que se ajustó con los dragones y no ha vuelto a subir; dijo al pastor de Atholl y al de la cal, y a los demás por sus nombres de pila y sus oficios, esparcidos donde los esparció el dinero del noventa, y se dijo a sí mismo el último, en voz más baja, con el apellido entero, como se firma.
Ocho vivos. Yo tenía ocho nudos.
Cinco años me costó esa lista. La empecé con tres nombres que se dijeron solos en el realojo, de los que la desgracia pronuncia sin cobrar; le sumé dos en mi año de casa ajena, cosiendo junto a puertas entornadas donde los criados viejos repasan las hazañas de los amos; los otros me los dieron las ferias, los medios apellidos, las señas de un cojo aquí y un pelirrojo allá, sumadas de a poco como se suman las deudas incobrables: sin prisa y sin perdón.
Nunca tuve los nueve juntos en una boca.
Los tuve en lana, nudo a nudo, cada uno atado la noche que su nombre quedó firme, y aquella noche de San Martín un borracho aterrado me leyó mi propio libro sin saber que lo era, y el libro salió sin una errata.
Las cuentas de esta comarca, cuando por fin se enseñan, cuadran solas.
—¿Y el laird? —pregunté, con la misma voz llana, porque esa hoja también tiene su renglón—. ¿Mandó él?
—Mandó al principio que solo el ganado. —Tragó—.
En el paso dijo que todo. Que no quedara pleito.
Lo dijo así, señora: que no quedara pleito.
Yo llevé la tea y la arrimé donde me dijeron.
No entré en… —Se paró él solo, delante del agujero, y no lo empujé.
Hay linderos que ni yo cruzo de noche—. Yo llevé la tea —repitió, y con eso quedó dicho lo que quedó dicho.
Que no quedara pleito. Lo guardé a dos manos.
Porque una cosa son los nueve, que fueron manos, y otra es la boca que mandó, y contra la boca que mandó no valen ríos: vale papel.
El panfleto del invierno lo dijo con letra de imprenta: búsquese el informe, pídase la cuenta.
El día que a mi cuñado le llegue su tribunal —el de Edimburgo, el del Parlamento, el que sea que acabe cobrando lo del noventa—, ese día un hombre vivo que le oyó decir que no quedara pleito vale más que todos mis nudos juntos.
Un testigo con el mandato en la memoria y el alma pidiendo descargo: eso no lo compra mi cuñado con toda su troje, porque no sabe que está en venta.
Y no lo sabrá. Las mercancías así se guardan en oscuro, como la simiente.
—¿Cuántos erais? —dije entonces, por cerrar el asiento como se cierran, por abajo—. ¿Nueve?
—Nueve de la casa. —Se pasó la manga por la cara—. Y el otro.
La noche tenía frío de San Martín y no fue el frío.
—¿Qué otro?
—El que iba delante con el ganado. —Lo dijo sin peso, como se dice un aparejo—.
Ese no era de la casa ni del valle. Mozo grande, de a caballo.
Iba ya al paso con las reses cuando nosotros…
Iba delante. No le vi la cara más que de lejos y de noche, y no volvió a vérsele.
Los de delante no… —buscó la palabra con la lengua gorda— no cargan, señora. Van delante.
—Un arriero ajustado.
—Sería. —Se encogió, con los hombros y con el alma—. El ganado salió por el paso del norte como si el paso lo hubieran parido las reses. Eso se dijo después. Que ni el pastor mayor conocía tan de noche ese paso, y lo conocía como su catre.
Se santiguó. Yo no. Yo estaba sumando.
Un décimo hombre. Un jornal de fuera, una recua de reses, un paso bien sabido.
Los arrieros se ajustan en las ferias como se ajustan las cabalgaduras, van delante, cobran y se van; no tienen casa en el valle que arda ni apellido que responda.
Mi juramento tiene la medida que tiene: los nueve que vi y el que firmó.
Las herramientas no entran en los juramentos, que si entraran habría que quemar también las teas.
Lo pensé así, con esas palabras, y lo asenté donde va lo que no cambia la suma.
Después hice lo que había bajado a hacer: enderecé el farol.
Lo demás fue oficio. Lo puse derecho contra el muro, le di del agua de la tinaja de la guardia, le hice masticar el pan que llevaba yo para el perro viejo, y me estuve allí, quieta y de lana parda, el tiempo que tarda un hombre grande en volver a caber en su ropa.
La cuenta de matarlo la hice, porque las hago todas: un empujón de borracho la noche de un término, el vado a trescientos pasos, el agua de noviembre.
Salía fácil. Por eso mismo no salía: dos hombres del noventa ahogados en el mismo año y el mismo río despiertan a cualquier juez que mi cuñado no haya comprado todavía, y despiertan algo peor que un juez: a mi cuñado.
Un accidente es un gasto; dos son un patrón, y mi cuñado vive de leer patrones.
Me pondría ojos en el vado que no podría comprar ni ahogar, y mi río, el único instrumento de esta comarca que trabaja para mí de balde, pasaría a trabajar vigilado.
No se gasta el arma por cobrar la pieza chica.
Y este, vivo, valía en dos monedas que un muerto no paga: el mandato en su memoria y el miedo en su carne.
El miedo trabaja para mí sin jornal: desde febrero, mi río lo guarda un ahogado que cuenta.
No lo perdoné. Lo aplacé. En mis libros son columnas distintas y no se tocan.
—Id a echaros, Goraidh. Vuestro estómago ya está mejor. Y a los muertos, si vuelven, decidles que los nombres ya están dichos. Con eso les basta. Saben esperar lo suyo.
—Dios os lo pague, señora —dijo, y lo dijo llorando otra vez, y se fue por el patio grande como un buey manso, y su nudo era el quinto desde el cabo y siguió siendo el quinto, entero, porque los nudos de mi cordón no caducan: esperan, que es oficio que me saben a mí.
Arriba, con el cerrojo pasado y la vela de coser, saqué el arisaid de su clavo y le pasé la palma al doblez del pecho, en llano, por costumbre de auditora: ocho nudos bajo la entretela, mudos, cabales.
No lo descosí. No hacía falta: aquella noche no se cobraba, se verificaba, y las verificaciones que salen bien no se celebran, se asientan.
Abrí mi memoria por la hoja de la noche y pasé los asientos a limpio: ocho nombres confirmados con sus paraderos, dos señas de Glasgow, un mandato con sus palabras —que no quedara pleito—, un fantasma que cuenta ganado y me guarda el agua de balde.
Y en el margen, con letra chica, donde se apunta lo que no tiene casa que arder: un arriero.