Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

La obligación la escribí de noche, dos días antes, con la puerta del cuarto de guardia cerrada por dentro y el candil de aceite que no hace sombra de más.

La primera vez me salió de soldado: corta, seca, con los flancos sin cubrir, un papel que cualquier leguleyo desmontaría en dos tardes.

La segunda me salió de leguleyo, que es peor: tan llena de salvedades que la promesa se perdía entre sus guardias, y un papel que se protege demasiado confiesa que espera pleito.

La quemé en el candil con más gusto que la primera.

La tercera la escribí despacio, oyendo el aceite, y dijo lo justo: que yo, capitán de la casa, marido de Sorcha, hija de Fionnlagh, administrador de sus derechos por ley de matrimonio, me obligaba por mí y por los míos a que, si el pleito del glen se alzaba y el dominio volvía al apellido de mi mujer, la presentación del ministro de la parroquia de Gleann Fheàrna, restaurada que fuera, quedaría cedida a perpetuidad al presbiterio y a la congregación, sin reserva de la casa ni de sus herederos.

Sin más considerandos, que los considerandos son donde se esconden los arrepentimientos, y sin nombrar a mi hermano ni a su granero, que los papeles que nombran de más acaban declarando en pleitos que no eran suyos.

Dos renglones de derecho y uno de fecha.

Los papeles honrados son como las tumbas bien hechas: caben en poco sitio y aguantan cualquier invierno.

La fecha, la firma, y debajo el nombre entero, que hay papeles que se firman con iniciales y este no era de esos.

La ley que me da la administración de lo suyo me la da sin preguntarle a ella; esa misma ley me dejaba pagar esto sin preguntarle.

Es la única vez que esa ley me ha parecido servir para algo, y me duró poco el gusto, que las herramientas del amo no se vuelven decentes por un día de buen uso.

Desde el martes, además, la casa tenía una lengua más y yo un sitio menos donde esconderme, y no diré aquí lo que fue oír a mi mujer decir un verso en la lengua que mi apellido dejó sin bocas.

Diré lo que hice con ello: bajar al cuarto de guardia, cerrar por dentro y escribir.

Hay hombres que rezan con lo que les pasa. Yo redacto.

Fui el jueves, solo, por el camino de la parroquia, con el papel en el pecho, doblado en cuatro contra la camisa, donde mi mujer lleva su prendedor y yo llevo lo que firmo.

La razón de la salida quedó dicha en la mesa de la víspera, compras en Perth, precios del hierro, cosas que nadie comprueba porque aburren, que las mejores coartadas de esta casa se eligen por el bostezo que producen.

El día era de esos jueves pardos de fin de octubre que no llegan a llover de puro desgana.

El otoño andaba en lo suyo, deshaciendo el oro en agua, y la casa parroquial olía a lo de siempre, turba corta y tinta, con la vieja sorda barriendo la escarcha primera del umbral.

Sempill me recibió sin sorpresa, que este hombre debe de tener la sorpresa capada de nacimiento, me señaló la silla de los asuntos y esperó a que el asunto hablara.

Le puse el papel delante. Lo leyó dos veces, la segunda con el dedo, renglón a renglón, como se lee lo que importa o lo que no se cree, y lo dejó en la mesa sin soltarlo del todo, con dos dedos encima, en la esquina, que es como sujetan los hombres de libro lo que aún no han decidido asentar.

—Esto lo trató este despacho con vuestra señora —dijo—.

Palabra hoy, papel entonces, quedó dicho.

El entonces no ha llegado. El pleito duerme.

—El papel no duerme. Vale firmado, valga el pleito cuando valga.

—¿Y os alcanza la administración para atar futuros de su casa?

—La pregunta vino sin veneno, de oficio, como se cata una moneda.

—Me alcanza. La ley del marido llega adonde no debería y no llega adonde debe.

Para esto llega. —La ley es como el ganado —dijo el ministro—.

Pasta donde puede. —Volvió al papel—. ¿Y la señora os manda? —No sabe que estoy aquí.

Me miró un espacio largo, de púlpito, de los que se les echan a las congregaciones enteras.

—Peor —dijo—. Los tratos a espaldas del que negocia son deudas con dos acreedores, capitán.

Cuando ella lo sepa, y lo sabrá, porque en este oficio todo se sabe y en el peor orden posible, os cobrará el secreto aparte del favor.

Los favores secretos no existen: existen los secretos, que cobran interés.

—Golpeó el papel con el dedo, sin fuerza—. ¿Por qué?

Ahí estaba la pregunta, y yo llevaba dos días sabiendo que vendría y sin respuesta que pudiera darse entera. Le di el tercio que era verdad y podía andar solo:

—Porque ella no debe cargar con vender lo suyo antes de recobrarlo.

Si el precio lo pago yo, ella llega al pleito con las manos llenas.

Y porque mi apellido le quemó a esa parroquia la kirk y los feligreses, y de los dos que llevamos el apellido en esta casa, uno paga en misas mayores y a la vista. Yo pago en esta silla.

—Penitencia. —Lo dijo sin aprobación y sin burla, pesándolo—.

La penitencia sin confesión, capitán, es mercancía averiada.

Vos me traéis la multa y os guardáis el pecado.

—Los ojos se le afilaron un punto, no más—.

Y me pregunto qué pecado paga un capitán que llegó a esta casa hace un año, cuando lo del glen ya llevaba cinco pagándose solo.

—Los apellidos heredan, ministro. —Los apellidos heredan haciendas.

Los pecados hay que ganárselos. —Esperó lo que se espera a una congregación que no va a contestar, y lo dejó estar como dejan los pescadores el sedal: sin recoger—.

Bien. No es mi tribunal el que os cita. Todavía.

—Se levantó, fue al arcón de la llave puesta y sacó un libro en cuarto, viejo, con las tapas comidas de humedad antigua, que reconocí sin haberlo visto nunca: el libro de la aneja, el del glen—.

No os voy a preguntar cuál es. Dios lo tiene apuntado con mejor letra que la mía.

Pero no os vayáis de aquí creyendo que habéis comprado algo para vos.

Habéis comprado para ellos. Vos seguís debiendo entero.

—Lo sé llevar —dije. —Eso dicen todos los mulos —dijo el ministro—, y es verdad hasta la cuesta que no.

—Se sentó con el libro delante, sin abrirlo aún, las manos cruzadas encima como sobre un feligrés—.

Una cosa más, y esta va de balde. Cuando la señora traiga a sus bocas y yo le diga que el precio está pagado, la señora hará su cuenta, que las hace más deprisa que vos y que yo, y la cuenta le dará un nombre, porque los pagadores posibles de esta comarca caben en un banco corto.

Ese día, lo que hoy es favor amanecerá deuda.

Os lo digo para que no os pille en camisa: los regalos que se descubren cambian de especie.

No preguntan si los quisisteis bien. Preguntan por qué callasteis.

—Ya me lo han preguntado otras cosas. —Ya —dijo, y fue toda su piedad.

Abrió el libro por donde acababa la letra del otro ministro, un tal Menzies que escribía menudo y torcido hacia arriba, con la última entrada a medio renglón, del año noventa, y en la primera hoja limpia asentó mi obligación entera, copiada palabra a palabra, con su fecha, y debajo: presentado por el otorgante en persona, jueves.

Me hizo firmar al pie de la copia, sobre el papel que había conocido los bautizos de la casa de mi mujer.

No busqué su nombre. Lo encontré igual, que los ojos de soldado barren la hoja sin pedir permiso: al pasar el ministro las hojas hacia atrás lo vi un aliento, Sorcha, hija de Fionnlagh, con su fecha de invierno y la letra menuda de Menzies subiéndosele del renglón, y más abajo otra entrada con el nombre de su hermana, y cerré la vista como se cierra un puño, que hay hojas que no son para mí ni firmadas por Dios.

Mi letra quedó a tres hojas de los nombres de todos los que ya no firman, en el mismo libro, con la misma tinta parda de la iglesia, y no me sentí mejor, que no había ido a sentirme mejor.

Sentí el sitio exacto de la deuda, que no es alivio ni se le parece: es cartografía.

—Al presbiterio le escribiré este mes —dijo, secando la hoja—.

Con esto delante, la causa de la difunta se puede abrir cuando la señora traiga sus tres bocas: se oirán los juramentos, se asentarán, y si la sesión halla que no estaba en su juicio, la tierra la recibe.

En la del glen, junto a los suyos, que el muro de aquel camposanto sigue en pie y consagrado, que la piedra bendita no se desbendice por fuego de hombres.

Condicional todo, capitán: a los juramentos, al presbiterio y a Dios, por este orden solo en mi despacho.

Decídselo... —Se detuvo. Me miró—. No. No le diréis nada, que para eso habéis venido en jueves y solo.

Se lo diré yo cuando traiga a sus testigos: que el precio está pagado, y no diré por quién.

Mentir no es, que callar el acreedor no es mentir la deuda.

Ya veis las finuras que me obligáis a hilar en mi propia casa.

Id con Dios, y decidle a vuestra señora que la harina llegó cabal a su viuda.

Salí de la casa parroquial más ligero de pecho y más cargado de espalda, que así reparten peso los tratos buenos, y la vieja sorda me despidió con la cabeza sin saber de qué me despedía, o sabiéndolo todo, que con los sordos de un lado nunca se está seguro de nada.

Volví con la tarde encima y el camino sonando a hoja mojada, y el ensayo me subió en la revuelta del molino, donde el caz repetía su lección de siempre, agua sobre rueda, y me subió entero y con su número, el primero desde febrero, que los del verano se me habían ido como se va la pólvora mojada, chispa y nada, el dieciséis en una siega, el veinte mirando la almenara cargada, ninguno con cuerpo. Este venía con cuerpo y con fecha.

Ensayo de confesión n.º 23: «Hoy he pagado una deuda tuya con moneda que no es mía: con tu derecho.

Todo lo que te doy sale de lo que te quité, hasta esto.

Mi letra duerme desde hoy en el libro donde bautizaron a tus muertos, tres hojas después de sus nombres.

Si algún día lo abres, sabrás leer quién paga. Ese día no mientas por mí.»

Lo tuve el camino entero, del molino al portalón, más vivo que ninguno de los veintidós, porque este, por primera vez, no pedía perdón: pedía sentencia.

Los veintidós anteriores eran cartas de un sitiado.

Este era un parte de rendición con la fecha en blanco, y la fecha la pondría ella, si algún día abría el libro, y saberlo me dio un descanso raro, de los que no descansan: el de haber puesto la llave de mi horca en el llavero de la única persona con derecho a usarla.

Y lo guardé como los otros, por la cuenta de siempre y por una nueva: que ahora mi silencio ya no me guardaba solo a mí.

Guardaba un procedimiento abierto, tres bocas por jurar, una tierra esperando a una muerta.

Confesar hoy era quemarle a esa familia otra cosa más, la última.

Que la sentencia esperase a que la deuda chica estuviera pagada. La grande no prescribe.

En el portalón, con la última luz, la tablilla tenía novedad ajena, y la leí como leo ahora todo lo que cuelga de ese clavo, dos veces y por los bordes: veedor de tratos, salida a las ferias del sur, quince días.

La letra era del escribano. Hice la cuenta sin querer hacerla, que las cuentas de soldado se hacen solas: quince días eran dos jueves, un término chico y ninguna feria en la comarca, quince días en que los caminos se mirarían solos y el vado no tendría más ojos que los de la guardia que le reza.

Un préstamo del calendario, y los préstamos del calendario ya sé cómo los cobran: con interés y en la fecha peor.

No pensaba gastar aquellos quince días en nada que se notara.

Esa es la ventaja de mi guerra de ahora, que se gana pareciendo que no se libra, y el que volviera de las ferias del sur iba a encontrar lo que dejó: un distrito quieto, una tablilla llena y un capitán aburrido de escribir verdades.

Cené con mi mujer la cena de los jueves, trucha y col y el vino contado, y le di el recado del ministro con las palabras exactas que me dieron, la harina, cabal, su viuda, y ella lo cobró con un medio gesto que valía un archivo, y por debajo del medio gesto le trabajó otro un aliento, uno que ya le conozco: el de ajustar una pieza nueva en una máquina que no me enseña.

El ministro le había mandado siete palabras y las siete iban a trabajar toda la noche.

Así se hablan estos dos desde enero, por encima de mi mesa, en el idioma de los recados exactos, y yo hago de camino real y cobro el peaje en no enterarme.

El resto de la noche me lo pasé sabiendo lo que sé desde el libro de la aneja: que mi nombre ya vive en la casa de sus muertos.

Antes que yo. Por la puerta de los papeles, como todo lo mío.

Lo guardé con los otros veintidós.

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