Capítulo 27
Le quité el escocés un martes, después de una semana de feria y de tratos en que la casa entera había hablado en lengua de números.
Toda la semana había sido de escocés de tratos: el escocés del cerero, el del factor, el del veedor con su gorra en la mano, la lengua en que esta comarca compra, jura, delata y asienta, la lengua en que están escritos el assythment, la tablilla y el registro con su hora falsa.
Se me había quedado pegada al oído como el sebo a las manos, y hay grasas que no se van con agua: se van con fuego.
Se lo dije con el cerrojo ya echado y el fuego de octubre bien cebado, alto y de turba buena, que era toda la luz que yo quería aquella noche, y una vela sin encender esperando en la repisa por si la noche cambiaba de oficio.
Él venía de su ronda, con el frío del adarve todavía en la ropa, y se estaba quitando el cinto cuando lo paré con la voz, a media pieza, que las reglas nuevas conviene ponerlas antes de que la noche escoja costumbre.
—Esta noche no os quiero en la lengua de los documentos.
Ni en la de los tratos, ni en la de los partes.
—Me senté en la orilla de la cama y lo miré armar la atención como la arma él, todo quieto menos los ojos—.
Habladme en la otra. En la de antes. Y no salgáis de ella aunque yo me pierda, que perderme es asunto mío.
Tardó un aliento en contestar, y en ese aliento le vi hacer la mudanza, que fue de cuerpo entero: el gaélico le baja los hombros.
Se los baja de verdad, dos dedos, como al que le quitan la coraza después de la jornada, y la cara se le queda la misma y toda distinta, que hay hombres que tienen una cara por lengua y no lo saben.
—Mar a thogras tu.
Como quieras, o como gustes, o lo que fuera: lo entendí sin pasarlo por ninguna aduana, que esa es la trampa de la lengua de una, que no sube a la cabeza, va derecha a donde va.
El gaélico me buscó los huesos como el calor busca las manos frías, con dolor de deshielo, y comprendí en dos palabras la hondura de lo que había mandado.
Cinco años llevaba aquella lengua siendo la de mis muertos, hablada bajo con Dòmhnall como se habla en los entierros, guardada de esta casa como se guarda lo cosido, y aquella noche la sacaba yo a trabajar viva.
Que aprendiera otro oficio o me dijera que no podía.
Para eso la mandé: para saber. Y había algo más, que no le dije a él ni me dije entera a mí: que en la lengua de los tratos yo llevaba un año ganando, y que ganar todo el día cansa como cavar.
Quería una lengua en la que no llevara cuentas. Si es que me quedaba alguna.
Le fui dando la noche por instrucciones, como sé, y él me la fue devolviendo en la lengua vieja, corto y bajo, que el gaélico suyo es de los que caminan pegados al suelo.
Dijo do ghualainn cuando le di el hombro, y an seo cuando le dije dónde, aquí, aquí, y seadh, seadh, despacio, cuando lo que yo mandaba iba bien mandado, y aquel seadh repetido me hizo más servicio que todos los conforme del año, porque conforme es palabra de notario y seadh es palabra de establo y de cuna, y mi cuerpo distingue a los notarios de las cunas mejor que yo.
Cuando el calor apretó y las palabras mías se quedaron cortas, las suyas siguieron viniendo, poca cosa, dos aquí, tres allá, air do shocair, decía, sin prisa ninguna, y gabh d'anail cuando yo me olvidaba de respirar, y mo bhean, decía, mo bhean, y esa la entendí entera la primera vez y todas, y no le mandé cambiarla.
Hay propiedad que una consiente porque la escritura la hizo una misma.
En mitad de aquello me salió a mí la primera palabra sin permiso.
Mandé algo, no diré qué, y lo mandé en gaélico, entero y bien mandado, sin haber decidido mandarlo en ninguna lengua, y me oí y me paré, y de la sorpresa se me escapó una risa corta, una, de las que no se preparan.
Cinco años sin reírme en esta casa y va la primera y me la saca una gramática.
Él no se rio, que no le tocaba, pero la boca se le movió lo que se le mueve, un cuarto de línea, y dijo, bajo:
—A-rithist.
Otra vez. Y aquel otra vez no era la orden, y los dos lo supimos. Volví a mandar lo mandado, en la lengua vieja, ya adrede, y la obedecí yo también, que hay noches en que una da las órdenes desde los dos lados.
El calor de aquella noche fue de los hondos y de los lentos, gobernado por mí y hablado por él, mi espalda contra su pecho y sus manos yendo adonde la lengua vieja las mandaba, que fue mi mano la que llevó la suya casi todo el camino y su voz la que llevó lo demás.
Me deshice con la lengua de mi casa en el oído y el fuego dándonos su luz de abajo, sin más testigo que la turba, y fue distinto a todas las veces contadas hasta aquella noche, no mejor ni peor, distinto como es distinta el agua del vino: los muertos hablaban gaélico y el deseo, aquella noche, también, y los dos bebieron de la misma jarra y no se envenenó ninguno.
Eso era lo que yo había venido a averiguar con el cerrojo echado.
La lengua aguantaba a los vivos. Se podía vivir en ella, no solo enterrar.
Los tres del brezo me cruzaron por donde cruzan, con su hilera y su orden, y no se pararon, que aquella noche en aquel cuarto se estaba hablando su lengua y hasta los muertos distinguen una casa ocupada de una casa habitada.
Después, en el rescoldo del después, con la manta echada y el fuego ya de brasa, le pedí lo último, que no lo llevaba pensado y por eso supe que era lo que importaba:
—Decidme algo seguido. Largo. Lo que sepáis de memoria.
Se estuvo callado un rato honrado, de los de buscar en el arcón y no de los de dudar, y luego empezó a decir, no a cantar, a decir con el tono de las cosas que se aprendieron cantadas, bajo, al compás de la brasa, un dàn de los viejos, de los de amor, que yo conocí a la segunda palabra como se conoce un olor: el del ciervo herido que baja a beber al agua quieta y no le teme al cazador, que ya lleva la flecha dentro y el agua es lo que le queda.
El ciervo baja al agua con la tarde, dice el dàn, y bebe despacio, y el agua le devuelve la cara y la flecha, y él bebe de las dos, que a esas horas ya son la misma cosa, y el cazador puede esperar sentado: lo que iba a llevarse ya lo tiene el agua.
Así lo canta la lengua vieja, sin lástima, que la lástima la pusieron después otras lenguas.
Mi madre lo cantaba hilando, con el compás de la rueca.
Ailsa lo cantaba mejor, con aquel quiebro en el verso tercero que no le enseñó nadie, y lo cantaba a media voz las tardes de lluvia, para la lana y para nadie.
Y el verso tercero venía viniendo, brasa a brasa, y yo lo dije con él.
En voz alta. En gaélico. Mi voz al lado de la suya, las dos bajas, el quiebro donde iba el quiebro, y no supe que lo estaba diciendo hasta que estuvo dicho, que hay puertas que una cruza mirando atrás.
Paró él primero. Se quedó con el resto del verso en la boca, sin gastarlo, y en la luz de brasa le vi tragar algo que no me enseñó, el trabajo de la garganta de los que están recibiendo más de lo que pidieron, y esperó, que esperar es lo que este hombre hace con lo sagrado, ya se lo tengo visto en otras plazas.
—¿De dónde lo sabéis? —le pregunté, en la lengua de todos, que para las aduanas vuelvo siempre a ella.
—Marsaili. —La voz le salió con cuidado, como quien saca brasas con la mano—. Nos los cantaba a los dos, a mi hermano y a mí, de críos, con la avena de la noche. Mi hermano se dormía. Yo no.
Y por quedarse en la lengua, o por no saber salir de ella, empezó otro, el del lino y la luna, que la luna hila y el lino espera, y ese era el de Ailsa, el suyo de ella, el que se pedía a sí misma en voz baja cuando la labor venía torcida, y a la tercera palabra le puse los dedos en la boca. Sin golpe. Una aduana.
—El segundo no. —Me salió ronco—. El segundo todavía no.
Lo dejó en el aire con la obediencia buena, la que no pregunta cuánto tiempo es todavía, y el verso se quedó donde se quedan los que esperan: entero y sin gastar.
Hay canciones que se dan y canciones que se prestan, y la de mi hermana no era mía para prestarla.
Aquella noche aprendí que el duelo también tiene despensa, y que una decide qué se saca y qué se queda en el estante, y que decidirlo, después de cinco años, ya no era cargar: era administrar.
Marsaili. Los valles se cantaron las mismas canciones antes de quemarse los unos a los otros, y la nodriza del que firmó le puso en la memoria al hermano del que firmó los mismos versos que mi madre le puso a la mía.
La cuenta era tan vieja que no tenía culpables vivos.
La dejé estar donde estaba. Y entonces hablé de Ailsa, por primera vez entera en esta casa, y lo hice yo, sin que nadie me abriera la puerta, que las puertas de mis muertos las abro yo o se quedan cerradas.
Le dije que el dàn era de mi madre y que mi hermana lo heredó con el quiebro y todo.
Que Ailsa cosía para dos casas, la nuestra y la del viejo ministro, que le pagaba en manzanas secas y en latín que ella no quería, y que les ponía nombre a las ovejas por las mujeres de la Escritura, y había una Rut y una Betsabé y una Jezabel que embestía, y mi padre decía que aquello era poco serio y se sabía los nombres mejor que ella.
Que creía que el mundo, tratado con cuidado, devolvía el trato, y que el mundo la desmintió en una noche y ella no supo hacerle la cuenta nueva, porque no tenía columnas para tanto.
Nadie las tenía. Yo tampoco: yo lo que tuve fue otra salida.
Le di tres cuentas y guardé mil. Eso también es un oficio, y aquella noche lo estrené: contar a los muertos por partes, como se enseña una casa, este cuarto sí, ese pasillo todavía no, y ver que la casa aguanta la visita.
Le dije lo que no le había dicho a nadie con esta boca: que mi rabia y su muerte son la misma herida con distinta salida, y que por eso a mi hermana no la juzgó nadie que tuviera derecho, porque juzgarla a ella era juzgarme a mí, que éramos la misma sangre haciendo dos cosas distintas con la misma noche.
Ella se fue con los nuestros. Yo me quedé a llevarles la cuenta.
Ninguna de las dos eligió: elegimos las dos, que es distinto, y quien no haya tenido delante esa aduana, que no opine del arancel.
Él escuchó entero, sin tocarme, con las manos quietas sobre la manta donde yo las viera, que ya sabe que mis muertos se escuchan con las manos a la vista.
No dijo que lo sentía, que esa moneda anda muy manoseada y él lo sabe.
Dijo, al cabo, en la lengua en que yo lo había puesto y de la que no salió en toda la noche:
—Tha cuimhne aice ort. —Y luego, más bajo, con los ojos en la brasa—: Agus ormsa.
Se acuerda de ti. Lo entendí por donde se entienden esas cosas. Lo segundo lo entendí a medias y no pregunté, que aquella noche ya llevaba gastadas mis aduanas. Y de mí, había dicho. Y de mí. Lo guardé sin darle cambio, como se guardan las monedas raras, para mirarlo a otra luz.
Dormimos con el fuego bajando y la lengua vieja todavía en el cuarto, posada en las vigas como se posa el humo de turba, que las lenguas tardan en irse más que el humo y algunas, con suerte, no se van.
El duelo no se había hecho más chico por lo que mi cuerpo había hecho antes, ni mi cuerpo pedía perdón por lo que el duelo pesaba: cenaron en la misma mesa, cada uno de su plato, y ninguno le sirvió al otro.
Así vamos a comer de aquí en adelante, pensé.
Los que seamos a esta mesa que no se ve.
Los muertos cantaron en mi cama y no vinieron a llevarse nada.
Antes de dormirme del todo hice el repaso que hago, la puerta, el fuego, el cuchillo en su costura, y le añadí un asiento nuevo, el de la noche: la lengua de mi casa sabía dos oficios. Los muertos cantaron en mi cama y no vinieron a llevarse nada.
Se llevaron, si acaso, lo que sobraba: un poco del silencio con que los tenía mal enterrados.