Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

La feria de octubre volvió con el año cumplido: nos habían casado tres semanas después de la anterior, de modo que aquel gentío oliendo a lana mojada y a castaña era, cuenta arriba cuenta abajo, mi aniversario.

Nadie lo dijo en la casa. Yo lo asenté sola, que los aniversarios, como bien dice mi cuñado, los inventaron los acreedores.

Fue una feria de hambre. La cosecha había vuelto a helarse en agraz, la segunda seguida, y se notaba en todo: en el ganado flaco que bajaba de los valles a malvenderse antes del invierno, en los tratantes de fuera con la bolsa insolente, en el corro callado alrededor de la mesa del factor de mi cuñado, donde el grano de las trojes se apalabraba a precio de plata vieja y la gente escuchaba los números como se escuchan las sentencias.

Había más mendigos que músicos, y los músicos tocaban más corto.

En el corro del grano estuve lo justo para oír pregonar el precio nuevo, y el pregón cayó sobre el gentío como cae la helada, sin ruido y de una vez: cuarenta caras haciendo la misma cuenta con el mismo resultado, el invierno partido por el número de bocas, y detrás del silencio ese rumor bajo de las multitudes que restan.

El factor de mi cuñado apuntaba nombres con buena pluma.

Se apalabraba a pagar en primavera, con prenda, y las prendas eran las de siempre: la vaca, el derecho de pasto, el hijo mozo para las faenas.

Yo di limosna donde una señora la da, en la puerta de la iglesia y a la vista, tres bocas de las que ya no restan porque ya les salió el número, y seguí mi camino con el oficio en regla y la cuenta aparte.

En el noventa, el hambre de esta comarca la firmó un papel.

La de este año no necesitaba firma: le bastaba el cielo.

A mi cuñado le daba igual la mano de obra del hambre. Él trabaja con las dos.

Una feria se le lee a un año como las manos a un hombre. A aquel año le faltaban dedos.

Yo bajé con la casa y con mi oficio: la sal del invierno, las agujas, dos rollos de lino que venían apalabrados y el sebo del trimestre que el cerero me tenía a mal precio y a buena mecha.

Mi marido quedó con la guardia en el real del ganado, que las ferias con hambre se vigilan distinto, Beathag se me pegó como el oficio que es, y Oighrig plantó su puesto de madejas junto a las vendedoras del este, con la lana teñida de sus calderos, que se vende sola porque no destiñe ni miente.

Verla despachar es una educación: cobra como si hiciera un favor y regatea como si rezara.

Le compré yo también, dos madejas del pardo bueno, pagadas al precio de todos y delante de todos, que a la familia se le compra en público y sin rebaja o no se le compre.

—¿La feria bien? —me dijo al cobrarme. —Cara. —Como todo lo que se vuelve escaso. —Me miró el puño izquierdo un aliento, como quien comprueba una puntada propia—. Anda con la gente, que hoy la feria empuja.

Con Oighrig nunca sé qué sabe. Sé que cose recto y avisa torcido, y que sus avisos, contados a fin de año, salen todos ciertos. Me llevé el aviso con las madejas.

Lo del cerero fue pelea vieja: me tenía el sebo a precio de año malo y la mecha a calidad de año bueno, y quedamos donde quedamos siempre, él quejándose de mí a voces por media feria, que así recomienda él, y yo pagando al contado, que es la mía de tenerlo el año entero de mi parte.

El lino apalabrado llegó cabal y las agujas inglesas venían romas, y se cambiaron sin sangre.

Una feria de hambre es mala para todo menos para comprar: el dinero contante, este año, daba miedo de puro respeto.

Raibeart me salió al paso donde salen los que llevan tiempo eligiendo el sitio: en la calleja estrecha entre los toneleros y el corral de las cabras, donde la feria se hace embudo y no hay más remedio que pasar despacio.

Jubón nuevo, gorra en la mano, el luto en el paño justo, y la voz puesta en ese tono de mercader que él gasta, que nunca sube porque subirla sería regalar mercancía.

—Señora. Un año ya. De lo vuestro y de lo mío casi, que lo mío fue en febrero. —Ni una pausa para el pésame que no le di—. Mi hermano os apreciaba. Me lo dijo la última Navidad: que la señora tenía buena mano con las cuentas. A él las cuentas se le daban peor. Le salían huecos.

—Los ahogados dejan huecos —dije—. Dios los tape.

—Los tapa, los tapa. —Se miró la gorra, le alisó el paño, y cambió de género como cambian los buhoneros, sin mover el mostrador—.

Vos lleváis libros, me dicen. Libros chicos, de casa.

Buena cosa. Mi hermano no sabía de letra, ¿sabéis?

El recuento se lo llevaba otro en la cabeza y él ponía las rayas.

Por eso digo yo que las letras de aquella tablilla no eran para él.

Un hombre que no lee no baja por una tablilla.

Baja porque se lo mandan de palabra. Y las palabras, señora, no dejan asiento.

Esa es la ventaja que les veo.— Aunque hay huecos curiosos, señora.

Yo, como me pagan por mirar caminos, miro.

Y el camino de mi hermano, aquel día, tenía una hora de más o de menos, según se cuente.

Y el vado, mucha agua para un hombre que sabía el agua.

Y la tablilla del portalón, mucha letra para un asunto tan callado.

—Levantó los ojos, redondos y pacientes—.

Y luego está lo que se reza en los mojones, que en esta comarca se reza poco y se reza raro.

Vos que sois de iglesia, señora: ¿a qué santo se le reza en un mojón un día de Candelaria?

La calleja nos apretaba. Beathag venía dos pasos atrás, entretenida en un puesto de peines y con la oreja puesta en mí, y por la boca de la calleja empezó a empujar el gentío del corro del grano, que acababa de oír precio nuevo y lo venía maldiciendo en bloque, hombro contra hombro, con esa marea sorda de las multitudes con hambre. No era sitio ni yo iba a dárselo.

—A los santos de una le rezan donde una los tiene, Raibeart. Los vuestros ya sabéis dónde están: en el arca de mi cuñado, cobrando por mirar.

No le contesté a eso, que contestar a los tanteos es tasarlos, y él tampoco esperaba: había venido a dejar la mercancía a la vista, no a venderla. Los hombres como Raibeart enseñan el género semanas antes de decir el precio, para que el precio, cuando llegue, ya parezca viejo.

Fue entonces cuando llegó el empujón. La marea del grano dobló la esquina, un tonelero gritó por sus duelas, alguien cayó contra el corral y las cabras pusieron el resto, y en el apretón Raibeart alargó la mano y me cogió de la muñeca izquierda, del puño, con toda la cara de estar sosteniéndome, sea Dios testigo, un hombre atento que evita que la señora caiga, y los dedos buscando más de lo que sujetaban.

El paño del puño, tirante sobre lo cosido, cedió por la costura vieja lo que cede una puntada: un suspiro de hilo.

Sentí abrirse la boca de la tela y sentí, como se siente un cuchillo sin verlo, el filo de una mirada bajando hacia mi muñeca, donde entre dos labios de lino asomaba, negro sobre blanco, un dedo de cordón.

Hice lo que hacen las manos que saben antes que su dueña: cerré la derecha sobre el puño izquierdo, entera, como se tapa una herida delante del cirujano equivocado, y tiré del brazo con el giro de quien recobra el equilibrio, no con el de quien esconde, y dije alto, con la voz de señora que no había gastado aún:

—Tened, que me tiráis.

—Sujetaros quería —dijo Raibeart, y me soltó con las dos manos abiertas, inocentes, a la vista de todos, y los ojos se le quedaron en mi puño cerrado un aliento de más, y en esos ojos vi trabajar la pluma: lana negra, muñeca izquierda, la señora la tapa.

Tres palabras. No le hicieron falta más para el asiento, ni a mí para el mío.

Mi marido llegó con la marea ya rota, abriendo el gentío con el hombro y la voz de servicio, preguntó a la calleja entera si la señora estaba servida, y los dos hombres se midieron el tiempo de dos palabras:

—Veedor. —Capitán.

Dos oficios saludándose como se saludan los cuchillos en el mismo cajón, por el mango.

Después me dio el brazo hasta lo ancho de la feria, con la mano de Raibeart todavía dibujada en mi muñeca por dentro de la manga.

No preguntó qué había sido. Le dije que el grano había subido y la gente lo había bajado a empujones, que era verdad entera, y el prendedor de plata, sin que nadie lo viera, pasó de prender por dentro a prender el puño abierto, cosiéndome la boca de la tela con su aguja hasta mejor hora.

La plata lleva años haciéndome estos oficios.

El oro, mientras, a la vista, ganándose el jornal delante de la gente.

De Beathag me ocupé con los ojos en cuanto tuve lo ancho de la feria por delante.

Había visto lo que se ve desde dos pasos y un puesto de peines: al veedor sujetar a la señora en el apretón y a la señora recobrar el brazo y cerrarse la mano sobre el puño.

Eso era todo y eso bastaba para su canal, que Beathag no borda lo que ve: lo entrega crudo y deja que borden otros, y por eso vale lo que vale.

La señora se tapó la muñeca. Cuatro palabras.

En una semana estarían en la cocina, en dos en el lavadero, y adonde llegaran después ya no era cosa de la lana sino de quien hilara.

Lo asenté sin remedio, que hay goteras que se apuntan y no se arreglan: se les pone debajo el cacharro y se vive con el ruido.

En el resto de la feria compré lo que tocaba comprar, pagué lo que tocaba pagar y me dejé ver donde una señora se deja ver, con Beathag detrás cargando el inventario doble, el de los bultos y el suyo.

Oighrig levantó su puesto a media tarde, vendido todo menos una madeja parda que no vende nunca, que dice que un puesto sin género espanta y un puesto con una madeja da confianza, y volvimos con el sol ya de retirada y los caminos llenos de ganado triste.

Esa noche, con el cerrojo pasado y la vela de coser encendida, hice la mudanza que llevaba pensada desde la calleja, que las decisiones de peligro me vienen así, enteras, con el peligro dentro todavía caliente.

Descosí el puño del todo, las siete puntadas y las de después, y saqué el cordón a la luz por segunda vez en un año, que ya son más veces de las que este cordón debe ver ninguna.

Lo tendí en mi rodilla y lo conté nudo a nudo con el pulgar, despacio, como se cuenta lo que no puede estar mal contado: ocho.

Ocho, y el hueco liso donde estuvo el noveno, que la lana, por más que se alise, guarda un rizo de memoria si una sabe buscárselo.

No se lo busqué. La muñeca es mal sitio y lo fue siempre: la muñeca se agarra.

Se agarra en las ferias, se agarra en los bailes, la agarra un cirujano si un día mando menos de lo que pienso mandar, y cinco años tuvo suerte la lana de que nadie apretara donde no debía.

El pecho no se agarra. A una señora el pecho no se lo toca nadie que quiera seguir contándolo, y el arisaid me lo pongo yo sola y se cuelga de su clavo a media vara de mi cama, sin pasar por manos de Beathag, que la ropa de encima es la única que en esta casa no lava ni cuenta nadie más que yo.

Lo pensé todo con el dedal puesto, despacio, que las mudanzas de lo cosido se piensan una vez y para años.

Después le quité al arisaid el doblez del pecho, del lado izquierdo, abrí la entretela con el punzón, tendí el cordón en llano contra el paño, siguiendo la caída, como se tiende una alforza que no quiere bulto, y lo cosí por las dos orillas con hilo del mismo pardo, puntada menuda, de las que no se ven porque no se buscan.

El puño quedó zurcido de inocencia, con hilo de lino y sin nada dentro.

El arisaid me lo puse sobre los hombros antes de guardarlo, por sentirlo: el cordón quedaba donde queda el prendedor de plata, del lado del corazón, plano contra el vaivén del paño, mudo al tacto de cualquiera que no fuera yo.

De la muñeca al pecho. Las deudas viejas viajan así, hacia dentro y hacia arriba, y pesan menos cuanto más cerca del sitio que las lleva.

Raibeart tenía en su libro lana negra en una muñeca.

Yo tenía en el mío sus ojos bajando, su pregunta del mojón y su jubón nuevo pagado por mirar.

De los dos asientos, el mío estaba más completo y me servía de menos: los hombres como Raibeart no necesitan saber para cobrar.

Les basta con que otro tema que sepan. Y en esta casa, de temer, andamos todos bien surtidos.

La vela de coser la dejé consumirse entera, por una vez, mirando el arisaid colgado de su clavo con su secreto en llano.

Gastar también es una manera de contar.