Capítulo 25
La carta del Consejo llegó un martes de abril, con el sello grande y dos jinetes que no quisieron cerveza.
La trajo un correo de los de oficio, con su compañero, las capas del rey y esa prisa administrada de los que cobran por legua, y mi hermano los recibió al pie de la escalera con la cortesía exacta de las malas noticias que aún no se han leído.
Yo estaba a lo mío, que era la revista de las cuadras, y vi la escena por encima del lomo del castaño: los dos de a caballo sin desmontar del todo hasta que se les rogó, el pliego pasando de guante a mano con su reverencia contada, el patio entero encontrando de pronto trabajos que hacer cerca de la escalera.
Una carta de Edimburgo se le nota a una casa en los hombros.
La nuestra los subió todos a la vez y los mantuvo subidos hasta la cena.
Me llamaron al estudio antes de que el lacre acabara de enfriarse en la bandeja.
El invierno había traído lo que traen los inviernos de después de un panfleto: ruido.
Primero corrió que habían querido matar al rey en un camino de Inglaterra, con nombres y con horca; después, que Francia tenía barcos juntos y al otro rey dentro; después, levas, juramentos de asociación, y todos los correos del reino cansados.
Cuando Londres estornuda, Edimburgo se sangra, y cuando Edimburgo se sangra, escribe al norte.
La carta era eso: el norte somos nosotros.
Mi hermano la leyó dos veces, la segunda en voz alta y solo para mí, con la puerta cerrada.
El Consejo, atento a la quietud de las tierras altas en la presente coyuntura, pedía a los señores de ellas tres cosas por escrito y dentro de plazo: relación de la quietud de sus distritos, con novedades si las hubiere; razón de forasteros, buhoneros y gentes de paso sin oficio conocido; y estado de las armas y de los avisos, con las almenaras de señal corrientes y a punto, conforme a la orden general.
Al pie, una firma de secretario que no era la del secretario caído, y una posdata de cortesía que era la verdadera carta: que el Consejo recordaba los servicios del señor de Caisteal an Tuirc y confiaba en que su distrito siguiera siendo ejemplo de sosiego.
—Ejemplo de sosiego —repitió mi hermano, dejando el pliego abierto sobre la mesa con las dos manos planas encima, como se sujeta un mantel con viento—.
¿Sabes lo que vale eso hoy, hermano? Más que el granero.
Un distrito quieto, un apellido leal, un matrimonio en regla con la casa que se quemó.
Somos un sermón que Edimburgo quiere poder predicar. —Me miró—. Que nadie nos lo estropee.
Y empezó a predicarlo aquella misma semana.
El domingo, a la salida del oficio, se detuvo en el atrio más de lo que se detiene, con la señora y el capitán a los flancos, repartiendo saludos por rango y dejando que la parroquia entera nos contara los botones, y de vuelta me lo dijo sin mirarme, en su tono de instrucción general: que en los meses que venían la casa se dejara ver junta y en orden, que los distritos quietos se componen de matrimonios quietos.
El martes cenó con nosotros Greum de Ceann Loch, gordo, colorado y debiendo seiscientos marcos de los que en esta casa no se habla, y mi hermano le perdonó en los postres el interés del año, en voz alta, con el escribano casualmente a mano, y Greum sudó la gratitud por todos los poros que tiene, que son muchos.
Mi hermano no perdona intereses. Los invierte.
Aquel perdón era un testigo comprado a plazos para un pleito que aún no existe, y Greum lo sabía a medias, que saber a medias es el estado natural de Greum, y por eso mi hermano lo cultiva: los testigos enteros salen más caros y declaran peor.
Contesté que el distrito estaba quieto. Era verdad.
Los muertos no hacen ruido, que para eso se les paga el silencio con campanas, y el hambre que venía subiendo de los llanos todavía no gritaba: pedía.
Mi hermano dictó su relación aquella misma tarde, y era una obra fina, toda verdades: cosecha corta pero trojes prevenidas, caminos seguros, un ahogado de accidente en febrero con su asiento parroquial, ninguna reunión sospechosa, ningún forastero sin cuenta.
Me la dio a copiar en limpio, que mi letra es de las que los consejos leen sin cansarse, y la firmé debajo de él como capitán de la casa.
Verificado por dos. Los papeles de mi hermano viajan siempre con escolta.
Lo de las almenaras me lo quedé yo, que era lo mío.
La del cerro llevaba sin servirse desde antes de mi padre: un cajón de piedra seca en la peña del norte, con su calzada de cabras y su vista de tres valles, hecha para arder cuando ardieran las de la costa y pasar el aviso tierra adentro.
Subí el jueves con dos hombres y un mulo, por la calzada de cabras que hay que ganarse a pie los últimos dos tiros de piedra, a la luz buena de la mañana y con el viento del norte pasando lista, y la encontré como se encuentran las cosas que nadie ha necesitado en treinta años: entera y podrida.
La leña vieja, hecha esponja; el techado de lajas, vencido de un lado; el hierro del espetón, comido.
Hicimos lo que se hace: vaciar, secar, techar de nuevo a una agua, y dejarle dentro su carga de ley, leña de roble abajo, brezo seco arriba, la yesca en su olla tapada, y la piedra de encender en su hueco.
Trabajo de media jornada y de cien años, que las almenaras se preparan para no arder nunca y se les debe el mismo cuidado que si fueran a arder mañana.
Desde arriba se veía el glen entero, los pastos del realojo con sus humos y el hilo pardo del río con su vado, y no me quedé a mirarlo, que las vistas largas cobran en moneda que no me sobra.
En el parte puse: la almenara del cerro, corriente.
Carga nueva, techo nuevo, señal probada con humo chico a mediodía, vista conforme desde el adarve.
Un renglón. Los renglones no saben lo que cargan.
La primavera trajo también su plazo, el que yo llevaba contado desde el otoño: el plano del camino alto, prometido para cuando el monte abriera.
El monte abrió. Mi hermano no lo pidió. Lo vi acercarse al asunto dos veces y las dos se apartó él solo, y la segunda lo dijo en voz alta, más para su libro que para mí: que con Edimburgo pidiendo relaciones de quietud no era año de andar por los montes con cadenas de medir y papel de marca, que los teodolitos crían preguntas y las preguntas crían visitas, y que el camino llevaba cien años donde estaba y sabría esperar uno más.
Le di la razón con la cara de dársela a medias, que dársela entera habría sido sospechoso, y aquella noche taché el plazo de mi cuenta y le abrí otro, que los plazos no se mueren: se mudan.
El monte había ganado una primavera. Las primaveras se ganan de una en una.
La relación salió con su escolta y volvió el acuse a las tres semanas: recibida, agradecida, archivada. Ejemplo de sosiego, otra vez, ya sin cortesía, de puro trámite, que cuando Edimburgo repite un elogio es que lo ha convertido en obligación.
Y llegó lo de Balneaves, que vino por el correo ordinario metido entre facturas de Perth, con el lacre chico de los particulares.
Alasdair Balneaves, teniente que fue de la Brigada, escocés de Angus, camarada mío de Steenkerque, donde me sujetó el brazo izquierdo mientras el cirujano hacía su oficio y me contó mentiras todo el rato con mucha educación.
Ahora escribía desde Edimburgo, donde servía la pluma de un pariente con silla en el Consejo, y su carta era la carta de un soldado que ha aprendido el nuevo oficio: dos tercios de recuerdos y un tercio de presente, y el presente bien doblado dentro de los recuerdos.
Que la ciudad andaba de juramentos y de listas.
Que el asunto del valle del oeste, decía así, del valle del oeste, seguía sin cerrarse del todo, que el Parlamento lo había dejado con el nombre puesto y sin cuello debajo, y que había papeles de aquellos años que empezaban a valer dinero o soga según la mano.
Que se acordaba de mí, de mi paso a la casa de mi hermano, y que si alguna vez el norte se me hacía estrecho, en Edimburgo un hombre con servicios y buena letra siempre come.
Y al pie, después de la firma, con la tinta un punto más apretada: «Cuídese vuestra merced de los años que firmó y de los que no firmó, que en esta ciudad se archicertifica todo. »
Se archicertifica todo. Balneaves siempre inventaba palabras cuando lo que quería decir no las tenía decentes.
En Steenkerque, con mi brazo abierto sobre la mesa del cirujano, me estuvo contando media hora que aquello no era nada, que él había visto coser cosas peores en hombres más flojos, y que el humo de la tarde venía del rancho y no de la línea, y todo era mentira y todo estaba bien dicho, y no le grité ni una vez, por no desmentirlo.
Hay hombres que te sujetan el brazo y hombres que te sujetan la cabeza.
Balneaves hacía las dos cosas con una mano.
Le contesté aquella semana con una carta gemela de la suya, dos tercios de Steenkerque y un tercio de nada: el distrito quieto, la cosecha corta, mi mano izquierda servida y agradecida.
Ni una pregunta, que las preguntas por carta son confesiones con sello.
Pero guardé la suya en el fondo de mi arcón de soldado, con la hoja de servicios y el descargo de Flandes, que es donde guardo los papeles que pueden ser escudo o dogal según el año, y apunté el nombre en mi cuenta de salidas: Balneaves, Edimburgo, pluma con pariente.
Una tronera que da al este. Las plazas fuertes se rinden todas igual, por dentro; los sitiados que se salvan son los que tienen una salida que el sitiador no ha contado.
Yo llevaba un año contando las de esta casa para otros. Empezaba a ser hora de contarme una.
Raibeart pidió audiencia a mi hermano el último viernes de abril y estuvo dentro lo que dura un rosario.
Salió contado y contento, con esa cara suya de plazo cobrado, y a los dos días amaneció con jubón nuevo y oficio nuevo: veedor de los tratos del ganado, que es cargo que mi hermano acababa de inventar y que consiste en mirar.
Mirar ferias, mirar caminos, mirar quién compra y quién calla.
Mi hermano colecciona hombres que miran, y prefiere pagarles él antes de que les pague otro, que esa es toda su doctrina de gobierno y no le ha fallado nunca.
A mí me alcanzó el nombramiento por la tablilla, como todo.
Lo leí dos veces. El hermano del ahogado, a sueldo para mirar caminos, con el vado en medio de todos los caminos.
Hay años en que el calendario trabaja para uno. Aquel había cambiado de amo.
Desde esa semana escribo mis salidas en la tablilla con más letra de la que piden los turnos: adónde, a qué, con cuántos.
Antes escribía para la casa. Ahora escribo para dos lectores, y al segundo le dejo poco que restar, que a los hombres que buscan huecos se les combate con relleno.
Es una guerra aburrida y se gana aburriendo. De esas sé.
Esa noche cené con mi mujer la cena de los martes, que ya no distingo de las otras y que sigo llamando así por dentro, por el gusto de las cosas que empezaron teniendo nombre, y le conté lo del Consejo por encima, la quietud, las almenaras, lo que la casa entera sabría por la mañana.
El complot y los barcos ya los sabía ella, que los panfletos del invierno habían corrido más que los correos, y no preguntó por el complot ni por los barcos: preguntó por lo nuestro, que es como pregunta la gente que sabe leer una guerra desde su parcela.
Me oyó como oye ella, cobrando cada dato en su caja sin dar recibo, y al final preguntó una sola cosa, con el cuchillo quieto en la mano:
—¿Y la almenara quién la enciende, si hay que encenderla? —El que la ve necesaria y llega primero. Para eso se deja cargada. —Cargada —dijo, y siguió con su trucha.
Preguntó también, con el mismo tono de pasar revista a la despensa, que a los buhoneros quién los contaba, ahora que Edimburgo pedía razón de gentes de paso, y le dije que el que los deja pasar, que es la guardia, que soy yo.
Se dio por enterada con medio gesto y no volvió sobre ello, y yo tampoco, aunque los dos sabíamos qué mercancía de dos peniques viaja en las faltriqueras de los buhoneros y a quién le conviene que los cuenten poco.
Hay matrimonios que se entienden por lo que se preguntan.
El nuestro, muchas noches, por lo que deja de preguntarse en el sitio justo.
Y la palabra cargada se me quedó a mí un rato, sin saber yo que me la estaba guardando ella.
En el parte de la semana para Edimburgo fue todo: la quietud, la relación, la señal probada. Copié la última línea con la letra mejor, que era la que mi hermano quería enseñar: en este distrito, sin novedad.
La firmé sabiendo lo que firmaba. Ya voy sabiendo siempre lo que firmo. No sé si eso mejora al que firma o solo le quita el descanso, pero el descanso, en esta casa, hace años que es plaza tomada.