Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 24
53%

Capítulo 24

Febrero se fue quedando sin días y mi columna nueva sin margen.

Los asientos de aquellas semanas fueron chicos y buenos, que son los que sostienen un libro: una mano en el nacimiento de la espalda cruzando el patio de hielo, quieta y sin viaje, y yo sin contarle los dedos; el pelo hacia atrás los sábados, ya sin palabra por medio, que hay órdenes que ascienden a costumbres; dormirme la primera dos noches de siete, que en mi guerra es ceder terreno al sueño y no perderlo.

Cada asiento en su fecha. Ninguno vino de golpe ni de gracia: vinieron como viene lo ganado, por sus jornales.

Hubo dos más que apunté con tinta buena.

Un día de vidrio, en la escalera del adarve, le pedí el brazo.

Pedirlo, con mi voz, delante del centinela: el brazo, dije, y él lo puso y el mundo siguió en su sitio, y yo bajé dieciséis peldaños agarrada a un hombre sin que ninguna campana tocara a rebato.

Y una noche, con la lengua ya de retirada, se me escapó su nombre fuera de todo pedido, suelto, como se le escapa a una la calderilla, y no fui a recogerlo ni le abrí asiento de pérdida.

Hay monedas que una deja rodar para ver dónde paran. Paró en él. Allí sigue.

Quedaba el país grande. El peso.

Cinco años había dormido con la puerta de ese país tapiada, y la tapia tenía sus razones y las razones tenían sus manos, y no voy a darles aquí más renglón que este.

Lo que importa a mi libro es lo otro: que la tapia era mía, y que tirarla o dejarla no lo iba a decidir un pleito ajeno, ni una amenaza con vaso de vino, ni el calendario de nadie.

La quería tirar yo, piedra a piedra, con mi orden y mi compás, y saber de una vez si detrás había país o había cuarto cerrado.

Los países se toman por sus capitales, dicen los que toman países.

La capital del mío era esa: un hombre encima y yo debajo, y seguir siendo yo.

Lo dispuse para el sábado, como dispongo lo grande, con dos amaneceres por delante para desdecirme.

El viernes por la noche estuve un rato con la decisión a solas, dándole la vuelta al peor lado, que las decisiones hay que mirarlas también por donde feo.

El peor lado aguantó la mirada. No me desdije.

El sábado la casa se recogió temprano, con el frío de fin de mes que ya no muerde: ronda.

Beathag hizo su pasada de la tarde entera y por su orden, el brasero cebado, el agua del lavamanos, la ropa blanca contada al dejarla y los cabos de mis velas recogidos en su cestillo para el recuento de arriba, dos y una mitad, que en esta casa lo quemado también rinde cuentas, y se fue con su paso de inventario y la reverencia justa.

La oí bajar la escalera entera. Los pasos de Beathag se cuentan solos: dieciocho hasta el descansillo, y esa noche fueron dieciocho, ni uno detenido, ni uno de más.

La casa quedaba en regla. Lo que viniera después ya no sería de la casa: sería mío.

Esperé a que la escalera se la tragara. Eché el cerrojo.

Dejé la vela nueva encendida y el cabo de la de coser apagado en su palmatoria, que las noches largas se aprovisionan, y el rescoldo alto, y me volví hacia el banco donde mi marido le daba sebo a la vaina vieja con la paciencia de los inviernos.

—Venid.

Vino. Sin prisa y sin pregunta, que las dos cosas me las tiene aprendidas, y se quedó a un paso de la cama, esperando el resto con los brazos sueltos.

—Esta noche mando menos y aguanto más. —Se lo dije mirándolo, que las órdenes grandes se dan a la cara—. El peso. El vuestro. Cuando yo diga, como yo diga y por partes. Y lo que yo diga a medias, no lo termina nadie.

—Conforme —dijo, con la palabra de los tratos, y la voz le salió un punto más honda que de costumbre, y ese punto no me lo cobré: se lo dejé tener.

Me deshice yo los lazos, los míos, que esa aduana no la cede una, y dejé la camisa donde la camisa quiso quedarse, a medias, que las tapias no se tiran desnudándose entera sino mandando entera.

Él esperaba de pie con los brazos sueltos y el fuego dándole por un lado, y le fui poniendo la escena con la voz como se pone una mesa: la cama, el lado, el orden.

Se descalzó, dejó la camisa en el arcón con su doblez de campaña y vino a la cama por donde señalé.

Yo me tendí de espaldas, que es la postura que mi cuerpo tiene por rendición desde hace cinco años, y esta vez la elegí yo, que elegir la postura de la derrota es quitársela al enemigo, y lo puse encima por instrucciones, como se arría una carga que vale más que la grúa: los brazos primero, hincados a los dos lados de mí, el peso todavía entero en ellos, su calor a un palmo de mi ropa y la vela haciéndole a la espalda un tejado de luz.

Le puse la mano abierta en el pecho, no para frenarlo: para gobernarlo, que una esclusa no es un muro, y el corazón le iba fuerte y espaciado, de hombre que carga en cuesta y no lo enseña.

Respiré. El país tenía la puerta delante y la llave era mía y estaba caliente.

—Am faod mi? —dijo, bajo, con la pregunta apuntando a lo que faltaba.

—Faodaidh.

Y bajó. Por partes, como estaba mandado: el pecho primero, un tercio del mundo, y paré la mano y lo tuve así lo que quise, acostumbrándome a que el mundo pese; después la cintura, a su voz, y el arrimo hondo del vientre, que llegó con su calor por delante como llega la marea, anunciándose; y las piernas, que las suyas buscaron a las mías y les pidieron sitio sin quitárselo; y lo último los hombros, que son donde un hombre guarda el argumento, bajados despacio hasta que su pecho le hizo techo al mío y los dos techos respiraron juntos, el suyo aguantando aún la mitad de sí en los codos, esperando la palabra entera.

La dije. Y el peso fue todo el peso, un hombre entero encima de mí, la lana de mi camisa entre los dos y su aliento en mi sien con su compás de marcha.

Pesaba lo que pesa un hombre, el primero en cinco años, y pesaba a su nombre: cada libra era suya y estaba dicha y consentida, y aun así las vigas del techo se me pusieron a contar solas, que las guarniciones viejas no leen los bandos nuevos.

Seis. Las conté otra vez. Seis y el mundo encima, quieto, sosteniéndose la mitad en los codos sin que se lo mandara, que hay obediencias que se adelantan al reglamento, y yo debajo, entera, con la alarma sonando en el cuarto de guardia y nadie acudiendo, porque la plaza era mía y la señal la había dado yo.

Y entonces la casa habló: pasos en el corredor, a deshora, y la tercera tabla, la que conozco, la que reparte distinto el peso de quien se para a oír.

—Para.

Paró. Parar es decir poco: se deshizo de sí.

El peso se me fue del cuerpo antes que el aire de la palabra, entero y de una vez, como se descarga un arma, y quedó a medio brazo de mí, hincado en sus manos, la cabeza baja, los ojos en la lana de la manta como se miran las consignas: por tener algo que guardar.

No preguntó si había hecho algo. No preguntó qué había oído.

No me puso delante ninguna herida suya que curar, y ese vacío de preguntas fue lo más ancho que me han dado en esta casa: un hombre parado a medio palmo de lo que quería, cargando él solo con su parada, sin pasarme la factura ni con los ojos.

La respiración le iba por la nariz, larga y con las costuras tirantes; en los antebrazos le trabajaba un temblor fino, aguantado como se aguanta el retroceso de un arma, y no lo gastó ni lo escondió: lo tuvo, que tener lo que a uno le pasa sin dárselo a nadie es la mitad del oficio de soldado y la entera del de marido, por lo que voy viendo.

La vela gastó un dedo. Lo vi gastarse. El tiempo, aquella noche, se midió en cera y en respiraciones, tres mías por cada una suya, y ninguna de las dos monedas me la cobró nadie.

—No tomaré nada que no ofrezcas —dijo entonces, bajo, en la lengua corta de los juramentos, y no dijo más.

La tabla tercera calló. Los pasos se estuvieron un espacio largo delante de mi puerta, el que no gasta nadie que pasa de camino, y se fueron después escalera abajo, más despacio de lo que se lleva una vela olvidada.

Conté lo que hacía falta contar. Las vigas, hasta que fueron seis a la primera.

La casa: un brasero, una vela y un cabo, dos respiraciones, un cerrojo echado por dentro.

El corredor, ya mudo. Beathag llevaría a su canal lo que dan las puertas de roble: bulto, una voz de mujer mandando y una palabra en lengua que ella no reza.

Que llevara. Podía dejar morir la noche de susto, como me enseñaron a dejarlas morir, y llevaba cinco años de obediencia perfecta a esa enseñanza. Aquella noche la releví del servicio.

Antes de decirlo lo miré, que las palabras grandes conviene saber adónde van.

Seguía a medio brazo, sin moverse, con la vela doblada detrás y el resuello ya dueño de sí, y no me miraba a mí: miraba la lana, firme en su consigna, aguantando el sitio que le habían dado como se aguantan los sitios buenos, sin mejorarlos.

Cualquier otro hombre habría levantado los ojos a mendigar la palabra.

Este no mendigaba. Esperaba paga, que es otro oficio, y la paga era mía y estaba entera en mi boca.

—Faodaidh.

Volvió por el orden en que se había ido, parte a parte y a mi voz, sin cobrarse el susto ni preguntarle réditos a la espera, y el peso volvió a ser el suyo y solo el suyo, y esta vez las vigas no se me abrieron.

Les puse yo el cerrojo: las manos. Se las llevé a la espalda y les di trabajo, que las manos ociosas son las que cuentan, y le leí los músculos como se lee una presa que aguanta su crecida, el trabajo repartido, la tirantez honrada, ni una libra de más en ningún sitio, y aquel país nuevo también era mío y también lo estaba tomando yo, por las palmas, a palmo por noche.

Me quedé debajo del mundo con los ojos abiertos, las manos en su espalda con oficio nuevo, y el calor vino por donde vino la otra vez, avisando en las piedras primero y llevándose las piedras después, y me deshice debajo de su peso con el peso puesto, entera y despacio y sin ruido que saliera del cuarto, con la boca en su hombro para dárselo a él y no a la casa, y no fue como la otra vez, que la otra vez fue romperse el hielo bueno y esta fue ceder una presa por su aliviadero, gobernada hasta en la crecida, y no solté la cuenta de nada porque ya no había cuenta, y él lo sostuvo todo, el suyo y el mío, quieto en lo hondo de su disciplina, hasta que le dije baja la voz que ya, y se apartó a la orilla con el mismo orden con que baja la marea: sin que se note irse.

El después fue largo y sin nombre. Los alientos empañando cada uno su palmo de aire, y luego un palmo solo, la manta a pulso sobre mí, su respiración bajando por sus escalones de siempre hasta el paso de camino, el cabo de coser apagado en su palmatoria y la vela nueva doblando ya la cintura.

Me dolió el cuerpo por donde había estado de guardia: la mandíbula, las palmas, un músculo del vientre que también monta turnos y no avisa.

Lo apunté sin queja, que las plazas tomadas cuestan guarnición, y la tapia no estaba tirada entera: estaba abierta, que es distinto y es bastante, y los cascotes los pisaría yo muchos días más, y alguno me haría sangre.

Tampoco el país era de pronto un jardín.

Era un país: con sus umbrías, sus vados malos y sus leguas por andar, y andarlo iba a llevar lo que llevan los países, que por eso los mapas se hacen viejos con sus dueños.

Pero tenía puerta, y la puerta abría hacia dentro, y la llave dormía de mi lado.

Con menos se han fundado casas. Nadie cura cinco años en una noche, y la que lo prometa miente.

Debajo de la almohada, la cuenta vieja pasó su noche completa, como todas.

Las parcelas nuevas no licencian guardias viejas.

Él se durmió en la orilla, por fuera de la ropa, que ya era plaza con nombre, y la casa se quedó en sus ruidos menores, y Beathag, abajo, dormiría con lo suyo mal guardado, que lo mal oído abulta más que lo visto.

Mañana su canal llevaría género. Lo pensé sin miedo, y me detuve en eso, en el sin miedo, el tiempo que se merecía.

Antes de dormirme conté las vigas una vez más, ya sin nadie encima y sin necesidad ninguna.

Seis. Las conté despacio, por el puro gusto de que salieran seis.