Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Las mulas volvieron solas con la última luz, y las mulas que vuelven solas son el parte más viejo del mundo.

Traían el hato entero, la lluvia de todo el día encima y el sosiego de los animales que han hecho lo suyo, y el portalón dio la voz sin que hiciera falta campana.

Con la noche cerrada y el agua alta no se busca: se ahoga el que busca.

Puse dos hombres con teas en cada orilla del camino de la cañada, por si el hombre venía a pie y despacio, con los relevos marcados y la orden de gritar el nombre a cada avemaría, y mandé recoger las mulas y leerles la carga bajo el porche de la guardia, delante de dos testigos, que las cargas de los muertos se leen así aunque aún no se sepa que lo son.

El hato entero, la manta, la cebada del camino, la cecina a medio empezar.

El libro del recuento no venía, y esa falta fue el segundo parte de la noche: un pastor mayor no se separa del libro ni para dormir, de modo que el libro estaba donde estuviera el hombre, y el hombre estaba donde el agua quisiera.

Pasé la noche en el adarve y en la cuadra, mudando la cincha del castaño dos veces sin montarlo, y la cuenta que no quería hacerme se me hizo sola y del todo, que hay cuentas que no piden permiso.

La tablilla del portalón me quedaba a diez pasos.

No fui a leerla. Me la sabía. A la primera luz salimos seis con cuerda, pértigas y una angarilla, y el costado me dio el parte del agua antes que el cielo.

El río se busca por orden o no se busca: primero el vado y sus dos orillas, después el remanso primero, después el segundo, leyendo las orillas como se lee un campo después de una acción, por lo que sobra y por lo que falta.

En la orilla de allá, las huellas de las mulas contaban su espera en círculos.

En la de acá, nada, que la lluvia de dos días es escribano que no guarda copias.

El agua bajaba parda y gorda, ya sin la rabia de la Candelaria pero con toda su hacienda, y los hombres iban callados con ese callar de oficio que tienen las cuadrillas cuando saben lo que van a encontrar y no saben dónde.

Lo encontramos en la poza grande bajo el vado, en el remanso de la orilla de acá, donde el agua deja lo que ya no le sirve.

Raibeart bajó a por su hermano sin esperar cuerda ni orden, con el agua al pecho, y lo sacó él solo y no consintió que nadie más le pusiera mano hasta la angarilla.

Eso se respeta y se aparta uno. El libro del recuento apareció con él, pasado de agua y prendido todavía bajo la presilla del pecho, que hay obediencias que ni el río desabrocha.

Lo desprendí yo, porque nadie más se atrevía a tocarle la ropa al hermano delante del hermano, y lo entregué después en la casa como se entregan las banderas cogidas al enemigo: con las dos manos y sin comentario.

Yo me aparté lo justo para hacer mi oficio, que mi oficio era leer el sitio, y el sitio se dejaba leer.

He cruzado ríos con ejércitos enteros, de día y de noche, con puentes de barcas y sin ellos, y he sacado de las aguas de dos reinos lo que las aguas cobran, que es siempre lo mismo y siempre en la misma moneda.

El agua tiene ordenanza. Empuja de donde empuja, suelta donde se cansa, y lo que se lleva de un vado lo entrega en el primer remanso con las cuentas claras: los golpes a favor de corriente, la ropa comida por donde arrastra, el peso boca abajo.

Aquello pagaba casi todo en regla: la ropa comida por donde el arrastre come, los golpes contados a favor de corriente, las botas puestas, el peso entregado en el primer remanso como manda la ordenanza del agua.

Lo que no cuadraba lo vi en dos asientos, y no los voy a poner aquí con sus cifras, que hay partes que no se escriben ni en la cabeza entera: un daño que la poza no cobra, porque la poza no tiene contra qué, y una piedra.

Una piedra de las de asiento, en el pedrero de la entrada del vado, vuelta, con la cara del invierno mirando al cielo.

Las piedras de un vado las conoce cualquiera que lo cruce con ganado: cuáles aguantan, cuáles cabecean, cuáles están de más.

Aquella estaba de más, y lo estaba de hacía poco, y no la había vuelto el agua, porque el agua vuelve las piedras río abajo y aquella miraba río arriba.

Los hombres cargaban la angarilla. Raibeart escurría a su hermano el pelo de la cara con una ternura que no le había visto usar con nada vivo.

Me agaché al pedrero como se agacha un capitán a mirar una cincha, cogí la piedra con las dos manos, di tres pasos con ella hasta lo hondo de la poza y la senté donde las piedras no cuentan nada, con la cara del invierno para abajo.

El agua me subió por las botas con su frío de febrero y me lo quedé, que era lo que cobraba por el porte.

Después miré el pedrero como lo miraría otro capitán, despacio y de una pasada, y el pedrero ya no decía nada.

Los sitios se rinden como las plazas: quitándoles la voz.

Nadie miró. Cuando hay un muerto delante, lo demás del mundo queda sin guardia.

Eso también lo sabe cualquiera que haya despojado un campo después de una acción, y yo lo sabía, y lo usé, y así se queda dicho.

A lo que hice en aquel pedrero los consejos de guerra le tienen puesto nombre, y al nombre, pena.

Lo hice a dos manos y sin que me temblaran, que es como se hacen las cosas que ya no tienen vuelta.

Podría contarme que el agua había hecho la mitad del trabajo y yo solo la otra media.

No me lo conté. Los partes falsos, si los firmas, se firman enteros.

El resto fue procedimiento, y el procedimiento lo llevé yo, que para eso está el capitán.

Al zagal de la cañada, que lo había visto bajar, le pregunté lo que se pregunta: a qué hora, con qué luz, quién lo vio el último.

Contestó lo que contestó. En el parte para mi hermano puse la hora que hacía verdad todo lo demás: la que lo ponía en el vado con la última luz y el agua ciega, cuando cruzar es echarse a suertes, y no la que lo ponía allí con día por delante y el agua a la vista.

Una hora. Las guerras se pierden por menos y los pleitos se ganan por menos.

Mi hermano leyó el parte de pie junto a su mesa, con la cara del gasto imprevisto, y me hizo las preguntas por su orden, que no es el del ministro.

—¿El libro? —Se seca. Junto al horno, con pesas en las hojas.

—¿El recuento? —Entero. La tinta aguantó.

—Bien ahogado, entonces. —Dejó el parte en su bandeja, boca abajo—.

Limpio y enterrado antes del domingo, hermano.

Los ahogados que duran crían pleitos, y este año no es de pleitos.

La mortaja y la campana, de la casa, y que se sepa.

Que se sepa. Mi hermano paga en público lo que quiere que se acabe pronto.

Después se quedó un momento con los ojos en la ventana, contando algo que no eran carros, y supe qué contaba: los que quedaban de aquellos nueve bajo su mano y bajo su vista.

Le salían dos. A mí también. No dijo más, pero esa semana Goraidh amaneció mudado del soto a la guardia del portalón, con paga mejor y sueño peor, que a mi hermano los hombres que le quedan de un asunto le gustan donde pueda contarlos desde una ventana.

El entierro fue el sábado, con la tierra tan dura que las palas sonaban a fragua y el aliento de la parroquia subiendo recto en el frío.

Sempill llevó el oficio corto y sin adorno, como despacha él a los muertos que no conoció, y la campana pagada sonó lo que estaba pagado.

Raibeart se puso a la cabecera de la fosa y no se movió de allí ni para dejar pasar al laird, y mi hermano se lo consintió, que los duelos de los útiles se consienten.

Tierra de iglesia sin discusión, que a los ahogados de accidente no se les pregunta nada, y el ministro me preguntó a mí lo suyo para el libro, con la pluma armada: día, hora, causa.

Le di la fecha, le di el agua, y le di mi hora.

La escribió con su letra igual, la leyó en voz baja como relee él todo, y la secó.

Cien años me va a mirar esa hora desde ese libro.

Lo pensé mientras la arena caía sobre la tinta, y lo pensé con estas palabras, porque son las del oficio que me enseñó el hombre al que se la mentía: lo que se asienta, dura.

El procedimiento del ministro era bueno.

Los procedimientos buenos hacen verdades con lo que se les da, sin preguntarle al que lo da.

Yo conocía otro papel con esa misma virtud, dormido en un arcón de Edimburgo con mi apellido dentro, y saberme ahora del gremio de los que alimentan procedimientos no me sentó como una novedad.

Me sentó como un ascenso que no se celebra.

Raibeart volvió al vado al día siguiente del entierro.

Y al otro. La segunda vez lo vi desde la loma, de pie en la orilla de acá, quieto bajo el agua fina, mirando la corriente como se mira a un testigo que no quiere hablar, y después el pedrero, piedra a piedra, con esa contabilidad suya que gasta para todo.

No encontró nada, porque no había nada; de eso me había ocupado yo a dos manos y con el frío en las botas.

Pero los hombres como Raibeart no buscan hallazgos.

Buscan huecos. Y el vado, para quien sepa restarle, tenía uno del tamaño de una hora.

Me lo dijo sin decírmelo a la semana, en el patio, con la gorra en la mano y el luto en el paño y no en la voz:

—Mi hermano cruzó ese vado doscientas veces, capitán.

—Ninguna con el agua de febrero. —Ninguna —dijo, y me sostuvo la mirada un espacio medido, de prestamista que apunta un plazo—.

Eso mismo me digo yo. Que no la había cruzado nunca con esa agua.

Y me pregunto quién sabía cuánta agua iba a haber, y quién sabía el día.

El día lo sabía media casa, capitán. Estaba escrito en el portalón.

—Las tablillas se escriben para eso. Para que se sepan. —Para eso —dijo—. Con Dios, capitán.

Se fue con su cuenta engordando. La mía se quedó conmigo: que el hueco de la hora lo había abierto yo para tapar otro, y que los huecos, tapándolos, se multiplican.

Es la aritmética más vieja de la impedimenta: lo que se entierra cría.

Lo asenté donde asiento lo que no tiene arreglo y le pedí a Ualan un hombre más para el camino del sur, con una razón de bandidos que me inventé entera y me creyeron a la primera, que esa es la ventaja amarga de los capitanes: el crédito.

El quince lo empecé dos veces aquella semana, y las dos se me quedó en la primera palabra, que era su nombre. Hay números que no quieren cuerpo. Los dejé sin él.

En casa, mi mujer me preguntó lo que pregunta una casa: si estaba hecho, si faltaba pagar algo, si el hermano quedaba servido.

Lo justo, con el tono justo, ni una pregunta de las de saber.

Le contesté por el mismo arancel. Cenamos con el muerto bien administrado entre los dos, el vino a su seña, la mano de ella quieta junto al pan, y yo me sorprendí haciendo lo que no debía: leerle las manos como me ha enseñado ella a leerlas sin saber que me enseñaba.

Quietas. Fuertes. En paz. Aparté los ojos primero, que hay lecturas que un hombre no tiene ganado el derecho de terminar.

Ella guarda un monte que no sabe de quién es.

Yo guardo un río que sé de quién es. Su silencio me ampara sin saberlo; el mío la ampara sabiéndolo todo, y de los dos oficios el limpio es el suyo, que ella calla lo que hizo y yo callo, además, lo que soy.

Esa resta no la iguala ningún assythment.

La llevo yo, como llevo el resto de la impedimenta: repartida para que no suene.

A los tres días la guardia ya cruzaba el vado de dos en dos y con el salmo entre los dientes, que los sitios donde el agua cobra crían fama antes que hierba, y yo dejé correr la fama sin desmentirla, que un vado temido se vigila solo y a mí me convenía vigilado: cuanta más gente le tuviera miedo de noche, menos pies raros pisarían su grava.

Hay guarniciones que se montan con miedo ajeno y salen baratas. El precio lo paga uno por otro lado.

Esa noche pasé la revista que no está en el turnario.

La luz del este, encendida. La torre del ganado, a oscuras para siempre.

El vado, callado bajo su agua. Y en el estudio, sobre la mesa de mi hermano, un parte con una hora dentro y al pie la palabra del oficio, la de las hojas del mayor, la que dura cien años.

Verificado. La letra, también esta vez, la mía.