Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

La Candelaria amaneció de agua.

Agua de tres días, fina y seguida, de la que deshace la nieve por abajo y pone los regatos a hablar alto, y la casa amaneció de término: mesas en el patio de armas, el arca de la soldada con sus dos llaves, la cuadrilla del invierno haciendo cola con el gorro en la mano y mi marido clavado a la mesa de las pagas desde la primera luz, con Niall el Rojo al lado repartiendo excusas y el escribano contando en voz baja.

Los días de término la casa entera mira al dinero.

Es el día del mes en que menos ojos sobran.

Me estuve un rato en la galería viéndolo, por costumbre de ver.

El arca de la soldada tiene dos llaves y las dos vinieron al patio: la de mi cuñado en su cadena y la de mi marido en su bolsillo, y el arca no se abre si no concurren, que en esta casa hasta la desconfianza está bien administrada.

Goraidh cobró de los primeros, saludó al arca, al escribano y al día, y se volvió a su soto con la paga y su costumbre de sobrevivir.

Mi cuñado presidió media mañana desde la ventana del estudio, sin bajar, contando desde arriba como cuentan los que ya saben la suma, y cuando se apartó de los vidrios fue que la suma había salido.

Abajo, los hombres cobraban y escupían en la moneda por la buena suerte, y la lluvia les deshacía el gesto en la mano.

Yo también pagué lo mío, que el término es de todos: las mozas de Marsaili cobraron de mi mano lo que llevan de mi bolsa, el sebo del trimestre quedó asentado y firmado, y a Oighrig le puse su paga en el regazo sin mirarla, que es como ella cobra, y ella la guardó sin contarla, que es como ella firma.

Una casa el día de término se ve entera: quién paga, quién cobra, quién mira.

Me la vi entera y le di el visto bueno, columna a columna.

Ese día ninguna cuenta de la casa iba a quedar abierta. Ninguna de papel.

Lo mío estaba dispuesto desde la semana anterior y no lo había dispuesto yo: lo dispuso la botica.

El enebro del crío de Raonaid se repite a la luna, dijo Marsaili con su calendario de cocina, y la luna caía donde caía, y yo no moví un dedo para que el día fuera el que fue.

Hay cuentas que las cuadra el almanaque solo.

Salí a media mañana con un mozo de cuadra de los del invierno, el tarro segundo en las alforjas y la lana encerada por la lluvia, y mi marido levantó la vista de la soldada el tiempo de vernos pasar el portalón y volvió a sus columnas, que los términos no esperan.

El mozo que me tocó era de los del invierno, un chico de Crieff que aún les da los buenos días a las vacas y no ha aprendido a callarse los nombres de los pájaros.

Me fue diciendo el camino entero, el zorzal, la lavandera, el agua buena y la mala, y yo lo dejé, que un mozo que habla de pájaros da mejor testimonio que uno que va callado midiendo a su señora.

A la ida le pregunté por su madre y a la vuelta iba a saberse de memoria mi mañana entera sin haberla visto.

Así se hacen los testigos buenos: contentos.

El camino de la loma iba blando pero de fiar, y la majada olía a lumbre defendida.

Raonaid tomó su tarro, el crío tenía ya carrillos de febrero, y las mujeres me tuvieron un rato al fuego hablando de lo que se habla cuando se está diciendo otra cosa: la sementera, el deshielo, la harina prometida a la viuda del molino, que ya había corrido valle arriba con eso que corre lo bueno cuando lo cuenta gente pobre, con incredulidad y con detalle.

Raonaid me enseñó el arcón nuevo, con su cerradura de verdad, y no dijo para qué lo quería y yo no pregunté, que en la majada los arcones se enseñan como se enseñan los hijos: por el orgullo de que existan.

El crío me agarró un dedo con su mano entera y me lo quedó un rato, y yo le dejé el dedo y me guardé lo demás, que hay cosas que no se le deben a nadie y menos a un crío que no sabe de quién es hija la mano.

A la salida dije lo que llevaba dicho desde casa: que el mozo se adelantara con el hato al paso largo, que yo bajaba despacio y me quedaba un rato en el mojón del límite, a rezarles a los míos por la fecha, que la Candelaria es día de velas y mis velas están todas en un sitio.

El mozo se tocó el gorro y se fue. Nadie le pregunta a una señora por sus rezos.

Ese es el género de coartada que me gusta: la que da vergüenza comprobar.

Desde el mojón, con la lluvia ya en agujas finas, se ve la cañada entera hasta el recodo, y por la cañada bajaba lo que la tablilla del portalón llevaba dos semanas anunciando: un hombre con dos mulas, el bulto del libro al pecho, el paso largo de los que quieren llegar a techo antes de que el agua arrecie.

Venía sin prisa de más ni de menos, parando las mulas donde se para, en el regato del tercio y en la umbría, y de lejos se le conocía el oficio en cómo repartía la carga con los ojos cada vez que arrancaba.

Le calculé la marcha como se calcula una hornada, por lo andado y por el fuego que queda: llegaría al vado del glen con la tarde a la mitad.

Yo también, y con tiempo de sobra para estar quieta, que llegar justo es llegar mal.

Yo por el atajo del canchal del espino, que no lo toma nadie que no sepa que existe, y que baja lo que el camino rodea.

Tiene dos vueltas malas, la del lastón, que mojado resbala y se baja de lado y agarrada al brezo viejo, y la de la piedra partida, donde hay que dar el paso largo primero con el pie izquierdo o no darlo, y las dos me salieron a la primera, con la falda recogida en la mano y la lluvia en la nuca.

A los diez años lo bajábamos con las cabras delante y la merienda en el delantal.

Los pies se acuerdan de lo que fueron. Es de lo poco que devuelven los glens quemados.

El vado venía crecido y pardo, con la lengua honda corrida hacia la orilla de acá, que el agua de invierno muda la línea y la muda siempre igual, y eso no lo enseña el verano ni lo sabe el que cruzó dos veces con sol.

Me puse donde me pongo cuando quiero ver sin gastar: en el rincón del espino grande, con la piedra a la espalda y el agua delante, quieta y de lana parda, una mata más en un país de matas.

El espino era el de siempre, más viejo y más torcido, con las bayas pasadas que ya no quiere nadie, y me guardó como guardan los espinos, sin preguntar.

Esperar sé. Cinco años esperando en casa ajena hacen maestra a cualquiera, y esperar al aire libre, en tierra propia, con la lluvia por toda compañía, no es esperar: es estar.

Se me pasó rápido. Eso es lo único de aquella tarde que no pienso decir en voz alta en ninguna parte: que se me pasó rápido.

Llegó con el agua sonando fuerte, echó pie a tierra en la orilla y estuvo un rato mirando el vado como miran los forasteros el mar: entero, en vez de por partes.

La primera mula le discutió la orilla. Plantó las manos en la grava y echó las orejas atrás, con esa aritmética de las mulas que no sale de los libros, y él la trató sin maña mala, a voz baja y ronzal corto, que con el ganado nunca fue de los peores, y eso también lo tenía yo asentado y no cambiaba nada.

Al cerrar la mano en la cabezada le vi lo que venía a verle, de oficio, como se coteja un asiento antes de saldarlo: el meñique derecho montado sobre su vecino, sin cerrar, y el pulgar de la otra mano plano como un remache, y el dorso claro de aquel vello de escarcha.

La cuenta era la cuenta. Cinco años llevaba asentada y no había perdido un número.

Las manos no saben mentir ni debajo de la lluvia.

Entró en el agua por donde entran los que se fían de lo que ven, por la línea del verano, de costado y tanteando, con el libro del recuento bien alto y la mula tirando atrás, y a la mitad el vado le enseñó lo que el agua de febrero les enseña a los que no son del glen: que la línea que se ve no es la línea.

Yo era del glen, y estaba donde estaba.

Después subí por el canchal sin volverme a mirar el agua, que el agua ya no tenía nada mío, y me lavé las manos en el regato de arriba, por oficio y no por mancha, con el frío cortándome los dedos como corta lo limpio.

Las mulas se quedaron en la orilla de allá, comiendo lluvia, con el bulto de la casa a cuestas.

Las mulas no declaran. Conté el canchal piedra a piedra cuesta arriba, cuarenta y una, y el pulso me lo encontré donde lo dejo, ni corto ni largo, que el cuerpo, cuando por fin hace lo que lleva años apalabrado, no arma ruido: cumple.

En el mojón me estuve el rato justo de un rezo que no recé, de cara a los seis humos, con la capa chorreando lo que tenía que chorrear, que llevaba lloviendo desde maitines y la lluvia es la mejor lavandera de cuentas.

Bajé después al paso, por el camino de todos, una señora que vuelve mojada de un día de agua.

Al mozo lo alcancé en la última revuelta, y en el patio oí cómo le daba a Marsaili la novedad sin que nadie se la pidiera: que la señora se había quedado rezando a los suyos en el mojón, por la fecha.

La casa repitió mi tarde por mí, con sus palabras y su convencimiento, y yo la dejé contarla.

Esta casa no había mentido nunca por mí.

Aquella tarde empezó, y empezó sin saberlo.

Tomé nota de lo que se siente. No diré en qué columna.

En el patio me crucé con mi marido, que salía del porche de la guardia con la tinta de la soldada todavía en el índice y el día entero en los hombros.

—¿Buen día, señora? —Cumplido. ¿Y el vuestro? —Cuadrado.

Dos palabras cada uno, delante de la casa, con la reverencia del teatro y las manos quietas, y sin embargo algo pasó entre las dos palabras que no era del teatro, porque llevábamos un año afinando ese instrumento y ya sonaba solo.

Subí a mudarme la ropa mojada. La cena fue de día de término: mi cuñado contento con sus arcas cuadradas, el vino contado y las velas graduadas a día de trabajo.

Me preguntaron por el crío de Raonaid y contesté lo que era: mejor, y quedando.

Mi cuñado celebró la piedad de la casa con dos frases de las suyas, que una señora que reza en los mojones le rinde a un apellido más que dos pleitos ganados, y brindó corto por el término cumplido, y yo bebí con él, que hay brindis que se aceptan como se aceptan los vados: sabiendo dónde pisa una.

Antes del queso repasé el día como se repasa una suma ajena, buscándole el error por columnas: el mozo y sus pájaros, la majada y su arcón, el mojón y su rezo, la lluvia encima de todo, emparejando horas.

No encontré cabo suelto. Los cabos sueltos míos son de lana, y duermen cosidos.

Mi marido me sirvió sin que yo pidiera, hasta la seña, como sirve él, y yo comí con hambre buena, que el monte la abre, y en algún momento entre el caldo y el queso hice el asiento que faltaba: tenía un marido con quien ya compartía cama, palabra y una lengua de pedir paso, y desde aquella tarde compartíamos también lo otro que se comparte en los matrimonios de esta comarca, lo que no se dice.

Pensé que aquella noche el matrimonio estrenaba secretos.

Que era yo quien lo estrenaba. Hice el asiento y cerré el libro, que los libros que se dejan abiertos los lee cualquiera.

Arriba, con el cerrojo echado y la casa ya en sus ruidos menores, acerqué la vela, saqué el punzón del prendedor de plata y descosí el puño izquierdo, las siete puntadas de Oighrig de la boda y las mías de después, que ya no distingo cuáles son de quién.

El cordón salió a la luz como sale todo lo que vive a oscuras: más negro de lo que se recuerda.

Nueve nudos de lana teñida, cinco años de apretados, y nadie en el mundo los ha visto desnudos desde la noche en que los até; esa cuenta no se comparte ni con la aguja.

Busqué el suyo al tacto, el segundo desde el cabo, que me sé el rosario sin santos como me sé las manos de todos ellos, y lo deshice despacio, con las yemas todavía acordándose del frío del regato.

El nudo llevaba cinco años esperando y salió como salen los que han esperado: entero, sin deshilar, dejando en la lana el rizo de su memoria.

Alisé el rizo con la uña. La lana también olvida, si se la ayuda.

Volví a coser el puño, siete puntadas, maté la vela con los dedos, que el gastar no se me ha olvidado, y me acosté cara a la puerta con la mano donde duerme.

Quedan ocho.