Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 21
47%

Capítulo 21

El jueves siguiente fui a cobrarle al ministro su palabra de la puerta: que los jueves recibía, si el asunto era de la parroquia. El mío lo era. Lo era dos veces, y la segunda no pensaba decirla hasta tener la primera pagada.

A la casa se le dio la versión de la casa: la harina de la viuda de Cormag, prometida en el cepillo delante de la parroquia entera, que las promesas hechas en público son las únicas coartadas que no hay que sostener.

Mi cuñado bendijo la salida con su mejor voz de patrono, que una señora piadosa viste una casa mejor que un tapiz de Flandes, y mandó que se me diera el mulo manso y compañía.

Le dejé creer que el tapiz lo colgaba él.

Los hombres que se creen dueños de tus salidas no vigilan tus llegadas.

Bajamos las tres, que a Beathag no se la deja y a Oighrig no se la aparta, con el cielo pardo y el deshielo empezado, los caminos sonando a agua por debajo del hielo como suena una casa con gente escondida.

La casa parroquial es piedra corta y ventana avara, con un huerto de coles vencidas y una vieja que sirve y no saluda.

A Beathag se le dio la lumbre de la cocina y la conversación de la vieja, que era su tarifa justa, y a nosotras el estudio, que olía a turba escasa, a tinta y a lana sin airear.

El fuego era corto, de hombre que se paga su leña; la luz, la parda del día por una ventana al norte, y una vela sin encender esperando su hora como todo lo de aquella casa.

Sempill acabó el renglón que estaba escribiendo antes de levantar la cara, que hay hombres que saludan así, terminando lo suyo, para que se sepa que lo suyo no se interrumpe.

Mientras acababa le conté el estudio, por oficio.

Nueve libros, contando la Escritura grande del atril y el salterio de canto gastado; un arcón con cerradura de las buenas y la llave puesta, que es la seña de los hombres que no esperan ladrones porque no guardan nada que se venda; dos plumas, una en uso y otra de respeto; y en la pared, ningún retrato, ninguna arma, ningún espejo.

Un hombre de nueve libros y cero espejos.

Con esos inventarios se sabe ya casi todo: lo que le sobraba al ministro era exacto lo que le faltaba a mi cuñado, y al revés, y por eso no se podían comprar el uno al otro.

El asunto primero se despachó en cuatro frases.

La harina de la viuda de Cormag: una carga de la nueva, de la casa, la semana que entra, y otra por la sementera si el febrero venía malo.

Lo apuntó en una tablilla suya, no en el libro, con la fecha delante, y dijo que la viuda tenía dos brazos y la parroquia lino por hilar, que la caridad con oficio dura más que la caridad con cesta.

No le discutí la doctrina. Me servía entera.

—¿Y el segundo asunto? —dijo después, dejando la pluma en su canal—. Los asuntos de dos en dos se traen cuando el segundo pesa.

—Es de la parroquia aneja.

Se quedó quieto un espacio corto, el que se queda un hombre que confirma una cuenta que ya tenía hecha, y apartó la tablilla.

—La del glen no tiene feligreses. —Tiene muertos. —Los muertos no son feligreses. Son cosecha levantada. —Se ajustó el manteo con los dos dedos de siempre—. Decid.

Lo dije como lo llevaba preparado, en asientos y sin adjetivos, que a los hombres de un libro se les habla por su libro.

Mi hermana Ailsa, hija de Fionnlagh, del glen.

Muerta en el invierno del noventa al noventa y uno, a los pocos meses de la comisión.

Enterrada fuera de camposanto, de noche y sin campana, por juicio de bocas: las bocas dijeron que se había quitado ella, y aquel invierno no hubo en el glen ministro que preguntara, ni sesión que oyera, ni libro donde asentar, porque la parroquia estaba muriéndose con su gente.

Un juicio sin juez, dicho al calor de los miedos, y mi hermana debajo de él desde hace cinco años, en tierra que no guarda a nadie.

Sempill oyó entero, sin mover la cara, y cuando acabé hizo lo que hace: preguntar por orden.

Quién la enterró. Dòmhnall y dos más, de noche.

Quién dijo el juicio. Las bocas; ningún nombre que cargara con él.

Si había asiento en el libro viejo del glen, que él guarda con los papeles de la aneja.

Ninguno: aquel invierno el libro no tuvo mano.

Escribía yo las respuestas en el aire mientras las daba, columna contra columna, y él las iba dejando caer en su sitio con ese silencio de contable que tienen sus preguntas.

—Lo que la iglesia no juzgó —dijo al fin—, la iglesia lo puede juzgar.

Lo juzgado en forma no se toca. Lo hablado no está juzgado: está hablado.

—Puso la mano abierta sobre la mesa, sin golpe, como quien asienta una piedra—.

Pero oíd lo que pedís, señora, porque no es un favor: es un procedimiento.

La tierra santa no se abre por lástima. Se abre por testimonio.

Haría falta juramento, ante la sesión, de bocas que la trataran aquel invierno: de que no estaba en su juicio.

De que la enfermedad se la llevó, y no la voluntad.

Lo que los doctores escriben en su latín y este libro asentará en cristiano llano.

Dos bocas cuando menos, y mejor tres. Y el presbiterio confirma, que yo no soy obispo ni falta que hace.

La iglesia no le niega tierra al que la fiebre tira de un tejado: se la niega a la voluntad sana.

El juicio que se os pide no es sobre el acto, señora.

Es sobre el juicio. Si el de vuestra hermana estaba enfermo aquel invierno, la tierra la recibe como recibe a cualquier enferma suya.

Si estaba sano, no hay assythment en Escocia que me lo mueva.

Pensadlo sabiendo que yo no empujo esa puerta hacia ningún lado.

—¿Y si la sesión oye y no cree? —Entonces no cree, y el fallo se asienta, y yo lo firmo. —Me miró sin caridad ninguna, que era su manera de tomarme en serio—. Yo no prometo fallos, señora. Prometo procedimiento. Más de lo que tuvo vuestra hermana.

Oighrig había estado quieta junto a la ventana con las manos en el regazo, y habló entonces sin que nadie le diera vela, con la voz de administrar que le conozco, cada palabra pesada antes de soltarla.

—Yo la traté aquel invierno. La peiné hasta marzo.

—Una pausa del ancho de un padrenuestro—.

En marzo ya no sabía para quién le peinaba yo el pelo.

Le hablaba a la casa quemada. Le pedía perdón por el frío, a la casa, como se le pide a una madre.

Y a la hermana, algunos días, no la conocía.

Guardaba pan escondido para los que iban a volver, y se enfadaba con nosotras si nos lo comíamos, porque era de ellos.

—Miró al ministro sin bajar los ojos—. Eso lo juro donde se me diga, con la mano en el libro que sea.

El ministro la midió con la mirada que debe de gastar para los pasajes difíciles, los que no se dejan predicar a la primera.

—Si hay causa, vuestro juramento irá el primero. Los primeros asientos mandan en la hoja. —Pues escribid derecho —dijo Oighrig, y volvió a sus manos quietas.

No se rio nadie, que allí no se reía, pero algo se ajustó en el aire del estudio, como se ajusta una carga bien echada, y entendí que aquellos dos se habían tomado las medidas y les habían salido cabales.

Los tratos largos también se hacen de eso: de gente que se aburre igual de las mismas mentiras.

Yo miré la lumbre corta. Las lumbres cortas tienen eso de bueno: se dejan mirar sin devolver nada.

—¿Quién más? —dijo Sempill. —Dòmhnall, el viejo.

Raonaid, que le llevaba el caldo. —Los nombres me salieron con su peso, uno a uno, que llevaban cinco años sin trabajar en voz alta.

— Tres bocas. —No lo apuntó. Los hombres que lo apuntan todo saben cuándo no apuntar nada—.

Esto todavía no es asunto, señora. Es conversación.

El libro se abre cuando haya juramento delante, y el juramento se toma cuando yo diga que hay causa.

Y antes de que la haya, vais a oírme el precio entero, que no os lo pienso esconder entre salmos.

Puso los dos codos en la mesa, y por primera vez desde que lo conozco me habló un hombre y no un oficio.

—Lo primero no lo pongo yo: lo pone el procedimiento.

Lo que se jura en sesión se asienta, y lo asentado se lee.

Vuestra hermana entrará en tierra de iglesia por la puerta de que esta parroquia entera sepa, con fecha, cómo pasó su último invierno.

No hay puerta trasera. La tierra santa no la tiene.

—¿Y lo segundo? —Lo segundo es mío. —Ni subió la voz ni la bajó—.

Vuestro derecho sobre el glen, ¿vive? —Vive.

En el estado en que lo dejaron las capitulaciones.

—Pues el día que el glen vuelva a tener kirk y tenga dueño, la presentación del ministro no ha de ser del dueño del suelo.

Ni de vuestro cuñado, ni vuestra, ni de hijo que tengáis.

Del presbiterio y de la congregación, escriturado y a perpetuidad.

—Señaló con la barbilla, apenas, hacia el norte, hacia su propia iglesia con su banco torneado—.

Yo predico delante de un banco que pagó el hombre al que tengo que predicarle.

Sé lo que vale un púlpito con dueño: vale exacto lo que el dueño quiera oír.

En el glen no. El día que llegue, si llega, la sesión oirá a vuestras tres bocas con el libro abierto.

Escrituradlo entonces. Palabra hoy, papel entonces.

—Me pedís que venda el púlpito de mi tierra antes de recobrar el suelo. —Os pido que no lo compréis nunca. —Recogió la pluma, dando la audiencia por lo que era—. No es lo mismo, señora, y vos lo sabéis mejor que yo, que por eso estáis aquí y no en la mesa de vuestro cuñado.

—¿Y si el pleito lo gana mi cuñado y no yo?

—Entonces no habrá trato que romper. —Ni una arruga en la voz—.

Con vuestro cuñado no negocio futuros. Le administro presentes, que ya es oficio entero.

—¿Y hoy qué queda hecho, ministro? Decídmelo en asientos, que es como lo voy a guardar.

—Hoy queda esto: una conversación, tres bocas nombradas y un jueves.

Volved cuando las tres estén dispuestas a jurar, y yo os diré si hay causa.

No os doy la mano, que no hay trato que apretar.

Os doy el jueves, y mis jueves valen más que mis manos.

Ese intercambio se lo llevó él, y no fui a buscarle desquite, que con este hombre los desquites se pagan en credibilidad.

Al levantarnos, Oighrig hizo su pregunta chica con la voz de las cosas chicas: que si el libro de esta parroquia guardaba su línea de matrimonio, que la de su pleito dormía en Perth y le pedían fe de ella, y los viajes cuestan.

Sempill dijo que la buscaría, y lo dijo apuntándolo, que las cosas de los pobres las apunta.

Yo guardé el dato donde guardo lo que asoma: mi prima tenía en Perth un pleito con nombre de otro apellido, y yo no se lo había oído nunca. Los gorros guardan más que lana.

Volvimos con la tarde ya de vuelta, Beathag por delante bien cebada de conversación de vieja, con la versión buena bien aprendida, la harina y la caridad y la señora piadosa, todo verdad y todo cáscara, que las mejores mentiras de esta casa las digo diciendo verdades.

El deshielo hablaba bajo el camino, agua sobre agua, y en la revuelta del molino el caz iba lleno y pardo, ya sin hielo que romper.

Oighrig me llevó el paso un rato en silencio y lo rompió una vez sola:

—¿Se lo vas a pagar? —El precio se paga cuando la mercancía existe. —Existe. —Miró el camino, no a mí—. Lleva cinco años existiendo debajo de donde no debe.

No le contesté, que las verdades de Oighrig no piden respuesta: piden sitio.

Se lo hice. En la cocina de la casa parroquial habíamos recogido a Beathag con dos historias de la vieja bien guardadas y la certeza de que la señora había tratado de harina y de caridades, que la vieja, sorda de un lado, oye por el otro todo lo que pasa junto a la lumbre y nada de lo que pasa tras una puerta de roble.

Las casas de los ministros están bien hechas para los tratos.

Será que las hicieron sabiendo. En el portalón, la tablilla del capitán seguía diciendo lo que llevaba diciendo dos semanas: la Candelaria, el recuento, las bordas.

Subí a mi cámara, avivé el brasero y abrí el libro chico por la hoja del ministro, la de la fecha sin adjetivos, y le puse debajo la cuenta del día, en dos columnas, como me la habían dado.

La tierra del muro costaba el púlpito del glen a perpetuidad y el último invierno de mi hermana leído en voz alta a una parroquia entera, con su asiento y su registro.

Ningún regateo posible: la tarifa del único hombre de la comarca que no rebaja porque no compra.

Y una tercera columna, chica y en el margen: jueves.

Los jueves del ministro no se adelantan ni se juntan, y cada uno habría que ganárselo con las bocas dispuestas y la causa entera, que aquel hombre no fía plazos.

Tres bocas, un papel futuro, una parroquia por testigo.

Lo sumé todo dos veces por ver si bajaba.

No baja. Lo que vale un muro se sabe por lo que cuesta la puerta.

Caro. Los muertos de mi casa siempre han salido caros.

Lo barato fue matarlos.