Interludio III
EL FUEGO BAJO EL TECHO
O SEGUNDO AVISO A LOS HOMbrES LIbrES DE ESCOCIA TOCANTE AL ASESINATO BAJO CONFIANZA, con una breve cuenta de las comisiones de fuego y espada dadas en estos años, y de los informes que por ellas se deben y no parecen.
Impreso en el año de mil seiscientos noventa y cinco, sin nombre de impresor, y véndese donde se sabe, a dos peniques.
LECTOR: si tienes techo, lee.
Ya corrió por este reino, con nombre de emperador romano, la relación del hecho de Glencoe, y no ha de repetirse aquí lo que toda Escocia se sabe a media voz: cómo el viejo MacIain prestó el juramento, tarde por los hielos, mas lo prestó; cómo el capitán Campbell de Glenlyon entró en aquel valle con soldados y comió doce días el pan de los que había de matar; y cómo al alba del trece de febrero del año de noventa y dos se cumplió la orden que mandaba pasar a cuchillo a todo varón de menos de setenta años, y se cumplió en los huéspedes por mano de los huéspedes, que es lo que la ley vieja de este reino llama asesinato bajo confianza y castiga sobre todo homicidio, porque mata dos veces: al hombre y a la fe.
Sábete, lector, lo que después ha sido. Que los Estados del Parlamento, juntados este verano, declararon el hecho por su nombre: asesinato.
Que suplicaron al Rey justicia contra los ejecutores, y el Rey aún la debe.
Que el señor Secretario, cuya pluma escribió que aquella secta de ladrones fuese extirpada, ha perdido la pluma y conserva la cabeza, y no se sabe de cuello que haya pagado aquellas puertas.
De Joab está escrito que vertió en paz sangre de guerra, y que la vertió sobre su cinto; mírese cuántos cintos andan hoy limpios por las calles de Edimburgo.
Mas no piense el lector que Glencoe está solo.
Pregunta, lector, cuántas comisiones de fuego y espada se han firmado desde que se fue el rey viejo, y contra qué gentes chicas, que las grandes no las padecen.
Una sabemos en Lochaber, del año de ochenta y nueve.
Otra en cierto Braes que no nombramos, por caridad con los vivos.
Y otra, dada a nueve de octubre del año de noventa, contra los MacFhionnlaigh de Gleann Fheàrna, gente de un vado y treinta fuegos, de la cual sólo se sabe que se ejecutó, porque no hay más escrito donde cualquiera lea.
Y aquí está, lector, el segundo aviso. Que toda comisión de fuego y espada obliga al que la recibe a rendir al Consejo cuenta e informe de lo ejecutado, por escrito y dentro de plazo, como mandan sus mismas letras.
Pregúntese pues: de las comisiones dadas, ¿cuántos informes se han rendido?
¿Dónde duermen? El papel que mata está guardado con sello.
Búsquese el papel que cuenta cómo mató. Y si no parece, pregúntese por qué no parece, y quién come caliente de que no parezca.
No acusamos a Su Majestad, sino a los que le sirven mal y le escriben peor. Dios guarde al Rey, dé descanso a los muertos bajo confianza, y a este reino le dé lo que más caro compra y más barato vende: memoria. Lo escrito no se muere. Espera.
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