Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

El grano entró en la casa el jueves y Dios el domingo, por este orden.

La recua de Perth asomó por el camino real a media mañana, ocho carros entoldados con la escarcha encima y el aliento de las mulas por delante, y la casa entera salió a verla como se sale a ver lo que ya es de uno.

Raibeart venía en cabeza, cobrado del frío y con la memoria puesta, y lo primero que hicieron sus ojos al cruzar el portalón fue subir al adarve, buscar al capitán y quedarse un aliento de más, como se quedaba Beathag con mis recados.

Después descargó papeles en el estudio, cobró su soldada de manos del propio Somhairle, en el patio y delante de todos, que mi cuñado paga en público lo que quiere que se sepa, y el granero nuevo se tragó los ocho carros sin eructar.

Del portalón para fuera hubo quien se paró a contarlos, hombres del arrabal con el gorro calado, y nadie dijo nada, porque los carros de otro no se comentan: se cuentan.

La comarca, al otro lado del muro, comía cebada partida, sabía a cuánto iba la avena en Perth y sabía sumar.

Ese silencio de la cuesta también entró en la casa con la recua, aunque en el estudio no se asentara.

El domingo fuimos a la iglesia como vamos: en orden de función. Mi marido me dio el brazo en el patio y yo puse la mano donde la casa la espera, y cruzamos el camino helado detrás de mi cuñado, con Beathag y las mozas cerrando, todos con el paso de los diezmos.

Entré en la parroquia como entro en todas partes.

Dos puertas, la grande y la de la sacristía; ventanas altas que no cuentan como salidas; la luz corta de enero cayendo de lado sobre los bancos, sin fuerza para calentar ni ganas de mentir.

Y las manos después, que un banco de iglesia es el mejor muestrario de la comarca: manos de arado, de rienda, de amasar, de nada, todas quietas sobre la lana de los regazos, en ese domingo de las manos que es el único descanso que les da la tierra.

Ninguna de las mías estaba, que los tres que me quedan comen y rezan lejos por obra de un turnario que no he escrito yo.

En los bancos de atrás, con los de la recua, estaba Raibeart, recién cobrado y con el frío de Perth todavía en la cara, y no miraba al púlpito: repartía la mirada entre el banco nuevo del laird y la nuca de mi marido, a partes iguales, como quien lleva dos cuentas y no ha decidido cuál rinde más.

Yo le miré las manos: quietas también. Los que apuntan no las necesitan.

La parroquia olía a lana mojada y a frío de piedra, el vaho subía de los bancos como de un establo manso, y el banco nuevo del laird, con su respaldo torneado que pagó quien lo paga todo, nos esperaba delante de todos los demás, que para eso se paga un banco: para rezar mirado.

El chantre dio el verso y la iglesia lo devolvió alargado, a la manera de la tierra, que estira los salmos como estira las vocales, por que duren.

Luego subió Sempill al púlpito y abrió la Escritura por donde la tenía señalada, y yo supe desde la primera frase que aquel hombre no había elegido el texto: lo había cargado.

Predicó la viña de Nabot. El rey Acab que quería la viña del vecino porque le caía junto a casa, y el vecino que no la vendía porque las heredades del Señor no se venden, y la reina que le buscó al rey dos testigos de los que firman lo que se les ponga delante, y un juicio en forma, con sus ancianos y su pregón y su piedra, todo tan en regla que no le faltaba sello.

En el sello se detuvo. Que la reina, dijo, escribió las cartas en nombre del rey, y las selló con el sello del rey, y las mandó a los ancianos y a los principales de la ciudad, y los ancianos hicieron lo que las cartas decían, porque venían selladas, y ni uno solo preguntó por el hombre que iba a morir debajo de tanta cera.

Lo dijo dos veces, lo de la cera, con esa paciencia suya de ir clavando el clavo por la cabeza.

El pecado de Jezabel viajó en regla, dijo.

El pecado de los ancianos fue leer el sello y no la carta.

Y el de Acab, el más cómodo de todos: estar en otra parte mientras su nombre trabajaba.

La parroquia aguantaba el frío con la cabeza gacha.

Yo pensé en sellos y en nombres que trabajan solos, y no diré en cuáles pensé, que ni ante Dios se rinden todas las cuentas.

Y el profeta esperando al rey en la viña comprada con sangre ajena para preguntarle lo que Sempill preguntó dos veces desde el púlpito, la segunda más despacio, en aquel escocés suyo de leer pecados por su nombre: «¿Mataste, y también tomaste posesión? »

No miró al banco nuevo ni una vez en todo el sermón, que es la manera más cara de mirarlo. Mi cuñado escuchó como se oye llover sobre tejado propio, con la barbilla alta y el ánimo seco, y al salir, en la puerta, le pagó al ministro el sermón con su mejor moneda.

—Recio texto para estrenar el año, ministro. —Los textos no tienen calendario, señor. —Sempill se ajustó el manteo con dos dedos—. Los pecados tampoco. —Comeréis con nosotros un día de estos. —Como en mi casa, señor. Los jueves recibo, si el asunto es de la parroquia.

Y le volvió la espalda sin descortesía, que es lo más difícil de hacer con una espalda, porque lo reclamaba la mesa que ponen junto a la puerta los domingos de sesión: el libro de la parroquia abierto, dos ancianos con cara de invierno y una viuda de pie, con los ojos gastados de la semana entera.

Era la del ahogado. Cormag, un jornalero de las tierras del molino, que apareció la semana pasada en el caz, bajo el hielo roto, y que llevaba siete días muerto dos veces: una en el agua y otra en las bocas, porque el hombre debía dos plazos y andaba callado desde la matanza, y ya se sabe lo que hace una parroquia con un callado que se ahoga: le busca la intención.

Si se tiró, tierra de fuera y de noche, sin campana.

Eso decían las bocas. El ministro había pasado la semana haciendo otra cosa: preguntando.

Leyó del libro lo que tenía apuntado, con fecha y sin adjetivos.

Que el molinero declaraba que Cormag le dejó apalabrados seis sacos para acarrear por la Candelaria, y señal dada.

Que la mujer declaraba que esa mañana le llevó las botas al remendón, las dos, y pagó media suela por adelantado.

Que el vecino del lado declaraba que le pidió razón de trabajo para febrero, en las turberas, y que quedaron en verse pasada la luna.

Que el hielo del caz estaba roto donde se rompe siempre, en la tabla podrida que el molino no arregla, y que el gancho de sacar sacos estaba en el agua con él.

Que el mozo del molino, en fin, declaraba que la tabla del caz llevaba podrida desde las lluvias de la Ascensión, y que se lo tenía dicho al molinero, y el molinero, presente, no lo negó, y el ministro apuntó también eso, mirando al molinero el tiempo justo de que la parroquia entera supiera dónde quedaba apuntado.

Preguntó tres cosas y asentó dos, que apuntarlo todo es no haber preguntado nada, y las preguntas fueron de las que pesan: a qué hora, con qué luz, quién lo vio el último.

—Un hombre que encarga su febrero —dijo Sempill, cerrando el libro— no se quita su enero. El agua se lo llevó trabajando. Tierra de la iglesia, con campana, el martes.

La viuda no lloró hasta que le dieron la espalda los ancianos, que hay llantos que esperan su turno como todo el mundo.

Después besó el canto del libro cerrado, deprisa, como se besa lo que quema, y el ministro lo consintió sin mirarlo, que hay indulgencias que solo existen si nadie las ve conceder.

Yo estaba a tres pasos, con la casa esperándome a la puerta, y me quedé el gesto entero.

Beathag me miraba mirar, con su inventario en los ojos, y bajé los míos al hielo del atrio a tiempo de ser piadosa, que en esta parroquia hasta la atención es materia de informe.

Beathag, a mi lado, murmuró lo suyo, que Dios sabrá lo que el agua calla, con esa piedad de ella que teme más que reza.

—Lo que el agua calla no declara —dijo el ministro sin volverse, que oye como confiesa: todo—. Declara lo que los hombres vieron y el libro asienta. Id con Dios.

Yo me quedé mirando el libro cerrado más tiempo del que se mira un libro cerrado.

Mi hermana duerme fuera de un muro por un juicio que se hizo sin libro, sin testigos y sin ministro: lo hicieron las bocas en una semana de invierno, como iban a hacérselo a Cormag, y nadie preguntó, porque preguntar era oficio de este hombre y este hombre aún no estaba.

Aquel domingo, junto a la mesa de sesión, con el vaho de la parroquia deshaciéndose por la puerta abierta, vi la vía entera como se ve un vado con el agua baja: los juicios de las bocas se pueden volver a hacer donde hay quien declare y quien asiente.

Lo que tuvo Cormag y no tuvo Ailsa cabía en dos renglones: alguien que dijera cómo tenía la cabeza mi hermana aquel invierno, con la casa quemada y los suyos por enterrar, y un ministro que lo asentara en su libro, con su fecha y su renglón.

El resto era precio. Todo lo que vale lo tiene, y el de este hombre no lo supe aquel domingo ni quise correr a saberlo.

Dinero no: al que no come del laird le sobra el dinero por defecto, y ofrecérselo sería cerrar la puerta con mi propia mano.

Miedo tampoco, que el miedo ya se lo administra su Dios y no deja sitio para el mío.

Algo querría, porque todos los hombres de un solo libro quieren algo para el libro, y lo que fuera se sabría a su hora, con el género delante, que los precios no se averiguan en el mostrador sino en el trato.

Aquel domingo me bastó con el inventario: había puerta, había portero y el portero no era de mi cuñado.

Con menos he levantado cuentas más largas.

Antes de salir pasó el cepillo de los pobres, y cuando llegó a nuestro banco eché lo que echa una señora, ni un penique más, y dije en voz de banco, para quien la cogiera, que la casa mandaría a la viuda de Cormag harina de la nueva.

Lo dije por tres razones y ninguna era la harina.

Que se oyera. Que Beathag lo llevara. Y que el ministro supiera, sin que yo se lo dijera a él, que la señora de Caisteal an Tuirc atiende los asuntos de la parroquia.

Los tratos largos se empiezan pagando corto.

Medí al hombre mientras recogía la mesa.

No come del laird. No mira el banco que el laird pagó.

No le teme a un texto ni le sube el tono, y lleva el libro de las almas como llevo yo el del sebo: sin perdonar renglón.

A ese hombre no lo compra nadie de frente ni de lado, y por eso mismo es la única puerta que vale: las puertas que se abren con dinero se cierran con más dinero.

Las que se abren con testimonio, no hay quien las vuelva a cerrar.

En el atrio, un buhonero de invierno vendía agujas, almanaques y pliegos a dos peniques, de esos que vienen de las prensas sin nombre y andan de faltriquera en faltriquera contando lo de Glencoe.

Sempill le compró uno, lo leyó de pie, entero, con la gente pasándole por los dos lados, y se lo guardó en la manga.

Reconocí el archivo. Oighrig se hizo con otro por un huso viejo y no lo leyó allí, que ella lo suyo lo administra bajo techo, y el buhonero levantó el toldo antes de que el laird cruzara el atrio, con ese olfato de los que venden letra peligrosa: saben a quién no venderle.

Volvimos con la casa por el camino del teatro, mi mano donde la casa la esperaba, el hielo crujiendo bajo los zapatos de los diezmos. A media cuesta dejé caer la pregunta con el peso de las que no importan:

—¿De dónde sacó vuestro hermano al ministro?

—No lo sacó. Vino del presbiterio, con la vacante.

—Mi marido llevaba el paso corto de escoltar—.

Mi hermano pagó el banco nuevo por sentarse delante.

—¿Y el hombre? —El hombre vino con el libro.

—¿A quién sirve? —Al libro. —Lo dijo sin dudarlo, con esa seguridad de furriel para tasar a la gente por su equipaje—.

En el castillo se le convida dos veces al año y viene una, y esa una la escoge él.

—¿Y entierros, cuántos lleva? —pregunté aún, con el mismo peso de nada—.

Para ser parroquia chica, mucha mesa de sesión le veo.

—Dos parroquias. —Mi marido miró el camino por costumbre de mirarlo—.

La del glen está aneja a esta desde el año noventa y uno, sin kirk, sin ministro y sin gente.

El libro viejo lo guarda él con los suyos.

—¿Y entierra en las dos? —Entierra en una. La otra ya está enterrada.

Guardé las respuestas donde guardo lo que cuadra con lo visto, y la última la guardé aparte: en algún arcón de la casa parroquial dormía un libro con los bautizos de mi casa, la letra de otro ministro y los nombres de todos los que ya no firman.

Los libros viejos no se mueren. Esperan.

En la cámara, esa noche, abrí hoja nueva en mi libro chico y la encabecé a la manera del ministro, con fecha y sin adjetivos, y debajo puse un solo asiento, corto, de los que no necesitan columna: el muro tiene puerta.

La puerta tiene precio. El número lo pondrá el que cobra.

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