Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

La invitación llegó como llegan las citaciones: por criada y con fecha.

Me la trajo Beathag con la ropa blanca del martes, que dice el señor que la noche vieja se cena en la sala grande, los tres, y que la señora no se vista de diario, y se quedó un aliento de más por ver qué cara le ponía yo al recado.

Le puse la de recibir ropa blanca. Las caras son la primera moneda que aprendí a no gastar en esta casa.

La noche vieja es la única fiesta que el ministro consiente, porque la Navidad se la tiene prohibida a la parroquia como cosa de papistas y el año nuevo no viene en la Escritura, de modo que no hay manera de vedarlo: se le escapa a Dios por el calendario.

A mi cuñado le venía al pelo. Acababa de cerrar su año de tinta y quería cerrarlo de vino, y una casa que ha metido grano todo el invierno celebra el año que muere como celebran los prestamistas los vencimientos: con la puerta echada y la voz suave.

Me vestí con Oighrig al lado, que no ayuda: asiste.

El vestido verde de la boda, la toca de casada, el prendedor de oro por fuera con su cadenilla al aire, y el de plata donde va la plata, prendiendo por dentro lo que prende siempre.

El oro trabaja de cara y la plata de espaldas; en eso mi pecho está organizado como la casa entera.

Oighrig me estiró la manga izquierda sin preguntar qué pesaba en ella y dijo lo suyo del año:

—Cena de tres. —Los banquetes chicos son los caros —dije yo. —Pues cena cara. —Me dio la vuelta por los hombros como a un paño que se revisa—. Y mastica despacio, que lo que se traga deprisa no se cata.

Bajé cuando dieron la voz. La sala grande estaba en orden de función: el fuego alto, la mesa vestida, y cera, mucha cera.

Conté doce llamas y dejé de contar, porque en esta casa la luz es tarifa y doce es precio de querer algo grande.

Para negociar, mi cuñado gasta seis. Para deslumbrar a una comarca, docenas.

Doce era otra cosa: doce era función de familia, con el público dentro del escenario.

Me sentaron donde me sientan siempre que la mesa trabaja, en medio de los dos hermanos, que es el sitio de los sellos, y el venado vino trinchado y el pan era candeal, blanco como no lo ve la comarca desde hace dos cosechas, y el vino era clarete del bueno, del que mi cuñado llama honrado porque le cuesta caro.

Somhairle estuvo una hora larga siendo el hombre de Edimburgo.

Contó la anécdota del juez que se durmió en su propio auto y la del sastre que vestía a dos pleiteantes contrarios con el mismo paño, sirvió él mismo dos veces, que un anfitrión que sirve está comprando algo, y me preguntó por mis cuentas chicas con un aprecio tan bien hecho que parecía verdad.

Que el sebo me cundía más que al escribano viejo, dijo.

Que la ropa blanca no había costado una queja desde San Martín.

Que dónde había aprendido una mujer de majada a llevar un libro tan derecho.

En el mismo sitio donde se aprende todo lo derecho, dije: donde torcerse cuesta la comida.

Se rio con la risa de salón, que la tiene ensayada al peso, y el fuego crujió, y yo mastiqué despacio, como me habían mandado.

El vino dulce llegó con las nueces, y con el vino dulce cambió la función.

—¿Sabéis qué año se cierra esta noche, hermana? —Dejó la copa donde la luz la atravesara—. El quinto.

No contesté. Los números de mi cuñado hay que dejarlos venir enteros, como las crecidas.

—Cinco años —siguió—. Los aniversarios los inventaron los acreedores, y yo soy el mío. Esta noche me vais a permitir que os rinda una cuenta que no cabe en papel. Una vez. Mañana la casa seguirá como si no la hubierais oído.

Miré a mi marido de refilón. Tenía las manos quietas a los lados del plato, esa quietud suya de vísperas, y los ojos en su hermano como se miran las armas cargadas en manos ajenas. Somhairle bebió un dedo de dulce y rindió su cuenta.

Empezó por las chimeneas. Que cuando murió su padre heredó un apellido con las chimeneas empeñadas, la tierra en carta de retro con los Dunlop de Glasgow y un interés que comía como comen los inviernos, sin ruido y todos los días.

Que llevaba dos años sin cobrar rentas enteras, con el rey viejo yéndose y el nuevo pidiendo listas de leales, y media Escocia vendiendo ganado barato para pagarle al otro medio sus deudas caras.

Que el precio de una vaca en el ochenta y nueve daba risa y daba llanto, según de qué lado de la feria estuviera uno.

Todo esto con fechas, con nombres de ferias, con la voz baja y ordenada de quien repasa un mayor que se sabe de memoria porque lo ha llorado asiento a asiento.

—Y en medio del único camino que le quedaba a mi ganado —dijo—, el vado de vuestro padre. Con su derecho antiguo, que no lo niego: viejo como el hambre y mejor escriturado. Cada cabeza mía pagaba dos veces, hermana. Una al mercado y otra a Fionnlagh.

El nombre de mi padre en su boca sonó a moneda ajena.

Lo dejé correr. Yo también estaba haciendo mi cuenta, y en mi cuenta el peaje del vado era el pan de treinta casas y el derecho más viejo del valle, y los años malos mi padre dejaba pasar de balde a quien iba flaco, que eso no está en ninguna escritura y por eso mismo era ley.

Las dos cuentas eran verdad. Esa es la clase de aritmética que no enseña nadie: la de dos verdades que no caben en la misma mesa y cenan juntas.

—Le ofrecí compra —siguió mi cuñado—. Me contestó que los vados no se venden, que se heredan.

Le ofrecí arriendo del paso por diez años, a precio de notario.

No contestó. Le ofrecí boda. —Hizo la pausa de los tratantes, la que abre sitio a la mercancía—.

Este mismo hermano que tenéis al lado, para vuestra hermana la mayor.

La carta no tuvo respuesta. Ni un no, hermana. A un MacRath, ni un no.

La copa no me tembló, que las manos las tengo enseñadas de antes de esta casa.

Mi marido no se movió, y en su quietud hubo un grado nuevo, el de las noticias que llegan tarde: aquella carta, si la hubo, tampoco había pasado por él.

En mi casa de aquella carta no se supo. O no existió, o mi padre la quemó sin leerla, o la leyó y no la tuvo por boda sino por tasación.

Con los muertos no se casan las versiones. Se quedan viudas.

—Mi hermana la mayor tiene nombre —dije. —Lo tenía —dijo mi cuñado, con la miel sin mover—. En esta familia los pleitos siempre han sido de nombres. —Los muertos conservan el suyo —dijo mi marido, sirviéndome vino que yo no había pedido, despacio, hasta la seña—. Es lo único que no se hereda.

Somhairle inclinó la cabeza, concediendo el punto como conceden los que llevan la banca: sin soltar la baraja.

Y fue entonces cuando rindió el resto, la parte que yo había venido a oír y que ningún papel del reino recoge.

Que aquel octubre esta casa debía cuatro mil marcos y no los tenía ni vendiendo el nombre.

Que pidió al Consejo lo que el Consejo daba aquel año a cualquier apellido con las rentas juradas y dos parientes en la sala: papel.

Que fuego y espada se despachaba en Edimburgo aquellos meses como se despachan pésames, con fórmula impresa y hueco para el nombre, y que la mitad de los lairds del norte tenían una comisión así en el arcón, por si acaso, igual que se tiene un capote encerado.

—No compré una matanza, hermana. Compré un instrumento.

Los instrumentos los ejecutan los hombres que hay, y los hombres que hay en un año malo son los que en un año bueno no pasarían de la leñera.

Eso lo sabe cualquier capitán. —Un gesto corto hacia mi marido, que no lo recogió—.

Lo que trajo la noche lo trajo la noche. Yo respondo de la firma.

Ahí estaba. Lo oí entero y lo asenté entero: mi cuñado respondía de la firma.

De la firma, del interés de los Dunlop, del precio del ganado en el ochenta y nueve, del peaje, de la carta sin respuesta.

Su cuenta cubría cinco años renglón a renglón y era una cuenta hermosa, de las que cuadran al primer repaso.

Todo cabía menos una noche entera, y la noche la despachó en tres palabras de intendente, los hombres que hay, como se apunta una merma de granero.

En su libro mayor, mis muertos eran mermas.

Contra eso no discutí. Contra las mermas no se discute: se les guarda la cuenta aparte.

—¿Y sabéis cuánto he pagado por la paz de los vuestros?

—siguió, y ahora la voz le lucía—. Los mismos cuatro mil.

La cifra exacta, hermana, que la vida tiene el humor de los notarios.

Entonces no la tenía ni empeñando el apellido.

Hoy la he firmado sin mirarla dos veces.

Esa distancia la ha andado esta casa conmigo delante, y la ha andado por el camino que os cuento y no por otro.

Contad los vivos que cenan esta noche bajo techos míos, contad los que comerán de mi granero en marzo, cuando el hambre les enseñe a los llanos lo que vale un laird con las trojes llenas.

A vuestro tío le salen treinta bocas. A mí me salen cuatrocientas.

Contar bocas. La frase de mi tío, dicha en la puerta de mi majada con las manos de arar sobre la mesa, puesta ahora a trabajar en esta sala con anillo de oro.

Era la misma operación y no era la misma cuenta, porque mi tío contaba bocas para llenarlas y mi cuñado las contaba como cuenta el pastor: por saber cuánta lana.

Pero la operación salía. Ese era el frío que me iba subiendo por el vestido de la boda, y no venía de ninguna ventana: que la operación saliera.

Que un hombre pudiera sentarse a cinco años de mis muertos, abrir su libro, rendir su cuenta con fechas y con cifras ciertas, y que la cuenta cuadrara, y que para descuadrarla hiciera falta lo único que no estaba en la mesa: los renglones que él llamaba noche.

Bebí. El clarete era bueno de verdad. Lo bebí por los míos, que el vino no pregunta quién lo baja.

—Habláis como si os absolviera el granero —dije.

—Hablo como quien no pide absolución. —Sonrió apenas, la sonrisa cara, la de tres llamas—.

Pido audiencia, hermana, que es más barato y rinde más.

Vos sabéis oír una cuenta. Lo he visto en vuestros libros chicos.

Entre nosotros dos, la vergüenza es un lujo de gente sin deudas.

—Vuestra ventana vela tarde, hermano —añadió luego, sin costura, volviéndose a mi marido con el tono de las sobremesas—.

Se os ve la luz desde el patio de armas.

—La casa se gobierna de noche —dijo mi marido—.

Como sus libros. —Como sus libros. —Le gustó.

Las cosas que le gustan las repite, para quedárselas.

Se puso en pie con la copa llena y la función entró en su tercer acto.

Brindó por el año que moría, que había traído a esta casa lo que dos cosechas malas les quitaron a otras, y bebimos.

Brindó por la casa MacRath, piedra y papel, y bebimos.

Y alzó la copa una tercera vez, hasta los ojos, mirándonos a los dos por encima del cristal con la mirada limpia y hospitalaria de un cuchillo en su paño.

—Y por los matrimonios completos —dijo—, que son los únicos que este reino no sabe deshacer.

El cristal me devolvió las doce llamas en fila.

La palabra completos venía de la misma botica que las cámaras frías de los Erskine, aquella tarde de su estudio, y traía la misma letra menuda debajo: lo que no está entero se puede partir.

Mi cuñado no amenaza. Surte. Alcé mi copa a la altura de la suya.

—Por los que faltan —dije, y bebí.

—Eso, hermana. —Le brilló el diente de oro de la voz—. Por los que vengan. Que el año nuevo le pague a esta casa lo que el viejo le ha quedado a deber.

Dejó que las mozas de Marsaili entraran a levantar la mesa, nos deseó las buenas noches con todos sus adornos y se llevó su función escaleras arriba, con el aire de los tratos cerrados.

En la escalera de la torre mi marido no dijo nada con mucho cuidado.

En la puerta de mi cámara se detuvo lo que se detiene un centinela al pasar la novedad, me miró la mano que yo tenía en el herraje y dijo buenas noches con el vos de todos los días, y había en la palabra un peso de más que no le pedí que dejara en el suelo.

Cada cual carga lo suyo como puede. Eso también lo aprendí antes de esta casa.

Eché el cerrojo. Me quité el oro y lo dejé en la repisa, mirando a la puerta, a trabajar para su amo.

La plata se quedó donde estaba, prendiendo lo que prende.

Y me senté con mi libro chico y la vela que me quedaba, no a asentar el sebo, sino a hacer lo que hago con todo lo que me asusta: ponerlo en columnas.

En una puse lo que había comprado mi cuñado en cinco años: la cañada, el silencio, el grano, cuatrocientas bocas contadas como lana, una cuñada con el apellido en las capitulaciones.

En otra puse lo que había pagado: cuatro mil marcos, una firma, tres brindis.

Las columnas cuadraban. Ahí estaba el veneno de la noche, y no en el vino: en que cuadraban.

No era un monstruo lo que había presidido mi mesa. Era una cuenta que salía.

Y las cuentas que salen, en esta comarca, se repiten.