Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

De aquella noche no hay parte. Lo que un capitán no relata no lo gasta, y lo que no gasta lo tiene entero cuando haga falta, que es toda la hacienda que un hombre como yo puede permitirse.

Lo demás lo dijo diciembre: al deseo le di lo que se le da a un recluta con brío, turno doble, santo y seña y la muralla más fría, y a la semana ya marchaba en formación, que es lo más que se consigue de él; licenciarlo, no se licencia.

Cogí para mí las guardias de después del toque, subí dos veces cada noche al adarve de poniente, hice instrucción con los mozos nuevos hasta sacarles vapor al frío, y si alguna vuelta de ronda me sobró y la gasté contando una luz encendida en la fachada del este, eso queda entre la muralla y yo, y la muralla lleva quinientos años sin dar un parte.

El lunes mi hermano me mandó llamar al estudio a media mañana, y ya la hora era aviso: a mí me despacha de noche, entre velas, cuando lo que quiere es que yo vea.

De día no enciende para mí. Entré y me lo encontré sin cera ninguna, con la luz sucia del invierno en los vidrios y la mesa tomada por los libros de la casa, el mayor con sus tapas de becerro, los borradores, el legajo de las sacas, y entendí antes del buenos días que aquello no era audiencia: era leva.

Somhairle recluta como administra, sin preguntar si quieres, preguntando cuándo empiezas.

—Sentaos, hermano. —Me señaló el lado corto de la mesa, el de los que suman—.

La casa crece y a mí me faltan ojos que sepan de números y no me sisen.

Niall firma lo que le pongan y el escribano de fuera cobra por hoja.

Vos verificasteis el realojo a mi gusto.

Desde hoy verificáis los libros: cada asiento de saca, de grano y de paga, vuestra letra al pie.

La señora lleva sus cuentas chicas; vos, las grandes. Cada cosa en su cuarto.

Así fue como mi hermano me abrió la contabilidad de su casa, por ahorrarse un sisador, y así fue como yo, en seis días con sus tardes, leí entera la máquina.

Un libro mayor se lee como un terreno: primero las alturas, que aquí son los totales; después los pasos, donde una columna cruza a otra; y al final los sitios por donde alguien no quiso que se pasara, que se conocen porque la letra se vuelve más pulcra.

Porque eso es lo que hay debajo de las tapas de becerro: una máquina, y no la mueve el odio, que el odio se cansa.

La mueven tres ruedas engranadas, y la primera se llama ganado.

La rueda del ganado la conocía por fuera, de arrearla: se compra flaco en los glens de arriba, se inverna en los pastos que la casa fue juntando, se vende gordo en Crieff.

Por dentro tiene otra hechura. Se compra flaco porque se compra a gente ahogada, y la casa ahoga con método: préstamo chico en año malo, interés de amigo, y a la segunda cosecha perdida el ganado viene solo a pagar la deuda, a precio de quien no puede decir que no.

Media docena de apellidos de arriba llevan años vendiéndole así, y en el mayor no pone ahogo, pone procedencia consolidada, que es el latín de esta casa para lo mismo.

Y en el año del noventa y uno la rueda pega un salto que no explica ningún préstamo: la saca de Crieff dobla a la del año anterior, cabeza arriba, y en el arranque de la columna, con la letra vieja del escribano de entonces, la partida que lo explica todo: ganado incorporado de las tierras del oeste, tantas cabezas, sin precio de compra.

Sin precio de compra. En un libro donde hasta el sebo de las velas de abajo lleva su costo, mil cabezas entradas de balde, y dos hojas después, en el debe, con fecha del noventa y tres, la contrapartida que yo conocía mejor que nadie: composición y assythment, casa de Fionnlagh, cuatro mil marcos.

La noche de octubre está en los libros de mi hermano.

Entró por el haber, salió por el debe, y restando lo uno de lo otro, con los precios de Crieff de cinco ferias, la noche de octubre, a día de hoy, le ha rendido a esta casa más de tres veces lo que costó pagarla.

Está amortizada. Hay una palabra de contable para la noche en que ardió un glen, y la palabra es esa.

Para saber cómo muerde la rueda me bastó seguir un apellido por los años, el primero que encontré: Aonghas del Coire Odhar, ganado menudo, tierra alta.

Año del noventa y dos: préstamo de doce libras escocesas para simiente, interés de amigo, la majada por aval.

Noventa y tres: pagó el interés y no el principal, y el asiento lo celebra, prorrogado a su ruego, que en la letra de esta casa quiere decir cayó.

Noventa y cuatro, cosecha corta: veinte cabezas a cuenta, tasadas por la casa a precio de la casa.

Y este año, con el hambre ya sentada a la mesa de media Escocia, el resto del hato, la borda y el derecho de pasto, y debajo, con la tinta más fresca de la hoja, el asiento que cierra la historia: Aonghas, pastor a jornal, en sus pastos de antes, cuidando por paga el ganado que fue suyo.

La cuenta cuadra entera, no falta un penique ni sobra un cordero, y en ninguna parte pone lo que yo vi en noviembre en los realojados del este: que hay maneras de quitarle a un hombre la tierra sin que ningún tribunal del reino encuentre dónde escribir la palabra robo.

Mi hermano no roba. Mi hermano presta, espera y cobra, y el clima le hace de cuadrilla.

A ese Aonghas no lo conozco de cara. Conozco a los que vienen detrás, que son todos los de arriba, uno a uno, cada cual con sus doce libras de simiente ya pedidas o por pedir.

La segunda rueda es el grano, y esa da miedo de otra manera, porque todavía no ha girado del todo.

La casa lleva dos otoños comprando avena y cebada en Perth y en Stirling a precio de cosecha, flete arriba, y almacenándola aquí, en los graneros nuevos que yo tomé por previsión de plaza fuerte y son otra cosa.

Este año, con la cosecha venida a menos en media Escocia, ha comprado más que nunca; las tres fajas de Crieff, las que subí yo en noviembre, están ya gastadas en grano que viene de camino.

Y no se vende. Ahí está el negocio: en no vender.

Se guarda, se deja al invierno hacer su oficio, y se saca en primavera, cuando los glens de arriba rasquen el fondo de las arcas, a precio de entonces, que no lo pondrá la casa: lo pondrá el hambre, que es el tasador que nunca se equivoca a la baja.

Y como los de arriba no tendrán plata, pagarán como se paga aquí, con ganado flaco y con tierra, y la rueda del grano le dará de comer a la rueda del ganado, que para eso están engranadas.

Me acordé de mi hermano en noviembre, con las fajas en la mesa: el hambre de los llanos es la cosecha de los altos.

El invierno que viene, más. No era un dicho. Era el presupuesto.

La tercera rueda no está en el mayor. Está en un cuaderno aparte, de su mano, sin tapas de becerro, y se llama camino.

Lo abrí el jueves, con su venia, que me lo dio con la cara de quien lleva tiempo esperando que llegues a una página.

Son cuentas de leguas y de jornales: lo que cuesta subir una recua por el camino real, en días, en peajes de tres casas, en mermas; lo que costaría por el vado bajo, menos, pero el vado se cierra medio año; y una tercera columna, encabezada camino alto, con los días en la mitad, los peajes en cero, y debajo, en vez de números, dos partidas repetidas que me subieron el frío del costado sin que el costado diera parte: reconocimiento del camino alto, guía de Rannoch, sin fruto.

Reconocimiento del camino alto, guía de Lochaber, sin fruto.

Dos años, dos guías pagados y devueltos con las manos vacías, buscando por el monte una vereda que no está en registro ninguno, que no la vio comisión ni la pisó escribano, que no existe en papel del reino.

Que existe entera en mí.

—El paso de arriba —dijo mi hermano desde su lado de la mesa, sin alzar la voz, con los ojos en su propio cuaderno, como quien comenta el tiempo—.

Vos sabéis lo que vale ese camino mejor que ningún hombre vivo.

—Y el mejor que ningún hombre vivo lo dejó en el aire lo justo para que yo le oyera el filo, porque los dos sabíamos la cuenta de los hombres muertos que lo supieron—.

Con la cañada por arriba, esta casa pone el ganado en Crieff antes que nadie y sin pagarle peaje a nadie.

La comarca entera pasará por mis pastos o no pasará.

Falta el plano. En primavera, cuando abra el monte, me lo levantáis vos: con vara y cadena, cotas y mojones, como se miden las cosas que van a durar.

Lo que está en un registro, hermano, dura cien años.

Dura cien años. Me lo dijo un viejo con una moneda en Perth y me lo repetía ahora mi hermano con un cuaderno, y entre los dos me tenían cogido el pecado por las dos puntas.

Porque yo hice la cuenta esa noche, en la ronda, con el frío por todo escribano, y la cuenta es esta: el paso que aprendí a los diez años es hoy la única pieza de la máquina que no está en los libros.

Mientras viva solo en mí, la noche de octubre sigue coja: se sabe el qué y falta el por dónde, y el por dónde soy yo, y un hombre puede callar.

Un plano no calla. El día que yo lo levante, con mi vara y mi cadena y mi letra, la máquina queda entera y para siempre, la traición pasa a mayor con sus cotas y sus mojones, y por el camino de mi infancia bajará cada otoño el ganado que el hambre le arranque a los de arriba.

Y hay más, y lo vi en el cuaderno antes de cerrarlo: la traza del camino alto baja al valle por el este, por los pastos nuevos del realojo, por las majadas donde mi mujer puso a sus treinta con cláusula y con perdón.

Una cañada real no pide permiso: se lo toman los rebaños.

La máquina no ha terminado de comer. Va a volver a pasar por el mismo sitio, esta vez con papeles, y me está pidiendo a mí que le dibuje el cubierto.

Dije que el monte, en primavera. Ni sí ni no: fecha. A los hermanos como el mío no se les niega: se les administra el calendario.

Las salidas las conté esa noche como se cuentan las de una plaza sitiada, y eran tres y malas.

Negarme: un capitán que no quiere levantar un plano es un capitán que sabe por qué, y mi hermano suma más deprisa que yo.

Levantarlo torcido: un plano se comprueba con la misma vara con que se hizo, y una traza falsa es una confesión con cotas, que el monte desmiente al primer arriero que la suba.

Levantarlo bien: y entonces la vereda de mis diez años queda en registro para cien, con el ganado del hambre bajando por ella cada otoño y los pastos del este debajo, y yo habré pasado de callar un camino a firmarlo.

Quedaba la cuarta, que no se cuenta porque no es salida sino plazo: la primavera está a un invierno de aquí, y un invierno es tiempo, y el tiempo, en la guerra, es la única munición que se fabrica sola.

Qué haría yo con él no lo sabía. Saberlo no es lo que da el tiempo.

Lo que da es no tener que saberlo todavía.

El viernes cerré con él las cuentas del año.

Repasamos el mayor partida a partida hasta la última, la del grano en camino, y donde el escribano viejo ponía su garabato puse yo lo mío: verificado, y la rúbrica, hoja tras hoja, la letra igual de derecha en la del sebo que en la del año noventa y uno, que un verificador no elige lo que verifica.

Mi hermano secó la última con su salvadera, contento a su manera, que en él es un grado menos de frío, y me dijo que la recua del grano salía de Perth pasada la Navidad y que le pusiera yo la escolta, gente segura, que la carga iba a valer en marzo el doble de lo asentado.

Le dije que la escolta estaba puesta desde antes de pedirla: Raibeart y cuatro más, ya en camino.

Me miró entonces con algo parecido al aprecio, que en esta casa es la condecoración que más pesa y más mancha.

Esa noche subí al adarve a pasar mi última revista del día, la que no está en el turnario.

La luz del este, encendida. La torre del ganado, a oscuras.

El granero nuevo, creciendo. Y abajo, en el estudio sin velas, un libro mayor donde la casa entera cabe en columnas, con el hambre de la comarca comprada a precio de otoño y asegurada para marzo, y al pie de cada hoja, dos dedos por debajo de la noche del noventa, una palabra nueva en una letra que conozco desde que aprendí a formarla.

La letra es la mía. Los registros guardan cien años.