Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Diciembre entró seco, de cielo alto y suelo de hierro, con ese frío quieto que no pelea con la ropa: la atraviesa y se queda a vivir con una.

La casa se encogió alrededor de sus fuegos, los caminos se pusieron de vidrio, y las noches se hicieron tan largas que hasta mi cuñado mandó subir cera de más a los corredores, no fuera la oscuridad a parecer pobreza.

Yo hice mis cuentas de diciembre como todas: la ropa blanca, el sebo, la sal. Y una aparte.

La decisión la tomé en frío y de día, que es como tomo las que valen.

No la tomé por la puerta que mi cuñado me había enseñado en su estudio, con su caso de los Erskine y su solicitud; las puertas de esta cámara las abro yo o no se abren, y lo que yo decidiera entre estas cuatro paredes no iba a decidirlo un pleito ajeno ni una amenaza con vaso de vino.

La tomé por mi cuenta y para mi libro: quería el inventario completo del hombre con el que dormía a siete pasos.

Llevaba un mes mirándole las manos y las nadas, y la columna nueva abierta y sin asientos, y una contable que deja una columna abierta acaba trabajando para ella.

Eso me dije de día, con el sol delante, y era verdad.

La otra verdad, la que no cabía en el encabezado, era esta: desde la noche de la mesa, la curiosidad me pesaba más que la alarma.

Las había puesto en la balanza muchas veces, cinco años seguidos, y siempre había ganado la alarma, y era ley que ganara.

Ahora la balanza me daba otra cosa y yo quería saber si el fiel estaba roto o si era yo la que había cambiado de peso.

Se lo dije el segundo sábado del mes, con el parte de la noche dado y el cerrojo echado.

La cámara estaba en orden de invierno: el brasero cebado a media tarde por Beathag, las dos velas nuevas en la mesa, la escarcha ya cuajando por fuera de los vidrios en sus helechos de hielo, y el dosel de la cama con las cortinas recogidas en sus lazos, que yo no las corro nunca, por ver la puerta.

Él estaba en su banco, con la casaca ya fuera, en camisa y calzones, pasándole sebo a las botas, que es su manera de rezar el rosario.

Le dije que dejara las botas. Las dejó. Le dije que se pusiera de pie junto a la cama, de cara a mí, y lo hizo con esa obediencia suya sin bisagras, que no rechina de sorpresa ni de gana, y cuando lo tuve donde la luz de las dos velas le daba entero, le puse las condiciones.

Me salieron en el orden en que las había escrito de día, y con el vos, que esto era contrato y no juramento.

—Las manos, a la madera del dosel. Las dos. Y de ahí no se mueven sin palabra mía.

—Conforme.

—Paro cuando quiera. Sin porqués y sin cuentas después.

—Conforme.

—Y de puertas afuera, nada de esto existe. El tratado sigue entero.

—Conforme.

Las tres conformidades de mi noche de bodas, la voz igual de llana, la palabra igual de justa, puestas ahora a un trabajo que ninguno de los dos habría sabido nombrar entonces.

Alzó los brazos, cerró cada mano en un barrote del dosel, a la altura de los hombros y algo más arriba, y se quedó así, en cruz de San Andrés a medio hacer, con la cabeza derecha y los ojos en mí, esperando revista.

La madera crujió una vez al recibir el agarre y ya no volvió a sonar en toda la noche.

Las manos primero. Siempre las manos primero, hasta cuando ya las tengo asentadas: fui a ellas y las leí de cerca y con tacto esta vez, dedo a dedo sobre la madera, el callo de la rienda, la cicatriz del pulgar que se quedó a un palmo la otra noche y ahora recorrí entera con la yema, fina y vieja, de filo que entró y salió limpio; la piel de los nudillos, ya cerrada, con su rosa nuevo; los tendones del dorso, que bajo mis dedos se estaban muy quietos con la quietud cara de lo sujeto.

Tenía las manos frías por fuera y la muñeca caliente, y el pulso en la muñeca iba más deprisa que su respirar, que seguía largo y contado, y ahí hice el primer asiento de la noche: este hombre me miente con el pecho y me dice la verdad con el pulso, y de las dos cosas, la que me ofrece es la segunda.

Le desaté la camisa. Los lazos del cuello y el del puño izquierdo y el del derecho, despacio, no por ceremonia: por hacer cada cosa una vez y bien, y se la saqué por la cabeza yo, con sus brazos en alto prestándose sin ayudar, como se desviste a los reyes y a los presos.

La dejé en el arcón. Y me quedé delante de lo que había venido a inventariar, a la luz de mis dos velas, con el frío del cuarto poniéndole la carne de gallina por donde el brasero no llegaba, y me di el tiempo. Era mío.

Un cuerpo de soldado no es un cuerpo hermoso: es un cuerpo escrito.

Lo fui leyendo con las manos abiertas y planas, como se lee el ganado y el paño, sin caricia, que la caricia vino después y por otra puerta, del hombro a la clavícula, del pecho a las costillas, la carne dura y el invierno encima, y él sosteniéndose en sus barrotes con los ojos ya no en mí sino en la pared de enfrente, fijos, la mandíbula en su sitio de a diario y el aire entrando y saliendo con un compás que a cada vuelta le costaba un poco más sostener.

A la altura de las costillas el compás se le rompió por primera vez, medio tiempo, y lo recompuso al instante, y yo dejé la mano quieta donde estaba hasta que lo tuvo compuesto del todo, que en mi cámara los relojes los paro yo.

El cuerpo le desobedecía a media voz, como le desobedece el mar a la luna, sin poder ni quererlo del todo, y él ni lo miraba: lo tenía en formación, con todo lo demás.

De eso también hice asiento, y no diré en qué columna.

Las cicatrices las conté. Contar es lo que sé, y por primera vez en cinco años la cuenta no me sacaba de un sitio: me metía en él.

Siete le conté por delante, y las ordené por edad como se ordenan los árboles talados, por el color y el grano: el rosa vivo de los nudillos, de este mes; una blanda y ancha en el antebrazo, de tres o cuatro años; la del costado izquierdo, larga, gruesa, mal cerrada en el medio, con los bordes ya plateados, y su hermana en el cuello, que le baja de detrás de la oreja y se pierde en el nacimiento del hombro, las dos del mismo plata; y en el hombro derecho, la más vieja de todas, un rosetón hundido y pálido de bala de mosquete, con esa piel lisa y muerta que solo dan los años, una herida curada de mucho antes que las otras, de guerra anterior, de otra década.

Puse el dedo en la del costado sin apretar.

—¿Steenkerque? —le pregunté, porque el nombre lo sabía la casa entera y no era gastar nada.

—Agosto del noventa y dos. —La voz le salió a la primera, ronca de la primera palabra en una hora, y la aclaró—. La del cuello, la misma tarde. Un alabardero valón. Tenía prisa.

—¿Y esta? —El rosetón del hombro, la vieja.

—Killiecrankie.

—¿Con Mackay?

—Con lo que quedó de Mackay.

Lo dijo como se da un parte antiguo, sin adorno, y era la primera vez que aquel hombre me daba un año que la casa entera no supiera ya: el del ochenta y nueve, cuando el reino se rompió en el desfiladero de Blair y el cuento llegó a mi glen con los buhoneros. Dejé el dedo donde estaba.

—¿Y el mar? ¿Cuándo lo pasasteis?

Tardó lo que se tarda en decidir cuánta verdad cabe en una respuesta. Yo entonces lo tomé por memoria.

—Después de Killiecrankie los regimientos fueron cayendo al Continente por tandas. —Y al cabo—: Yo caí en la mía.

Hice la aritmética sin querer hacerla, que las cuentas, en mí, se hacen solas: casaca del rey desde el verano del ochenta y nueve, herida cobrada en la primera hornada, hecho ya cuando Steenkerque; y entre lo uno y lo otro, los regimientos cayendo al Continente por tandas, como caen las hojas, antes las primeras que las últimas.

La fecha de la suya no se la pregunté. No hizo falta, me dije, y el me dije lo hizo todo: un soldado del rey desde el ochenta y nueve, con la guerra grande esperando al otro lado del mar, no pasa el año del noventa cuidando vacas en un glen del oeste.

Estaba fuera. Estaba embarcado o camino de estarlo, sangrando para el rey en pueblos de nombre francés, con el mar por medio, mientras nueve hombres subían a mi glen.

La pregunta que yo tenía guardada afilada desde mi noche de bodas, la de dónde estabais vos en el noventa, se me quedó contestada sin haberla gastado: contestada no por su boca, que había callado, sino por mi propia cuenta, que es la letra de la que más me fío.

Con eso solo no se asienta nada, dice mi regla, la que me hizo esperar dos vapores para un meñique.

La incumplí. La incumplí con los ojos abiertos y el dedo en su costado, la incumplí porque quise, porque llevaba cinco años sin poder dejar la puerta de un cuarto sin mirar y aquella noche, por primera vez, el animal de debajo de mi piel estaba echado y quieto, y una se cansa de tener razón contra todo el mundo, y el asiento se hizo solo en la columna que menos uso, la de las novedades buenas: mi marido no estuvo.

Mi marido es de después. Lo que yo cazo y lo que él guarda no beben del mismo año.

Nadie me enseñó que el alivio pesa. Se me apoyó entero en la espalda, como el chal.

Seguí un rato más, porque el tiempo era mío y porque ya no estaba inventariando: estaba mirando, que es oficio más antiguo y sin columnas, y en algún momento de ese rato mis manos dejaron de ser planas, y su compás se rompió del todo y ya no lo recompuso, y el cuarto se quedó con tres fuegos, el brasero, las velas y aquel hombre ardiendo en silencio agarrado a su madera como a la borda de un barco, sin pedir, sin moverse, cumpliendo su palabra con el gasto que la palabra le estuviera costando, que yo lo veía y él sabía que lo veía, y eso, no diré otra cosa, eso también lo miré despacio.

Cuando decidí que la revista había terminado, la terminé yo: di un paso atrás, recogí el aire, me até el chal, que en algún momento se me había caído a los codos sin yo saberlo.

—Ya está —dije. Y como la otra noche, pero con la voz de menos ley—: Podéis…

Y entonces preguntó.

No soltó la madera. No movió más que la cabeza, apenas, hacia el mechón que se me había salido de la trenza y me cruzaba la cara desde hacía un rato, y que yo no me había apartado por tener las manos en mejor uso, y con los ojos en ese mechón y no en mis ojos, en voz muy baja, en la lengua de mi glen, en la lengua en que mi madre me llamaba a cenar y en la que se dijeron los muertos de octubre, este hombre que en cuatro meses no me había pedido ni la sal preguntó:

—Am faod mi?

¿Puedo? Dos palabras: pregunta si puede.

Nadie de esta casa gasta esa lengua conmigo, mi cuñado la esquiva como se esquiva un acreedor, y oírsela a él, ahora, para esto, para el permiso más chico que cabía en la noche, apartarme el pelo de la cara con una de aquellas manos que yo acababa de contarle, me abrió por dentro dos puertas a la vez, una caliente y una fría, y por la fría entró la ley.

Porque quise decir que sí. Lo quise con una gana simple y sin años que casi no me conocía.

Y por debajo de la gana, mi cuenta más vieja me enseñó el saldo: que él lo pidiera era suyo; que yo pudiera negarlo tenía que ser mío, y no lo sería de verdad hasta gastarlo una vez. Un derecho sin estrenar es un rumor.

—No —dije.

Fue instantáneo y fue entero: las manos en la madera, donde estaban, sin un crujido; la cabeza, a su sitio de revista; los ojos, de vuelta a los míos, limpios, sin herida dentro ni cuenta pendiente, con la misma tranquilidad del que ha pasado revista, y luego el cuerpo entero diciendo el acatamiento de una vez, sin resto, sin ese pagaré de reproche que dejan los hombres contrariados hasta cuando callan.

He visto obedecer toda mi vida: al miedo, a la paga, a la costumbre.

Ningún hombre me había obedecido un no como se obedece una orden de plaza: como si mi no fuera ley natural, agua que baja, diciembre.

El mechón se me quedó donde estaba, cruzándome la cara.

Me lo aparté yo, con mi mano, despacio, mirándolo hacerlo a él con los ojos, y si en ese gesto hubo crueldad, fue de la que se hacen los tratos: le estaba enseñando lo que había comprado con su pregunta.

Él lo entendió. A aquel hombre los tratos se le explican una vez.

—Podéis soltar —dije, y soltó, y bajó los brazos con el entumecimiento de una hora de madera, flexionando los dedos con disimulo de soldado viejo, y recogió su camisa del arcón y se la puso de espaldas a mí, por primera vez en la noche de espaldas, y en los hombros, al agacharse, le vi el temblor corto del esfuerzo largo, el que sale cuando ya no hace falta esconderlo, y lo dejé tener a solas, que era suyo.

Después fue después. Él en su banco, bajo su manta de lana parda, de cara al cuarto como siempre; yo en mi lado de la cama, de cara a la puerta como siempre, con el cuchillo donde duerme, bajo la almohada, que esa cuenta no la toca nadie y menos una noche buena; el brasero bajando a rescoldo con su chasquido menudo de brasa, el vaho de los dos subiendo apenas en el aire frío, la primera vela muerta y la segunda ardiendo para nadie, de teatro, como está mandado.

Le oí la respiración buscar su compás de dormir y no encontrarlo.

La mía hizo lo mismo. Me puse a contarle el respirar por darle a mi cabeza su faena de siempre, y la cuenta se me fue haciendo larga y mansa, sin nudos, números de ovejas y no de hombres, y en algún punto muy alto de la cuenta la abandoné, cosa que no hago, y me quedé oyendo la casa helarse por fuera y los tres rescoldos gastarse por dentro.

No se movió en toda la noche. Lo sé porque tampoco yo.