Capítulo 14
Me movieron al hombre del segundo nudo un martes.
Lo supe como se saben en esta casa las cosas que importan, por el orden de las pequeñas: el brasero de la tercera tronera llevaba dos noches sin manchar de humo su piedra, en la mesa del cuerpo de guardia de fuera sobraba un cuenco, y el mayoral, que desde la matanza miraba al adarve de poniente cada vez que yo cruzaba el patio, había dejado de mirarlo.
Pregunté lo justo y por el camino ancho, a Marsaili, con la voz de intendencia: que si había menos bocas de armas este mes, por lo de las raciones.
Recuento de majadas, dijo ella con el cucharón en marcha; el rubio grande a las bordas del norte hasta que el invierno diga, el hermano de escolta a Perth con la recua, y el tercero al soto, y buen viento a los tres, que en mi cocina los de la torre nunca comieron.
Volví a mis cuentas con las raciones justificadas y el pulso contado.
Nueve sacos de sal me había costado saber dónde dormía aquel hombre.
Alguien lo había movido de su casilla en una semana, con excusas buenas, con paga mejor, y a nueve leguas de mi lista.
En el libro que no se escribe el asiento no se borra: viaja.
Eachann, fuego de escaldar, bordas del norte, volví a coserlo esa noche nudo por nudo, y debajo, en la columna de lo que no sé, que últimamente engorda más que ninguna, apunté la pregunta con su fecha: quién mueve piezas en este tablero sin pasar por el estudio de las seis llamas.
Porque por el estudio no había pasado, de eso estaba cierta; mi cuñado gradúa hasta el descuido, y aquel traslado tenía otra letra, la del gobierno que no gasta luz, el del cerrojo que el laird desconocía, el que quita manos de mis cosas y ahora quitaba hombres de mi alcance.
Un gobierno que me allanaba el cuarto y me despoblaba la caza.
Si era mi valedor, no le había pedido nada.
Si era mi rival, sabía qué quitarme. Y si era las dos cosas a la vez, entonces tenía nombre de casa grande, porque solo las casas grandes te guardan y te esquilan con la misma mano.
Con Oighrig la casa se me puso a la espalda por primera vez desde agosto.
No es poco decir. Nos repartimos los días sin repartirlos: ella la rueca y la aguja en el cuarto de la costura, yo la ropa blanca y las cuentas chicas, y entre las dos ese idioma de faena que no necesita frases enteras, pásame, sujeta, cuenta tú.
Me vigilaba el plato como si el plato fuera de la familia, que para eso la había hecho venir mi tía tanto como yo, y a la segunda tarde, viéndome apurar el caldo por darle gusto, dijo, sin levantar la vista del hilo: come, que contar en ayunas sale caro.
De su cosecha añadió poco más en toda la semana, que Oighrig administra las palabras como administraba la turba, pero el jueves, devanando, soltó una al aire que no iba a nadie y me buscó a mí: tu capitán cuenta como nosotras.
Le pregunté con la ceja. Con los ojos, dijo ella; pasa revista a lo que quiere y a lo que teme, y a ti te pasa las dos.
Le dije que a hilar. Me obedeció sonriendo con las encías, que es como sonríen las viejas que han ganado, y yo bajé su frase a mis columnas y no supe en cuál meterla, y las frases que no encuentran columna son las que gobiernan la noche.
El gorro se lo vi el segundo día, al subirle la ropa blanca a su cuarto: azul, de hechura antigua, colgado de un clavo junto a la ventana, donde da la primera luz de la mañana.
No pregunté. En mi glen los muertos no se llevan al cuello: se cuelgan donde trabajen, de cara a la faena, y aquel gorro estaba puesto de capataz.
Ella me vio vérselo y siguió devanando sin cambiar el hilo de mano.
Dos mujeres que cuentan no se dan el pésame: se dejan en paz las cuentas.
Le puse la ropa en el arcón, le dije que aquella ventana cerraba mal y que avisaría al herrero, y dijo que no, que el aire que entraba por la junta venía del este.
—El aire de casa no se le cierra a nadie —añadió, al hilo, como quien remata un dobladillo.
Del este. De sus majadas y de mi glen, dos valles y todos los muertos de por medio.
Asenté la seña donde asiento lo que no es de nadie: aquella mujer y yo llevábamos la misma aritmética, la de los que tienen a sus muertos en activo.
Y aquella tarde quedó firmado el tratado sin firma: yo no le preguntaría por el gorro y ella no me preguntaría por qué a la gente le miro las manos antes que la cara.
Los tratados buenos son de dos silencios del mismo ancho.
Marsaili, que los huele, empezó a mandarnos la cena junta sin que nadie se lo dijera.
El salón grande lo cruzo poco y deprisa, por higiene.
Aquella semana lo crucé el viernes, por atajar hacia la despensa con el frío primero de diciembre ya en los pasillos, y me paró lo que me para siempre y finjo que no: la pared de las armas.
Sobre la chimenea, entre astas de venado y un mosquete francés de alarde, está colgada la espada de mi padre.
La conozco desde antes de saber leer: el pomo de nuez, la canal honda, la seña del taller de Stirling en el recazo, y la mella del tercio flaco que él no quiso amolar porque las mellas, decía, son la letra de las espadas.
Cuelga en horizontal, limpia, engrasada, muda, y así dispuesta dice al pie de la letra lo que su dueño nuevo quiere que diga: aquí lo cazado se exhibe.
La miré el tiempo de dos respiraciones, que más es darle función a la pared, le prometí lo que le prometo siempre, sin mover los labios, bajar de ahí no depende de ti, y seguí a la despensa a lo mío.
La rabia con hambre firma lo que sea; la mía come aparte y no firma nada.
Pero salí del salón con las manos frías, y no era diciembre.
El resto de la pared me lo llevé de pasada, por oficio de inventario: dos pistolas de arzón con la culata rajada, un hacha de Lochaber con el asta nueva, una tarja con la bloca partida que nadie mandó componer, y en todo la misma letra: cosas de vencidos puestas a secar.
Las paredes de esta casa no adornan: asientan.
Cada pieza es una partida cobrada, y la de mi padre es la mejor puesta, a la altura de los ojos, porque las deudas grandes se lucen.
Mi padre limpiaba esa espada los domingos, después del oficio, con el paño de las hebillas, y no me dejaba tocar el filo pero me dejaba sostener la vaina, que pesaba como un niño de teta, y decía que las espadas se heredan por la mano y no por la sangre, y que la suya iría a quien supiera para qué no sirve.
Yo tenía nueve años y me pareció un acertijo de padre.
Ahora cuelga de dos escarpias en la pared de un MacRath y lo entiendo entero: sirve para todo menos para lo que yo la quiero.
El día que baje de esa pared no será para lucirla.
A mi marido lo vi volver de las bordas el sábado, con la última luz.
Lo vi porque quise, que ese teatro sí me lo permito y hasta me lo cobro: mirar al marido llegar es oficio de señora, la casa lo espera y lo anota a favor, y a mí me da un palco a diez pasos de lo que quiero estudiar.
Bajé al arco del patio con la excusa de las velas del corredor y me quedé en la piedra, con el chal cruzado, mientras él entraba la mula y el caballo por el portalón con el vaho de los tres por delante.
El patio estaba helado a trechos y el caballo lo sabía, y él también: lo trajo por el camino de tierra pisada, sin tirar del ronzal, hablándole bajo en la lengua del norte, dos sílabas y un chasquido, hasta el amarradero.
Y allí, mientras el mozo se llevaba la mula, desensilló.
Yo he visto desensillar a media Escocia.
Se aprende del padre, como jurar, y se hace como se es.
Él lo hizo por orden y sin prisa, de memoria y con los ojos en otra parte, que es la marca de las manos que saben: la cincha primero, floja y sostenida, no soltada, que el golpe de correa espanta; los lazos de la manta después, deshechos y no tirados; la silla a pulso hasta el poyo, sin arrastrarla por el lomo; y al final las dos manos planas y desnudas un momento en la tabla del cuello del animal, por el frío que hiciera, quietas, hasta que el caballo bajó la cabeza y se sacudió entero.
Manos grandes, de dorso ancho y curtido.
Se las leí desde mi palco seña a seña, de oficio, contra mi lista: ningún meñique montado que no cierra, ningún pulgar de remache, ningún dorso pecoso de vello blanco; ninguna de las nueve señas, ninguno de los nueve hombres.
En su lugar, señas propias: el callo de la rienda en la raíz de los dedos, una cicatriz vieja y fina en el pulgar derecho, de las de aprender a segar, y los nudillos de la mano izquierda con la piel rota de esta semana, ese rosa nuevo de la carne que se hace.
Trabajo de capitán, asenté; en las guardias se pega, un cajón sin fondo donde llevo meses echando lo que él hace y yo no veo.
Y debajo del asiento, sin permiso, la cuenta de verdad: las nadas de aquel hombre, juntas, habían dejado de ser una sospecha para volverse costumbre mía. Venía a mirarlas.
Esa noche, en el parte de la cámara, con el cerrojo echado y su vela y la mía, se lo pedí.
Llevaba el discurso preparado desde el patio, con su encabezado y su porqué, y a la hora de decirlo lo dejé caer entero y gasté cuatro palabras, porque hay peticiones que se estropean de vestirlas:
—¿Puedo mirarte?
Me salió el tú. No se me escapó: lo escogió algo en mí que va por delante de mis columnas, el mismo que escoge el tú para jurar, y lo oí sonar en el cuarto como suena una moneda de otra ley.
Él estaba descalzándose en su banco, con su orden de campaña, y se quedó con un zapato en la mano.
No preguntó qué, ni por qué, ni si ahora, que cualquiera de las tres me habría devuelto el vos y a mi lado del cuarto.
Dejó el zapato en su sitio, vino a la mesa, se sentó de cara a la vela y puso las dos manos sobre la tabla, abiertas, palmas abajo, a la luz, como se presentan las armas a revista: esto hay.
Las miré. Me tomé el tiempo, que era mío y él no lo tocó.
Acerqué la palmatoria hasta que la llama les sacó el relieve y las recorrí despacio con los ojos, dedo a dedo, seña a seña, el callo, la cicatriz del pulgar, la piel rota de los nudillos con su rosa de esta semana, las venas del dorso, las medias lunas limpias, y cuando acabé con el haz dije volvedlas, ya con mi vos de trabajo, y las volvió sin ruido, y me enseñó el envés: palmas de rienda y de espada, la quemadura antigua en el monte de la izquierda, líneas hondas con el invierno dentro.
En ningún momento las movió hacia mí. En ningún momento habló.
Respiraba largo y contado, como duerme, y a la tercera vuelta de mi examen entendí que estaba costándole, no el estarse quieto, que eso lo sabe hacer hasta dormido, sino el ser mirado así, a esta luz y a esta distancia, por mí; le subía por el cuello, despacio, el color del esfuerzo.
La curiosidad me dio entonces un tirón que no venía en mis papeles, el de acercar un dedo a la cicatriz del pulgar y leerla por el tacto, y lo sofrené a un palmo, no por alarma, que no vino, sino por gobierno: en mi libro no se asienta dos veces el mismo día.
—Ya está —dije—. Podéis retiraros a vuestro banco.
—Señora. —Recogió las manos como se recoge la guardia, sin prisa, y en la voz le oí, muy al fondo, una tranquilidad nueva, la del que ha pasado una revista que le importaba.
Gasté mi vela hasta el final haciendo las cuentas del día, que se dejaron hacer mansamente hasta la última.
El hombre de mi lista, a nueve leguas. El gobierno sin luz, sin cara.
La espada de mi padre, en su pared, esperando.
Y en la mesa de mi cámara, media hora a la luz de mi palmatoria, dos manos examinadas seña a seña con el resultado que ya sabía y quise mirar de cerca de todos modos: ninguna en mi lista.
La cuenta que no se dejó hacer fue la de por qué eso, que era una nada más, la nada mejor mirada de todas, me había dejado este pulso de haber corrido.
Lo intenté con mis columnas y no hubo manera, porque mis columnas son de deber y haber y esto no debía nada ni había nada, y a medianoche, con la vela ya de despedida, hice lo que hace cualquier contable honrado con una partida que no cuadra y no se deja tachar.
Abrí columna nueva.