Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La casa cambió de ruido con la matanza hecha.

Se fue el chillido y quedó el humo: tocino en las vigas, sal en las manos de todo el mundo y ese sosiego de despensa llena que vuelve mansos a los hombres y largas a las noches.

A mí las despensas llenas me gustan como me gustan las plazas bien pertrechadas, que es mucho y con recelo, porque he visto lo que hace el hambre cuando entra en un sitio que se tenía por salvo, y porque el sosiego es la hora en que la guardia se afloja y las lenguas cobran valor.

Contra lo primero tengo el turnario. Contra lo segundo, aquella semana aprendí que no hay turnario que alcance.

El miércoles llegó de Àird nan Damh un carro con lana hilada, un saco de castañas pilongas y una viuda encima.

Venía por manos de Marsaili y por carta de la señora, que había mandado razón con el arriero de San Martín sin pasar por el estudio de mi hermano, y eso fue lo primero que anoté: mi mujer sabía mover gente por caminos que no cruzaban su mesa.

La viuda se llamaba Oighrig, era prima de ella y de las majadas del este, y bajó del carro como bajan los soldados viejos de las barcas, sin dar la mano a nadie y mirando primero dónde pisaba.

Le habían hecho sitio en el cuarto de la costura, pegado a la ropa blanca, que es decir pegado a los dominios de la señora, y antes de deshacer el hato sacó un gorro de hombre, azul de hechura antigua, y lo colgó de un clavo junto a la ventana.

No preguntes de quién es el gorro que una viuda cuelga antes que su propia capa.

Un soldado conoce los estandartes aunque no conozca la compañía.

Me la crucé esa misma tarde en el patio bajo y nos medimos el tiempo justo.

Yo vi a una mujer de manos rápidas y ojos lentos, de las que hacen la cuenta del sitio donde entran igual que la haría un furriel: puertas, leña, gente, y cuánto de cada cosa.

Ella vio lo que viera. No me saludó con la boca; me saludó con una inclinación corta de quien apunta un asiento, y siguió a lo suyo con el hato al hombro, sin dejar que se lo llevara el mozo.

En la majada del este cuentan como respiran.

Me lo dijo una vez un sargento de otra guerra sobre otra gente, y se me quedó: guárdate del pueblo que cuenta, que ese no perdona por cansancio.

Lo del cuerpo de guardia fue el viernes.

Era el de fuera, el del portalón, donde comen los de la torre del ganado y la muralla exterior desde la regla nueva, y yo bajaba a pasar el relevo de la noche como lo paso siempre, sin campanilla, que las guardias se miden por cómo están cuando no saben que las miran.

La puerta estaba entornada por el calor del brasero y las voces salían al frío con esa claridad que da la noche seca.

Reconocí la de Eachann Bàn antes de entender las palabras, porque Eachann habla como reparte el pan un despensero con la casa llena: alto, seguro y convencido de que da de comer.

Contaba. Tenía delante a dos mozos de los ajustados para la matanza, de esos que se quedan el invierno si hay techo y paga, y les estaba contando la mejor saca de ganado que había visto la comarca en veinte años, cabeza a cabeza, con el orgullo de oficio de un mayoral y la memoria gorda de cinco años de engordarla en mesas como aquella.

Ni una puerta costó dinero, dijo. Esa noche hasta el monte estuvo de nuestra parte: nos puso el camino en bandeja.

El monte.

Hay palabras que le hacen a uno el trabajo de una bala vieja, que no tumban pero avisan de dónde vas a cojear el resto del día.

Entré. No deprisa. El cuarto hizo el silencio a tramos, primero los mozos, después el fuego, y Eachann fue el último en volverse porque los hombres como Eachann siempre son los últimos en enterarse de que la función ha cambiado de dueño.

Lo saqué al aire con dos palabras de servicio, revista de capote, algo que no era mentira porque en mi guardia nada lo es del todo, y en la cara de fuera del muro, donde la piedra guarda el frío como guarda todo lo demás, lo puse contra la sillería con el antebrazo cruzado y el peso entero detrás.

Golpe no hubo ninguno; aquello fue albañilería: cada cosa en su sitio y el hombre entre las dos, la piedra y yo, aprendiendo cuánto pesa una pared cuando respira.

Tres avemarías lo tuve así. Las conté. Se cuenta para no hacer otra cosa.

Y en la segunda me subió la frase por la garganta con su forma hecha, entera, lista para salir al frío: el monte aquella noche tuvo nombre y lo estás mirando.

La tuve en los dientes. Me habría costado menos decirla que callarla, que eso es lo que nadie cuenta de las confesiones: que cuestan más caras las guardadas.

Lo que salió fue la voz de la línea, la que no se levanta porque no le hace falta:

—Del noventa no se habla en mi guardia. Ni con vino ni sin él, ni a mozos ni a grandes. El que lo cuente, lo cuenta fuera de esta casa, sin paga y a pie. —Le solté el capote y se lo estiré, que también eso es albañilería—. Y da gracias de que esta noche hago yo la ronda y no la memoria de otros.

Eachann encajó como encajan los que fueron necesarios una vez: buscándole al castigo la parte de malentendido.

Musitó su sí, capitán con la nuez a medio tragar, y por encima de su hombro vi a Raibeart en el vano de la puerta, quieto, con el brasero a la espalda, mirando sin perderse nada.

No hizo ademán de valerle a su hermano. Los hombres de memoria larga no gastan las manos: apuntan.

Y lo que apuntó aquella noche, con ese cuidado suyo de prestamista, fue esto: al capitán, con el noventa, se le mueve algo.

Lo vi hacer el asiento tan claro como si llevara pluma.

Goraidh, del otro lado del fuego, saludó a nadie tocándose el ala del sombrero, que es lo que hace Goraidh con todo lo que pasa cerca: saludarlo por si acaso, y sobrevivirlo.

Volví por el adarve dando el rodeo largo, con el frío en el costado dándome su parte de siempre, y a mitad de muralla ya lo tenía decidido, porque las decisiones de verdad no se toman: se encuentran tomadas al doblar una esquina.

Aquellos tres no podían invernar a cien pasos de mi mujer.

No por lo que pudieran hacerle, que para eso están mis puertas y mi gente; por lo que pudieran decirle.

Una casa es un sitio pequeño para un secreto grande, y el vino de la matanza es largo, y bastaba una noche de despensa llena y un pasillo mal contado para que a la señora le llegara del noventa una palabra con demasiada verdad dentro.

Cuál de las verdades me daba más miedo, la de ellos o la mía, eso el turnario no lo pone, y yo aquella noche tampoco me lo puse.

Los moví en cuatro días, de uno en uno, cada cual con su excusa buena, que las excusas, como las balas, hay que fundirlas del calibre justo.

A Eachann Bàn lo subí de trabajo para bajarlo de casa: recuento de invierno de majadas y pastos con el mayoral, las bordas del norte primero, que es faena de hombre de ganado y de semanas, y se lo dije delante de gente y con la paga por delante, para que sonara a lo que tenía que sonar.

Lo saqué yo mismo el lunes con dos mulas, no por cortesía: por verle la espalda camino de lejos y por conocer el terreno donde lo dejaba.

A Raibeart le tocó la escolta de la saca de diciembre, la recua de Perth, plata y papeles, que es destino de confianza y se paga como tal, y me miró al recibirlo con la sonrisa fina de los que saben que los honran para perderlos de vista, y lo firmó igual, porque Raibeart no rechaza nada que se pueda cobrar dos veces.

A Goraidh, la leñera del soto y el portón de fuera, turnos que no cruzan el patio de la señora ni a la ida ni a la vuelta.

Ninguno preguntó. Los hombres que estuvieron en el noventa no preguntan por qué se los aparta: le ponen fecha a la sospecha y esperan, que es su manera de ser inocentes.

El lunes hizo un frío de yunque y salimos con la primera luz, Eachann delante con las mulas y yo detrás, que la retaguardia se la queda siempre el que quiere ver.

Nueve leguas dan para mucho silencio, y él lo fue gastando como lo gastan los culpables que no saben de cuánto se les acusa: probando.

A la segunda legua alabó el turnario nuevo.

A la cuarta preguntó si el recuento lo mandaba mi hermano o lo mandaba yo, con esa manera de preguntar por el amo que tienen los perros que han mordido alguna vez.

Le dije que en la muralla mandaba yo y que el monte era de Dios, y no le gustó ninguna de las dos respuestas.

En la última cuesta, con el aliento de las mulas por delante como humo de salvas, se paró a hacer aguas contra una piedra y dijo, de espaldas, sin venir de nada:

—Aquella noche yo iba donde me mandaban, capitán. Como todos.

No contesté. Hay frases que son anzuelo y frases que son descargo, y aquella era las dos cosas, y a los anzuelos, en mi guardia, se les deja el gusano entero.

Le dejé la borda con leña para un mes, el techo revisado por costumbre de furriel y el invierno por carcelero, y bajé solo, con la noche ya echada y el monte a la espalda diciéndome lo suyo de siempre: que él también estuvo aquella noche. Que él tampoco habla.

La prima lo fue viendo todo, porque para eso había venido, aunque ella dijera que a hilar.

Vio a Eachann cargar las mulas con la marca del muro todavía en la cara, vio salir la recua con Raibeart y su memoria dentro, vio los turnos nuevos en la tablilla del portalón, que ella no sabe leer pero sabe contar, y el jueves me salió al paso en el patio con la rueca al costado, como quien pasaba.

—Capitán. —Señora. —¿Los de la torre del ganado ya no invernan aquí?

—Invernan donde hay ganado. —Ya. —Miró la torre, la tercera tronera, la piedra ahumada del brasero muerto, y luego me miró a mí con la mirada de las balanzas, que ni agradece ni acusa: pesa—.

En mi majada, cuando el lobo ronda, apartamos primero a las reses que cojean.

Unas por que no las coman. Otras por que no enseñen al lobo el camino del corral.

Se fue con su rueca sin esperar respuesta, que no la había, y yo me quedé con la cuenta hecha: aquella mujer todavía no sabía nada, pero ya lo sumaba todo, y entre las dos cosas hay la distancia de un invierno.

No podía quitársela a mi mujer sin confirmarle la suma.

La apunté donde apunto lo que no tiene remedio y le doblé el turno a Ualan.

El ensayo vino el sábado, y no en la ronda.

Fue en el patio de la costura, a media tarde, con el sol bajo y bueno.

Yo revisaba con el herrero los goznes del portillo, faena de diez pasos de distancia, y ellas estaban a la puerta aprovechando la última luz, la señora con las cuentas chicas y la prima con la rueca, y Oighrig dijo algo que no oí, algo de castañas o de un vecino de la majada o de nada, y mi mujer se rio.

Se rio de verdad, corto y hacia dentro, con esa risa que se le salió por una rendija que ella no sabía abierta, y fue la primera desde la boda, y yo la oí entera porque el oído del centinela va donde tiene la querencia aunque el cuerpo esté con los goznes.

Y en ese sitio, con el hierro en la mano y el herrero explicándome el pasador, me vino hecho, con sus pausas de respiración y todo:

Ensayo de confesión n.º 12: «Yo conocía el paso. Lo aprendí a los diez años, con tu padre delante y las cabras detrás. Cuando mi hermano preguntó por dónde, contesté como contesta un crío que quiere ser útil.»

Lo tenía entero, medido. El diez y el once se me habían ido en noviembre sin llegar a frase, gastados en pólvora y en sebo, que hay meses que le cobran a uno los números en otra moneda; este venía cumplido, con el padre y las cabras y el crío, la confesión más corta y más completa de las doce, y del otro lado del patio ella se reía de algo que había dicho Oighrig.

Guardé el ensayo donde guardo la pólvora mojada: por si un día sirve, sabiendo que no.

Al herrero le dije que el pasador, doble. Por dentro, como todo en esta casa.

El domingo pasé revista a la obra entera de la semana como se pasa al cerrar una plaza: Eachann en las bordas del norte, a nueve leguas y a un invierno; Raibeart camino de Perth con la plata y la lengua a sueldo; Goraidh en el soto, saludando árboles; Ualan doblado en el corredor del este; la prima hilando a tres pasos de mi mujer con su gorro colgado y su cuenta abierta; y el noventa callado en mi guardia por orden escrita del capitán.

Todo firme, todo en su sitio, todo mío. Lo único que no cuadraba de la plaza era el gobernador, que había estado a dos avemarías de rendirla por una frase, y al que la risa de la señora, oída de lejos y sin permiso, le duró en el oído más que el frío de la piedra al otro.

Pero eso no va en el parte. En el parte va: sin novedad.