Capítulo 12
La matanza empezó con niebla y acabó conmigo sabiendo dónde duerme uno.
Dos días antes de San Martín me subió Beathag una carta con el sello de Perth, abierta ya por el camino que abren las cartas en esta casa, que yo se lo noté al lacre y no dije nada: para eso está el canal, para que lean lo que yo quiera que lean.
Era de mi tío, de su letra de arado pasada a limpio por Auchterlonie, y decía lo que yo ya sabía por el pergamino de Somhairle y necesitaba saber por boca de los míos, que las cuentas, como los testigos, valen por pares: recibida la relación del realojo, cotejada casa por casa con los dedos de Tormod encima de cada techo, y conforme.
Techos puestos, simiente en tierra tardía como pide la sierra, mantas contadas.
El crío de Raonaid con la tos, mejor. Dòmhnall dormía ya bajo cabrios nuevos y decía que el pino del Báltico huele a barco y que morirse bajo un barco es morirse viajando, que a Dòmhnall la madera buena lo pone filósofo.
Y al pie, de otra letra, más torcida y más mía, cuatro palabras que Oighrig le dictó al escribano o le arrancó a la pluma ella misma, sabe Dios: «Come. Y cuenta despacio.»
Doblé la carta por sus dobleces y la guardé en la manga izquierda, con el perdón y el sitio hecho, que aquella manga se me estaba volviendo un archivo.
La cláusula segunda trabajaba: el pan tenía testigos de los dos lados de la sierra.
Lo que yo cedí en paño verde ya no podía descumplirse sin que lo supieran treinta bocas con nombre y un tío con dedos.
Hay victorias que no suenan a nada, que son un pergamino cotejado y una tos que mejora. Me la apunté entera.
San Martín trajo lo suyo: tres días de sangre ordenada, la casa entera vuelta obrador, los fuegos del patio bajo con las calderas, las mesas largas de salar, el ir y venir de la sal gorda y el humo dulce de las morcillas al hierro, y hasta la nieve primera, fina, de la que no cuaja y ensucia.
Bajaron reses de la torre del ganado y cerdos de las cochiqueras, y con las bestias bajaron los hombres de fuera, que en matanza no hay turnario que valga: todas las manos son manos.
Todas las manos. Por eso yo estaba donde estaba, en la mesa de salar, con el delantal de cuero prestado por Marsaili y las mangas recogidas hasta donde se recogen las mías, que es hasta donde yo digo, haciendo señora de la casa con la sal: repartiendo tandas, contando cuartos, apuntando en mi pliego lo que entraba a la despensa honda.
Nadie mira dos veces a la que apunta. La que apunta puede mirarlo todo.
El primer día lo abrió el sebo. De la matanza sale el sebo y del sebo salen las velas de abajo, las que alumbran cocinas, cuadras y cuerpos de guardia, y en el cobertizo del lavadero las mozas armaron el obrador: la caldera de fundir, los pabilos de junco colgados en varas, el baño y el enfriado, meter y sacar, meter y sacar, con ese olor a grasa caliente que se te queda en el pelo tres días.
Me pasé la primera mañana allí, mano a mano con las mozas, enseñándoles a torcer el pabilo doble como se torcía en mi casa, que arde más derecho, y contando velas de sebo mientras arriba, en sus arañas, esperaba la cera del norte.
La casa fabricaba su luz pobre con las manos y compraba la rica con las fajas de Crieff, y las dos luces no se cruzaban nunca, cada una en su piso, como todo en Caisteal an Tuirc.
Yo he vivido de las dos. Sé lo que alumbra cada una y lo que cuesta, y sé que la que yo apago con los dedos por no gastar no es la que gasta esta casa.
Lo vi a media mañana del segundo día, en el fuego de escaldar, del otro lado del patio.
Las manos primero. Siempre las manos primero, que las caras hacen lo que quieren y las manos hacen lo que son.
Unas manos anchas sujetando el bichero del caldero, medio veladas por el vapor del agua de escaldar, que el vapor de las matanzas lo emborrona todo menos lo que una lleva aprendido: los dedos cortos y romos y el meñique derecho torcido hacia fuera, montado sobre el anular, sin cerrar del todo, un meñique de hueso mal soldado que no obedece.
Con eso solo no se asienta nada. Los meñiques rotos los cría el trabajo a docenas, y una cuenta como la mía no admite asientos a medias: por eso los nudos llevan más de una seña cada uno, que yo hice mi lista con el rigor que la ley no puso en la suya.
Seguí salando y esperé al vapor, que el vapor va y viene.
Vino y se fue. A la tanda siguiente el hombre cambió la mano en el bichero, y el pulgar izquierdo quedó al aire contra la madera: plano del todo en la punta, aplastado, sin media luna de uña, como un remache.
Y el dorso ancho, pecoso de rojo claro, con el vello casi blanco a la luz sucia de la niebla.
Segundo nudo. El meñique que no cierra, el pulgar de remache, el vello blanco: tres señas, las tres del segundo nudo, apretado por mí una noche de hace cinco años con la lana de casa, con sus señas guardadas donde no se borran, repasadas a oscuras tantas veces que los dedos se las saben sin permiso de la cabeza.
Seguí salando. Eso es lo que hice, y lo cuento porque me costó lo que no me ha costado nada en cinco años: metí las manos en la sal y las tuve allí, quietas, hundidas hasta la muñeca, el frío de la sal mordiendo la piel, y conté.
Sacos de sal contra la pared: nueve, y me pareció una burla del Dios que lleve estas cuentas.
Ganchos en la viga: doce. Tandas en mi pliego: veintiséis.
Conté hasta que las manos volvieron a ser mías y la sal fue sal otra vez y no otra cosa blanca de otro invierno, y entonces levanté la cabeza como se levanta la cabeza en una matanza: por nada, para estirar el cuello, con la cara aburrida del trabajo.
Era grande, claro de pelo, con el capote fuera por el calor de los fuegos.
Trabajaba el caldero sin ganas y sin pausa, de renta, y no miraba hacia mi mesa: no miraba hacia mi mesa con oficio, con esa manera trabajada de no mirar que tienen los hombres a los que alguien ha dicho algo.
Al rato el mayoral le dio una voz para que arrimara el siguiente cerdo:
—¡Eachann! ¡Que se te enfría el agua, Eachann!
Eachann. Le puse el nombre encima de las manos y las manos encima del nudo, y la cuenta de cinco años cerró su primer asiento con las tres cifras cuadradas: hombre, señas, nombre.
En mi valle, aquella noche, ese meñique torcido andaba donde andaba y ese pulgar de remache hizo lo que hizo.
No lo voy a escribir ni me hace falta: está en la lana, con su nudo, y los nudos no se pudren ni exageran ni olvidan. Para eso los hice.
Lo que hice después fue no hacer. Doblé mi pliego, pedí a las mozas la tanda siguiente, mandé a la despensa dos cuartos que esperaban, y trabajé la jornada entera de señora contable, y solo dos cosas más me llevé del patio, las dos por el rabillo del ojo, que es por donde se lleva lo importante.
La primera: que Eachann Bàn no cruzó en tres días de matanza al patio de dentro.
Ni una vez. El agua se la acarreaban, la sal se la llevaban, y cuando la faena lo empujaba hacia el arco de la casa, siempre había un recado, una voz, un mayoral que lo devolvía al fuego de fuera como se devuelve una res al cercado.
Lo vi funcionar una vez con estas dos: la tarde del segundo día faltaron cubos en el fuego de escaldar, y Eachann echó a andar hacia el arco con los suyos vacíos, lo natural, que la tina grande está en el patio de dentro; y no había dado diez pasos cuando el mayoral, que estaba de espaldas y a veinte varas, se volvió como si le hubieran tirado de un hilo y le dio la voz: los cubos que los suba el zagal, Eachann, tú al agua, que se enfría.
El zagal subió los cubos. Eachann volvió al caldero.
El mayoral no me miró a mí ni miró a nadie: miró un momento, de pasada, hacia el adarve de poniente, donde no había nadie que yo viera, y siguió a lo suyo.
Puede ser azar. El azar y yo nos conocemos: no trabaja tan fino, y desde luego no mira hacia los adarves antes de trabajar.
Mi marido cruzó el patio bajo dos veces cada día de aquellos tres, a lo suyo, marcando barricas con el hierro chico y pagando a los jornaleros de fuera al caer la tarde, moneda contada en la palma de cada uno, y las dos cosas las hacía con las manos desnudas por el frío que hiciera, que hay hombres que no saben contar con guantes.
Se las miré al pasar como le miro las manos a todo el mundo, de oficio, sin buscar nada, y no encontré nada, y esa nada me la llevé también, porque ya iban muchas nadas juntas alrededor de aquel hombre y las nadas, juntas, acaban siendo un algo que habrá que mirar despacio otro día, con mejor luz y menos sal en los dedos.
La segunda: que Beathag me miraba mirar.
Desde la puerta de las cocinas, con un lebrillo en la cadera que no pesaba nada, la mirada de inventario puesta en mí más rato del que ningún lebrillo justifica.
Así que le di qué inventariar: llamé a Marsaili delante de ella y le dije que dispusiera ella de los menudos, que a mí la sangre caliente me revolvía el cuerpo, con la voz un punto quejosa de señora fina, y Marsaili, que no ha visto revolverse mi cuerpo con nada, me siguió el paño sin una ceja de más y contestó que claro, que la señora no estaba hecha a matanzas, que subiera a mis labores, y hasta añadió de su cosecha que las señoras de antes tampoco bajaban, que esta al menos apuntaba, y aquello ya fue bordar: Marsaili miente poco, pero cuando miente, remata los cabos como cose.
Beathag se llevó su acta: la señora, floja para la sangre y buena para la pluma.
Buen asiento. Que lo copie dos veces, una para el secretario y otra para quien la lea después, que las actas de esta casa viajan con posta propia.
Subí a mis labores. Mis labores eran la ventana del corredor alto, la que da al patio bajo, y una hora de bastidor sin dar tres puntadas, mirando trabajar el fuego de escaldar hasta que la luz se fue y los hombres de fuera se recogieron a lo suyo con las antorchas, torre del ganado y muralla, cada mochuelo a su olivo y el mío al suyo, que ya sabía cuál era: el portillo bajo de la torre, tercera tronera contando desde el ángulo, donde el humo de un brasero manchaba la piedra.
Esa noche esperé a que mi marido durmiera su sueño de soldado, saqué el punzón del prendedor de su vaina de tela, me descosí el puño con tres golpes de punta, y trabajé a la luz que quedaba de la segunda vela, con la espalda a la ventana y el cuerpo haciendo sombra sobre las manos, que hasta sola en un cuarto con cerrojo se trabaja como si mirara alguien, porque así no se pierde la costumbre el día que mire.
Me saqué el cordón y lo repasé entero, nudo a nudo, del primero al noveno y vuelta, como se pasa lista, y en la vuelta me detuve en el segundo.
Lo tuve entre el pulgar y el índice un rato largo.
No lo apreté más: los nudos, como las cuentas, no mejoran de apretarlos dos veces.
Lo que hice fue añadirle su asiento, en el libro que no se escribe: Eachann.
Fuego de escaldar. Torre del ganado, tercera tronera.
Cinco años el mundo tuvo a este hombre en el aire, sin cuerpo, hecho de señas y lana; ahora tenía nombre a voces de mayoral, un caldero, un brasero y una piedra ahumada donde dormir.
Lo que no hice fue pensar en el cómo. El cómo es un lujo de los que ya saben el dónde, y yo acababa de hacerme rica en dóndes: no se gasta la renta el primer día.
Tampoco pensé en el cercado que le habían puesto a aquel hombre ni en quién miraba hacia los adarves, que esa madeja tenía su día señalado y no era este.
Cada cosa por su orden. Los carros se cargan con lo pesado abajo, y lo más pesado de mi carro, esa noche, era una alegría que no le puedo contar a nadie y que no se parecía a ninguna alegría de las que traen nombre de virtud.
Volví a coserme el puño con el hilo de Oighrig, que aguanta, y me acosté con la lana en su sitio y el punzón en el suyo.
Del otro lado del cuarto, la respiración pareja montaba su guardia.
En la ventana, la segunda vela iba por la mitad.
Yo me quedé de cara al dosel, con las manos quietas encima de la colcha, oliendo todavía la sal en los dedos por debajo del agua y el jabón, y no conté nada para dormirme, por primera vez en no sé cuánto, porque la cuenta de verdad ya estaba hecha y guardada y tenía dirección.
Ya sabía dónde dormía uno.