Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Con Marsaili firmé la paz en la despensa, que es donde se firman las paces que valen.

Llevábamos dos semanas de tanteo, ella y yo, cada una desde su orilla: yo bajaba a las cocinas a la hora en que no estorba nadie y ella me dejaba mirar sin enseñarme, que no es lo mismo que esconder; yo preguntaba lo justo y ella contestaba lo contado, y así nos fuimos midiendo como se miden dos que saben pesar.

El tratado llegó un martes, sobre un pliego de menús para la semana que me subió Beathag con recado de que la señora dispusiera. La señora bajó a disponer en persona.

—El caldo de los viernes —dije, con el pliego en la mano—. Lleváis doble cebada.

—Llevo. —Marsaili siguió a lo suyo, desplumando—. La cebada engaña el poco tocino. Este año el tocino va a andar escaso hasta en esta casa, por mucho oro que baje de arriba.

—En mi casa se le echaba ortiga seca. Estira igual y no gasta grano.

Paró de desplumar. Me miró por primera vez de frente, con las manos llenas de pluma, el tiempo de un peso entero.

—¿La señora ha pasado hambre de ortigas?

—La señora ha pasado el hambre que hay que pasar para saber de caldos.

—Pues ya somos dos las que sabemos. —Volvió al ave, y por el camino de volver se le salió lo que era: un respeto áspero, de oficio a oficio—. La ortiga se coge en agosto, señora. La de ahora amarga.

—La de ahora amarga —dije—. Por eso se seca en agosto.

Quedó el tratado firmado así: las cocinas eran suyas, la ropa blanca y la botica mía, las cuentas menudas de la casa mías también con traslado a ella, y los viernes, caldo de cebada con ortiga del secadero que resultó que Marsaili tenía, porque Marsaili lo tiene todo, incluida un hambre vieja de la que tampoco habla.

La botica me la entregó al día siguiente, en persona, que las jurisdicciones de Marsaili se traspasan con inventario: un cuarto angosto junto al lavadero, con sus estantes de tarros, la mitad sin rotular porque quien los llenó no sabía letra y quien vino después no supo qué eran.

Los fui abriendo y oliendo delante de ella, poniéndoles nombre a los huérfanos, saúco, consuelda, corteza de sauce, milenrama de dos veranos que ya no vale y a la calle, y Marsaili me seguía con los brazos cruzados, cotejando lo que yo decía con lo que ella callaba, que lo sabía todo y quería ver si yo también.

—¿La madre de la señora era de botica? —preguntó al llegar a la miel de espliego, como quien pregunta por el tiempo.

—Mi madre era de todo lo que hiciera falta. —Tapé el tarro—. En un valle sin físico ni comadre, la señora de la casa es las dos cosas o entierra de más.

—Igual que aquí, entonces.

—Igual que en todas partes, Marsaili. Cambian los tarros.

Se descruzó de brazos, que en Marsaili es un tratado entero por sí solo, y me dejó las llaves de la botica en la mano, no en la mesa, en la mano, y al irse dijo que si la señora hacía agua de saúco para los pechos de las mozas del invierno, que hiciera de más, que en esta casa el invierno moquea parejo y arriba no se enteran.

Tomé nota de las dos cosas: del saúco y del arriba no se enteran, que era la primera vez que Marsaili me ponía un arriba y un abajo en la misma frase, conmigo en el abajo, que es donde se está caliente.

Al irme me puso en la cesta un tarro de miel sin que viniera a cuento, y así supe que la paz iba en serio: los tratados de Marsaili se sellan en especie.

Con Beathag, guerra. Fría, pulida y sin declarar, como debe ser entre una criada que informa y una señora que lo sabe.

La sorprendí al tercer día de aquella semana en el arranque de la escalera de arriba, hablando bajo con el secretario de Somhairle, un hombrecillo de tinta que lleva los papeles menores del laird, y no me escondí: pasé por delante despacio, dándoles los buenos días con la cara de no ver nada, que es la que más ven los que espían.

Beathag no se turbó ni un pelo, y eso también fue información: los que se turban son nuevos en el oficio.

Ella no. A ella la pusieron conmigo sabiendo lo que ponían.

Desde entonces le doy trabajo fino: la mando a la villa por hilo del que no hay, la tengo doblando sábanas a la hora en que la casa conversa, le dejo a mano papeles que no dicen nada para que informe de nada con mucho detalle.

Un espía ocupado es medio espía. El otro medio me lo guardo para cuando me haga falta mentirle a Somhairle por conducto seguro, que todo canal enemigo, bien mirado, es un canal.

Y Somhairle me llamó el jueves a su estudio, a la hora de la tarde en que la luz se va y hay que elegir entre velas o irse, y él había elegido velas: dos candelabros de tres brazos, seis llamas para enseñarme bien enseñado lo que quería que viera, que era él, detrás de su mesa, con la casa entera debajo.

Me recibió de pie, me sentó con la mano, me ofreció vino de una jarra chica de plata y no lo acepté, y lo dejó pasar con esa elegancia suya de dejar pasar lo que apunta.

La mesa la tenía como la de Edimburgo, con sus montones por oficio, que mi cuñado muda de casa pero no de orden, y de uno de ellos sacó un pergamino doblado que me tendió con las dos manos, regalando el gesto:

—Buenas nuevas primero, hermana. La relación del realojo, cumplida y entregada: casa por casa, con su simiente y su clavazón, antes de San Martín como se dispuso.

Copia para los comisionados, copia para vuestro tío.

—Una pausa del ancho de una reverencia—.

Y esta para vos, que sé que os gusta leer lo que firmo.

La leí allí mismo, despacio, delante de él, que para eso me la daba y no pensaba privarle del gasto.

Estaba bien hecha. Techos, fanegas, mantas, hasta la cuerda venía, partida por casas, con las fechas de entrega y la marca del carretero, y al pie la verificación del contrayente con la letra pareja que yo ya conocía de tres papeles.

Los del brezo tenían invierno. Lo que yo cedí en la sala del paño verde estaba en pie en una ladera, oliendo a pino del Báltico, y me lo enseñaba el hombre que quemó los techos viejos, con la cara de plantar árboles.

—Está cumplido —dije, y le devolví el pergamino, que las deudas de cortesía se pagan al contado—. Los comisionados quedarán contentos.

—Los comisionados, hermana, ya ni se acuerdan de nosotros, que es como deben estar los comisionados. —Guardó la relación en su montón—. Quien debe quedar contenta es esta casa. De puertas adentro. Que de eso quería hablaros.

Habló de la casa. De que la casa marchaba, de que Marsaili me había cogido ley, cosa rara en Marsaili, de que la parroquia comentaba el buen ver del matrimonio. Todo cortesía, todo mantel. Los cuchillos, debajo.

—Los Erskine de Balgair —dijo después, sirviéndose él, mirando el vino y no a mí—.

¿Os llegó el caso, allá en Perthshire? Matrimonio de dos años, deshecho el pasado abril.

Nulidad. —Probó el vino, lo aprobó—. Cámaras frías, dictaminó el comisario.

Un contrato es cosa del alma, hermana, pero el derecho es carnal: donde no hay carne, no hay matrimonio, dicen los doctores.

La señora Erskine volvió con su padre con lo puesto y el apellido de soltera.

Ni viuda ni casada ni doncella: un estado que no tiene banco en la iglesia.

Bebió despacio. Las seis llamas estaban quietas y yo también, que quieta es como mejor escucho.

—Triste cosa —dije.

—Tristísima. —Dejó el vaso—. Por eso me ocupo de mi casa como me ocupo.

Una casa recién casada es una obra recién techada: hay que andarle encima el primer invierno, mirarle las goteras, no dejar que el agua coja querencia.

—Y me miró entonces, con toda la solicitud del mundo puesta en la cara como se pone un paño sobre una jaula—.

Decidme si algo os falta, hermana. Para vuestro acomodo.

Lo que sea. En esta casa no ha de faltaros nada... de lo que un matrimonio necesita.

Ahí estaba. Servido en plata chica, con sus seis llamas y su caso de los Erskine, el papel que le faltaba por enseñarme: si la cama no cumple, el contrato se deshace, y contigo deshecha, hija de Fionnlagh, se deshace tu cláusula, tu realojo, tu apellido guardado, y vuelves al mercado con el pleito al cuello, donde espera un deudor con las manos rápidas.

No lo dijo. Lo puso a secar delante de mí, como se pone la ropa, para que yo viera de quién era.

—No me falta nada, cuñado —dije—. La cámara del este es buena. Sol de mañana, buen tiro de chimenea. Hasta el cerrojo es nuevo.

Fue medio parpadeo. Menos: el hueco donde un parpadeo estuvo a punto de estar.

Somhairle sostiene la cara como otros sostienen pesos, sin que se le mueva un aparejo, y aun así, en la palabra cerrojo, algo le pasó por detrás de los ojos que no era conocimiento: era inventario que no cuadra.

No sabía. En su casa, donde no se enciende una vela sin que él la cuente, había un hierro nuevo en una puerta y el laird no lo había mandado ni lo sabía.

Lo cubrió en un latido, con la sonrisa de administrar:

—Esta casa cuida a los suyos.

—Eso voy viendo —dije—. Cada día un poco más.

Salí del estudio con la espalda recta y la novedad bien cogida: en Caisteal an Tuirc pasaban cosas que Somhairle no firmaba.

La casa tenía dos gobiernos, uno de seis llamas y otro que no gastaba luz, y yo dormía en la frontera de los dos con un cerrojo echado sin saber de qué gobierno era el cerrojo.

Bajé el corredor contando puertas, que era mi manera de volver a casa, y a la séptima me detuve en la ventana del patio y me di el tiempo de ordenar el día en sus columnas: la amenaza, a la de las amenazas, con fecha y con el nombre de los Erskine; el parpadeo, a la de las novedades buenas, que también la tengo aunque esté delgada; y la solicitud de mi cuñado, a la columna donde guardo lo que más miedo da de esta casa, que no son los tres de la torre: es que aquí hasta el cuidado tiene contabilidad.

A mi marido se lo dije esa noche, lo justo. Él en su banco, descalzándose con su orden de campaña; yo sentada en el borde de la cama, del lado de la puerta, gastando vela.

—Vuestro hermano cuenta camas —dije—. Hoy me ha contado la nuestra. Con un caso de nulidad de por medio y mucha solicitud.

Se quedó con una bota en la mano. La dejó en el suelo, junto a la otra, exacta, y cuando levantó la cabeza tenía puesta la cara de los partes graves, que ya se la conozco: más quieta que la normal, que ya es decir.

—¿Os amenazó?

—Me regó. Las amenazas de vuestro hermano son riego: hoy agua, mañana veremos qué crece.

—Miré la vela—. La cama fabricada no aguanta un invierno de Beathag.

Tarde o temprano esa cuenta no le va a cuadrar a alguien, y la nulidad es la puerta por donde vuestro hermano me saca de esta casa el día que yo le estorbe más de lo que le sirvo. Conviene que no se abra esa puerta.

—¿Qué disponéis?

Otra vez el verbo. Lo usa como si fuera lo natural, ponerme a mí el disponer en las manos, y todavía no sé si es maña o es hechura, y las dos cosas me valen mientras funcione.

—Por ahora, teatro más espeso. Salid de esta cámara cuando la casa mire.

Rondadme el estrado cuando cosa. Y los domingos, al volver de la iglesia, la mano en la cintura al bajarme del caballo, que se vea desde las cocinas.

—Conté con los dedos, tres, mi número—. Lo demás, cuando yo lo diga. Si lo digo.

—Entendido. —Y después de un silencio del largo de una decisión, añadió lo suyo, que fue la primera vez que aquel hombre me puso información sobre la mesa sin que yo la pidiera—: Beathag informa.

Al secretario, y el secretario a mi hermano, dos veces por semana, los días de correo. Contad con ello para lo que dispongáis.

—Cuento con ello desde la escalera —dije—. ¿Y vos desde cuándo?

—Desde antes de que llegarais.

Desde antes de que llegara. Lo dejó ahí, sin adorno, y se agachó a sus botas, y yo me quedé con el hilo en la mano, tirando despacio: desde antes de que yo llegara, alguien en esta casa había hecho la cuenta de quién iba a vigilarme y por qué conducto, igual que había hecho la cuenta de la leña, del banco, de las horas del agua.

La lista de cosas pensadas antes de mí seguía creciendo, y crecía siempre hacia el mismo lado: el que me dejaba respirar.

Y se acostó en su banco, de cara al cuarto, y yo corrí el cerrojo del gobierno que fuera y me acosté en mi lado, y la vela ardió un rato para nadie, que también eso es teatro, el más viejo: luz encendida en la cámara de un matrimonio, para que la fachada tenga algo que enseñarle a la noche.

Los enemigos que obedecen no me venían en ninguna cuenta aprendida. Abrí columna nueva. Se me está llenando el libro.

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