Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

El ganado volvió de Crieff el día de Todos los Santos, con la lluvia entrándole de lado y el dinero cosido en tres fajas distintas, que es como vuelve el dinero de las ferias cuando vuelve.

Los conté desde la puerta del patio de armas: el mayoral delante, seis mozos de cañada, las mulas de la impedimenta y, cerrando, mis tres.

Eachann Bàn con su capote empapado, más ancho que el caballo de puro bulto; Raibeart pegado a él como la sombra al huso; Goraidh el último, que hasta para llegar llega el último, de esa manera suya de ir quedándose que le ha alargado la vida.

Diez jornadas fuera, feria buena, reses vendidas a precio de año de hambre, que el hambre de los llanos es la cosecha de los altos.

Venían contentos como vienen los hombres de feria: con el contento ya agrio de habérselo bebido a medias por el camino.

Les tomé las fajas en el cuerpo de guardia, delante del mayoral, moneda a moneda, con la lista de venta al lado, y el cuerpo de guardia olió dos horas a lana mojada, a cuero y a la cerveza del camino, que los hombres sudan lo que beben y beben lo que celebran.

El mayoral cantaba partidas y yo asentaba: tantas reses al tratante de Falkirk, tantas al inglés de las carnes saladas, que este año compraba a ojos cerrados porque el hambre de abajo no regatea; los precios, de año malo para quien come y de año grande para quien vende.

Cuadró todo menos lo que nunca cuadra, un pico de chelines evaporado entre la feria y el camino, y lo dejé por escrito y a cuenta de la feria, porque un capitán que no encuentra faltas pequeñas es que no ha buscado, y uno que arma ruido por ellas es que no ha mandado nunca.

Somhairle bajó a que le enseñara las cuentas, cosa rara, que mi hermano no baja: hace subir. Vino con la capa puesta de andar por casa, que también la tiene, se inclinó sobre mi libro y lo recorrió con el dedo sin tocarlo, como mira él el ganado, por el precio y no por las patas.

—Buen año —dijo—. El hambre de los llanos es la cosecha de los altos, hermanito.

Dios reparte así desde que hay valles: a unos les quita el pan y a otros les sube la carne.

Nosotros estamos arriba. —Golpeó el libro dos veces con la uña, en la cifra final, un espoleo suave—.

El invierno que viene, más. Acuérdate de esto que te digo: más.

Se llevó las fajas él mismo, una en cada mano y la tercera bajo el brazo, sin llamar a nadie, que el dinero es de las pocas cargas que mi hermano acarrea en persona, y a la puerta se volvió con la última:

—Y a los de la cañada, páguales bien el vino de esta noche. Los hombres que traen dinero tienen que volver queriendo volver.

Después vino lo otro, que llevaba diez días esperándome.

Eachann Bàn, secándose al brasero del cuerpo de guardia, preguntó a nadie y a todos si ahora que estaba la casa con señora volvía el servicio de mesa de antes, que un hombre de armas también sabe llevar una jarra, y lo preguntó mirándome a mí de refilón, con esa insolencia rebajada de agua que gastan los hombres que fueron necesarios una vez y viven de la renta.

Le contesté con el turnario: los de la torre del ganado y la muralla exterior comen en el cuerpo de guardia de fuera, y al comedor de la casa suben libreas, no armas.

Regla nueva, escrita, del capitán. Lo encajó rumiando, con un medio gesto hacia Raibeart que yo vi entero.

Y Raibeart, que es más corto de cuerpo y más largo de memoria, y lo segundo es lo que lo hace peligroso, dejó caer lo suyo mientras colgaba el capote, con la voz de quien comenta el tiempo:

—Señora de la casa, la hija de Fionnlagh. Quién lo iba a decir. Los MacFhionnlaigh siempre criaron...

—Raibeart.

Una palabra. La dije con la voz de la línea, la que no se levanta porque no le hace falta, la que aprendí de un coronel al que después enterramos en Steenkerque, y la frase de Raibeart se quedó donde estaba, partida por la mitad, con todo lo que traía dentro pudriéndose sin nacer.

El cuerpo de guardia entero hizo ese silencio de taberna que se hace cuando dos hombres se miden, con el mayoral parado a medio contar y los mozos de cañada mirándose las botas, y Raibeart me miró.

Le duró la mirada lo que me dura a mí la paciencia, que medida en tiempo de Raibeart es nada, y en aquel medirse le vi al fondo lo que Raibeart lleva al fondo: la memoria larga preguntándose cuánto sé yo, cuánto vale lo que sabe él, y a quién se lo pagaría mejor.

Bajó los ojos al capote y remató, cualquiera sabe si de miedo o de maña:

—...buen ganado. Iba a decir buen ganado, capitán.

—Pues ya está dicho. A la torre.

Salieron los tres a la lluvia. Goraidh, al pasar, me hizo con la cabeza un saludo mínimo, exacto, de los que no comprometen nada, y por eso mismo lo apunté: los hombres que sobreviven a todos los amos saludan así, con la bisagra engrasada para girar hacia donde mande el viento.

De los tres, el que me quita el sueño no es el grande ni el rencoroso. Es el que saluda.

Esa misma semana acabé de sentar la guardia como la quería.

Al de Namur, que se llama Ualan y tiene la paciencia de los que han pasado un sitio entero comiendo rata, lo puse de puertas adentro: el corredor del ala este, el paso de la torre y la escalera chica, turno de noche.

Al otro, el que estuvo en Steenkerque en el ala que no se deshizo, la poterna y el patio de armas.

No les di razones y no me las pidieron; les di el santo y seña y las horas, que es lo que un soldado necesita para saber que la cosa va en serio.

Ualan miró el corredor del este de arriba abajo, una vez, midiendo tiros y rincones como se mide un parapeto, y luego me miró a mí con esa media pregunta que los veteranos no llegan a hacer nunca en voz alta: quién es el enemigo, capitán.

Le contesté lo que se contesta cuando el enemigo come en la mesa de uno.

—Nadie pasa después del toque sin voz mía o de la señora. Nadie es nadie. Si el nadie trae apellido, me despiertas.

—¿Y si el apellido es el de la casa?

—Los apellidos de la casa son dos —dije—. El mío ya sabes dónde duerme.

Lo entendió hasta donde había que entenderlo, que un buen centinela entiende hasta el borde de la orden y ni un dedo más, y desde esa noche el ala del este tuvo lo que no tiene ningún ala de esta casa: un hombre que ha aguantado un sitio, despierto, entre la escalera y una puerta con cerrojo.

Aquella noche hice la ronda larga, la de muralla entera, con el frío ya de noviembre y el costado dándome el parte de toda el agua que había cruzado el país para caerme encima, y desde el adarve de poniente vi la luz de su ventana, la de la cámara del este, un resplandor menudo y quieto en la fachada a oscuras.

Velaba. Vela siempre hasta tarde, gastando su vela despacio, y yo hago mi ronda contando esa luz entre las cosas que están donde deben.

Es toda la conversación que tenemos a esas horas: ella quema cera y yo la cuento desde una muralla.

Hay matrimonios peores. He estado en un país entero que era un matrimonio peor.

De la cámara sé lo que sabe un centinela de su puesto, que es mucho y no es nada.

Sé que duerme poco y ordenado, del lado que le deja la puerta a la vista, y que antes de acostarse repasa el cuarto con los ojos en un orden que no varía: puerta, ventana, fuego, arca, banco, y que en ese orden yo soy la quinta cosa, después del arca, lo cual me parece un puesto razonable y mejor del que traía.

Sé que el pelo se lo trenza para dormir con seis movimientos exactos y que los alfileres son siete y duermen en fila en la repisa, contados, porque en esa cámara se cuenta todo, hasta lo que no hace falta, y he acabado por entender que contar es su manera de montar guardia, igual que la mía es la ronda: dos oficios distintos del mismo no dormirse.

Sé que antes del alba fabrica mi rastro en la cama con una mano de albañil, y que lo hace por estrategia y lo hace bien, y que yo me estoy quieto en el banco porque un hombre que ha dado la palabra de no tomar tiene que empezar por no tomarse ni el derecho a ayudar sin que se lo pidan.

Y sé que cuenta. En sueños. No todas las noches: las malas.

Un murmullo corto, seco, con ritmo de rosario y sin santos dentro, números o cosas que se cuentan como números, y una vez, una sola, una palabra entera que no era de contar y que no pienso escribir ni aquí, porque hay cosas que un centinela oye y deja en el puesto cuando lo relevan.

Qué cuenta, no lo sé. Sé cómo suena una cuenta que no se acaba nunca: igual que las mías.

El domingo la llevé del brazo a la iglesia, como manda la tercera condición, y el matrimonio hizo su servicio delante de la parroquia entera: ella puso la mano, yo puse el brazo, y el orden no se cambió.

Sempill nos dedicó desde el púlpito un latido de más, pastor contando su rebaño nuevo, y mi hermano, dos bancos detrás, en el banco que pagó, irradiaba esa satisfacción suya de propietario al que le rinde la hacienda.

A la salida se nos emparejó bajo el pórtico, me puso la mano en el hombro, el anillo de sello por delante como siempre, y dijo, con la lluvia empezando:

—Buena pareja hacéis. Casi da pena lo que costó juntaros. —Y a ella, con la media reverencia—: Hermana, esta casa os sienta. Se os ve ya el aplomo de las paredes.

—Las paredes son buenas —dijo ella—. Aguantan más de lo que enseñan.

Mi hermano celebró la respuesta como celebra él lo que no acaba de entender: riéndola por si acaso. Yo la entendí camino de casa, a la tercera legua de silencio, y no se la celebré, porque los dos hablamos poco y esa es de las cosas que mejor hacemos juntos.

Entre semana, el matrimonio trabaja en el patio.

Ella baja a media mañana a lo suyo, que es la ropa blanca y las cuentas chicas de la casa, y cruza por donde yo instruyo a los hombres, y ninguno de los dos cambia el paso, y en ese no cambiar el paso está toda la función: la casa ve a la señora pasar junto al capitán como pasa el agua junto al molino, cada cual a su faena y las dos faenas del mismo amo.

Alguna vez me pregunta algo de intendencia delante de gente, la leña, las velas del corredor, cosas de las que no hace falta preguntar, y yo contesto con dos palabras de más para que las lleve el viento adonde tenga que llevarlas.

La casa nos mira y saca la cuenta que debe.

Nadie sospecha de un matrimonio que se aburre en público.

El aburrimiento es la mejor librea que ha inventado nadie.

El ensayo me vino esa noche en la ronda, sin llamarlo, como vienen ya.

Ensayo de confesión n.º 9: «Sorcha:»

Ahí se quedó. El nombre y los dos puntos.

El ocho no llegó a existir: se lo comieron los diez días de feria y de cuentas, que los números que sí saben acabarse me gastaron todos los números.

Y antes, cuando el destinatario no tenía cara, las frases venían solas, de carrerilla, con su culpa bien formada; ahora el nombre abre la puerta y detrás está ella de verdad, con sus tres condiciones y su cama fabricada y su vela gastándose, y todo lo que yo tenía ensayado se queda en el umbral, mirándose las manos.

El nueve es el más corto de todos y el que más pesa: los otros eran confesiones sin nadie; este ya es alguien sin confesión.

Terminé la ronda por el adarve del este.

Su luz seguía encendida, menuda y derecha en la fachada negra, y me quedé el tiempo de un relevo mirándola arder, con el frío en el costado y el nombre con sus dos puntos esperando detrás de los dientes.

Abajo, en el corredor, Ualan hacía su turno con ese paso suyo de sitio, corto y sin gastar, y al cruzarnos en la escalera chica me dio la novedad como se da en campaña, en tres palabras: sin novedad, capitán.

Sin novedad. Ahí dentro había una mujer con la vela encendida contándole rayas a esta casa, y en la torre del ganado tres hombres que no debían acercársele nunca, y en el estudio del laird un hermano que contaba camas, y la novedad de la noche era ninguna, y era verdad, y en eso consiste este oficio mío de ahora: en que el sin novedad les cueste a otros lo que a mí me cuesta.

Luego seguí. Un centinela no se para en lo que guarda: lo pasa de largo y vuelve, lo pasa de largo y vuelve, y a eso le llama la noche entera.

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