Capítulo 9
Caisteal an Tuirc, la noche de la boda
Las velas eran dos y yo pensaba gastarlas enteras antes de decidir nada.
Él seguía en la ventana, de espaldas, con las manos cogidas atrás, y el huerto negro delante que no podía estar mirando porque no había nada que mirar: me estaba dando el cuarto, como se le da la espalda al que se cambia de ropa, y me lo estaba dando con método, sin prisa por que yo lo agradeciera.
Abajo el salón seguía con la barrica. Las canciones subían por la piedra hechas ya solo ritmo, sin palabras, que es como mejor están algunas canciones.
Fui hasta el fuego por hacer el camino. La cámara era grande y estaba pensada: la cama de dosel con las cortinas recogidas, mi arca al pie, ya subida, con las correas sin tocar; un banco largo de respaldo bajo la ventana, con una manta doblada encima que no era de la cama; la leña seca, del roble bueno, apilada con esa exactitud que no es de criadas.
Alguien había pensado aquel cuarto pieza a pieza, como se piensa una plaza antes de defenderla, y yo iba pasando revista a lo pensado sin saber todavía a cuenta de quién ponerlo.
Me quité el oro delante del espejo chico de la repisa, sin esconderme, que esconderse en el propio cuarto es empezar perdiendo.
El prendedor de Somhairle con su cadenilla fue a la repisa, bien a la vista, de cara a la puerta: que trabajara para su amo también de noche, que el oro no descansa ni debe.
La plata de mi madre se quedó donde estaba, por dentro, con el punzón torcido contra la ropa, y al pasarle el pulgar por encima noté el calor del día guardado en el metal chico, que la plata coge el calor del cuerpo y el oro no, y en esa diferencia cabe todo lo que hay que saber de los dos metales y de las dos casas.
Después me solté el pelo de los alfileres de Beitris, uno a uno, dejándolos en fila en la repisa, siete, contados, y aquello sí lo hice de espaldas a la ventana, no por él: porque el pelo suelto de una mujer es la única bandera que no elige ella cuándo ondea, y la mía no estaba para banderas.
Habló él primero, sin volverse, y fue la tercera vez que le oía la voz y la primera que la voz estaba entera dentro de lo que decía:
—La cámara es vuestra. El banco me basta. He dormido cinco años en sitios que no le llegaban a ese banco a la altura de las patas.
—¿Y qué contará la casa cuando sepa que el capitán duerme en un banco?
—La casa contará lo que vea. —Se volvió entonces, quedándose donde estaba, la ventana detrás y las dos velas entre los dos—. Y verá lo que vos dispongáis que vea.
Lo que yo dispusiera. Me quedé con la palabra un momento, dándole la vuelta, buscándole el forro, que las palabras de esa casa venían todas forradas.
Disponer. Nadie me había puesto ese verbo delante en cinco años, y me lo ponía delante un MacRath, de uniforme todavía, con el cuello desabrochado y la cicatriz subiéndole hacia la oreja como un camino mal borrado.
Puse mis condiciones, que eran tres, porque tres es mi número: lo aprendí negociando cláusulas y no pienso cambiarlo.
—Primera: no me toquéis. Ni dormida ni despierta, ni por descuido ni por costumbre. Si hay que representar delante de la casa, yo pongo la mano y vos ponéis el brazo, y el orden no se cambia.
—Conforme.
—¿Y las mañanas? —dije, porque los tratos se cierran por donde se rompen, y los matrimonios se rompen por las mañanas—. Beathag sube el agua a la hora del agua. Las mozas hacen la cámara a media mañana. ¿Quién más entra aquí, cuándo, y con qué llave?
—Nadie más y ninguna llave. La cerradura de abajo la tengo yo y no se presta.
El agua, cuando vos deis la voz, no antes.
—Lo dijo con el tono de los relevos, hora por hora, como quien entrega un puesto—.
Yo salgo con la diana de la guardia, que es antes que la casa.
Al corredor, no a la escalera grande: por el paso de la torre, que da al patio de armas y no lo mira nadie a esa hora.
La casa me verá salir de esta cámara los domingos y cuando convenga que me vea.
Los demás días, la casa verá una puerta cerrada, y las puertas cerradas de los recién casados se cuentan solas el cuento.
Estaba pensado. Todo aquello estaba pensado de antes, con horas y pasos y corredores, como la leña y el banco y la manta que no era de la cama, y me lo estaba entregando por piezas, sin adorno, igual que se entrega una plaza: aquí los muros, aquí las aguadas, aquí lo que cede si lo empujan.
Quedaba por saber para quién trabajaba el ingeniero.
Los ingenieros, en mi experiencia, trabajan para el que paga, y yo no le pagaba nada.
—Segunda: no preguntéis. Lo que yo haga, lo que lleve, lo que cuente o deje de contar, no es materia de este matrimonio. Vos firmasteis capitulaciones, no me firmasteis a mí.
Ahí tardó un poco más. No en dudar: en guardar. Le vi hacer con mi condición lo que yo hago con las cosas que pesan, que es buscarles sitio antes de cargarlas.
—Conforme —dijo—. Y tercera.
—Tercera: de esa puerta para fuera, este matrimonio está entero.
Del brazo en la iglesia, juntos en la mesa, y ni una rendija por donde vuestro hermano pueda meter un papel.
Si esta boda se deshace, yo vuelvo a ser un pleito suelto, y los pleitos sueltos, en esta casa, se rematan. No pienso darle a nadie esa feria.
—Conforme también. —Y después, sin moverse de donde estaba, con la voz un punto más baja, no más blanda—: Ahora la mía, que es una. No tomaré nada que no ofrezcas.
Me tuteó para prometer. Todo el día tratándome de vos por salas y altares, y para eso, para eso justo, se pasó a la lengua corta, que es la de los juramentos y la de los entierros, la que se usa cuando no se quiere sitio entre la palabra y uno.
Lo dejé estar donde lo puso. Los tratos hay que leerlos enteros antes de firmarlos.
—Esa promesa tiene un agujero —dije—. Da por hecho que algún día habrá oferta.
—No da nada por hecho. Cierra por los dos lados. Si no ofrecéis nunca, no tomaré nunca.
—¿Y os quedaréis cinco años, diez, veinte, durmiendo en un banco al pie de una ventana, casado con un pleito?
—He hecho guardias más largas por causas peores.
—¿Y esta causa cuál es?
Se lo pregunté a bocajarro, por ver si tropezaba, que de noche y a la segunda vela tropieza cualquiera. No tropezó. Tampoco contestó deprisa, que las respuestas deprisa son las ensayadas. Se tomó su tiempo de hombre que mide la tinta, y dijo:
—La que se me ha dado.
—Se os ha dado un matrimonio. Las causas no vienen en las capitulaciones.
—Las mías nunca han venido en ningún papel. —Y ahí paró, y cerró, con ese cierre suyo de puerta engrasada que no da un golpe y deja fuera igual—. Con el tiempo, si el tiempo alcanza, la causa se verá sola. Las causas buenas son así: no hay que contarlas, hay que cumplirlas.
Lo dijo sin queja y sin cuenta, como se dice un turno, y aquello fue lo primero de toda la jornada que no supe dónde apuntar.
Las amenazas tienen su columna, las cortesías la suya, y esto no era ninguna de las dos: era un hombre poniéndose de centinela de algo que no me nombró, con soldada que no le pagaba nadie. Raya nueva, columna por estrenar.
No le pregunté por el cerrojo. La pregunta me anduvo por la boca dos veces y dos veces la volví a tragar, que las preguntas se gastan como los cuchillos y aquella pensaba guardarla afilada: para cuando doliera más contestarla.
En vez de preguntar, fui a la puerta e hice lo que había venido queriendo hacer desde que le conté los tornillos: corrí el cerrojo.
Entró en su hembra con un golpe limpio de hierro nuevo, sin juego, engrasado, y el ruido dijo lo que dicen los cerrojos: de aquí para dentro, otra ley.
Del otro lado quedó la casa entera con sus canciones. De este, un hombre con palabra dada y una mujer con la palabra tomada, cada uno con su vela.
Se acomodó en el banco sin ceremonia, de costumbre vieja: la casaca doblada de almohada, las botas juntas al pie, la espada al alcance de la mano derecha y contra el respaldo, que ni para dormir la deja donde haya que buscarla, y el cuerpo entrando en el sitio como entra el agua en su cauce.
Quedó de cara al cuarto, no a la ventana, y tampoco eso fue casualidad, porque nada en aquel hombre parecía serlo: un centinela se pone de cara a lo que guarda o de cara a lo que teme, y desde el banco se veían, en una sola mirada, la puerta y la cama.
Yo me acosté vestida a medias, como quien acampa, del lado de la cama que quedaba más lejos de todo, y me puse a gastar mi vela mirando el dosel.
La cera bajaba despacio y pareja, de cera buena, sin chisporroteo, y le fui tomando la medida al tiempo por ella, que los relojes de esta casa no eran míos y la cera sí, desde el inventario: un dedo de vela, un cuarto de hora largo; la vela entera, la noche a la mitad.
Con esa cuenta en marcha repasé el cuarto a oscuras de memoria, pieza a pieza, como se repasa un trato ya firmado buscándole las letras chicas: la leña del roble bueno, ¿quién la sube?
; la manta del banco, ¿de qué arcón salió?
; el arca al pie de la cama con las correas sin tocar, ¿quién dio la orden de no tocarlas, si en las casas grandes deshacer el arca de la novia es derecho de las criadas y fiesta de las lenguas?
Alguien había ido por delante de mí quitando manos de mis cosas, horas de mis puertas, ojos de mis mañanas.
El cuarto entero era una lista de cosas que no habían pasado.
Las cosas que no pasan no dejan rastro, no se agradecen y no se cobran, y por eso son las más caras de todas, y alguien las estaba pagando en una moneda que yo todavía no había visto.
En el silencio nuevo del cuarto se oía la casa irse durmiendo por partes: el salón primero, después los pasillos, después el patio, con los ruidos cayendo uno a uno igual que llamas sopladas.
Él se durmió pronto y del todo, como se duermen los soldados, que se van de golpe y dejan el cuerpo montando la guardia por su cuenta: la respiración pareja, larga, contada.
También dormido contaba algo aquel hombre.
Dos que cuentan, pensé, en un cuarto con cerrojo.
La casa no sabía lo que había encerrado junto.
No dormí mucho ni falta que hizo. Antes del alba, con la primera vela muerta y la segunda a media asta, me levanté sin ruido, fui al otro lado de la cama, el suyo, el que no era de nadie, y lo deshice a conciencia, con oficio, que una cama mentida a medias es peor que una verdad: la almohada hundida de un puñetazo y vuelta a acomodar de lado, como la deja una cabeza que da vueltas; la sábana de abajo arrastrada un palmo con las dos manos, que el peso de un hombre no arruga simétrico; la colcha vencida hacia el borde y un pico suelto colgando, de cuerpo que se destapa con calor.
Hasta el hueco lo hice, apoyando la rodilla y el antebrazo donde habrían estado los suyos, que el lino guarda el calor poco pero la forma un rato, y la forma es lo que leen las que leen camas.
Trabajé como trabajo, deprisa y por orden, y a mitad de la faena sentí desde el banco los ojos abiertos.
No me paré. Terminé la cama falsa a la vista del único testigo verdadero, alisé donde había que alisar y arrugué donde había que arrugar, y cuando me volví, él me miraba desde su manta con la cabeza apoyada en la casaca, sin sonrisa, sin pregunta, con el entendimiento quieto del que ve maniobrar y reconoce la maniobra.
Sostuvo la mirada lo justo y la retiró él, hacia el techo, dejándome el cuarto otra vez.
A la hora del agua llamó Beathag con los nudillos, dos toques cortos de criada enseñada, y entró con la jofaina y el paño cuando le di la voz.
Él ya estaba en pie, vestido, en la ventana de nuevo, con el aire de haber pasado por la cama que da un hombre hecho a que no le pregunten.
Beathag dejó el agua en su pie, avivó el fuego con tres golpes justos de fuelle, recogió las velas muertas para el recuento de arriba, que en esta casa hasta los cabos de vela rinden cuentas, y por el camino de todo eso le fue pasando a la cama la mirada, un repaso de esquina a esquina, liso, profesional, la mirada de las que cuentan para otro haciendo su cuenta: la almohada de lado, la sábana corrida, el pico de colcha colgando.
Todo asentado sin mover una pestaña, que los buenos escribientes no mueven la pluma delante del que dicta.
La dejé leer. Leyó lo que yo había escrito.
Las actas de esta cámara las redactaba yo.
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