Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Me vistieron de novia entre dos viudas, que es como debía ser.

En el cuarto de la posada del camino, con el fuego encendido desde antes del alba y un espejo prestado del tamaño de un misal, Beitris me apretó el corpiño con sus manos de amasar, sin ceremonia y sin holgura, mientras Oighrig, que había bajado de la majada con sus zapatos de los entierros, que son los únicos que tiene con hebilla, me peinaba el pelo suelto, que una novia lo lleva suelto por última vez y a partir de mañana viene la toca de casada, la toca blanca para el pelo y para todo lo demás.

Me lo desenredó entero con el peine de asta, sin un tirón, con esa paciencia que le quedó a Oighrig de peinar a quien peinaba antes, y ninguna de las dos dijimos ese nombre, y el peine bajó y subió todo el rato por un silencio que era de las dos.

—Suelto lo tienes igual que tu madre —dijo Beitris desde atrás, con tres alfileres en la boca—. La lana de la familia. Ni tinte ni mentira.

Después Oighrig me cosió el puño izquierdo.

Se lo pedí así: cósemelo, no me lo abroches, que los broches se abren.

Me tomó la muñeca, palpó por encima de la manga lo que había que palpar, no dijo nada, y me cosió el puño en redondo con puntada menuda, pegado a la carne lo justo, la lana dentro como en su vaina. Después mordió el hilo, me miró y dijo:

—Así no se te sube al firmar.

—Hoy no se firma.

—Hoy es todo firma, prima. —Me alisó la manga con el pulgar—. Hoy eres el papel.

El arisaid me lo puso ella también, el pardo de casa, con los dibujos que se tejen de nuestra parte de la sierra, cuadros de los tintes que da nuestra tierra: aliso, brezo y ese rojo apagado de las raíces, que visto de lejos es color de otoño y visto de cerca es color de acordarse.

La parte de ellos vestía otros dibujos, más anchos, con más azul, de sus valles de ellos.

Cada sierra teje lo suyo y a nadie le hace falta preguntar de dónde es una mujer si sabe mirarle la manta.

Hoy la iglesia iba a ser un mapa: se iba a ver de sobra dónde acababa lo mío y empezaba todo lo demás.

El prendedor de mi madre me lo prendí por dentro, en el corpiño, con el punzón torcido mirando afuera. Que sujetara. De lo otro ya me encargaba yo.

A la puerta de la iglesia esperaba el ministro, que era nuevo en la parroquia y viejo en el oficio: el reverendo Uilleam Sempill, seco, alto, con olor a tinta y a censura, de esos que miran a una mujer y ven un expediente.

Tenía a su espalda la iglesia y a su derecha, ya, el banco nuevo de la casa MacRath, madera clara recién cepillada, que Somhairle le había pagado al kirk como quien paga un palco.

Los patronazgos se huelen: huelen a cepillo de carpintero y a sermones que no van a molestar a nadie.

La gente del contorno hacía calle desde el camino, y era gente de ellos: arrendatarios, criados, deudores con la deuda puesta en la cara de fiesta.

Murmuraban en gaélico al pasar yo, bendiciones de las de siempre, beannachd y salud y hijos, dichas por costumbre y cobradas por el laird, y a mí me llegaban como llegan los pésames a un entierro ajeno: bien dichos, mal dirigidos.

De los míos, del brezo, no había bajado nadie, y bien hecho: a nadie se le pide que camine media sierra para ver firmar el papel que lo alimenta.

Nadie más que Oighrig, que se me puso en el sitio donde se ponen los que son de una, dos pasos atrás y a la izquierda, y desde ahí me miró toda la ceremonia, y aquella mirada fue el único sitio de la explanada donde pude apoyar la mía cuando hizo falta, que hizo falta dos veces.

El rito fue en escocés, seco como el ministro.

Sempill preguntó lo que se pregunta, en el orden en que se pregunta, con la voz de quien toma declaración.

Si había impedimento. No lo hubo: los impedimentos de esta boda estaban todos enterrados o pagados.

Si yo, Sorcha, tomaba a este hombre. Dije que sí en su lengua, alto y una sola vez, que las cosas dichas dos veces parecen dudadas.

Si él me tomaba. Dijo que sí con la voz de los partes de guerra, alta, clara y sin estar él dentro, y eso también lo apunté: era la segunda vez que le oía la voz y las dos veces la había oído irse mientras hablaba.

El anillo era nuevo, liso, sin letra. Me tomó la mano derecha para ponérmelo, y fue la primera vez que nos tocamos: dos manos a la vista de una parroquia entera, la suya seca y caliente por debajo de la mía, sujetándola por los dedos con el agarre exacto de quien sostiene algo que no es suyo, y el anillo entró y se acabó el tocarse.

La izquierda no me la buscó nadie. La izquierda era mía, cosida, y se estuvo donde estuvo toda la ceremonia: doblada contra la cintura, guardando la cuenta delante de Dios, que para eso las iglesias tienen la ventaja de que Dios ya sabe lo que una lleva y no pregunta.

Sempill nos declaró marido y mujer conforme a la ley de Dios y de este reino, y antes de cerrar el libro nos dio su plática, corta y de su cosecha: que el matrimonio era yugo y el yugo era gracia, y que la mujer hallaría en la obediencia el descanso que el mundo no da.

La dijo mirándome a mí, que los ministros nuevos en parroquia vieja saben a quién van dirigidas las pláticas antes de saber los caminos, y yo se la escuché con la cara de escuchar salmos, que la tengo de la escuela y no gasta.

Después pasó lo que pasa siempre conmigo y los papeles: hubo otro.

En la sacristía, sobre un atril alto, el registro de la parroquia abierto por su página, y Sempill asentó el matrimonio con fecha y testigos y me tendió la pluma con la ceja preparada para la cruz, y le escribí mi nombre entero, el tercero de la semana, y la ceja se le quedó a medio camino sin sitio adonde ir.

Firmó mi marido debajo, con su letra de parte de guerra.

Firmaron los testigos. Y Sempill secó la página, cerró el libro como se cierra un sumario y le buscó los ojos a Somhairle antes que a nadie, a ver si había estado a la altura del banco nuevo.

Lo había estado. Todos habían estado a la altura de algo. Yo estaba casada.

El castillo me tragó al anochecer con las puertas de par en par, que es como mejor tragan las puertas.

Crucé el umbral de Caisteal an Tuirc del brazo de mi marido, al paso, sobre juncos nuevos que olían a río, y adentro era todo cera.

Cera buena, de la que no chisporrotea, en candelabros de pared y de mesa, en la galería y en el salón grande, docenas de llamas quietas de aire quieto, un gasto de desagraviar obispos.

La casa entera olía a miel quemada y a poder.

Conté llamas mientras cruzaba el salón del brazo de aquel hombre, las conté por costumbre y por tener los ojos en algo, y perdí la cuenta pasadas las cuarenta, y perder una cuenta a propósito también es una manera de rezar.

Me sentaron a la mesa alta entre los dos MacRath, que la mesa también es un documento y aquella noche yo era su sello: el laird a mi izquierda, el marido a mi derecha, la viuda y la prima aguas abajo del salado, donde la sal ya no obliga a nadie.

Sirvieron mozas. Todo mozas: bandejas, jarras y velas, faldas y trenzas, ni una mano de hombre sobre el mantel en toda la noche, y eso, que no lo esperaba, fue derecho a la columna del no saber, que aquella casa me la estaba llenando más deprisa que ninguna.

Y busqué lo que había venido a buscar desde que crucé la puerta.

Manos. Las de los criados del patio cuando entramos, las de los mozos de las antorchas, las de los hombres arrimados a las paredes del salón con su cerveza de fiesta.

Las fui pasando una a una, sin prisa, por debajo de mis párpados de novia cansada, y ninguna, ninguna de las nueve, ninguna.

Una casa entera de manos y ni una de las que yo llevo en lana.

O el azar me guardaba las espaldas, que el azar no ha sabido dónde tengo las espaldas en toda su vida, o aquella casa escondía la mitad de sus manos, y las casas no esconden nada sin que alguien lo mande.

Otra raya en la columna. La columna ya parecía un cordón.

Somhairle presidió como se preside una victoria a la que se le ha cambiado el nombre.

Se levantó con la copa y brindó por la paz de las dos casas, y el salón entero bebió mis muertos con vino francés.

Después mandó traer su regalo, que los regalos de Somhairle se mandan traer, no se dan: un cofrecillo, y dentro, sobre paño, un prendedor de oro con su cadenilla, fino, nuevo, de platería de Edimburgo.

Lo alzó lo justo para que lo viera la mesa antes que yo.

—Para la señora de esta casa —dijo—. Que no tenga que llevar plata vieja quien ya es de oro.

El salón celebró la galantería con el ruido que se le debe al anfitrión.

Yo cogí el cofrecillo, que las cosas se cogen, di las gracias con la voz de dar las gracias, y me prendí el oro donde se prenden los regalos: por fuera, a la vista, que luciera lo suyo y trabajara para su amo.

La plata vieja siguió donde estaba, por dentro, con el punzón torcido contra la ropa, sujetando lo que sujeta.

Cada prendedor a su oficio. El oro enseñaba y la plata guardaba, y de los dos, solo uno sabía cuál era mi pecho y cuál el escaparate.

Y después, atento, soberano, me sirvió él mismo del venado, la parte del laird, señora, la mejor, con el trinchante en una mano y la cortesía en la otra, y me quedé mirando el filo un momento más de lo debido y le di las gracias con la voz de dar las gracias, que la tengo, la uso poco y no se me ha estropeado.

Comí. Comí despacio y todo, que Oighrig me lo había mandado y a Oighrig se le hace caso: muerta de hambre no le sirvo a nadie, ni a los míos ni a la que ella sabe.

Mi marido habló poco y bebió menos. Le vi hacer una cosa sola en toda la cena, una: cuando el vino llevaba dos horas mandando en el salón y los hombres de las paredes empezaron a acordarse a gritos de la costumbre, la de subir a los novios en procesión y desnudarlos entre canciones, que en las bodas el vino siempre acaba acordándose de eso, el capitán se puso de pie sin alzar la voz y dijo que la cama estaba pagada: que en Flandes esa costumbre la enterraron por cara, y que aquí se pagaba en vino, y que abrieran otra barrica de parte de la novia y se cobraran.

Rieron. Abrieron. Se cobraron. La escalera nos la subimos sin más compañía que dos mozas con candelabros, y el salón se quedó abajo cantándole a la barrica lo que pensaba cantarnos a nosotros.

Compraba costumbres, mi marido. Con qué moneda y para qué cuenta, no lo supe. A la columna.

En el arranque de la escalera esperaba una criada con candelabro propio, seca, de mi edad o poca más, que se presentó sola: Beathag, para servir a la señora, dijo, y lo dijo con los ojos haciendo inventario, del oro nuevo al arisaid pardo, apuntándolo todo para un libro que no era el mío.

La señora tenía criada, por lo visto. Nadie me había preguntado.

Le di los buenos oficios con la cabeza y me la apunté yo a ella: manos limpias, uñas cortas, y la mirada de las que cuentan para otro.

En una casa donde el laird lo lee todo, hasta el candelabro que te alumbra la escalera es una carta que alguien va a leer.

Subimos. Beathag delante con su luz, las dos mozas de Marsaili detrás con la suya, y el salón abajo cantándole a la barrica lo que pensaba cantarnos a nosotros, y en el corredor del este las llamas se estiraron con la corriente y volvieron a su quietud, una a una, por orden, según pasábamos.

La cámara era la del este. Lo supe por el frío de sol ido y por el huerto abajo, negro tras los cristales.

Dentro, fuego hecho, dos velas encendidas y la cama abierta, y las mozas dejaron los candelabros, hicieron su reverencia a medias y se fueron llevándose las risas a otra parte, y la puerta se cerró, y quedamos los dos y las velas, y por primera vez desde San Miguel nadie nos miraba firmar nada.

Él se fue a la ventana, de espaldas, con las manos por detrás, en su descanso de guardia, dándome el cuarto entero sin decir que me lo daba.

Yo me quedé junto a la puerta, y por hacer lo que hago, la miré: buena madera, gonces engrasados.

Y un cerrojo. Nuevo. De hierro macizo, bien plantado en la piedra, con el herraje aún sin ahumar, tan reciente que la limadura brillaba en el suelo sin barrer del todo.

Un cerrojo por dentro, en la cámara de la novia, en la casa de Somhairle MacRath.

Lo miré el tiempo de contarle los tornillos. Cuatro. Alguien, en esta casa donde no se movía una llama sin mandato, había mandado poner eso ahí, de cara a mí, del lado de mi mano.

No pregunté. Las preguntas se gastan como los nombres. Puse la palma encima del hierro frío, un momento, por saber cómo era, y era nuevo y era firme y no era mío todavía, porque nada en aquel cuarto era mío todavía menos la lana cosida en mi puño y el punzón torcido contra mi pecho.

La noche era larga y acababa de empezar. Quedaba por delante lo que quedara. Pero el cerrojo existía, la puerta era una, y yo ya sabía, de toda la casa, dónde estaba una cosa.

Por algo se empieza a contar.