Capítulo 19
Mi mujer me pidió el monte un martes.
Lo pidió como pide ella, con la logística por delante y la razón detrás: que Marsaili tenía ungüento de enebro para el pecho del crío de Raonaid y que los pliegos de agujas y las madejas prometidas a la gente del este no iban a ir solas, y que pensaba llevarlos ella el primer día que el cielo aguantara, con escolta o sin ella.
Le dije que la escolta era yo y no lo discutió, que hay victorias que se conceden por no gastar la mañana.
A Oighrig le ofreció venir y Oighrig dijo que no con toda su hacienda de palabras: que ella de allí no tenía que acordarse, que vivía acordada. Se quedó hilando junto a su gorro.
El jueves amaneció de hielo claro, el cielo alto y quieto y el frío de los que no pelean, y salimos con la segunda luz, ella en la yegua parda de andar seguro y yo en el castaño, con las alforjas de la botica y el día por delante. El costado me pasó sus novedades de la mañana y no le firmé ninguna.
Los caminos a la majada del este son dos, y los dos los tengo en la cabeza con un detalle que no viene de este otoño.
El de abajo es el corto: va por el fondo del valle, al abrigo del viento, y cruza lo quemado de punta a punta, por delante de tres umbrales que conozco por su nombre de antes.
El de la loma es legua y media más largo, da la cara al norte y gasta caballo, y no pasa por delante de nada que tenga nombre.
La víspera, sobre la tablilla del portalón, escribí: por la loma, por el hielo.
Los partes no preguntan más. El hielo era verdad, que en el fondo del valle no despega en todo enero.
También es verdad que las mentiras mejores son las que no necesitan mentir.
La víspera la gasté en lo que se gastan las vísperas: en que la mañana no tuviera excusas.
Hice calzar a los dos caballos con ramplones de hielo, revisé cinchas y ataharres como se revisan antes de un mal paso, metí en las alforjas la botica de Marsaili envuelta en paja y por encima las madejas, que lo blando arriba, y calculé la luz como se calcula el agua en verano: salir con la segunda claridad, estar en la raya a media mañana, dar la vuelta con dos horas de sol por delante, que enero no fía ni media.
Marsaili me entregó el ungüento con instrucciones para tres criaturas distintas y un solo tarro, y el consejo de siempre de propina, que se lo guardo donde se guardan los consejos de madre: puestos.
Planear una marcha por tierra que se conoce es descansar de todas las demás.
Esa es otra de las cosas que no van en los partes.
Cabalgamos sin hablar la primera legua, que ella administra la palabra como la sal, y yo fui leyendo el terreno como lo leo siempre, sin querer y de corrido: la nieve vieja agarrada a las umbrías, el viento del norte comiéndose la de las lomas, los regatos callados bajo su vidrio.
En la subida del collado la yegua parda buscó sola la vereda buena, pegada a la piedra, y mi mujer la dejó hacer, y me miró un momento la espalda, o me la pesó, que con ella nunca sé cuál de las dos cosas, y dijo que había escogido buen camino.
Media legua antes del collado el camino pasa junto a una piedra ancha y baja, con el lado del sur pulido de espaldas, donde sestean los pastores de estos valles desde antes de que yo cumpliera los diez.
Tiene un hueco al pie donde se resguarda la lumbre chica y una vista que avisa de todo lo que sube.
La pasé al paso, sin volver la cara, como se pasa delante de la casa de un conocido al que se le debe dinero.
Hay piedras que me saludan por mi nombre en esta tierra.
No les contesto. Los saludos también son partes, y esos no los firmo.
—Lo escogió el hielo —dije.
—El hielo —dijo ella, y lo dejó ahí, como se deja un asiento a medias cuando falta un dato que ya vendrá.
Desde el collado se ve el glen entero, y en enero se ve dos veces: lo que hay y lo que hubo.
Lo que hay es nieve tendida, el río abajo con su agua gorda y parda de enero, y al este, en los pastos nuevos, los techos del realojo con su humo derecho en el aire quieto.
Lo que hubo no lo ve cualquiera. Desde la loma no se ven casas: se ve dónde estuvieron, cuadros de ortiga y de saúco dibujados bajo la nieve, una era con su piedra clara, un espino que fue de una puerta.
Yo los leí sin querer, de corrido, como se lee la propia letra.
Esa es la parte que no está en ningún parte: que lo quemado, quien lo conoció entero, lo sigue viendo entero. La nieve tapa para los demás.
Ella detuvo la yegua en lo alto, donde el mojón viejo del límite asoma la cabeza pelada, y estuvo quieta mucho rato, con las manos cruzadas sobre el arzón, mirando su tierra desde la raya, como miran los generales los mapas de las guerras que perdieron.
Yo me quedé dos largos atrás y conté lo que hacía falta contar: dos salidas del collado, el viento en contra, el día por la mitad.
—Seis humos —dijo al cabo, sin volverse—. Por la Navidad eran cinco.
Seis humos. Dòmhnall había estrenado techo, o Raonaid partido lumbre, o cualquiera de las cuentas chicas que hacen que un valle respire uno más.
La vi tomar aire entonces, despacio, entero, y devolverlo sin prisa, con el vaho subiéndole derecho como los humos de abajo, y caí en que no la había visto respirar así bajo ningún techo, ni en su majada siquiera: el aire entrando hasta el fondo y saliendo sin pelear.
Cinco años llevaba aquella mujer respirando de guardia.
El monte le devolvía el resuello que las casas le quitaban, y se lo devolvía aquí, en la raya de lo quemado, mirando seis humos donde hubo treinta fuegos.
La cuenta de lo que eso costaba no la hice.
Hay cuentas que se le caen a uno de las manos.
—Aquel humo se olió tres días —dijo después, con voz de asiento—. Hasta Perth, dicen. —Y cerró, como quien pasa la hoja—: A Flandes no llegaría.
A Flandes. Me estaba dando mi coartada como se da una manta: sin mirar, por costumbre buena.
Su cuenta me tenía al otro lado del mar aquel octubre, embarcado en la tanda que ella me puso, y desde diciembre dormía con esa aritmética como con un arma revisada.
No la corregí. Tampoco la confirmé, que hay una decencia de perro en no ladrar las mentiras: se las deja calladas, como si el callar las volviera menos mías.
Y me subió entero, con sus pausas de respiración, en el sitio exacto donde el camino de abajo se separa del de la loma:
Ensayo de confesión n.º 14: «El camino de abajo no te lo he ahorrado por el hielo. Me lo sé por su nombre de antes, umbral a umbral, espino a espino. Esa memoria tiene fecha. La fecha es la tuya.»
El trece lo compuse en la mesa de mi hermano, la noche de los brindis, mientras él rendía su cuenta hermosa, y se me deshizo antes de cuajar, que el vino dulce disuelve más cosas que el barro.
Este venía cumplido, corto, con la fecha dentro, el más barato de decir de los catorce: cuatro frases y un invierno.
Lo tuve en los dientes lo que ella tardó en devolver el aire.
Y fue el aire lo que me lo quitó. Cinco años sin respirar entero, y el primer resuello se lo daba el monte, no yo, y quitárselo ahora con mi fecha era comprarme la descarga con su moneda, que es la única compra que este matrimonio tiene prohibida por capitulación mía.
Lo guardé con los otros. Ya son siete callados por sus números y no sé qué contabilidad me crece ahí, si de pólvora o de deuda.
Bajamos a la majada por la vereda del este, y la majada salió a recibirla como sale la gente que cuenta: primero los ojos, después los nombres.
A mí me miraron las manos. Es costumbre de esa gente mirarlas, lo aprendí este otoño, cotejando techos para la relación escrita, y me dejé mirar las mías, quietas sobre la rienda, y di gracias otra vez, sin Dios por medio, de que aquella noche no llevaran más que cuero y crin.
Es una gracia de perro, ya lo sé. Los perros también las dan.
Los perros de la majada la conocieron antes que la gente.
Salieron ladrando al camino, como salen a todo, y a diez pasos se les cayó el oficio: el más viejo le buscó la mano sin pedir permiso, que los perros no distinguen de pleitos, y los otros dos se pusieron a su paso con el rabo bajo y contento, escoltándola cuesta abajo como si la hubieran estado esperando cinco años.
A mí me ladraron lo justo. Los perros también llevan sus listas.
La majada olía a turba nueva y a cuadra caliente, que son los dos olores de una casa que va a vivir, y los techos recientes se distinguían de lejos por el color del brezo, aún sin escarmentar de inviernos.
Raonaid tomó el ungüento con el crío a la cadera, mejor de color y con los ojos de ir a más, y dio las gracias en cuatro palabras bien administradas, como las da esa gente: sin deuda dentro.
El sexto humo era suyo. Habían partido el fuego de la borda en dos, me dijo a mi mujer, uno para el dormir y otro para el crío, que el enebro trabaja mejor con lumbre propia, y mi mujer oyó la cuenta del humo nuevo con la cara de quien cobra un atraso.
A la vuelta Raonaid le puso en las alforjas un queso chico atado en un paño, y lo dijo con los ojos antes que con la boca: para vos.
No para la casa. Mi mujer lo tomó como se toman los tratados: sin regatear el artículo.
Oighrig no estaba pero estaba su gente, y Dòmhnall salió de bajo su techo nuevo, con las manos de remendar cestos y los ojos de firmar poco. A mi mujer le habló en gaélico bajo, de cosas de la majada, y en medio, sin cambiar el tono, le preguntó lo que llevaba guardado desde el otoño:
—¿Les miraste las caras? —Se las miro todavía —dijo ella.
Al viejo le bastó. A mí me alcanzó de refilón, como alcanzan las descargas a los de la fila de atrás.
Me tendió después un cuenco de leche agria con toda la ceremonia de un tratado, y beberlo fue firmar no sé qué, pero lo firmé, que hay firmas que se ponen con la garganta.
Buen camino habéis traído, dijo después, con el vos de los tratos, mirándome como se mira una avenida de agua: sin odio y sin descuido.
El hielo lo escogió, dije. El hielo, dijo él, y lo dejó ahí, en el mismo sitio exacto donde lo había dejado ella, y por un momento los dos silencios se parecieron tanto que les vi el parentesco.
Volvimos con la tarde ya vencida, por la loma otra vez, el frío apretando por el norte y los caballos con ganas de cuadra.
La luz se fue quedando del color del estaño y después del color de nada, y abajo, en la llanada, el castillo encendió sus cuatro puntos de siempre, la luz del este la primera, que Beathag ceba el brasero antes de que la señora vuelva porque así se lo tienen mandado.
Desde arriba, con el frío en la cara, la casa entera cabía en un puño y no pesaba: cuatro lumbres, un muro, dos gobiernos.
Los sitios se defienden mejor desde fuera.
Se quieren peor. En el collado ella volvió la cabeza una vez, la última, hacia el río abajo, y le miró al vado el agua gorda más tiempo del que le había mirado a lo quemado las paredes.
El duelo escoge sus sitios y no se le discuten.
Eso apunté, y lo apunté mal, que los partes de uno también fallan, pero eso no lo supe entonces.
En el patio la ayudé a desmontar sin que hiciera falta, que es la única manera en que se me permite ayudar, y subió con sus alforjas menos un queso y su día entero, y yo me quedé a la revista de la tarde.
Ualan me dio la novedad en sus tres palabras y el patio se recogió con las antorchas de siempre.
Quedaba la tablilla. Llevaba una semana debiéndole un asiento y dándole vueltas como se les dan a las plazas que no tienen buen asalto.
El recuento de invierno se cierra por la Candelaria: así lo dejé mandado yo en noviembre, delante de gente y con la paga por delante, y así lo sabe la casa entera.
Moverle el destino a un hombre dos veces en un invierno es colgarle un cencerro; los que quisieran saber por qué se le aparta empezarían a saberlo.
Inventarle otra faena arriba es robarle la paga cerrada y dar de comer a la memoria larga de su hermano, que acaba de volver con ella bien cebada.
Y dejar la tablilla en blanco es peor que todo, porque las tablillas en blanco las lee cualquiera.
Conté las salidas como las cuento siempre y eran esas y malas.
La orden buena era la escrita desde noviembre, y las órdenes buenas se cumplen.
Escribí el relevo que tocaba escribir: la Candelaria, cierre del recuento de invierno; las bordas del norte entregan; baja el libro con quien lo llevó.
Lo leí dos veces. No le encontré el defecto que le andaba buscando.
Los defectos de las órdenes buenas no están en las órdenes. Están en el calendario.
La letra, otra vez, la mía.