Capítulo 7
Para perdonar a los asesinos de mi casa me pusieron paño verde.
Llegamos la víspera con el carro de Tormod y dormimos donde la otra vez, en la posada de los arrieros, que huele a cincha y a caldo aguado y se duerme bien porque nadie te mira.
Por la mañana esperamos en una antesala fría con bancos de respaldo recto, hechos para que la paciencia duela lo decente, y Craufurd, que llegó pronto a ordenar sus carpetas, le dio conversación a mi tío sobre la cosecha con esa cortesía de los procuradores, que es cortesía de anzuelo: pesca datos.
Mi tío, que parece manso y es de secano, le contestó del tiempo tres veces seguidas, del tiempo y solo del tiempo, hasta que Craufurd recogió el sedal.
A Auchterlonie le sudaba la calva en octubre.
Yo conté las vetas del banco. Cuarenta y una llevaba cuando abrieron la puerta.
La sala era otra, más chica que la de San Miguel: la de los contratos, dijo Auchterlonie, como si los contratos fueran una devoción con su capilla.
Una mesa larga con tapete verde de paño bueno, ventanas más bajas que dejaban entrar una luz de patio, usada, y sitio contado: Denholm presidiendo con su voz de testamentos, el comisionado viejo a su lado, el escribano del Consejo con dos plumas nuevas y un cuchillo de afilarlas, Craufurd con su carpeta, mi tío con su capa parda, Auchterlonie con su sudor. Y la otra parte.
Somhairle de azul otra vez, con otro azul, que los hombres como él tienen un azul para cada acto del pleito. Y a su lado, de pie, el hermano.
De uniforme, como habían mandado los papeles o quien manda en los papeles.
Alto, hecho a estarse quieto de una manera que no es la de los criados ni la de los señores: la de los que han montado guardia.
La cicatriz le asomaba del cuello de la casaca, subiendo hacia la oreja, blanca ya, de años.
No me la quedé mirando. Miré lo que miro.
Las manos. Grandes, quietas, una sobre la otra por delante, con esa quietud aprendida que a los hombres de armas les dura hasta que deja de durarles.
Manos de vaina y de rienda, con el canto de la derecha oscurecido de culata o de pala, que de lejos es lo mismo.
No las conocía. Eso era todo lo que tenían que decirme por ahora, y me lo dijeron: no las conocía.
Pero Dòmhnall me había hecho un encargo, y a Dòmhnall no se le administra la verdad sin cumplirle los encargos.
Mirar las caras de los que firman. Así que cuando Denholm mandó proceder y las partes se acercaron a la mesa, hice lo que no hago: subí de las manos a las caras, una por una, despacio, y las miré firmar.
La de Craufurd no firmaba: presentaba, con esa cara de partera que ponen los procuradores cuando nace un documento suyo.
La de Denholm leía. La del viejo miraba, y de cuando en cuando me miraba mirar, y no le estorbé: los viejos y yo nos entendemos en ese idioma.
La de mi tío firmó las capitulaciones con la boca apretada de concentración, como ara, un surco cada letra.
La de Somhairle firmó su obligación del assythment con dos rasgos y una rúbrica que ocupaba más que el nombre, y al soltar la pluma se permitió el gesto de quien deja una limosna en un cepillo a la vista de toda la iglesia.
Tenía la cara en paz. Esa cara me la llevé apuntada: la paz de la cara de un hombre que firma cuatro mil marcos sabiendo el camino de vuelta de cada uno.
Las capitulaciones las firmé yo también, que era la contrayente y hasta en eso iba por orden: después del laird, antes del capitán.
Me acerqué al tapete, leí por encima la hoja de la firma, que ya me la sabía pero los papeles cambian cuando una se despista, encontré la cláusula de Auchterlonie donde debía estar, viva y entera en cabeza de la dicha Sorcha, con sus palabras sin recortar, y solo entonces cogí la pluma.
Al inclinarme, el tintero y la arenilla me quedaban lejos, del lado de la otra parte, donde los había ido dejando el uso de la mesa; y antes de que yo estirara el brazo por encima del documento, que es como se emborronan los documentos y las mangas, una mano grande movió el salvadera y el tintero hasta mi lado, sin ruido, dos palmos justos, y volvió a su quietud de guardia.
No la miré a él. Le miré el canto oscurecido, de culata o de pala, y el gesto: un gesto de mesa bien servida, de los que no piden nada.
Firmé. La arenilla me quedó al alcance, la usé, y el favor, si lo era, se quedó sin dueño declarado, que es como esta casa parecía hacer las cosas: la lista de la simiente sabida, las mantas de más, la salvadera a dos palmos.
Alguien en la otra parte contaba bocas y distancias. A la columna, con las demás rayas.
Y la del hermano firmó las capitulaciones debajo de mi tío.
Se acercó a la mesa cuando lo llamaron, sin mirar a nadie, mojó la pluma una sola vez, midió la tinta contra el borde del tintero como se escurre un remo, y escribió su nombre con una letra sin adorno, pareja, de parte de guerra, y mientras escribía le miré la cara como me había mandado el viejo de mi valle, y la cara del capitán Cailean MacRath firmaba como quien carga: el peso sabido, las rodillas avisadas, la vista en el suelo de delante.
Ninguna cara firma así un negocio bueno.
A la columna que más trabajo me da, otra raya.
Después el escribano cambió de papel y Denholm cambió de voz, y supe que llegaba lo mío.
La letter of slains la leyó entera, de pie los presentes, que hay papeles que se leen de pie como hay muertos que se velan de rodillas.
La leyó en su lengua de registro y el escribano fue dando el romance por tramos, para los legos, dijo, y los tramos me fueron cayendo encima uno a uno con su peso repartido, que así se cargan los carros y las condenas.
Que nos, los parientes y deudos del difunto Fionnlagh MacFhionnlaigh y de los demás muertos de Gleann Fheàrna.
Que por cuanto la parte de Somhairle MacRath ha satisfecho y asegurado el assythment convenido.
Que perdonamos libre y voluntariamente. Libre y voluntariamente: el romance del escribano tropezó ahí un pelo, un tropiezo de hombre honrado, y Denholm levantó los ojos del papel medio latido, y la sala entera oyó lo lisas que venían esas dos palabras y lo que costaba pasarles la mano por encima sin notar el grano.
Y siguió el romance, tramo a tramo, hasta el tramo que yo no había leído en ningún borrador, porque los borradores que suben a mi lado de la sierra no lo traían: al dicho Somhairle MacRath, y con él a todos los que con él concurrieron, cabalgaron o sirvieron, presentes o ausentes, nombrados o por nombrar.
Nombrados o por nombrar. Cuatro palabras.
Las conté mientras el escribano seguía, y las volví a contar, y seguían siendo cuatro, y dentro de las cuatro cabían todos: los seis que dijeran los registros y los que no dijera ninguno, los que tuvieran nombre en un papel y los que solo lo tenían en una medida de hilar cosida a un puño.
La ley no sabía cuántos eran y por eso perdonaba a bulto, como siembran los malos labradores, a voleo y que Dios reparta.
Mi mano iba a firmar por hombres que la ley ni siquiera se había molestado en contar.
Yo sí los he contado. Esa es la diferencia entre la ley y yo, toda la diferencia, y cabe en una muñeca.
La sala no parpadeó. Para la sala era estilo, fórmula de cancillería, cera de la buena.
Craufurd seguía la lectura con el dedo por su copia, complacido de sus propios tramos.
Mi tío miraba sus manos de arado. Y yo dejé que las cuatro palabras me pasaran por encima como el granizo, contándolas, y las guardé con las piedras señaladas, porque un perdón a bulto es como una comisión a bulto: papel que no distingue. Ya distinguiría yo.
Cuando acabó la lectura, el escribano afiló la pluma con su cuchillo, la probó en un papel aparte con tres rasgos, la mojó y me la tendió a mí primero, que el perdón de la hija va delante.
Craufurd me giró el documento con las dos manos, con cuidado de no arrastrar la arenilla, y me lo dejó orientado como se le gira un plato a un niño: el sitio de la firma hacia mí, limpio, esperando, con una cruz pequeña de lápiz donde debía ir mi nombre, por si mi nombre no sabía llegar solo.
Me ofrecieron la silla del cojín. La otra parte había traído el cojín a esta sala también, o esta sala tenía el suyo: las salas de contratos deben de criar cojines.
No lo ocupé. Firmé de pie, inclinada sobre el tapete, con la mano izquierda recogiéndome el puño de la derecha como se recoge una manga para trabajar, que es para lo que son las mangas, y la izquierda me quedó donde debía: doblada contra el pecho, con su lana dentro, a tres dedos de la pluma.
Nadie ve una medida de hilar debajo de un puño bien cosido.
La ley me la había inventariado; yo la llevaba puesta.
Cada cual guarda sus registros donde le caben.
Escribí mi nombre entero. Sorcha, hija de Fionnlagh, y el apellido de mi padre entero, letra a letra, sin prisa, que la prisa en las firmas es de deudores, y yo allí no debía nada: cobraba en moneda mala.
La pluma rascó donde rascan todas y la tinta olió a hierro y a agallas, que es el olor de la sangre cuando la sangre estudia.
En el silencio se oyó mi nombre hacerse, rasgo a rasgo, y se oyó la respiración del paño verde, y se oyó, del lado del azul, la quietud satisfecha de un hombre al que le estaban naciendo bien los papeles.
Solté la pluma en su platillo. El escribano se inclinó y sopló la arenilla de mi perdón como se sopla la ceniza.
Firmó mi tío debajo, por los del brezo y por sí.
Después Auchterlonie desdobló el pliego que traía de Perth con las adhesiones de los nuestros, y lo agregó al documento, y por encima de su hombro les vi la forma un momento: dos firmas y luego las cruces, una columna de cruces a lápiz y a tinta, torcidas, apretadas, cada una con su nombre puesto al lado por mano del escribano, que los que no saben letra perdonan con el mismo palo cruzado con que se les enseña a rezar.
Conté las cruces sin querer, que mis ojos cuentan solos.
Me salieron veintiocho. Con nosotros dos, treinta.
La cuenta de Tormod, entera, puesta a perdonar en columna.
Fueron llamados los testigos a firmar al pie.
Firmó un caballero del Consejo que no me habían presentado.
Y firmó el capitán, que los contrayentes hacen fe, dijo el escribano, y volví a mirar firmar a aquella cara que cargaba, ahora al pie de mi perdón, testigo con su nombre de que yo perdonaba a los suyos, y pensé que en algún registro del cielo o de donde se lleven estas cuentas, aquella página iba a dar trabajo a más de un escribano.
Somhairle esperó a que el lacre estuviera puesto y las copias mandadas hacer, y entonces desplegó su cortesía como se despliega un mantel: para todos y hacia mí.
—Que se le dé copia a la señora —dijo al escribano, alto, con la generosidad bien proyectada hacia el estrado—.
Copia de todo: capitulaciones y carta. Que la señora lee, y en mi casa nadie ha de andar preguntando lo que puede leerse.
—Y a mí, con media reverencia de las suyas, medida al grano—: Los papeles tranquilizan, hermana. Ya lo irá viendo.
Hermana, otra vez. En Edimburgo escupí. En la sala de los contratos, no: en la sala de los contratos cogí mi copia de manos del escribano, que los papeles se cogen, se cogen siempre, se cogen sobre todo cuando te los dan por humillarte, porque el papel no sabe para qué lo dieron y sí sabe para qué lo guardas.
Denholm cerró el acto con su voz pareja. Que quedaba la ofensa compuesta y las sangres satisfechas, dijo, y la paz asegurada entre las partes, y que así constara.
Constó. Al levantarse el estrado, el comisionado viejo pasó por delante de nuestro banco camino de la puerta chica, y aflojó el paso lo justo, y sin mirarme del todo, con esa voz suya de poco uso, dijo que los registros del Consejo se guardan cien años y más, señora, cien años y más, todo lo que se asienta; y siguió andando antes de que aquello pudiera ser una conversación.
Lo dijo como se deja caer una moneda a un ciego: sin gesto, por si acaso.
Yo la recogí. Todo lo que se asienta, cien años.
También lo del año noventa estaba asentado en alguna parte, entonces, con sus nombres y su cuenta rendida antes de enero, esperando en un estante a que alguien viviera lo bastante y leyera lo bastante bien.
Guardé la moneda del viejo con las piedras señaladas.
Se me estaba juntando un ajuar que no venía en ninguna lista.
Bajamos la escalera de piedra todos en el orden de las salidas, que es el único orden sincero de los tribunales, y en la calle esperaba el coche azul de una parte y el carro pardo de la otra, y entre los dos, un momento, el aire de octubre.
Guardé mi perdón doblado en la manga izquierda. Allí ya había sitio hecho.
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