Capítulo 6
Volví a la casa de mi padre por la puerta del servicio, oliendo a mula, con el barro de tres majadas en las botas y las listas del realojo pasadas a limpio en el pecho, y fue entrar por donde entraba de crío y saberme la casa entera por el olor antes de verla: turba, sebo de cocina, piedra fría y, debajo de todo, ese olor a cuero viejo y ceniza que tienen los sitios donde se ha mandado mucho.
Tres días llevaba de camino con las mulas y el carretero, casa por casa de las que el papel llamaba realojo y el terreno llamaba de otra manera.
Había medido techos con los brazos, contado fanegas con la mano metida en el saco hasta el fondo, que arriba todo grano luce, y apuntado lo que faltaba, que siempre falta: cuerda aquí, una lumbre que no tiraba allá, un crío con tos donde la manta era una y los cuerpos tres.
A ese crío le dejé mi manta de silla, que era buena lana de Flandes, y le dije a la madre que venía en la lista.
No venía en ninguna lista. Las listas las hago yo y sé lo que les meto de contrabando.
En la última casa del segundo día, una vieja que hilaba a la puerta me preguntó el nombre para ponérselo a las gracias, que las gracias sin nombre no suben, dijo.
Le di el rango y no el nombre: el capitán.
Me miró con esos ojos lavados de vieja que ya lo han visto todo dos veces, dijo que Dios bendijera al capitán y a los suyos, y siguió hilando.
Bajé la cuesta con la bendición puesta como se lleva una casaca robada: del talle exacto y quemando.
Los insultos de esta tierra los tengo ganados y se aguantan derechos.
Las bendiciones no hay manera de aguantarlas.
En la majada del este no estuve. La dejé para el carretero y la lista doblada.
Había en esa cuesta una prima de ella y un viejo que fue del valle, me habían dicho, y a esa gente mi cara no le debe nada bueno, y además está la otra cuenta, la que no apunto: que yo a la gente del valle prefiero deberles de lejos mientras pueda.
De cerca se me acaba pronto el derecho a la vergüenza.
Marsaili me encontró antes de que yo la encontrara a ella, que en esta casa siempre ha sido así.
Salió de la despensa con un jamón a medio bajar del gancho, me vio, dejó el jamón en la mesa con un cuidado de sacristán, se limpió las manos en el delantal dos veces sin que hiciera falta ninguna, y me dio una bofetada.
No fuerte. De madre. De las que se dan para que el cuerpo sepa que ha llegado.
—Cinco años —dijo—. Sin una letra.
—No sé escribir cartas que pasen por las manos de mi hermano.
—Haberlas escrito para que las quemara yo. —Me miró el uniforme, la cicatriz del cuello, lo que había debajo de los dos, con ese inventario suyo que no perdona ni mejora nada—. Estás más ancho y peor dormido. Siéntate.
Me sentó a la mesa de la cocina, en el sitio de siempre, el del extremo, donde se sientan los críos y los que vuelven, y me puso delante caldo, pan del día y queso del bueno, no del de la mesa del laird sino del de la despensa honda, que en todas las casas grandes hay dos quesos y Marsaili decide quién come de cuál.
Comí. Ella trabajó mientras tanto, de espaldas, dándome el descanso de no mirarme, y solo cuando rebañé el cuenco habló otra vez.
—La señora que viene —dijo, de espaldas—. ¿Qué sabe?
—Lo que dicen los papeles.
—Los papeles. —Colgó el jamón con un golpe seco de muñeca—.
Esta casa come mucho papel últimamente. Luego los papeles no se sabe adónde van, pero engordar, engordan.
—Se volvió, se apoyó en la artesa, me miró como me miraba a los diez años cuando volvía del río con la ropa seca y el pelo mojado—.
Tú comes aquí. Mientras yo mande en estas cocinas, tú comes aquí.
Arriba come el capitán. Aquí come el crío que yo crie, y al crío que yo crie se le quita la mala cara comiendo. ¿Estamos?
—Estamos.
—Pues sube, que te espera. Y mastica antes lo que te vaya a decir, que en esta casa lo que baja del piso de arriba baja siempre sin masticar.
Mi hermano me esperaba en la sala con la chimenea encendida y un solo candelabro, tres llamas, que para hablar conmigo a solas no gasta más: el gasto lo reserva para cuando hay que deslumbrar a alguien.
Me tuvo de pie el tiempo justo de que se notara quién tenía silla, y después me dio la silla y el cargo en la misma frase:
—Los hombres de la casa, desde hoy, los ordenas tú. Guardia, puertas, armas y turnos. Ya que vienes de mandar sesenta, manda veinte. Considéralo un descanso.
—¿Y el alcaide?
—El alcaide bebe y cuenta lo que ve doble.
Sigue de alcaide: las costumbres tranquilizan.
Manda tú por debajo, que es como se manda de verdad.
—Acercó los pies al fuego—. Quiero la boda sin un ruido, la casa como un relicario y a los comisionados, si mandan ojos, viendo orden y cera.
Tú sabes hacer que veinte hombres parezcan cuarenta y que cuarenta no parezcan ninguno. Hazlo.
Me tendió después una bolsa y una lista de su letra: el presupuesto de la boda. Cera de Dinamarca, vino francés, un buey, música. Cifras generosas hasta el insulto.
—Gasta como si te importara —dijo—. Que se hable de esta boda en tres parroquias y de aquello del noventa en ninguna: el ruido nuevo tapa el viejo, hermanito, ese es todo el secreto de las campanas. Y si sobra, no me lo devuelvas. Los hombres que devuelven dinero ponen nerviosos a los demás.
—¿Y la novia? ¿Qué gasto lleva?
—El que ella no pida. —Sonrió a su copa—. Es de las que no piden. Sale más cara esa clase, pero se les nota menos.
Lo hice. Los tres días siguientes fueron de oficio puro, y el oficio tiene esto: que mientras dura, calla lo demás.
Pasé revista sin llamarlo revista, cuadra por cuadra, puerta por puerta, con el alcaide delante haciendo de alcaide y yo detrás haciendo memoria.
El alcaide se llama Niall el Rojo por un pelo que ya no tiene, lleva en la casa desde mi abuelo y bebe con método: nunca antes del mediodía, nunca menos de lo necesario.
Me fue presentando a los hombres con la fórmula de siempre, buen mozo, cumplidor, de confianza, que en su boca son tres maneras de decir que no se acuerda del nombre.
Yo sí me acordaba. De unos por el bien y de otros por lo otro.
Veintidós hombres de armas y servicio de patio.
A dieciséis no los conocía o los conocía de críos: gente nueva, gente de deuda, dos veteranos de Flandes que me olieron el rango y se cuadraron solos, uno de Namur y otro que estuvo en Steenkerque en el ala que no se deshizo, y a esos dos me los apunté para las puertas que importan, que un hombre que ha aguantado un sitio sabe lo que vale una puerta y no se la juega por vino ni por moneda chica.
Y seis de los nueve que yo traía en la cuenta que no se escribe: seis caras del año noventa, seis nombres que me sé como me sé el peso de mi espada, cara a cara con el hombre que les iba a pagar la soldada de irse.
Los despaché de dos en dos, en el cuerpo de guardia, con la bolsa contada delante y el papel de licencia escrito de mi mano.
Soldada entera hasta año nuevo, carta para un maestre de obras en Stirling que debe favores, y el camino.
A cada uno le dije su nombre entero al darle la bolsa, el nombre y el apellido, mirándolo, como hacía Meldrum en la arena de Leith, y a la tercera vez me oí y me dieron ganas de vomitar el caldo de Marsaili, porque Meldrum despedía así a hombres que habían aguantado la línea en el barro, y yo estaba usando el mismo gesto para pagarles la ausencia a seis que no la merecían tan barata.
El gesto no tiene la culpa. La mano tampoco sabe.
Pero el que junta el gesto y la mano sí sabe, y lo apunté donde apunto.
Ninguno preguntó por qué. Los hombres de mi hermano no preguntan por qué: preguntan cuánto, y cuando el cuánto es bueno, cogen la bolsa con las dos manos.
Uno solo, el más viejo, se detuvo en la puerta y me miró de arriba abajo, buscándome la cara de aquel muchacho que fue delante con el ganado, y no sé qué encontró, pero se tocó el sombrero y se fue más deprisa de lo que había venido.
Quedaban tres. Eachann Bàn, grande y claro de pelo, con esas manos que no olvida nadie que las haya visto trabajar, y trabajar es una palabra que le queda ancha; su hermano Raibeart, más corto de cuerpo y más largo de memoria, que es la peor combinación; y Goraidh, callado, de los que sobreviven a todos los amos.
Los tres de la lista de mi hermano: hombres de deuda y de secreto, los que no se sueltan porque sueltos hablan.
A esos no podía pagarles el camino. Podía pagarles la distancia.
Los mudé a la torre del ganado y al turno de noche de la muralla exterior, con soldada de dentro y servicio de fuera, y la excusa se la di al alcaide para que la repartiera él, que las excusas repartidas por borrachos llegan más lejos: que venía boda y visitas, que los hombres de más años y más invierno encima estaban mejor con las reses que con las bandejas, y que el capitán quería en el comedor libreas y no cicatrices.
Rieron la gracia. Las gracias que hacen reír no se investigan.
Y para la semana de la boda, mejor todavía: la feria de Crieff.
Trescientas reses de mi hermano bajaban al tryst con los tratantes, y toda partida necesita hombres que sepan de noches y de caminos.
Puse a los tres en la lista de la cañada, con el mayoral delante y diez jornadas por delante entre ida, feria y vuelta.
Mi hermano lo aprobó sin mirarlo, que las listas de ganado son la única letra suya que no relee.
El día que ella cruce esta puerta vestida de novia, los tres estarán a veinte leguas, oliendo a res y contando dinero ajeno.
No es justicia. Es geografía. De momento no me alcanza para más.
Aquella noche subí a la muralla a comprobar el turno nuevo, que los turnos nuevos se comprueban la primera noche o no se comprueban nunca, y me quedé un rato de más en el adarve de poniente, con la sierra delante, negra sobre negro, y en algún pliegue de aquella negrura, el paso alto que no pienso pisar, y más allá, el valle.
Hacía un frío limpio de finales de octubre, de los que ordenan las ideas quieran ellas o no, y las mías, ordenadas, hicieron lo que hacen a solas desde hace cinco años.
Ensayo de confesión n.º 7: «Señora: antes de que durmáis bajo este techo debéis saber quién os ha dispuesto la leña, contado la simiente y apartado a seis hombres de vuestros pasillos, y por qué lo hace, que no es bondad: el que fue delante de la columna del año noventa paga a plazos lo que no tiene precio, y vos sois la acreedora que no sabe que lo es. »
Lo deshice antes de acabarlo. Peor que el tres.
El tres al menos sonaba a hombre; este sonaba a furriel rindiendo cuentas, con su leña y su simiente y sus plazos, como si la culpa fuera un almacén que se pudiera tener al día.
Del uno al siete van seis números, y los que faltan son los que no llegaron ni a frase: se me murieron en la garganta de camino, uno por jornada de mulas.
Los cuento igual. Un soldado cuenta también los tiros que se le encasquillan, porque el arma es la misma.
Con Marsaili ajusté la mesa. Le pedí que el servicio del comedor, mientras yo mandara, fuera de sus mozas, y los hombres en el patio y las puertas.
Me miró un momento de más, con el cucharón parado.
—¿Las mozas?
—Las tuyas. Bandejas, jarras y velas. Los hombres, a lo suyo.
—Ya —dijo. Y ese ya duró lo que dura un padrenuestro, y en él cupo todo lo que Marsaili sabe y no dice, que es más de lo que este país confiesa en Cuaresma—.
Pues las mías. Diles a tus puertas que me dejen pasar el género, y arriba paz.
—Y ya de espaldas, removiendo el caldo, añadió lo suyo—: Y a la señora, cuando llegue, ni la mires como se mira lo que se debe, que las mujeres eso lo olemos a legua y media.
Mírala como se mira el tiempo: todos los días y sin pedirle nada.
Lo último fue la cámara.
La del este, sobre el huerto, con sol de mañana y una sola puerta al corredor: la aireé yo mismo, hice subir leña seca de la buena y mandé llamar al herrero. Le enseñé la puerta y le pedí un cerrojo nuevo, de hierro macizo, con su hembra bien plantada en la piedra.
Lo midió, lo pensó, sacó la tiza para marcar los agujeros, y a medio marcar cayó en la cuenta de lo que estaba marcando y se volvió con la tiza en el aire:
—¿Por dentro, capitán?
—Por dentro.
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