Capítulo 3
En la sala de los comisionados había más tinta que aire.
Era una sala alta, de las de justicia, con ventanas arriba del todo para que la luz llegara ya cansada, gris de pasar entre piedra, y cayera sobre las mesas como cae la ceniza: pareja, sin calor.
Tres comisionados en el estrado, un escribano con el cuello torcido de oficio, dos maceros en la puerta.
Conté lo que cuento siempre. Dos puertas, la grande y la del estrado.
Seis manos de guardia, blandas. Y en el banco de la otra parte, todavía vacío, un cojín. Habían puesto un cojín.
Llegamos con mucha antelación, que mi tío llega a todas partes como a la siega: antes de que el rocío levante.
Maese Auchterlonie aprovechó la espera para instruirme en voz baja, con sus reglas de sala: no hablar sin ser llamada, no mirar fijo al estrado, decir señoría aunque doliera.
A todo dije que sí, que a los escribanos hay que decirles que sí para que suelten el resto, y el resto era lo que me importaba: quién se sentaba dónde, por dónde entraba cada parte, cuánto duraban estas vistas.
En la galería fue juntándose gente de la otra parte: criados de librea, un par de curiosos de toga, dos hombres de a caballo con el barro de la posta aún en las botas.
A esos dos les miré las manos, despacio, una por una, con el pulgar sobre mi muñeca izquierda por si acaso.
Manos nuevas. Ninguna de las que yo llevo en lana.
No supe si lo que se me aflojó en el pecho era alivio o era otra cosa con peor nombre, y no me paré a bautizarlo: en una sala de justicia no se le ponen nombres a lo que una trae; bastante hacen ellos poniéndoselos a lo que una perdió.
Mi tío Tormod estrenaba capa parda y se había afeitado dos veces, que se le notaba en los cortes.
A nuestro escribano de Perth, maese Auchterlonie, le sudaba la calva sobre los papeles.
Yo llevaba mi arisaid de diario, el remendado, y no por falta de otro.
Que me vieran los zurcidos. Los zurcidos eran la petición.
La otra parte entró a su hora, ni un avemaría antes ni después.
Somhairle MacRath de Caisteal an Tuirc: capa azul de paño de Londres, sombrero en la mano, luto discreto en la cinta, que hay que tener oficio para llevar luto por los que uno mismo ha matado.
Detrás, su procurador, maese Craufurd, con más papeles que mi escribano y mejor carpeta. Detrás, dos criados.
Lo tuve a nueve pasos. Los conté por las losas.
Cinco años imaginándole la cara y la traía de hombre que duerme bien. Me miró al pasar, un momento, con una inclinación de cabeza medida al grano, de pariente lejano en un funeral. Yo le miré las manos. Enguantadas. Hasta eso lo tenía pensado.
El comisionado que presidía se llamaba sir Waltero Denholm y tenía voz de leer testamentos.
Mandó leer la petición, y el escribano del Consejo la dijo entera en su lengua de registro, y yo escuché a los míos pasar por aquella garganta convertidos en lo que la tinta hace con la gente: daños en las personas y en los bienes, muertes seguidas de las dichas violencias, la destrucción por fuego de las casas y cosechas del difunto Fionnlagh MacFhionnlaigh.
Mi padre cabía en un renglón. Los niños ni eso: iban en un etcétera.
Después le tocó a Craufurd, que se levantó como se levanta la marea, sin prisa y mojándolo todo.
—Mis señores, esta parte lamenta los padecimientos que se relatan.
Y debe recordar, con todo respeto, que cuanto se ejecutó en el valle en octubre del año noventa se ejecutó al amparo de comisión de fuego y espada legalmente otorgada por este mismo Consejo, contra hombre denunciado por deudas líquidas y confesadas y por exacciones ilegales en el paso; comisión que declara a los ejecutores, cito, libres, quitos e indemnes a todos los efectos.
—Dejó reposar la carpeta—. Lo que la ley autorizó, mis señores, no puede la ley lamentarlo ahora sin desdecirse.
El resto de la frase me lo sabía yo. La había oído leer entera a maese Auchterlonie, en Perth, con la copia del registro delante, y desde entonces me la guardo donde guardo lo que no se gasta.
—Exacciones ilegales —dije.
Se volvieron todos menos Somhairle, que ya estaba vuelto: me miraba desde antes, con interés de chalán.
—La peticionaria hablará cuando el tribunal la llame —dijo Denholm.
—El peaje del vado lo cobraba mi casa desde antes de que este Consejo tuviera cera. Con él se mantenía el paso, se apuntalaba el puente de tablas y se pagaba el toro del común. Llamarlo exacción es como llamar robo al diezmo, señoría, solo que al diezmo nadie le ha quemado la iglesia.
—Señora…
—Y si aquello fue deuda —seguí, porque las salas tienen eso, que una vez de pie ya se ha pagado la entrada—, dígame vuestra señoría en qué registro se asienta la parte que se cobró de más.
Porque la comisión hablaba de bienes y ganados.
Yo estuve. Sé lo que se tomó. ¿En qué renglón del libro cabe eso, señoría?
¿Cuántas mujeres caben en la palabra exceso?
Se quedó la sala con ese silencio que hacen los hombres de toga cuando la palabra que esperaban de lejos se les sienta en la mesa. El más viejo de los tres comisionados dejó la pluma. Denholm me midió con la voz de testamentos:
—Este tribunal no juzga la comisión del año noventa, que es firme. Atiende una petición de reparación. Le aconsejo a la peticionaria que no confunda las dos cosas.
—No las confundo, señoría. Las distingo mejor que nadie en esta sala. Una la escribieron ustedes. La otra la enterré yo.
—¡Señora!
—Mi sobrina habla del dolor, señorías —dijo mi tío, de pie, con el sombrero contra el pecho, echándome por delante su cuerpo grande de hombre de paz—. El dolor no sabe de registros.
El comisionado viejo, el que había dejado la pluma, habló entonces por primera vez, con una voz de poco uso:
—¿Cuántos viven?
—Señoría, la pertinencia… —empezó Craufurd.
—La pregunta es mía, maese. ¿Cuántos viven de aquella casa y su gente?
—Treinta, señoría —dijo mi tío—. Y lo que Dios quiera este invierno, que la avena viene como viene.
El viejo lo apuntó. Fue lo único que apuntó en toda la mañana, y lo apuntó despacio, como quien sabe que ciertos números, una vez escritos, ya no se dejan borrar del todo. Craufurd esperó a que acabara con una paciencia de hombre pagado por horas.
Sabía. Vaya si sabía. Pero me senté, porque a Tormod le temblaba el sombrero y porque yo había ido a aquella sala a medirla, no a quemarla. Todavía.
Fue entonces cuando Somhairle pidió la palabra, y se la dieron como se le da paso a un coche: apartándose.
No habló como Craufurd. Habló bajo, obligando a la sala a inclinarse hacia él, que es un truco de púlpito y le salía de nacimiento.
Dijo que la ley lo amparaba pero que la conciencia pedía más que la ley.
Dijo que los tiempos eran duros y las cosechas peores, y que un país que se desangra en pleitos no siembra.
Dijo, y ahí abrió las manos enguantadas como quien muestra que no lleva nada, que venía dispuesto a una composición cristiana y generosa: assythment por las muertes, cuatro mil marcos escoceses; realojo en tierras del término, con techo y simiente, para cuantos quedasen del valle; y para que la paz no fuera de papel sino de sangre, que las dos casas se hicieran una.
—Mi hermano Cailean —dijo—, capitán que ha servido a Sus Majestades en Flandes y herido en su servicio en Steenkerque, ha vuelto a Escocia.
Es hombre cabal y de conciencia limpia. Ofrezco su mano a la hija de Fionnlagh, con arreglo de bienes que estos señores tengan por justo. Que donde hubo fuego haya casa.
La sala entera respiró por la nariz, aliviada, contenta, ya redactando.
A los comisionados se les vio en la cara el peso que se les quitaba: una firma, y el valle aquel dejaba de poder convertirse en pliego.
El más viejo recuperó la pluma. Denholm dijo que la propuesta honraba a quien la hacía.
Y después, porque la forma también come, se volvió hacia nuestros bancos:
—¿Desea la peticionaria manifestar algo a lo propuesto?
Se hizo el silencio de las salas cuando la palabra cruza al lado que no la esperaba. Somhairle me miraba con la barbilla baja, cómodo, con el interés del que ya ha visto las cartas de todos. Craufurd sostenía la pluma en el aire. Mi tío me buscó el brazo sin llegar a tocármelo.
—Mi tío habla por los del brezo, señoría —dije—. Yo escucho.
—¿Nada más?
—Por hoy, señoría, escuchar es todo lo que traigo.
Denholm lo tomó por mansedumbre, que es para lo que sirve la mansedumbre bien dicha, y el viejo comisionado me miró un poco más de la cuenta, que los viejos distinguen mejor entre callar y guardar.
Somhairle apartó la vista el primero. Lo apunté donde apunto: fue la única vez en toda la mañana.
Craufurd ya tenía, quién lo diría, un borrador de capitulaciones en la carpeta.
Dispuso el estrado los plazos con esa rapidez que les entra a los tribunales cuando la solución les gusta: capitulaciones perfeccionadas en quince días ante los propios comisionados; el realojo de los del término cumplido antes de San Martín, con relación por escrito de casas y simiente; los cuatro mil marcos consignados según lo que las capitulaciones dispusieran; y la boda pasada la feria de octubre, en la parroquia que a las partes conviniera.
El escribano lo iba asentando todo con el cuello torcido, y a cada plazo la sala se aligeraba un poco más, como se aligera un carro cuesta abajo, y ya se sabe cómo acaban los carros que se aligeran cuesta abajo.
Y dijo Denholm una cosa más, con su voz pareja, mirando nuestros bancos: que perfeccionada la composición, los parientes del difunto habrían de otorgar, como es uso, letter of slains — y se volvió al escribano para el romance: carta de sangres satisfechas, renuncia formal y perpetua a toda venganza por las muertes dichas.
Le pregunté a Auchterlonie, bajo, qué más decía esa carta. Me lo dijo al oído, sudando: que se declaraba la ofensa reparada; que se pedía incluso la remisión del rey para los ofensores; que la firmaban los deudos, por su nombre.
Por su nombre. Querían mi nombre al pie de ese papel. Después de la cera y del registro y del etcétera, todavía les faltaba eso: que el perdón llevara mi letra.
Miré el cojín de la otra parte. Miré las ventanas altas, la luz gris cayendo pareja sobre justos y por justificar.
Miré a mi tío, que miraba a los comisionados como se mira escampar: con toda la fe del que no puede otra cosa.
Treinta bocas. Techo y simiente antes de las nieves.
La cuenta de Tormod era buena, era decente, era pan.
Y sobre la mesa del estrado, sin que nadie más lo viera, estaba la otra cuenta, la que nadie había pedido y a mí me estaban regalando: una boda que me sentaba a la mesa de Caisteal an Tuirc.
Dentro de sus muros. A un pasillo de su guardia.
Con la ley llamándole paz a eso, y llamándome a mí hermana.
Firmó mi tío por los del brezo, con su letra de arado, mojando dos veces la pluma, y maese Craufurd secó la firma con arenilla como si la firma fuera suya.
Quedó la composición acordada en lo principal y remitida a capitulaciones, y la boda apalabrada para octubre, y la sala se puso de pie con ruido de bancos y de alivio.
En la puerta grande coincidimos las partes, que las puertas no saben de partes. Somhairle se detuvo, me dejó el paso con una cortesía de baile y dijo, bajo, solo para los dos:
—Hermana.
Escupí. Al suelo, entre los dos, en la juntura de las losas: donde escupe una que ha catado la palabra y la devuelve.
Los maceros se pusieron rígidos. Craufurd abrió la boca.
Somhairle no: Somhairle sonrió apenas, guardándoselo, como guarda todo, y a mí me sacó mi tío del brazo a la calle, deprisa, pidiendo perdones hacia atrás con el sombrero.
Fuera llovía esa agua menuda de Edimburgo que no cae: ronda. Tormod me soltó el brazo en mitad de la cuesta y no me riñó. Caminó a mi lado cuesta abajo, viejo de golpe, y al cabo dijo:
—El brezo no come juramentos, Sorcha.
—Ya lo sé. Come avena. —Le puse la mano en la manga, que buena falta le hacía a él, no a mí—. Habéis firmado bien, tío. Que traigan la simiente. Que levanten los techos. Cobradlo todo.
Me miró de reojo, sin fiarse del tono, que me conoce.
—¿Y tú?
—Yo voy a la boda.
Nos alcanzó Auchterlonie cuesta abajo, sofocado de papeles, para ordenarnos el porvenir: las capitulaciones en quince días, dijo, y la carta de sangres se otorgaría al perfeccionarse el contrato, antes de la boda, con los deudos presentes y por su firma.
Antes de la boda, entonces. Querían la letra por delante del cuerpo.
Bien. Cada cosa por su orden: también los carros se cargan con lo pesado abajo.
Anduvimos. La lluvia le sacaba brillo a las losas y la gente pasaba pegada a las casas, y yo iba por el medio, que por el medio se ve venir todo.
Bajo el puño, contra el pulso, el cordón hacía su bulto de siempre, nueve durezas pequeñas en fila, quietas, como cuentas de un rosario del que solo yo sé los misterios.
Que corriera la tinta de ellos. Que se secara. La tinta se seca toda.
Ellos me abrían la puerta. Lo que entrase por ella era cosa mía.
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