Capítulo 4
—Te casas en octubre —dijo mi hermano, y siguió cortando el queso.
Lo dijo como se dice una leva: fecha, plaza y ninguna pregunta.
Estábamos en sus habitaciones del Canongate, con la lluvia sonando en los cristales emplomados y dos candelabros de cera encendidos, seis llamas para dos hombres, que mi hermano ilumina las conversaciones según lo que espera sacar de ellas.
Sobre la mesa, entre el clarete y el queso, había papeles en tres montones.
Mi hermano ordena los papeles como otros cargan pistolas.
Al criado lo despachó con un dedo, sin mirarlo, y esperó a que la puerta asentara antes de seguir, que mi hermano distingue entre lo que se dice delante del servicio y lo que se dice delante de las velas.
Los tres montones tenían su oficio, se veía por el trato: el de la izquierda, pleitos, papel viejo y manoseado; el del centro, cartas con sellos que no eran suyos; el de la derecha, limpio y nuevo, esperando.
Al de la derecha todavía no lo tocaba. Lo estaba reservando, como se reserva el postre.
—¿Con quién?
—Con la hija de Fionnlagh. —Levantó la vista, gozándose el efecto un instante exacto—. Sorcha. La peticionaria. Escupe como un gato de establo, por cierto; lo vi ayer. Procura que no delante de gente que importe.
El costado me dio el parte, y no era del tiempo.
Le pedí que me lo contara desde el principio, y me lo contó, porque contar sus jugadas a quien no puede estropearlas es de los pocos placeres sinceros que le conozco.
La petición, los comisionados con las comisiones temblándoles, la sala, el assythment: cuatro mil marcos, techo y simiente para los dispersos, y la boda como lacre del conjunto.
Se sirvió más clarete y llegó adonde iba desde el principio, que con mi hermano el principio está siempre al final:
—Y ahora la parte que no se dijo en la sala.
Atiende, que esta es tu dote. Esa mujer es heredera de su casa: del valle, del vado y del derecho de paso, todo el pleito que quieras sobre ellos, pero heredera.
Casada contigo, la administración de cuanto es suyo pasa a su marido.
Jus mariti, hermanito; pregúntaselo a cualquier abogado a sueldo, que tengo varios.
Su reclamación no muere: se muda. Se viene a vivir a nuestra mesa.
Y los pleitos que comen en casa —partió el queso en dos con el pulgar— no ladran.
Las seis llamas estaban quietas. Yo también. Es lo primero que se aprende con Somhairle: no darle novedad.
—Los cuatro mil marcos —dije.
—Salen de mi arca y vuelven a mi arca por el camino que las capitulaciones les marquen.
El dinero es como el ganado: lo importante no es dónde pasta, es de quién es el paso.
—Sonrió a su propia frase; le gustan las suyas—.
El Consejo tiene su quietud, los pliegos no tienen valle, los del brezo tienen techo y bendicen mi nombre con la boca llena, y la única persona de Escocia con derecho a cobrarme una deuda duerme bajo mi tejado con mi apellido encima. Dime dónde está el defecto.
—En que ella tiene lengua. ¿Ha dicho que sí?
—Ha firmado su tío por los suyos, que es como dicen que sí las mujeres con treinta bocas detrás.
—Se encogió de hombros, desestimando el trámite—.
La vi en la sala. Rabia con hambre, hermanito: cinco años comiendo rabia, y se le nota en los huesos.
La rabia con hambre firma lo que sea. Y trae, no lo olvides, una heredad debajo del zurcido: el valle con sus ruinas, que hasta la piedra quemada es piedra; el vado; y el derecho de paso, que vale más que todo lo demás junto aunque ahora no pase por él ni el cura.
Todo eso, el día de la boda, se sienta a nuestra mesa contigo.
—Entonces el defecto es que hace falta que lo diga yo.
—No. —Lo dijo sin subir la voz, untando el cuchillo en la mantequilla—.
Hace falta que digas que sí tú, o que lo diga Greum de Ceann Loch, que me debe seiscientos marcos y la paciencia se le acabó antes que la hacienda.
Su padre concurrió conmigo en lo del noventa; el hijo no tiene tus escrúpulos ni tu cicatriz.
La muchacha se casa este otoño con un MacRath o con un deudor mío: el papel sale igual de válido.
Tú eliges el marido, hermanito. Es más de lo que elige ella.
Ahí estaba. Mi hermano no amenaza: presenta alternativas peores y deja que la aritmética trabaje.
Greum de Ceann Loch. Lo recordaba de crío, ahora hombre: manos rápidas con los criados, deudas rápidas con todos.
Ella entre los hombres de aquella noche con ese al lado, de dueño.
La cuenta se hacía sola, y mi hermano miraba cómo me la hacía, con la cabeza un poco ladeada, el chalán delante del caballo.
Pedí la noche para pensarlo por no darle el sí a la primera vela, y me la dio con una generosidad de prestamista, y me retiré a mi cuarto, donde no encendí luz ninguna: me quedé con el rescoldo de la chimenea, que para ver Edimburgo llover no hace falta más.
Sabía ya que iba a decir que sí. Lo sabía desde el queso.
Lo que hice a oscuras fue revisar el porqué, pieza a pieza, como se revisa un arma que va a mojarse: porque si es Greum, ella queda sola entre lobos con un lobo en la cama; porque desde dentro se puede apartar a ciertos hombres de ciertos pasillos, cambiar guardias, cerrar puertas que nadie sabrá nunca que estuvieron abiertas; porque cuatro mil marcos y treinta techos son verdad aunque la mano que los suelta sea la que es.
Todo cierto. Todo limpio. Y debajo de todo lo limpio, la pieza que no se deja engrasar: que casándome con ella me pongo donde ningún hombre de aquella columna se atrevería a ponerse, a la distancia de su cuchillo de trinchar, y que hay una parte de mí, la que numera, que lleva cinco años buscando exactamente eso y le da igual el nombre que se le ponga.
En Flandes vi a un zapador confesarse a gritos con la mecha ya corta, por si no daba tiempo a otra cosa. Me acordé de él y probé la mía.
Ensayo de confesión n.º 3: «Antes de que os pongan la pluma delante, señora, sabed con quién os casan: el que fue delante de la columna, el que dio el paso, era…»
Tachado.
Lo taché a media frase, a oscuras, sin papel, que también sin papel se tacha.
Porque si lo digo antes de la boda, ella no firma; si ella no firma, no hay composición; si no hay composición, los del brezo pasan el invierno en el brezo y ella queda a tiro de Greum con la petición muerta, y todo lo que habrá ganado la verdad será una herida más nueva que las otras.
Eso es lo que me dije. Y añado lo que también es verdad, porque un parte sin novedades falsas ya no me lo creo ni yo: que callando gano yo.
Gano la boda, gano los años, gano el sitio a su mesa que no me corresponde.
La aritmética me da la razón y no tiene ni un lado limpio, y yo he visto ya suficientes victorias de esas para saber cómo se llaman.
Salí con la primera luz, antes de que mi hermano bajara, porque un sí como el que yo iba a dar se firma mejor con los precios sabidos.
Llovía fino sobre el Lawnmarket y los tenderos abrían los postigos con ese ruido de madera hinchada que hace toda Escocia en cuanto puede.
Junto al Tolbooth había un mendigo con casaca de la Brigada, sin insignias y sin una pierna, la mano tan quieta al pedir como la tuvo alguna vez presentando armas; le di lo que llevaba suelto y ninguno de los dos dijo Flandes, que hay contraseñas que funcionan calladas.
Bajé después a los almacenes de la puerta baja y estuve una hora larga preguntando como pregunta un furriel: avena de simiente, a cómo el celemín en año malo y a cómo puesta en Perthshire; vigas de pino del Báltico, a cómo la docena y cuántas hacen falta para un techo de bothan; clavazón, cuerda, manta.
Los factores contestaban deprisa, oliendo comprador, y yo fui asentando las cifras donde asiento las que importan.
Treinta bocas son, en números de furriel, tantas fanegas, tantos techos, tantas mantas antes de la primera helada.
La palabra realojo cabe en una cláusula.
Las cifras no caben: las cifras hay que ir a buscarlas al almacén, y por eso mi hermano redacta cláusulas y yo cuento fanegas, y por eso su firma vale más que la mía y la mía se cumple más que la suya.
Cuando volví, mi hermano desayunaba con el tercer montón de papeles ya abierto, el de las capitulaciones, como si mi noche hubiera sido un trámite suyo.
—¿Y bien?
—Sí —dije—. Con dos condiciones.
Alzó una ceja, divertido. Las condiciones de los demás le parecen folclore.
—El realojo se cumple antes de la boda. Techo y simiente en el suelo, no en el papel: lo compruebo yo, casa por casa, antes de octubre.
—No dijo nada; anotó con la mirada—. Y los hombres que cabalgaron en lo del noventa, fuera de la casa.
De la guardia, del servicio y de los pasillos.
No me siento a mesa servida por ellos, y ella tampoco.
Ahí se tomó su tiempo. Bebió, me miró por encima del vaso, calibró qué sabía yo, qué quería, cuánto me dolía dónde.
—La mitad son míos —dijo al fin—. Hombres de deuda y de secreto: a esos no los suelto, que sueltos hablan.
Te doy a los que sobran. Seis fuera antes de la boda, con soldada y lejos.
Los demás, ni los mires ni te miren. —Y volvió a los papeles, cerrando el mercado—: De uniforme en la firma, hermanito. Y mudo.
—¿Y ella qué sabrá? De los hombres.
—Sabrá que su marido es delicado con el servicio.
—Pasó una hoja—. Las mujeres agradecen esas delicadezas sin preguntarles el precio.
Y un consejo, ya que estamos, gratis, que es como no doy ninguno: trátala como a un pleito.
Con cortesía, con plazos y sin darle papeles.
Los pleitos que ven papeles cogen ideas.
—¿Y si los pide?
—Para eso tiene marido —dijo—: para que se los lea otro.
Sonrió a su propio arreglo del mundo, satisfecho, y yo pensé que mi hermano lleva toda la vida ganando porque juega contra gente que quiere ganarle, y que quizá esa cuenta le falle el día que juegue contra alguien que solo quiera la puerta abierta.
No lo pensé del todo entonces. Lo pienso entero ahora, que es como se piensan las cosas: tarde.
Seis. De nueve que yo recordaba con nombre, seis. Lo apunté donde apunto lo que no se escribe y dije que conforme, y mi hermano mojó la pluma y empezó a leerme en voz alta las capitulaciones de mi matrimonio con la voz con que se leen los inventarios de forraje.
Y como forraje fue pasando todo: la contrayente, Sorcha, hija del difunto Fionnlagh MacFhionnlaigh de Gleann Fheàrna; que aporta al matrimonio sus derechos, acciones y pretensiones sobre el dicho valle, con su vado, paso y peaje, en el estado de litigio en que se hallan; que la administración de los dichos bienes corresponderá al marido conforme a derecho; que los cuatro mil marcos se consignarían según el tenor que Craufurd les había buscado, con su camino de ida y su camino de vuelta, como el ganado.
Mi condición del realojo iba escrita, con sus plazos y su verificación a cargo del contrayente, que leída en voz de inventario sonaba a favor que me hacían.
La otra condición no iba escrita en ninguna parte.
Pregunté por ella con la mirada y mi hermano contestó de palabra, pasando la hoja: que hay servicios que no se escriben.
Oí el vado convertido en cláusula y el peaje en pretensión, y el valle entero cupo en seis renglones bien tirados.
Solo una cosa de aquella tierra no venía en el papel, porque no está en ningún registro ni lo estará: por dónde se cruza la sierra con bestias.
Eso no se hereda ni se pleitea. Eso se enseña, de un hombre a un crío, un verano, con las cabras por delante.
De toda la heredad de aquella casa, lo único que ya tenía dueño era el paso, y el dueño era yo, y ese es el único título de propiedad de mi vida que no pienso administrar: solo devolverlo, si algún día encuentro la manera de devolver un camino.
Quedó lo demás dispuesto en la misma mesa, entre el segundo plato y el lacre: las proclamas correrían en dos parroquias desde el domingo, tres domingos seguidos como manda el uso, para que todo Perthshire y medio Edimburgo supieran que un MacRath tomaba por esposa a la hija de Fionnlagh y lo tuvieran por lo que parecía; la firma de las capitulaciones, ante los comisionados, con mi uniforme dentro; la boda, pasada la feria.
Mi hermano lo fechó todo con su letra pareja, sin consultarme más que se consulta al lacre, y a cada fecha que asentaba yo la iba pasando a mi otra cuenta, la de furriel: para esa semana los techos, para la otra la simiente en Perthshire, casa por casa, que lo escrito con esta letra pareja iba a cumplirse sobre el terreno aunque tuviera que llevarlo yo en mulas.
Yo escuché hasta el final, de pie, con el costado dando el parte de toda la lluvia que venía.
Dije que sí donde había que decirlo, alto y claro, con la voz de pasar revista, que sale sola y no está una en ella.
En octubre, entonces. Flandes me enseñó a marchar hacia donde no quería ir.
Esta vez ni siquiera puedo decir eso: hacia esta plaza llevo cinco años queriendo marchar, y el único hombre de Escocia que lo sabe acaba de ponerme al frente de la columna otra vez.