Hasta que Escocia arda (Cenizas de las Highlands 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Escocia se olió antes de verse: turba mojada y arenque, media legua mar adentro, con el barco aún cabeceando y la costa hecha una raya de humo bajo.

Los hombres subieron a cubierta a olerla como se acude al rancho, por orden de llegada y en silencio, y un cabo de Ayr que había perdido tres dedos en Namur se echó a llorar sin ruido y sin vergüenza, mirando el humo.

Nadie le dijo nada. En la Brigada se aprende pronto qué se mira y qué no.

En la arena de Leith nos formaron por última vez, sin orden de formar, por pura costumbre de los cuerpos.

El sargento Meldrum fue pasando por la fila y dando la mano uno a uno, como se cierra una cuenta, y a cada hombre le decía el nombre entero, con apellido, que en cinco años no se lo había oído decir a ninguno.

Después la fila se deshizo sola, sin voz de romper, y los hombres se repartieron entre los carreteros y las tabernas del puerto como se reparte el agua al llegar al llano: cada uno a su pendiente.

Algunos llevaban oficio esperando. Otros llevaban lo que yo: una carta y un apellido, que no siempre es más que nada.

A mí Meldrum me retuvo la mano un momento de más y me dijo capitán, si el apellido aprieta, en Inverness hay levas, y era su manera de decir que había visto la carta asomando y no le gustaba el sello.

A los sargentos viejos no se les escapa un sello.

Le dije que lo tendría presente, y los dos supimos que no, y nos separamos con ese respeto de los que se han sacado en hombros de los mismos barrizales.

Yo llevaba la carta de mi hermano en el pecho, donde llevaba antes el breviario de munición, y pesaba más o menos lo mismo.

Vuelve, decía, entre otras cosas que no decían nada.

Mi hermano escribe como despacha: dos renglones de asunto y uno de afecto, por este orden, y el de afecto siempre parece añadido por un escribiente al que se le paga por línea.

Desembarcamos en Leith a media mañana, con llovizna.

La pasarela se movía y mi costado izquierdo me avisó del tiempo húmedo antes que el cielo, como avisa desde Steenkerque: un tirón de dentro afuera, del hueso a la costura, puntual como un pífano.

Lo tengo por un buen cambio. Hay compañeros que dejaron allí la pierna entera, y el general Mackay dejó lo que le quedaba de vida, que ya era poca y toda de servicio, así que un costado que da el parte del clima me parece un trato ventajoso, aunque procuro no decirlo delante de nadie.

Mi hermano estaba en el muelle.

No lo esperaba allí. Esperaba, si acaso, un mozo con caballos y una nota. Pero era él, con capa buena y el sombrero seco de venir en coche, plantado entre los fardos y los estibadores como está siempre Somhairle en todas partes: igual que si el sitio se hubiera construido después que él, alrededor.

—Hermanito —dijo, y me tomó por los hombros y me miró el uniforme, la cicatriz que asoma del cuello y las botas, en ese orden, tasándolo todo—. Flandes te ha estropeado el sastre y arreglado la espalda. Aceptable.

Cinco años sin verlo. La última vez había acero por medio y hombres sujetándome los brazos, y él estaba igual de peinado que hoy.

Lo seguí muelle arriba hacia el coche. Cargaron mi arcón, que sonó a lo que es, a hierro y a poco más, y mientras el coche arrancaba camino de Edimburgo, mi hermano fue hablando del precio de la avena, del escándalo de los pliegos y de un abogado nuevo que promete, y yo fui mirando por la ventanilla la campiña parda y el firth de color de peltre, y luego el humo de Edimburgo, que se ve antes que Edimburgo: una boina parda sobre el lomo del monte, quieta a pesar del viento, de mil chimeneas empeñadas en lo mismo.

La ciudad subió después, apretada en su cresta como carga mal repartida, con el castillo arriba del todo en su roca, guarnición que no espera relevo.

Olía a lo que huelen las plazas sitiadas por sí mismas: turba, pescado, letrina y piedra mojada, todo junto y todo antiguo.

Cinco años oliendo Flandes, que huele a canal y a pólvora húmeda, y resultó que la nariz guarda mejor que la cabeza: se me hizo un olor de volver a casa, y no venía yo a ninguna casa.

Hice el trayecto haciendo lo que hago desde hace cinco años cuando le veo la cara a mi hermano: ponerme el parte a mí mismo, para que no se me desordene. Un soldado revista su mochila; yo reviso esto.

Lo que hice: en octubre del año noventa cabalgué con la partida de mi hermano contra Gleann Fheàrna.

Se me dijo que era un creach con papel: ganado en prenda de deudas, orden del Consejo, todo con sello.

Se me dio el puesto de cabeza porque yo conocía el paso alto, que lo aprendí a los diez años arreando con el padre de aquella casa por delante y las cabras por detrás, un verano que me tuvieron de huésped y me enseñaron por dónde cruza el valle quien va con bestias.

Fui delante, guie a los hombres por donde solo saben ir los del glen, bajé con el rebaño grande hacia el sur antes de mediodía.

Eso hice. Nadie me forzó la mano: la levanté yo, de crío grande que quería ser útil delante del hermano mayor.

Lo que no hice, y cuándo lo supe: no toqué a nadie de aquella casa; cuando lo de atrás empezó, yo iba ya a dos horas con el ganado, y el resplandor que vi esa noche sobre la sierra lo leí como se lee en una guerra normal: techos ardiendo para sacar hombres armados de sus casas, fuego de faena, feo y corriente.

Lo otro —lo de los que no llevaban armas, lo de las mujeres, lo que no voy a poner aquí con palabras porque las palabras también son un sitio y ese sitio no es mío— lo supe dos días después, en el patio de Caisteal an Tuirc, de boca de los que volvían contándolo como se cuenta una feria.

Aquella tarde saqué el acero contra mi hermano en su propia sala, con el fuego de su chimenea por testigo, y aquella misma semana salí para Flandes con una carta de recomendación y la orden de no volver sin ser llamado.

Mi hermano llama al destierro «colocar a la familia».

Lo que no sabe nadie que pueda decirlo: que fui yo quien encontró el paso.

Los del valle que quedaron vivos no vieron la cabeza de la columna; los que la vieron son hombres de mi hermano y comen de su mano.

En las majadas donde se reparten los que sobrevivieron se dirá, si algo se dice, que la partida entró por donde no se podía entrar, como entra el mal tiempo.

Esa ignorancia lleva mi nombre dentro. La llevo yo también, a todas partes, con menos elegancia que mi hermano su capa.

—Estás callado —dijo Somhairle cuando el coche cogió la cuesta—. Flandes conserva bien.

—Flandes enseña a oír la artillería antes de contestar.

—¿Y se oye?

—Se oye que me has hecho volver para algo con papeles. Los renglones de afecto los escribe tu secretario.

Se rio de verdad, que es lo peor que tiene: la risa de verdad. A mi hermano le divierte que lo entiendan; le parece un homenaje.

Comimos en una posada del Canongate, arriba, en cuarto aparte, con fuego encendido y dos velas de cera, que mi hermano no quema sebo ni para leer cartas de pésame. Pidió clarete y me sirvió él mismo, que es su manera de poner la mesa a su favor.

—La hija de Fionnlagh —dijo, sin más pórtico— ha encontrado un tío con letra. Hay petición admitida en el Consejo, comisionados nombrados y citación para septiembre. Se pide reparación por lo del año noventa.

—Lo del año noventa tenía sello del Consejo.

—Y lo sigue teniendo. —Bebió sin prisa—.

Pero has visto los pliegos. Glencoe le ha dado a la palabra comisión un olor que no tenía, y ahora a los comisionados les tiemblan las comisiones.

Nadie va a tocar la mía: eso está firmado, sellado y muerto.

Lo que quieren es que no se hable. Quietud, hermanito.

El Consejo compra quietud este año como las viejas compran reliquias: a cualquier precio y sin mirar mucho la pieza.

—¿Y qué pieza somos nosotros?

—La familia del papel. —Sonrió con la sonrisa de Edimburgo, la que no gasta en casa—.

Un apellido con un capitán servido en Flandes, cumplidor, herido por el rey en Steenkerque.

Eso, sentado en una sala en el sitio justo, vale por tres abogados.

Te quiero de uniforme, con la cicatriz asomando lo decente, y callado. El resto lo pongo yo.

—¿Qué queda del valle?

—Piedra y pleito. —Se limpió los dedos en la servilleta, pulcro—. Y una treintena de bocas repartidas por las majadas, que este invierno van a bendecir mi nombre con la boca llena. Espera y verás.

—¿Cuántas bocas eran antes?

Me miró un momento por encima del vaso, midiendo de dónde venía la pregunta y adónde quería ir, y decidió que a ninguna parte que le estorbara.

—Las que dijera el registro —dijo—. Yo no llevo esos libros, hermanito. Yo llevo los de la casa.

—¿Y cuántos mandabas tú en Flandes? —añadió, cambiando de silla la conversación, que es su manera de recordarte de quién es la mesa.

—Sesenta.

—¿Y vivos?

—Los que caben en menos.

—El rey gasta caro. —Le hizo un gesto al mozo para el segundo clarete—. ¿Me lo sigues guardando, lo de aquella tarde en mi sala?

—Guardo lo que me cabe en el arcón. Viajo ligero.

—¿Pasaremos por la casa antes de tus asuntos, o después?

—Iremos cuando convenga ir. La casa está donde estaba y como estaba: eso es lo bueno de la piedra, que espera sin cobrar. —Partió pan, generoso de su propio pan—. Techaron el ala vieja, compré tapices de segunda mano de un conde arruinado, y la despensa está mejor que este país.

—¿Sigue Marsaili?

—Las nodrizas no se mueren, hermanito: se amortizan. Sigue. Manda en las cocinas y me riñe los martes, que es su día. Le he dicho que vuelves y ha llorado en la sopa, con lo que va la sopa esta semana: a lágrima por servicio.

Lo dijo con cariño, porque lo tiene, a su manera de propietario: mi hermano quiere a Marsaili como se quiere una viga maestra, por lo que sostiene.

Se rio corto, sin soltar los ojos, y esta vez la risa no era de verdad: era de inventario. Apuntaba. Mi hermano pregunta como otros sondean un vado: no para saber si hay agua, sino dónde pisar.

—¿El resto es dinero?

—El resto es siempre dinero —dijo— y teatro. Del teatro hablaremos mañana.

Me sostuvo la mirada por encima del vaso mientras lo decía, tanteando, como tantea un chalán la boca de un caballo que ya conoce, por ver si sigue habiendo diente.

Yo pensé en el cabo de Ayr llorando hacia el humo, en lo fácil que es querer una costa desde el agua y lo otra cosa que es pisarla.

Le aguanté la mirada como se pasa una revista: sin dar novedad.

—Callado sé estar —dije—. Llevas cinco años de prueba.

—Es mi virtud preferida de las tuyas. —Y me llenó el vaso, magnánimo, señor de todas las mesas donde se sienta—. Por la quietud.

No brindé. Bebí, que no es lo mismo, y mi hermano lo apuntó sin apuntarlo, como lo apunta todo.

Esa noche deshice el arcón por tener algo que mandar a las manos: la casaca de repuesto, la piedra de afilar, el breviario de munición vacío, dos hebillas, el estuche de costura de campaña con su hilo encerado, todo en su orden de siempre, que un petate se ordena igual en Gante que en el Canongate y eso descansa.

Del fondo salió la carta de mi hermano, y la releí a la vela por ver si con Escocia debajo decía otra cosa.

Decía lo mismo: «Vuelve. Hay asuntos de familia que requieren tu presencia y tu mejor ánimo.

Tu hermano que lo es, S.» Tu hermano que lo es.

Cinco palabras para firmar y las cinco defendiéndose de algo.

Guardé la carta donde estaba, que las pruebas se guardan aunque no se sepa aún de qué.

La calle no descansaba: pasos tardíos en el callejón, la carraca del sereno, y de cuando en cuando el aviso de las ventanas altas antes de vaciar, con su golpe de agua detrás, que en esta ciudad hasta el cielo tiene escaleras.

Apagué la vela y me tumbé vestido a medias, como me tumbo desde el año noventa y dos, y con el cuarto ya a oscuras y el costado dándome el parte de la lluvia, volví a la borda del barco, al alba de ayer, cuando la costa apareció y todos subieron a olerla.

Yo también olí la turba. Y mientras el cabo lloraba sus tres dedos, yo compuse, moviendo apenas los labios, con las manos en la borda mojada, lo que llevo cinco años componiendo con distintas palabras y el mismo destinatario sin cara.

Ensayo de confesión n.º 1: «A quien quede de la casa de Fionnlagh de Gleann Fheàrna: el que fue delante era yo. Conocía el paso y lo di. No sabía lo que iba detrás; debí saberlo, porque detrás iba mi hermano. Lo que se me pida en pago, se paga.»

Lo tengo corto porque las confesiones largas se las lleva el viento de proa. Lo tengo aprendido porque no he encontrado a quién decirlo. Y lo numero porque un soldado sin cuenta de munición es un hombre desarmado, y esa es la única munición que me queda de aquel año: la que no he disparado todavía.

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