Capítulo 1
El buhonero llegó con la lana a medio pesar y traía Glencoe en la cesta.
Lo vimos subir por el camino del molino con su vara y su fardo, torcido del lado de la mercancía, y mi tía Beitris mandó bajar la romana porque un buhonero pesa más que la lana: trae agujas, trae cintas, trae lo que ha pasado en el mundo.
Llevábamos desde el alba con los vellones, y la avena de la ladera venía tan clara que daba reparo mirarla dos veces.
Un año así no se le dice a nadie en voz alta.
Se le nota a todo el mundo en cómo cierra los sacos.
Yo aparté el vellón que tenía entre las rodillas y no me levanté.
Desde donde estaba se veían el camino, la puerta del cobertizo y el portillo del prado.
Tres salidas. Las conté sin pensar, como se santigua la gente.
Después conté al buhonero: dos manos blandas, de no haber esquilado nunca, con una cicatriz de navaja mal curada en el pulgar. Nada. De los que hablan por oficio.
Vendió agujas, vendió un espejo del tamaño de una hostia, vendió hilo teñido. Y cuando tuvo el corro hecho, se sacó del pecho un pliego doblado en cuatro, lo alzó como alza el ministro la Biblia y preguntó quién quería saber lo que la imprenta decía de la matanza del valle de Glencoe.
Lo dijo así: la matanza. La palabra ya venía puesta desde Edimburgo.
—Doce días —recitó, que se lo sabía de memoria de venderlo—.
Doce días comieron los soldados del pan de aquellas casas, y durmieron junto a su fuego, y al alba del decimotercero mataron a los que les habían dado el pan y el fuego.
A los huéspedes de uno los mató la mano que había jugado a los naipes con ellos la víspera.
La imprenta lo llama asesinato bajo confianza, y dice que el Parlamento ha preguntado, y que el Consejo anda con la cabeza baja, y que hay señores en Londres que han leído este mismo pliego que tengo yo aquí.
El corro se santiguó por tandas. Beitris murmuró algo de los tiempos.
La pequeña Mairead, que es de la casa y no levanta un celemín del suelo, me miró a mí, no sé por qué me miró a mí, y yo seguí con los dedos donde los tenía: en la muñeca izquierda, por dentro de la manga, donde la lana del puño tapa un cordón de lana negra con sus nudos.
Los recorrí una vez, del primero al último, despacio, como quien pasa lista.
Es una costumbre de trabajo. Las manos saben estarse quietas si les das un oficio.
—¿Qué cuentas? —preguntó Mairead, que ve lo que no debe, como todos los críos.
—Ovejas —dije.
Se conformó. Los críos se conforman con cualquier cuenta si se la das con la cara seria.
El buhonero, mientras, hacía caja. Beitris le regateó seis agujas y perdió, que a los buhoneros no les gana nadie en su terreno, y la mujer del molinero preguntó si era verdad que el rey lo sabía, lo del valle aquel, y el buhonero puso la cara de tasar que ponen los de su oficio cuando la respuesta vale más que la pregunta.
Que en Perth había vendido veinte, dijo, y que el ministro de allá le compró dos, uno para él y otro para mandar; y que un pliego que compran los ministros por pares es que trae verdad o cosa mejor.
La mujer del molinero se dio por contestada. Yo no, pero yo no había preguntado.
Compré el pliego. Me costó lo que dos madejas y me dio igual: hay géneros que solo pasan una vez por delante de una.
Me lo leí entera, dos veces, sentada en el poyo, mientras el corro se deshacía y el buhonero liaba su fardo.
La letra era la letra de los documentos, apretada y en la lengua de ellos, pero yo la leo desde niña; mi padre decía que en esa lengua venían las deudas y que las deudas hay que saber leerlas.
La segunda vez ya no leí lo que decía. Leí lo que no decía.
Decía nombres. Decía el del capitán que comió doce días del pan ajeno, y el del coronel que firmó la orden, y hasta el del secretario que la pasó a limpio.
Los ponía en letra de molde, uno detrás de otro, para que los leyeran los señores de Londres con el desayuno.
Y por esos nombres impresos el Consejo andaba con la cabeza baja y el Parlamento preguntando.
Lo nuestro no tuvo pliego.
Lo nuestro tuvo un papel también, eso lo supimos luego, un papel con sello y todo, pero de los que no se venden a penique en los caminos: de los que se guardan en un registro para que nadie pregunte.
A los muertos de Glencoe los mató la traición, y la traición escandaliza.
A los míos los mató un permiso. Y un permiso no escandaliza a nadie: se archiva.
Doblé el pliego por sus mismos dobleces.
Cinco años llevaba yo aprendiendo la diferencia entre esas dos maneras de matar, sin saber que tenía nombre, y un buhonero acababa de vendérmela por el precio de dos madejas: a los nuestros no nos faltó justicia.
Nos faltó vergüenza ajena. Y la vergüenza, por lo visto, se fabricaba en las imprentas.
Esa misma tarde subí a la majada del este con el pliego en el delantal.
Media hora de cuesta con el viento de cara, que en agosto ya venía con intenciones.
Allí paran los que nos quedan por esta parte: el viejo Dòmhnall, que remendaba un cesto con esas manos suyas de alambre; la viuda Raonaid con sus dos críos, descalzos de agosto, que es el único descalzo bueno del año; y mi prima Oighrig, que estaba volviendo los quesos en la piedra y se limpió las palmas en la saya al verme, como si yo fuera visita.
De la casa grande de Gleann Fheàrna quedábamos en esa ladera cinco personas y un gorro de hombre colgado de un clavo, que Oighrig no descuelga ni para sacudirlo.
Les leí el pliego a la puerta del bothan, de pie, con el viento pasando páginas antes de tiempo. Dòmhnall escupió una vez, al principio, y ya no más: escuchó con el cesto quieto en las rodillas. Raonaid se santiguó donde había que santiguarse. Los críos miraban mi boca como se mira el fuego.
—¿Y a nosotros? —dijo Oighrig cuando acabé—. ¿A nosotros quién nos imprime?
—Nadie. Lo nuestro fue legal.
Lo entendió a la primera, que Oighrig entiende deprisa y traga despacio.
Se quedó mirando valle abajo, hacia donde no se ve Gleann Fheàrna pero se sabe, y dijo que legal era una palabra muy larga para lo corta que se quedaba.
Después me dio queso para Beitris y me guardó el pliego ella, doblado en ocho, dentro del gorro del clavo, que es donde guarda Oighrig lo que no quiere que se pierda.
Al irme, Dòmhnall levantó la cabeza del cesto por primera vez en toda la visita y me dijo que si bajaba a Edimburgo algún día por lo del papel, que mirara bien las caras de los que firman, que él ya no está para caminos pero que las caras de los que firman se le quedaron todas del año noventa, y que se muere mejor sabiendo que alguien las mira.
Le dije que las miraría. A Dòmhnall no se le miente: se le administra la verdad.
Bajé con la última luz, contando tejados donde ya no hay tejados. Me salen siempre los mismos.
Mi tío Tormod volvió de Perth al caer la tarde, cuando ya habíamos entrado la lana y el cielo venía bajo y de color de estaño.
Lo vi desde el portillo: traía la yegua al paso y el sombrero en la mano, que es como trae Tormod las cosas que le pesan.
No es hombre de guardar nada en la cara mucho rato.
Buen hombre, mi tío. De los que creen que serlo alcanza.
Esperó a después de la cena, a que Beitris se llevara a Mairead y quedara la mesa con el candil de sebo en medio, la llama corta y el pábilo pidiendo tijera.
Puso sobre la tabla un papel doblado con un sello que yo no había visto nunca de cerca y que reconocí de todos modos, porque hay cosas que se reconocen por el peso que traen.
—Del Consejo —dijo—. Nos citan. En Edimburgo, para el mes que viene, ante comisionados. —Le dio la vuelta al papel, como si por el otro lado viniera más suave—. Se ha admitido la petición.
—¿Qué petición?
Tardó en contestar lo que tarda un hombre honrado en escoger el orden de las palabras.
—La que puse en marzo. Por los nuestros.
Por los del brezo. —Así los llamó, y así se les había quedado ya: los que el fuego repartió por las majadas y las casas ajenas, una treintena a día de hoy, que comen donde pueden y ninguno junto—.
Un escribano de Perth le puso la forma. Va en nombre de todos los que quedan de Gleann Fheàrna.
—De todos —dije.
—Sorcha…
—¿Con mi nombre?
—Con el de tu casa. Eres la hija de Fionnlagh. Sin ti la petición vale la mitad.
Me quedé mirando el sello. Era bonito, si una lo miraba como se mira una hebilla: bien hecho, con su relieve.
Con uno igual habían firmado el permiso.
La misma cera para abrirnos la tierra que para prometernos tierra.
Y mi tío, que sabe leer un cielo pero no un registro, había ido a pedirle pan a la cera.
—Ese papel —dije— es primo hermano del otro.
—Ese papel —dijo Tormod, y por primera vez en cinco años le oí la voz de plantar los pies— es avena.
Es techo antes de las nieves. Tú has visto la ladera este año igual que yo.
El brezo no da dos inviernos como el que viene, y los nuestros están en el brezo.
Yo no sé de sellos, sobrina. Sé contar bocas. Me salen treinta.
Beitris entró entonces con las tortas de la mañana, que sobraban dos, y las puso en la tabla entre los dos sin decir palabra, y se fue. Mi tía discute así. Es de las que ganan.
—¿Y qué pedís en ese papel? —dije.
—Reparación. Tierra o dineros. Lo que den.
—Os darán lo que les sobre.
—Pues eso comeremos. —Partió una torta y me acercó la mitad, terco de comida como su hermana—. Lo que les sobre a ellos, sobrina, es más de lo que nos falta a nosotros. Esa es la clase de cuenta que a ti no te gusta hacer.
No me gustaba. La hice de todos modos, masticando, que las cuentas ajenas también se aprenden.
Treinta. Me la sabía, esa cuenta. La llevaba yo también, a mi manera, solo que la mía era más corta.
No le dije que sí ni que no. Recogí la mesa, que las manos agradecen un oficio, y me subí al altillo con el candil, y allí, a esa llama corta de sebo que más que alumbrar señala, volví a abrir la citación y la leí como leo yo ahora los papeles: dos veces, la segunda para lo que no dicen.
Decía comparecer. Decía componer las diferencias entre las partes. Y decía la otra parte, con todas sus letras, en tinta de escribano: Somhairle MacRath de Caisteal an Tuirc.
Cinco años oyéndolo en el aire, y era la primera vez que lo veía escrito. Los nombres escritos tienen eso: se dejan mirar. No se mueven, no montan guardia, no llevan doce hombres detrás. Se están quietos en su renglón, a un palmo de la mano de una.
Comparecer, decía. De cuerpo presente, ante los comisionados, las partes.
Las partes. En una sala. A tantos pasos la una de la otra como tuviera la sala, y las salas nunca tienen tantos.
Decía también el día: San Miguel, en Edimburgo.
Un mes largo. Tres jornadas de camino con el carro de Tormod, o dos y media si el tiempo dejaba, y habría que dormir en Kinross o donde se terciara, y llevar queso y tortas para no comprar comida de posada, y remendarme los zapatos del domingo, que del izquierdo asomaba ya el dedo.
Lo fui apuntando todo en la cabeza como se carga un carro: lo pesado abajo.
Los viajes se hacen con estas cuentas menudas, y menos mal, porque las cuentas menudas son las que dejan dormir.
Apagué el candil con los dedos, por no gastar, y me quedé a oscuras oyendo la casa: Beitris abajo, el crío de la cuadra echando el cerrojo, la lluvia fina empezando en el tejado, que este año no sabe hacer otra cosa.
Me saqué el cordón de la manga y lo repasé a ciegas, nudo a nudo, con el pulgar y el índice, del primero al último.
El tercero andaba flojo, que la lana afloja con el sudor del verano, y lo apreté hasta que volvió a ser el que era.
Los otros aguantaban. Aguantan siempre. Para eso los hice de lana de casa, cardada por mí: lo de casa aguanta.
Los nombres no los digo. Ni en voz alta ni en rezo ni a oscuras, que a oscuras es donde más se escapan.
Los nombres se gastan de decirlos: se van quedando romos, como un cuchillo que se presta, y un día los dices y ya no cortan.
La lana no se gasta. La lana espera. Por eso cada uno de los nueve vive en su nudo y no en mi boca, y cuando alguien me pregunte qué cuento, contaré ovejas, y cuando el kirk me pregunte qué llevo en la muñeca, llevaré una medida de hilar, y las dos respuestas serán mentira y ninguna me pesará: a quien archiva permisos no se le deben verdades.
Papeles. Puertas. Salas. Que mi tío pidiera pan; el pan hace falta, en eso no le sobra razón a nadie más que a él. Yo iría a Edimburgo a lo que va la hija de Fionnlagh: a poner la cara donde la citaban. Y a medir la sala.
Quedan nueve.
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