Capítulo 29
Futuro incierto
A bro los ojos, cegada por la luz del sol que se cuela entre las rendijas de la persiana.
Me levanto y la bajo despacio para no despertar a Juande, pues su cabello leonino descansa en la almohada, sus ojos cerrados me impiden ver el verde de su iris.
Me deleito con la mandíbula fuerte y esos labios algo gruesos que hacen que ignores su nariz aguileña.
Me duelen los dedos por el ansia de tocar su piel dorada por el sol, pero consigo controlarme.
Vuelvo a repasar su rostro dormido y me sorprendo al verlo con los ojos fijos en mí.
No dice nada, solo se muerde el labio inferior y esa parece ser la señal, porque me lanzo sobre él y lo beso como si no hubiese un mañana.
Su lengua entra en mi boca con decisión y yo disfruto de la invasión, se me escapan gemidos de placer y me abandono a lo que me hace sentir.
Tan pronto estoy sobre él, que de improviso me encuentro bajo su cuerpo, ambos desnudos, piel con piel.
Nuestros cuerpos unidos entablan una danza más antigua que el tiempo, pues nos aceptamos y fundimos disfrutando del placer de nuestro encuentro.
Me dice palabras susurrantes que aceleran mis latidos cardíacos, mi vientre se tensa y todo mi cuerpo implosiona, mientras descargas eléctricas me recorren y los temblores que me invaden hacen que grite.
No puedo detenerme, convulsiono sin control mientras el placer recorre mi cuerpo y me vacía.
Estoy tan absorta en mi éxtasis que apenas noto cuando él se tensa sobre mí, y con un gruñido, da los últimos envites en mi interior.
Nuestros corazones laten al unísono, y los jadeos inundan el silencio de la habitación, pero no puedo abrir los ojos, así que me dejo llevar por la placentera sensación de letargo que me invade.
No me molesta su peso, ni siquiera su semen mojando mis muslos.
Abro los ojos, le sonrío y le acerco a mi pecho.
Él se vuelve y me arrastra hasta ponerme sobre su torso, me besa en la frente y nos quedamos dormidos en un sueño ligero.
Una palmada en el trasero me saca de mi duermevela. Me incorporo con rapidez y parpadeo para enfocar, Juande se sienta en la cama y me mira con esa sonrisa de perdonavidas. Se inclina sobre mí y me da un piquito.
—Vamos, dormilona tenemos mucho que hacer hoy —dice con energía y me da otra nalgada mientras se levanta riendo.
—¿Qué te parece tan gracioso?
—Levántate y te lo cuento.
Sale del dormitorio y me incorporo con rapidez, me pongo un tanga, una camiseta extragrande y salgo en su busca.
Lo encuentro en la cocina con varias tostadas en un plato y una cafetera humeante en la mesa.
Sin decir nada, me siento y levanto una ceja a modo de interrogación, él pone dos tazas con leche en la mesa y se sienta sonriente.
—Bueno, ¿me lo vas a contar o te tengo que torturar?
—Hum… Suena bien lo de la tortura —bromea y me hace reír también a mí.
—Eso es porque no has conocido mis métodos. —Le doy una patada en la espinilla, pero con los pies descalzos apenas le hago daño.
—Te has levantado peleona, ¿eh?
—¡Vaaaamos!
—He hablado con un amigo que tiene un puesto en el gobierno de la Junta de Andalucía, evidentemente no se lo he dicho todo, pero le he contado las presiones urbanísticas, el hallazgo en el yacimiento de Marroquíes Bajos.
En fin, que le he puesto los dientes largos —me sonríe—, y ahora quiere que hagamos unas declaraciones públicas para que la Junta intervenga y, a partir de ahí, el yacimiento estará protegido.
—¿Así de fácil?
—Bueno es un poco más complicado, pero en líneas generales es lo que nos salvará de los tejemanejes del concejal Santos —explica mientras añade azúcar a su taza y bebe sin apartar su mirada de mí.
—Cuando Santos vea que no nos ha quitado de en medio, volverá al ataque.
—Puede que sí, pero ya no controlará el yacimiento —objeta convencido—. Entonces, ¿para qué meterse en problemas liquidando a dos arqueólogos?
—¿Y cuándo haremos esas declaraciones?
—Hasta que Santos no lleve a cabo su plan de destruir el tholos no podemos aparecer.
—Pero entonces lo perderemos todo.
—No, nosotros sabemos lo que allí había y honraremos su legado.
—Pero su legado son las pinturas, los pithoi. —Carraspeo—. El trabajo de toda una vida lejos de su tierra.
—Eso lo tenemos nosotros a buen recaudo.
—Ya, pero sin una prueba de lo que encontramos en el tholos carecerá de valor.
—Ana, escucha. Su vida es nuestra vida y sus almas son las nuestras.
Desde que hallamos los papiros sabemos que nos corresponde continuar con nuestro amor; su amor.
Ellos somos nosotros, nos necesitan para vivir la eternidad, y nosotros los necesitamos para vivir nuestro amor más allá del tiempo.
—Me coge las manos—. Esto no es solo un hallazgo, es una prueba de vida. ¿Te atreves a vivirla?
—No lo sé. —Bajo los ojos al plato con tostadas—. Hace tiempo que tengo mi vida trazada y esto … Me supera.
—No lo pienses, solo vive la vida y deja que su historia continúe con la nuestra —comenta con firmeza—.
En solo un día hemos aprendido más de la cultura minoica y egipcia que en años de estudios, hemos adquirido memoria histórica y una visión de dos culturas que, hasta ahora, eran meras suposiciones.
—Tienes razón, pero me niego a dejar que se destruya el tholos —añado airada y me levanto de golpe —. Nuestro deber es protegerlo y que las futuras generaciones disfruten del hallazgo.
—Te equivocas, nosotros ya hemos cumplido al descubrirlo, ahora queda saber si tendremos el valor para continuar donde ellos lo dejaron. —Se levanta conmigo—. No lo dudes más.
—Está bien, pero hay que detener a Santos antes de que… —Me pone un dedo en la boca.
—Ven conmigo.
Me lleva hasta el despacho y le da la vuelta al portátil sobre una de las mesas, me fijo y tiene abierta una página del Diario Jaén; una fotografía a todo color del yacimiento ocupa toda la pantalla.
Me fijo y se me escapa una maldición. Donde debería estar el tholos hay una masa amorfa de piedras y polvo.
La destrucción es total y se me escapan las lágrimas.
Lo ha hecho, el maldito idiota ha destruido un patrimonio de valor incalculable, y todo para que su plan urbanístico continúe en marcha y seguir llenándose los bolsillos con la especulación.
Juande se acerca a mí y me abraza con fuerza, mis ojos repasan el destrozo ocasionado; es imposible que haya sobrevivido nada de lo que se ocultaba en el interior del tholos .
La magnitud del daño me hace llorar con fuerza y me aferro al sólido cuerpo que me sostiene.
Pienso en las maravillas que hemos perdido, y el alma se me cae a los pies.
—Podemos salvar lo que queda y darle a Santos donde más le duele —dice bajito sobre mi cabeza.
—¿Tú crees?
—No lo creo. Lo sé. Ese especulador se va a dar con un canto en los dientes, vamos a promover la conservación y estudio del yacimiento, pararemos su plan urbanístico, por lo menos en lo que respecta al suelo de la excavación.
—Está bien. ¿Cómo y cuándo lo hacemos?
—Tenemos una entrevista en una hora, en el salón de actos del hotel Infanta Cristina. —Me da un beso corto y luego me empuja hacia el baño—. Una ducha rápida, y bajamos a poner patas arriba los planes de Santos.
Salimos en media hora de mi casa, limpios y vestidos con ropas de trabajo.
Él me advierte de que bajo ningún concepto podemos hablar de Santos, nuestro encierro, ni de sus planes para retomar el plan urbanístico eliminándonos a nosotros.
Además, no debemos hablar de las pinturas ni los papiros, solo lamentar la pérdida de tan hermoso vestigio de la época calcolítica y lo que podremos averiguar sobre el asentamiento.
Llegamos con diez minutos de antelación y nos asomamos con discreción al salón donde empiezan a llegar periodistas de varios medios.
Hay cámaras de Canal Sur; los micrófonos con los logotipos de los diferentes medios están apilados en el centro de la mesa.
En primera fila, me sorprende ver al concejal Santos, sentado como si tal cosa, con sonrisa de elecciones y ojos de halcón escrutando la sala.
A un lado, veo a los dos armarios empotrados que nos encerraron en el tholos . Trago saliva y me tiemblan las piernas.
Juande toma mi mano y me la aprieta para infundirme valor. Entran varios periodistas más, y sacan pequeños casetes con el logo de radio Jaén y Onda Cero. Me fijo que el logo de Televisión Española también está en uno de los micrófonos.
—Vamos. —Me da un leve empujón en el hombro y entro a la sala.
Subo el pequeño escalón donde está la mesa y me siento, Juande ocupa la silla junto a mí.
Veo que hay una tercera silla y me giro hacia Juande que niega con la cabeza.
Al mirar al frente, puedo ver la cara de asombro del concejal Santos, que, con ojos nerviosos, pasea su mirada de nosotros a sus guardaespaldas.
Puedo ver la inquietud en las caras de los armarios empotrados, mis nervios están a flor de piel y Juande se da cuenta, así que se inclina en mi oído y me susurra.
—Tranquila, después de hoy no podrá hacernos nada.
Asiento con la cabeza y bebo agua de una de las botellas que hay sobre la mesa, la voz ronca y suave de Juande llena el espacio del salón y se hace el silencio.