Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Genial, nadie distinguiría una bolsa de otra y, además, ¿quién va a revisar el detergente? —Me da un beso en la frente—. Ahora, vamos a ducharnos.

Levanta el sobaco y se lo huele, pone cara de asco y me sonríe, luego me tiende la mano y nos dirigimos al cuarto de baño que está en la entrada.

Despacio, desabrocha mi camisa, saca la camiseta, me quita el sujetador y baja hasta el pantalón, luego desabrocha el botón y baja la cremallera.

Llegados a este punto, muevo las caderas para dejar caer el vaquero, me saco las botas pisándolas y de la misma forma saco el pantalón.

Al levantar la vista, veo que Juande ya se ha quitado la camisa y se está bajando los pantalones, así que lo cojo del bóxer y se lo bajo despacio.

Me agacho para sacárselo por los pies y me quedo mirando su gran erección frente a mis ojos, trago saliva y me muerdo el labio inferior.

Su carraspeo me saca de mi ensimismamiento, levanto la vista y veo sus verdes ojos oscurecidos de pasión.

Nos unimos en un lío de brazos y piernas, nuestras bocas se encuentran y establecen una comunicación que no necesita traducción.

Entramos a la ducha y mientras el agua cae sobre nuestros cuerpos unidos, nos encontramos en ese espacio donde no sabes dónde empieza uno y termina el otro.

Una vez más, siento ese hilo invisible que tira de mi alma y me une a la suya.

Puedo comprobar que es la mitad de mí, que estamos en ese punto donde no importa nada, salvo nosotros.

Siento que la tensión en mi vientre se acumula hasta que el mundo estalla a mi alrededor, mis oídos pitan y en mis ojos veo luces estroboscópicas.

Me tiemblan las piernas tanto que apenas me puedo sostener en ellas y grito de placer cuando el clímax se apodera de mis sentidos y mi cuerpo.

Los temblores que me recorren empiezan a relajarse.

Le siento ponerse tenso y al minuto siguiente gritar al tiempo que se vacía en mi interior.

Me besa en la nuca y sus manos acarician mis pechos, pero lo que realmente me trae de vuelta a la realidad, es su miembro abandonando mi sexo mientras su esperma se derrama al suelo y baja por mis muslos.

—Vamos —invita y me coge de la cintura, después le da al agua para que nos refresque.

Corta el grifo y nos envolvemos en toallas, yo cojo una de baño que me ato sobre el pecho y él con una pequeña de ducha se envuelve las caderas. Me cubro el pelo con una toalla y me voy al dormitorio.

Medio adormilada, me pongo un tanga y un camisón corto de Hello Kitty, al girarme lo veo ponerse un bóxer blanco. Trago saliva, pero me obligo a salir del cuarto antes de saltarle al cuello y comérmelo.

Pongo en el horno una pizza y saco lechuga, pepino y tomate para una ensalada rápida.

Él entra con un pantalón corto y descalzo, contempla el reloj con mirada ausente y yo le observo de reojo.

Desde aquí puedo sentir cómo giran los engranajes de su cerebro.

No dice nada, solo mira el reloj mientras mordisquea su labio.

Termino de aliñar la ensalada y la dejo en la pequeña mesa de la cocina.

Me siento frente a él y lo observo, cuando me doy cuenta de que no va a decir nada le apremio para que hable.

—Bueno, ¿me lo vas a contar? —Lo miro, pero es como si no estuviese—. ¡Juande! —le grito y se sobresalta.

—¿Qué? —responde, aunque su mirada está en otra parte.

—¿Qué ocurre? —pregunto mientras mira el reloj y luego a mí.

—¿Ese reloj está bien? —Lo señala.

—Sí. ¿Por?

—Según tu reloj solo hemos estado un día en el tholos . Son las nueve de la noche, luego en apenas veinticuatro horas hemos vivido las vidas de Ion y Eirene, hemos escapado por el pasillo subterráneo y nos ha dado tiempo a ducharnos.

—¿Y?

—A mí me pareció que llevábamos encerrados varios días —comenta y me mira muy serio—. Empiezo a dudar de lo que hemos vivido.

—Pues somos dos, no puedes dudar de lo que yo corroboro —digo y me levanto enfadada.

—¿Y si ha sido histeria colectiva?

—Tenemos los papiros para probarlo. ¿Los saco?

—No, no hace falta —replica sonriente—. Tienes razón, no puedo dudar de algo que hemos visto y vivido los dos.

Saco la pizza y pongo los platos para comer, yo picoteo más de ensalada y dejo la pizza para Juande que la devora con hambre. Estamos en silencio hasta terminar la cena, después me ayuda a recoger la mesa, dejo los platos sucios en el fregadero y me vuelvo hacia él.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer?

—De momento nos quedaremos en casa, hasta que veamos si Santos tiene valor para destruir la excavación.

—¿Y cómo sabremos que la destruye?

—Por los medios de comunicación, cualquier desastre será noticia en todos los medios locales.

—Tienes razón —afirmo a la vez que él se levanta y me coge por la cintura—. Mientras tanto, nada nos impide disfrutar de nuestro encierro.

Su boca se cierne sobre la mía, me avasalla y controla. Su lengua recorre mi labio inferior y luego me da un mordisquito que me hace gemir. Me coge en brazos y me lleva al dormitorio. Su abrazo me hace saber que estoy en casa, y que ahora somos uno.