Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 28
95%

Capítulo 28

Presente

L evanto la vista del papiro, todavía estoy en shock, pues acabo de vivir la vida de otra persona. Sacudo la cabeza y miro a Juande, él también tiene cara de incredulidad. No lo he soñado, y creo que tampoco son alucinaciones causadas por la falta de oxígeno.

Me levanto y con las piernas temblorosas me acerco al ataúd de piedra, los huesos siguen plácidamente abrazados como si el tiempo no lo hubiese tocado. La mano de Juande sobre mi hombro me saca de mis pensamientos.

—No lo hemos soñado, hemos vivido la vida de estas dos personas. —Me abraza desde atrás y coloca su barbilla sobre mi hombro—. Es más, creo que nosotros somos ellos —dice en voz baja.

—¿Qué? ―Niego con la cabeza—. No te dejes llevar por alucinaciones.

—Piénsalo, Ana. Primero, podemos leer con claridad una escritura para la que no existen apenas traducciones y se han descifrado muy pocas tablillas —me mira esperando que diga algo—; segundo, las descripciones que hace de ellos son como si nos describieran a nosotros y tercero, no solo hemos leído su historia, sino que la hemos vivido.

—No puede ser, seguro que son alucinaciones por la falta de oxígeno —digo dudosa y me aparto de él.

—Ana, sabes que desde que nos conocimos hemos sentido una atracción casi irresistible, y desde que me aceptaste he notado que mi vida cobra sentido. —Me mira levantando una ceja—. Es como si llevase una eternidad esperándote en el limbo, y cuando por fin nos reunimos, ocurre esto.

—Son casualidades. —Niego con la cabeza—. Tal vez hemos tenido el mismo sueño.

—Ana —me coge por los brazos—, no intentes engañarte; ni a ti ni a mí. Este descubrimiento me ha abierto los ojos. Yo soy Ion y tú eres Eirene, nuestras almas están condenadas a estar juntas y haberlo descubierto nosotros no es una casualidad. No puede serlo.

—¿Te imaginas lo que dirán de nosotros si contamos esta historia? —lamento y me dejo caer al suelo—. Perderemos cualquier prestigio que pudiésemos adquirir con este descubrimiento, seremos el hazmerreír del mundo entero.

—¿Y quién dice que tengamos que decir todo lo que aquí hemos encontrado? —contesta con picardía—. Además, todavía tenemos que salir del tholos antes de que ese chiflado nos vuele por los aires.

—¡Mierda! Se me había olvidado —exclamo y lo miro compungida—. Estamos muertos, ya que más da —añado desanimada con la cabeza entre las manos y empiezo a temblar.

—¡Tranquilízate! —Se sienta a mi lado—. Lo primero que tenemos que hacer, es buscar una salida alternativa. —Me coge de la mano—. Venga, tú rastrea las paredes desde la izquierda y yo desde la derecha.

Me levanto no muy convencida de que esto sirva para algo, pero, aun así, cojo una linterna y empiezo a tantear la pared desde la izquierda, mientras Juande lo hace desde la derecha.

Con minuciosidad, tanteo con las manos la pared desde abajo hacia arriba, busco cualquier hueco que pueda darnos salida al exterior.

Miro hacia atrás y veo que Juande hace lo mismo que yo, él tiene que apartar los pithoi y figurillas guardadas en ese lado, por lo que su escrutinio es mucho más lento.

Sigo mi meticuloso tanteo y casi me pasa desapercibida una pequeña brisa.

Asustada, me vuelvo a la dirección en la que he sentido entrar el aire, pero no lo encuentro.

—¿Tienes una cerilla o un mechero? —Me vuelvo hacia Juande.

—Sí, espera —dice y se hurga en los bolsillos, luego viene hacia mí sonriente—. Toma.

Con el mechero en la mano derecha y la linterna en la izquierda, vuelvo a revisar la pared.

Entonces lo veo, la llama oscila ante mis ojos y enfoco con la linterna hacia el núcleo de luz que provoca el viento.

Es una pequeña incisión en la pared, tan pequeña que pasa casi desapercibida.

Juande se acerca y comienza a rascar alrededor de la incisión.

El hueco se hace cada vez más grande, enfoco directamente al interior y descubrimos una especie de palanca.

Él me mira con ansiedad, en sus ojos puedo leer la pregunta no hecha: «¿Tiro de la palanca y activo el mecanismo? »

Recuerdo una escena muy similar en la película de Indiana Jones.

¿Qué ocurre cuando activa el mecanismo? Ya no me acuerdo, pero no tenemos muchas alternativas: morimos sepultados por el loco del concejal Santos o morimos al accionar un mecanismo que puede estrechar paredes o dejar caer flechas; vete tú a saber lo que pone en marcha esa palanca.

Bufo de frustración.

—No tenemos muchas opciones.

Me sonríe y se pega a mi cuerpo mientras acciono el mecanismo, escucho moverse los engranajes y ruedas produciendo un ruido ominoso.

Con pavor, cierro los ojos mientras espero que algo caiga sobre mí y me aplaste, pero nada de eso ocurre.

En la pared de enfrente se escucha moverse algo con pesadez, enfocamos las linternas y vemos abrirse una puerta; está tan bien camuflada que no nos habíamos dado cuenta de su existencia.

Cogemos dos linternas por si acaso y entramos a la oscuridad tras la puerta. El olor a rancio y polvo es fuerte, pero se mezcla con algo más, huele a humedad. Bueno, no es exactamente humedad, es el olor a tierra mojada que queda después de la lluvia.

Recorremos el angosto pasillo y el olor se intensifica. Miro mi reloj, llevamos andando casi veinte minutos, y entonces, nos topamos con una pequeña abertura. Parece una madriguera de conejos, pero al asomarnos distinguimos la luz del día.

Saltamos y nos abrazamos, ya que hemos hallado una salida.

—Deberíamos volver y coger todo lo que podamos salvar antes de que…

—No. Todo no. Podemos sacar algo, pero no debemos dejar huellas de lo que el tholos escondía. —Juande me mira muy serio—. No sabemos cuánto tiempo tenemos, puede que en estos momentos estén poniendo dinamita para destruir la excavación.

—¡Pero no podemos dejar que lo destruyan! —Me giro hacia el interior, y no puedo seguir porque me coge del brazo.

—No podemos salvar todo y, sobre todo, no podemos hablar sobre este hallazgo.

—¿Estás loco? Yo no me voy a quedar callada. —contesto y me suelto para correr hacia el interior antes de que vuelva a detenerme.

—Ana, ¿no lo entiendes? Construirán sus edificios, haya lo que haya aquí abajo, pero si damos a entender lo importante que puede ser este hallazgo, nos eliminarán antes de que lo publiquemos.

—No podemos dejarles destruir esta tumba y no es solo por su valor histórico —contesto, enfadada, mientras me detengo y lo enfoco con la linterna—. Somos nosotros los que estamos en ese ataúd, es nuestra vida la que quieren destruir.

—Lo sé —dice con sencillez y me abraza con fuerza—. Cogeremos solo lo imprescindible.

—¿Y qué es eso? —respondo enfadada.

—Los anillos y los papiros —dice con rotundidad—. Son cosas que podemos esconder con facilidad.

—Está bien —acepto apenas convencida.

Llegamos de nuevo al interior de la tumba, miro por última vez los huesos abrazados y palpo los anillos en el interior de mi bolsillo delantero.

Reviso la belleza de las policromías que decoran el interior, quiero guardar en mi cabeza esta impresionante imagen.

Al volverme, veo que Juande coge un pico en una mano mientras esconde los dos rollos de papiro en la parte delantera de su camisa, me mira sonriente y me cede el paso al oscuro pasillo.

Una vez dentro, empuja a la puerta para cerrarla y recorremos de nuevo los metros que nos conducen hacia la libertad.

Al llegar al final, con el pico en la mano, agranda el hueco abierto en la tierra.

Esta cede con facilidad y el olor a petricor, se intensifica hasta llenar nuestro olfato y darnos esperanzas de libertad.

Cuando el agujero es lo suficientemente grande para que pasemos, salimos.

El aire limpio llena mis pulmones y sonrío, mientras me empapo de esa sensación y me deshago de las horas de enclaustramiento.

Hemos atravesado bajo tierra toda la zona del bulevar, así que, al salir, miro alrededor y solo veo prado. Estamos fuera del campo de visión de la excavación. Juande me coge de la cintura y me vuelve hacia él.

—Tenemos que escondernos, por lo menos hasta que sepamos qué van a hacer o han hecho con la excavación.

—No podemos ir a nuestras casas, allí será el primer sitio donde nos busquen. —Observo nerviosa a nuestro alrededor para comprobar que no nos han descubierto.

—Te equivocas, es el último sitio donde nos buscarán —objeta sonriente—. De momento piensan que estamos atrapados en el tholos . Eso sí, no debemos dejarnos ver hasta que ellos hagan algo.

—Tienes razón. —Asiento y le cojo de la mano—. Vamos a mi casa.

Me da un corto beso en la boca y subimos hasta la estación de tren andando. Tomamos un taxi hasta mi casa. Una determinación hasta ahora desconocida para mí bulle en mi interior, bajo ningún concepto me dejaré amedrentar por un político sin escrúpulos y sus ansias de poder y dinero.

Desengancho las llaves de la trabilla del cinturón y abro la puerta de la calle, Juande revisa el exterior y entra detrás de mí.

Subimos cansados en ascensor y entramos a mi piso.

Me apoyo en la puerta después de cerrarla con llave.

Miro a Juande que se saca de la camisa los rollos de papiro y los lleva con cuidado hasta el despacho, luego le sigo todavía algo aturdida por los acontecimientos.

—¿Tienes bolsas de basura?

—¿Eh? —Lo miro algo aletargada—. Sí, claro.

Voy a la cocina y cojo un rollo de bolsas de basura. Vuelvo al despacho y observo que está envolviendo los papiros con papel blanco, le paso las bolsas y mete cada rollo en una, luego las lía bien y las ata.

—¿Dónde podemos esconderlas? —Me tiende los rollos envueltos.

—No sé, lo mejor sería tenerlos a la vista, pero que no se sepa lo que es. —Pienso un momento el lugar adecuado para ello—. Ya lo sé.

Cojo los rollos envueltos y los llevo a la cocina, en un lateral bajo tengo una pequeña estantería donde guardo arriba las bolsas de basura para utilizar y debajo el detergente y suavizante para la lavadora. Meto entre las bolsas los rollos de papiro envueltos en la bolsa de basura.