Capítulo 27 #2
La historia que nos contó Emanu sobre cómo se formó su aldea, no ha eliminado mi aprensión hacia ellos.
Las dudas me asaltan con crueldad y siento escalofríos por todo el cuerpo, a pesar de que el tiempo no es tan frío como cuando atravesamos las montañas.
Recuerdo la historia que nos contó, no es una garantía, pero si un grupo de personas fueron capaces de dejar todo lo conocido para formar una nueva tribu, poner reglas donde todos son iguales y olvidarse de la prevalencia de uno u otro sexo para dirigir el poblado.
Si un grupo de personas puede hacer eso, sus descendientes criados en la misma ideología y con la misma sabiduría, merecen una oportunidad, así que decido confiar.
Se lo merecen, e intentaré olvidar lo que solo uno de ellos ha hecho.
Mi mente se tranquiliza con este último pensamiento.
Me acerco al puchero que ya huele muy bien, me aparto un poco y sigo sumida en mis pensamientos mientras los hombres hablan en voz baja.
Su murmullo me pone en alerta. Me vuelvo hacia Ion y lo miro sin comprender a qué viene tanto cuchicheo, pero no digo nada pues me hace movimientos con la cabeza para advertirme.
El golpear sobre el cobre del puchero nos llama a acercarnos al fuego con las cucharas y todos van cogiendo su porción por turnos.
Yo me llevo la cuchara a la boca, pero no tengo hambre.
Trago poco a poco el guiso hasta que Ion me quita la cuchara y la vuelve a meter para coger otra porción. Sin embargo, me niego a tomarla.
—No quiero más —me quejo y le aparto la cuchara.
—Tienes que comer algo, ya que mañana madrugaremos para llegar al poblado antes de comer. Será un trayecto largo sin comida —me riñe y me tiende de nuevo la cuchara.
—No puedo —insisto y me aprieto el estómago—. No puedo comer más.
—Está bien, guardaré un poco para mañana —concede y me besa en la frente.
—Gracias por todo.
—No me las des, esto es cosa de dos —dice con voz suave y me guiña un ojo—. ¿Me vas a decir que si yo estuviese desganado no harías lo mismo por mí?
—¿Tú, desganado? —Rio divertida ante semejante imagen—, no creo que llegue a ver eso.
—¿Acaso me estás diciendo glotón? —pregunta mientras levanta una ceja.
—Noooo, no se me ocurriría —me defiendo a la vez que suelto una risilla.
—¿O es que me ves gordo? —Se levanta la capa, se mira la barriga y luego el trasero.
—¡Qué va! Serás presumido —contesto riendo todavía más fuerte.
—Me gusta verte sonreír de nuevo —añade contento, me da un beso en la frente y se pone a recoger.
Mientras resuenan las carcajadas lo veo guardar varias cucharadas del puchero en una piel que luego esconde en la carreta. Vuelve junto a mí y me coge en brazos sin importarle mis chillidos. Nos alejamos del campamento entre nuestras carcajadas y las risas del resto de hombres de la caravana.
Me baja al suelo junto a un pequeño arroyo, no es muy caudaloso, pero con la suficiente agua para lavarnos.
Limpio el paño entre mis piernas y lo sustituyo por otro, él se da la vuelta para darme intimidad, pero no se aleja de mi lado.
Sigo lavando mis brazos y cara, pero evito meterme al arroyo; el agua está demasiado fría para mi gusto.
El ruido del agua hace que me vuelva. Ion se ha metido desnudo, y aunque no le cubre se frota el cuerpo con fuerza; no sé si para limpiarse o para entrar en calor.
Lo miro embobada. El pelo húmedo deja caer gotas de agua sobre su torso, pero el frío de estas le pone el vello de punta allí por donde pasa.
Los músculos de los brazos se tensan mientras frota el cuerpo y las piernas musculosas dan fe de su fuerza física.
Su piel dorada por el sol contrasta con el vello rubio que corona su pecho y brazos.
Sigo observando hasta que lo miro a la cara, sus ojos verdes están fijos en mí y noto que su mirada me atraviesa.
Trago saliva y le sonrío con timidez.
—Eirene, no deberías mirarme así —dice mientras se acerca a la orilla y se seca con un paño que ha traído.
—Lo siento. —Aparto la mirada.
—No, no lo sientes.
Me guiña un ojo, me coge por la cintura y me besa con pasión, sus labios sobre los míos provocan un cosquilleo interior que me hace gemir, sus manos recorren mi cuerpo con impunidad sin detenerse.
Me coge por el trasero para acercarme a su cuerpo aún más y puedo sentir su miembro cobrar vida, a la vez que su lengua entra y sale de mi boca como una parodia del acto entre hombre y mujer.
No soy capaz de pensar, me dejo llevar por las placenteras sensaciones que deja en mi piel.
Su tacto me provoca descargas y ardo por dentro haciendo que me sienta viva otra vez.
Dejo atrás lo ocurrido y lo entierro muy dentro de mí, estoy viva y tengo la mitad que me faltaba, no necesito nada más.
Con mi mano le rodeo el miembro y lo escucho gemir, a la par que sus labios se aprietan contra los míos sin piedad.
Lo acaricio desde la base a la punta y vuelvo a bajar, su mano se posa en la mía y me apremia para infundir velocidad al movimiento.
Atrapo en mi boca sus gemidos de placer hasta que se descarga en mi mano.
Su respiración vuelve poco a poco a la normalidad y apoya su frente en la mía.
—Esposa, deja que alivie tu pasión —me pide excitado y mete la mano dentro de mi taparrabos, pero lo detengo.
—Estoy en mi sangre de mujer.
—No pasa nada.
Sigue bajando hasta que toca mi centro de placer, traza círculos lentos con sus dedos y siento la tensión de mi vientre a punto de explotar.
No necesita mucho, con sus caricias me llega el placer en oleadas tan altas que no puedo pensar en nada que no sea recibir el desahogo y rendirme ante tan exuberante pasión.
Me tiemblan las piernas, pero él me sujeta y me da tiernos besos en las mejillas y la frente. Siento su piel fría bajo mis manos y me aparto con rapidez.
—Vístete antes de que enfermes —lo amonesto.
—No podría, aunque quisiera —confiesa y vuelve a apoderarse de mi boca—. Solo deseo tocarte, complacerte, adorarte. —Me besa en la nariz—. Pero esta vez te haré caso.
—Más te vale, porque yo no podría cargar contigo si enfermas —le digo con guasa.
—No te preocupes, que solo puedo enfermar si me faltas tú. —dice y coge su ropa para vestirse.
Volvemos al campamento abrazados y riendo, pero a diferencia de la noche anterior, esta vez están casi todos levantados. Las risas nos llegan estridentes y nos unimos en torno a la fogata.
—Si no os lo creéis, cuando lleguemos al poblado os haremos una demostración. —Cosmo está más risueño de lo habitual.
—Tendréis tiempo de sobra. —Emanu se vuelve ante nuestra llegada—. Durante el invierno hay poco que hacer en el campo, por lo que se agradecerá cualquier diversión que nos ayude a entretenernos en las largas noches de frío.
—Pues, ¿qué hacéis en invierno? —pregunto mientras me siento.
—Cazar, recolectamos aceituna para hacer aceite, pulimos pieles y poco más. —Me mira atento—. Los días son tan cortos que pasamos mucho tiempo dentro de casa.
—¿Tienes mujer?
—Sí, se llama Saran y ya me ha dado tres hijos fuertes. —Sonríe satisfecho—. Esperamos el cuarto en unos discos de plata.
—Vaya, ¡eso es estupendo! —Hay mujeres en el poblado. Eso, añadido a la historia que me contó Emanu, me da una sensación de seguridad y confianza.
«Este será un buen lugar para rehacer nuestra vida», pienso sonriente.
Con unas palmadas, Emanu da la velada por terminada.
Nos acurrucamos en nuestras pieles y me aprieto contra el cálido pecho de Ion que nos tapa, pero antes de cerrar los ojos veo a uno de los hombres recorrer el perímetro exterior del campamento con pasos lentos y sin hacer ruido.
Después de eso, la oscuridad me acoge con un sueño soporífero.
El suave traqueteo en mis hombros me despierta, apenas hay luz en el cielo, pero los hombres se afanan recogiendo el campamento. Me incorporo con rapidez y recojo las pieles, pero Ion me las quita de las manos y las lleva con rapidez a nuestra carreta, luego me coge del codo y salimos al bosque.
—Si tienes que hacer algo será mejor que lo hagas ahora, no pararemos hasta llegar al poblado. —Se da la vuelta y me deja un poco de intimidad.
—Gracias.
Después de tan rápida recogida emprendemos la marcha, hasta los animales parece que se den cuenta de que están cerca de casa, porque su andar parece más ligero que en días anteriores.
Los hombres charlan a gritos animadamente y nuestra caravana consume las últimas distancias hasta el poblado.
Ion se para junto a nosotros y toma las riendas de la carreta mientras Cosmo le releva en su vigilancia del entorno.
Lo veo coger una piel de la parte trasera de la carreta y me la da sin mirarme.
—Come un poco.
Su voz no admite discusión alguna, por lo que tomo la piel y mastico la carne fría, aunque de vez en cuando lo miro enfurruñada por su orden.
El disco solar está bien alto en el cielo cuando distinguimos las construcciones del poblado en la falda de la montaña.
Están dispuestas de forma circular, y por la cantidad que hay, me doy cuenta de que el poblado es bastante grande.
Al menos treinta construcciones revelan su contorno en el paisaje.
El ruido de los animales al saberse en casa atrae la atención de los pobladores y salen a recibirnos. Hay muchas mujeres y niños, también ancianos y algunos hombres con lanzas.