Capítulo 26 #2
Emanu comió deprisa y volvió al tronco. Miró las dos ruedas en el suelo y se fijó en los anillos concéntricos, buscó entre las herramientas una punta de sílex y fue clavándola en el anillo central con una piedra, hasta hacerle un agujero que pulió haciendo rodar en su interior la punta.
Hizo lo mismo en la otra rueda y cogió una rama que atravesase el agujero.
La pulió y ensartó las dos ruedas, cada una a un lado, después empujó el palo y vio que las ruedas giraban.
—¿Para qué es eso? —La voz de Ilena le sacó de la concentración.
—Para ponerlo en la parihuela, así la yegua la arrastrará con más facilidad.
—¡Qué listo eres! —Lo abrazó por la espalda.
—Bueno, ahora tengo que averiguar cómo ponerlas y que no se estorben.
El disco solar salió varias veces hasta que sintieron que el frío del invierno se hacía más fuerte.
Emanu consiguió poner las ruedas en la parihuela.
Todos se emocionaron al ver la facilidad con que la yegua tiraba del artilugio.
Descansados del largo camino que habían tenido, decidieron emprender el viaje de nuevo.
Cargaron la carne ahumada, las pieles y sus utensilios, y en cuanto salió el disco solar volvieron a la senda hacia un clima más cálido.
Gracias al carro fabricado por Emanu, podían llevar sus pertenencias y la comida sin cargar en demasía a los animales, incluso podían llevar a Tana sentada detrás.
Los niños también querían montar en el carro y se peleaban por ir sobre él.
Los cachorros corrían alrededor de la caravana y les avisaban si había algún obstáculo.
El tiempo se hizo más amable. Emanu sintió que estaba cerca su destino cuando se encontraron con una familia. El hombre parecía enfermo, con la cara demacrada y grandes ojeras; la mujer no estaba mucho mejor, pese a que los ayudaban a caminar una chica y un muchacho.
Al verlos se apretaron unos contra otros asustados.
Emanu sintió pena y les sonrió para tranquilizarlos.
Ilena se les acercó con las manos extendidas y él se dio cuenta de que llevaba varios trozos de carne ahumada.
La familia no hizo nada por alcanzar el regalo, entonces Ilena se les acercó, y les habló con voz suave.
—Hola, somos viajeros como vosotros. Me llamo Ilena y estos son mi hombre, mi madre y mis hermanos. ¿Queréis compartir nuestra comida y nuestro fuego?
La muchacha soltó a sus padres y cogió con temor la carne que le ofrecía.
La olió, chupó y finalmente la mordió. Sus ojos brillaron de alegría, se volvió hacia sus padres y hermano y les dio un trozo de carne a cada uno.
Comieron con ansias la carne y al terminar miraron agradecidos a Ilena, que con palabras suaves les conquistó.
Después de conseguir la confianza de la familia, los invitaron a unirse a su caravana.
Encantados por el golpe de suerte, continuaron el camino con ellos.
Jor estaba tan débil que apenas podía caminar por lo que lo sentaron en el carro.
La mujer, Ali, caminaba un poco mejor y se agarró a la parihuela para seguir el paso.
Eda comenzó a contarle a Ilena su historia.
Los expulsaron de su tribu al no querer a unirse al hijo del jefe cazador de la tribu.
Sus padres la apoyaron, pues el muchacho no estaba bien.
Como represalia, el jefe hizo que los echaran sin nada más que sus pieles y los pocos utensilios que pudieron reunir.
Llevaban varias lunas sin comer. Desesperados, su padre probó a comer unas plantas extrañas que crecían en la base de un árbol, pero se puso muy enfermo; y eso que solo probó un trozo.
Por eso apenas podía caminar, y ya no sabían qué más hacer cuando se toparon con ellos.
Por la noche compartieron el fuego y la comida mientras Vena, Arlazón y Luca fueron a cazar.
Tana se ofreció a preparar una bebida para el estómago de Jor.
Puso en el fuego el caldero con agua y cuando hizo burbujas la echó en un cuenco, sacó una bolsa de piel y le añadió unas flores secas.
Se lo ofreció al hombre y volvió a poner el caldero con agua, Ilena le echó unos bulbos de cebolla y zanahorias que había encontrado en el camino.
Mientras esperaban el regreso de los jóvenes, Ilena cogió a Sonja y se acercó a ayudar a Emanu que alimentaba a los animales. Ella ordeñó las cabras y recogió tres huevos que guardó para añadir al guiso.
Volvieron juntos al fuego, cogidos de la mano y vieron a las mujeres limpiando varios conejos, mientras los jóvenes discutían sobre quién tenía más puntería.
Los niños llegaron persiguiendo a los cachorros.
Sus gritos llamaron la atención de todos hasta que vieron que uno de los cachorros llevaba un pájaro en las fauces.
Emanu se levantó deprisa. El animal le gruñía para que no se acercase, pero él no se asustó, debía impedir que comiese carne cruda.
Sacó un trozo de carne ahumada y se lo ofreció, el animal olisqueó y movió la cabeza.
Al final, soltó la presa para coger la carne ahumada.
Con un suspiro de alivio, Emanu puso el ave fuera del alcance de los cachorros hasta que pudieran guisarla.
La forma en que el animal soltó la presa a cambio de un trozo de carne, le dio a Emanu una idea. Esa noche durmió pensando en cómo aprovechar el instinto cazador de los cachorros.
Después de varias jornadas de camino, llegaron a una llanura rodeada de matorrales y árboles, estaba a los pies de una montaña y cerca había aguas subterráneas. Además, la tierra era buena para cultivar cereales y verduras.
Se reunieron ante el fuego del campamento y Emanu les habló de la aldea que tenía en la cabeza.
—Estas tierras son buenas para cultivar.
—Emanu, de pie ante el fuego, miraba a su pequeña tribu—.
Tenemos cerca bosques donde cazar, el río no queda lejos para pescar y podemos construir un poblado con casas para cada familia.
Entre todos, podemos hacer en este lugar una aldea única y, quién sabe, tal vez venga más gente.
—Será mucho trabajo y el invierno está cerca. —Jor parecía escéptico.
—A mí no me asusta el trabajo. —Lo miró muy serio—. Más me asusta estar ocioso.
—A mí me gusta la zona. —Vena se cruzó de brazos.
—Vamos a someterlo a votación. —Tana se incorporó a la discusión—. ¿Quién está a favor de montar el poblado aquí?
Lentamente, todos fueron levantando la mano; el más reticente fue Jor, pero finalmente levantó su brazo. Se miraron todos y sonrieron con la decisión ya tomada.
—Entonces, lo primero que haremos será construir una cabaña donde quepamos todos, luego iremos construyendo las individuales.
Así tendremos siempre la primera cabaña como espacio comunal y para acoger nuevos pobladores mientras se instalan.
—Emanu los miró esperando la protesta de alguien, pero todos asintieron ante la propuesta.
—Es una buena idea, pero si estamos construyendo, no podremos ir a proveer el fuego. —Arlazón miró a Emanu en busca de una solución.
—Haremos turnos para ir de caza y pesca, así todos participaremos en todo.
Tal y como dijo Emanu, construyeron una gran cabaña para cobijarse todos.
Con piedras y arcilla como argamasa, fueron levantando una gran estructura de base circular, con un gran tronco a modo de columna en el centro, y a su alrededor una abertura para dejar salir el humo del fuego.
Cubrieron el techo con ramas unidas y entretejidas, por encima colocaron pieles para evitar que la lluvia entrara y volvieron a cubrir con más ramas unidas con arcilla.
El suelo lo cubrieron con hojas y junto a la columna central, pusieron las piedras del fuego.
Construyeron también una empalizada cerrada para guardar a los animales, esta vez con troncos clavados en el suelo y cubiertos en la techumbre con ramas y hojarasca.
Pegada a la empalizada, Emanu levantó un gallinero.
El frío era cada vez mayor, por lo que decidieron dedicar varias jornadas a cazar y pescar.
La suerte quiso que en su camino se cruzara una familia de jabalíes y consiguieron abatir a un adulto y tres crías.
Las mujeres cuartearon la carne y limpiaron las pieles mientras los hombres bajaron al río para pescar. El ahumadero se llenó de carne y pescado para subsistir en los fríos y oscuros días que les esperaban.
Cuando los fríos del invierno se terminaron, prepararon una parcela para cultivar cereales. Después fueron construyendo las cabañas familiares. Incluso Vena y Arlazón quisieron una cabaña a parte de la de su madre.
La última que levantaron, fue la de Emanu e Ilena. Al menos de momento, porque el pequeño asentamiento fue recibiendo más pobladores que construyeron cabañas alrededor de la choza comunal.
Incluso, con el tiempo, construyeron una muralla para evitar la entrada de depredadores al poblado.
El hombre miró fijamente a la mujer cargada con la cesta de frutas, sabía que ese era el momento en que ella atravesaba la aldea hasta su cabaña.
A pesar de observarla todos los días no se cansaba de verla; ya no era tan joven y él tampoco.
De hecho, tenía pelo blanco entre su oscuro cabello.
Aun así, contempló el suave balanceo de sus generosas caderas, mientras su cabello del mismo color que deja el disco solar cuando se esconde, se mecía con el movimiento.
Sintió que el corazón se le aceleraba y las ansias por tenerla entre sus brazos aumentaban hasta dejarle tembloroso.
Dejó salir el aire lentamente por la boca y apretó los puños en un intento de controlar su cuerpo.
—¿Qué miras tan concentrado? —La voz de Sonja lo distrajo y volvió la cabeza hacia su hermana.
—¿Tú qué crees? —Le sonrió con picardía.
—¡Puaj! Siempre lo mismo. —La niña puso cara de asco—. No entiendo cómo no habéis llenado el poblado de niños.
—¿Qué sabrás tú de eso? —Se sorprendió Emanu por el comentario.
—Por favoooor, que tengo casi diez veranos. —Le sacó la lengua—. Además, no estoy sorda, ni tus hijos tampoco.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir? —Se puso nervioso.