Capítulo 26
Viajeros
L o bueno de atravesar estos macizos montañosos fue que la caza era fácil, tanto que atraparon un jabalí enorme; Vena y Arlazón tuvieron que despiezarlo en el lugar donde lo abatieron.
Con las piezas de carne envueltas en la piel del animal volvieron sonrientes al campamento.
Tana los abrazó y besó al ver la gran presa que traían, mientras Emanu negaba con la cabeza.
—¿Qué pasa? Con esta presa podremos alimentarnos varias jornadas y descansaremos de buscar caza —dijo Vena.
—Pero el olor de tanta sangre puede atraer a depredadores —gruñó por lo bajo.
—Podemos esconder la carne —le contestó Ilena que escuchó su comentario.
—También podemos ahumarla. —Tana la miró dudosa—. Podríamos quedarnos aquí hasta que la carne esté lista. Así descansamos, llevamos muchas lunas caminando y todos estamos cansados.
—Cada vez hace más frío, debería construir un cobijo para los animales —dijo Emanu, más para sí que otra cosa.
—Bien, entonces descansaremos aquí hasta ahumar la carne. —Arlazón sonrió—. Incluso podemos cazar más piezas, y así estaremos preparados para el invierno cuando lleguemos a nuestro destino.
—El problema es que las yeguas ya van muy cargadas. No podemos sobrecargarlas o podrían enfermar y morir, entonces tendríamos que cargar nosotros con todo y nos haría el camino más lento y penoso.
—Tiene razón —Tana llamó la atención de todos—. De momento cazaréis solo para comer.
El grupo se reunió ante el fuego como siempre.
Los cachorros habían crecido mucho, impresionaba su aspecto de lobo, pero su carácter juguetón y cariñoso les hacía reír a todos.
Emanu miraba seriamente las llamas mientras su cabeza giraba en torno a varias ideas.
Cogió el cuenco con el guiso sin mirar a Ilena; el resto lo miraba, pero no decía nada.
En cuanto la luz del disco solar asomó en el horizonte, Emanu salió a recorrer los alrededores. Con su hacha de piedra en la mano, empezó a talar árboles de tronco fino, limpió los troncos y los cortó a la misma altura. Vena se puso a su lado para llamar su atención.
—Dinos cuántos árboles más necesitas y te ayudamos.
—Los he marcado con el hacha. —Señaló los árboles jóvenes que los rodeaban.
—Vamos entonces. —Arlazón se dirigió a uno de los árboles marcados y comenzó a talar.
Tenían ya ocho troncos limpios y cortados, cuando aparecieron los niños riendo para anunciar que Ilena tenía la comida lista.
Los tres muchachos siguieron a los niños agradecidos de parar por un momento la dura actividad.
Junto al fuego les esperaba un cuenco de leche con avena, que devoraron con ansias para volver con rapidez al trabajo.
Emanu clavó cuatro troncos grandes en la tierra, les ató troncos finos en diagonal y terminó cubriéndolos con ramas.
Entró al interior y satisfecho dio varias patadas a los postes de soporte.
Al ver que no cedían, llamó a los hermanos.
—Cubrid las paredes con ramas y dejad solo una abertura para que pasemos, este será nuestro refugio mientras ahumamos la carne.
Los muchachos llamaron a los tres niños para que los ayudaran, y entre todos, fueron cubriendo las paredes del refugio. Emanu, preparó una empalizada para guardar a los animales al abrigo de un gran matorral, con un árbol de ramas largas que los protegería del frío de la noche.
Cogió los palos más pequeños y elaboró un ahumadero sobre un gran agujero, preparó el fuego y, por último, colgó las piezas de carne del jabalí.
Cerró completamente el cubículo y lo cubrió con ramas para que no se escapase el calor.
Tendrían que alimentar el fuego por lo que fue a cortar más árboles.
Se adentró en el bosque y se topó con un gran árbol caído, el tronco era enorme.
Con su gran piedra de sílex limpió el extremo podrido, hasta que vio donde los anillos de madera indicaban que el tronco era fuerte.
Sonrió para sí mismo ante la idea que cruzó su mente y, sin perder tiempo, comenzó a cortar con cuidado una lasca del gran tronco.
El trabajo era lento y delicado, no quería que el disco circular se mellase, por eso fue limando con el filo los extremos hasta que por fin tuvo ante sí un disco perfecto.
Lo puso en pie y lo hizo rodar entre sus manos, a pesar de lo que pesaba el disco rodaba sin que tuviese que hacer ningún esfuerzo.
Ilena le abrazó por la espalda y le sacó de sus pensamientos.
—La comida está lista. —Se puso delante de él y le lanzó los brazos al cuello—. El refugio que has construido es impresionante, podremos dormir calientes sin tener que pegarnos unos a otros. —Se rio.
—Entonces, ¿no te quieres pegar a mí? —Emanu la cogió por las caderas y la acercó a la suyas hasta hacerla notar el bulto.
—Precisamente a ti es a quien me quiero pegar. —Rio tras meter la mano entre sus cuerpos y darle un apretón a su miembro.
Él contuvo el aliento, pero le duró poco, ella le soltó y salió corriendo mientras su burbujeante risa lo atraía.
Sonriendo, llegó hasta el fuego y la cogió en brazos, ella gritaba y se reía hasta que él la calló con un apasionado beso.
Cuando la dejó en el suelo con piernas temblorosas y la cara arrebolada, se dio cuenta de que todos la estaban mirando con sonrisitas.
Carraspeó y se sentó a comer.
—Ya hemos terminado el refugio para dormir, ¿ponemos las pieles dentro? —Arlazón hablaba mientras comía, lo que hizo que se le saliera un trozo de carne.
—Come y calla. —Tana le dio un pescozón ante la risa de los niños.
—Sí. Además, llevad a los animales a la empalizada que he preparado junto al refugio.
—Has trabajado mucho. —Ilena volvió a llenar su cuenco, pero él lo rechazó.
—No quiero más, dame solo algunas bayas.
Ella le ofreció una canasta llena de frutos del bosque, mientras las comían todos los niños pidieron una historia. Se acomodaron todos alrededor del fuego y Emanu carraspeó para aclarar la voz.
—Hace muchas lunas vivió en las montañas un poblado de gentes pacíficas, creaban la imagen de los bisontes con tierra roja y el tizne de leña.
De esta forma, durante la gran cacería el espíritu de los animales era atrapado y los cazadores podían llevar su botín a la cueva.
Tenían tantos animales que no podían comer toda su carne y debían tirarla.
Pero llegó el día que en la cueva no pudieron capturar más imágenes de los bisontes, la caza se volvió escasa y el hambre asoló la cueva al no poder atrapar el espíritu de los animales.
Primero murieron los más débiles y cuando se dieron cuenta de que todos perecerían, la gran madre les anunció que buscarían una nueva cueva donde poder capturar el espíritu de los bisontes.
—¿Encontraron otra cueva? —Lor preguntó ansioso.
—¡Ajá! Y capturaron muchos más bisontes, pero esta vez solo cazaban los que necesitaban.
—¡Otra! —Car aplaudió entusiasmado.
—A dormir, mañana habrá más historias. —Tana se levantó con la pequeña Sonja dormida en su pecho y les indicó a los niños el camino hasta el refugio.
—Esa es una buena idea. —Se estiró Vena—. Mañana iremos de pesca al río.
—Estará bien comer pescado asado —se relamió Arlazón.
—Sois unos glotones, solo pensáis en comer. —Ilena les sonrió, a pesar de la amonestación.
—Voy a avivar el fuego del ahumadero y comprobar que los animales estén bien. —Emanu se levantó y los dejó recoger los utensilios.
En la empalizada, las yeguas levantaron la cabeza al escucharlo.
Sus sonoras respiraciones le indicaron que se alegraban de verlo, por lo que acarició a las yeguas y al potro, comprobó que tenían agua y les añadió un poco más de hierba.
Las cabras dormían apretujadas mientras las gallinas, con la cabeza escondida entre las alas, emitían de vez en cuando un murmullo.
Entró al refugio y distinguió los cuerpos de los niños acurrucados unos contra otros, Tana los abrazaba protectora mientras en su pecho el pequeño bulto de Sonja llamaba su atención; al otro lado Vena y Arlazón se cubrían con la piel.
El movimiento a su izquierda llamó su atención, Ilena golpeó la piel del suelo mientras abría la piel que la cubría.
Sonriendo, se tumbó junto a ella, la besó en la frente y cayó dormido de inmediato.
Se levantó con las primeras luces y fue al claro donde dejó la rueda del árbol, se centró en el tronco caído y comenzó a sacar una nueva lasca.
Con paciencia y cuidado siguió el mismo proceso que el día anterior, hasta que sacó una rueda igual a la otra, del mismo tamaño y grosor.
La puso en pie y la hizo rodar, su movimiento ágil y sin peso le hizo exclamar de alegría.
Al mirar hacia el refugio, vio que Ilena le hacía señas con la mano, le devolvió el saludo y caminó deprisa hasta ella.
En cuanto llegó, la levantó hasta ponerla a su altura y la besó en la boca, ella abrió sus labios con deleite mientras sentía formarse en su estómago una dulce tensión. Se tambaleó un poco cuando la dejó en el suelo y él la acercó a su pecho, sonriente.
—¿Ya tienes algo de comer? —preguntó con voz ronca.
—Puede. —Se volvió coqueta para inclinarse ante el caldero.
—Espero que sí, porque si no tendré que comerte a ti.
—No tengo mucha carne para alimentarte, temo que te quedarás con hambre —dijo riendo.
—Lo dudo, tienes la carne justa para saciarme —contestó Emanu con voz ronca y le dio un beso en la frente.
Ambos se miraron enrojecidos y se apartaron cuando Tana se acercó con la niña colgando de su pecho, ella les sonrió y preparó un cuenco con avena, luego se sentó ante el fuego mientras los miraba orgullosa de verlos felices.