Capítulo 25 #5
Todos los reunidos ante el fuego levantaron la mano, incluso los niños que dejaron el juego para unirse a la conversación de los adultos frente a la hoguera.
—Entonces está decidido, todos daremos nuestro voto y se tomarán las decisiones por mayoría. — Emanu les sonrió, cogió a Ilena y la sentó en su regazo. La besó y la abrazó ante todos al mismo tiempo que ella soltaba risitas nerviosas—. Mi primera consulta, es si estáis de acuerdo con nuestra unión.
—¡Por favor! Pensé que ya estabais unidos. —Negó divertido Vena.
—Creo que aquí todos estamos de acuerdo con vuestra unión. —Tana les guiñó un ojo y se tumbó en las pieles junto al fuego―. Car, Sober y Lor, venid a las pieles, mañana nos espera un largo camino.
Los niños obedecieron a su madre y se acostaron con ella dejando que los cachorros se echaran a sus pies. Vena y Arlazón sonrieron a la pareja y tras cuchichear entre ellos, se levantaron para tumbarse en la piel junto a su madre y sus hermanos.
—¿Compartirás la piel conmigo? ―preguntó Emanu con voz ronca y mirada ansiosa, ella asintió con la cabeza incapaz de hablar.
La tomó de la mano y se tumbó junto a ella mientras el fuego calentaba su rostro. Los cubrió a ambos con la piel y se abrazó a su joven cuerpo al mismo tiempo que daba pequeños besos en el cuello, después tomó entre los dientes el lóbulo de la oreja y la sintió estremecerse.
—No nos uniremos con el cuerpo hasta que no estemos en nuestro poblado —dijo Emanu con voz ronca—. Si quedases en cinta, el camino se te haría muy duro y no quiero que sufras.
—Podré soportarlo —contestó Ilena con los labios pegados a los de él.
—Pero yo no. —Metió la cabeza en el hueco de su hombro y suspiró—. No me arriesgaré.
Juntaron las bocas y paseó la lengua por los labios de la muchacha, hasta que abrió la boca y entró saboreando su dulzura.
Sus dientes dieron pequeños mordisquitos al carnoso labio inferior y sus cuerpos se pegaban en busca de contacto.
Deslizó la mano hasta sus pequeños pechos y los acarició extrayendo gemidos a la muchacha.
Sin poder evitarlo, su mano descendió entre las piernas de la joven para acariciar su sexo; apenas podía contenerse y sintió que la mano temblaba entre sus muslos.
Ella contuvo el aliento ante el placer que le daba y sin pensar en lo que hacía, buscó entre las pieles su miembro y lo agarró con fuerza.
Emanu cogió aire y la besó con más fuerza cuando la mano de ella se deslizó arriba y abajo a todo lo largo de su pene.
Por un momento se quedó quieto disfrutando de la suavidad de su tacto, entonces notó la humedad entre las piernas de ella, sus dedos mojados por la excitación se movieron en círculos sobre esa carne inflamada.
Ella se tensó y dejó escapar un gemido al sentir que el orgasmo recorría su cuerpo y se volvía líquida entre los dedos de Emanu.
Cuando los últimos coletazos de placer abandonaron su cuerpo, Ilena sintió la suavidad de su miembro todavía en la mano, por lo que retomó su movimiento.
Lo sintió endurecerse aún más entre sus dedos, y casi tiene otro orgasmo cuando le sintió gruñir y sacudirse contra su mano, al tiempo que un líquido caliente la mojaba y se derramaba en ella.
El sueño los venció y sus respiraciones se acoplaron hasta convertirse en una.
El ulular de una lechuza cercana, puso la música en ese ambiente plácido con el disco de plata redondo iluminando la arboleda donde los viajeros descansaban.
Su sueño, relajado y tranquilo, les hizo abrir los ojos cuando el disco solar empezaba a acariciar con calidez entre los árboles.
El grupo continuó su camino. Vena, Arlazón y Emanu se turnaban adelantándose para cazar y pescar, y cuando volvían al grupo cargados con su recompensa, siempre encontraban un caldero listo solo para añadir la carne o el pescado.
Lo peor del camino fue cuando cruzaron una gran cadena montañosa, la luz del disco solar se hacía cada vez más corta y el disco de plata extendía su luz superando a la luz solar.
Para descansar por la noche, Emanu preparó unas tiendas.
Con tres palos unidos en un extremo y cubiertos por pieles, daba refugio a los cuerpos cansados de todos, que dormían hacinados compartiendo el calor corporal.
La dureza del camino hacía que los viajeros cayeran rendidos al posarse sobre las pieles, pues las jornadas caminando les estaban pasando factura.
Emanu miró a Ilena, siempre había sido delgada, pero con el pasar de las lunas la veía mucho más huesuda.
Su pérdida de peso le preocupaba e intentaba dejarle los mejores bocados, pero ella se negaba y los compartía con sus hermanos pequeños.
Tana se convirtió en la madre sustituta de Sonja, se desvivía por la pequeña y la cuidaba como si fuese propia.
Esto emocionaba a Emanu, que en silencio daba gracias a la Madre Tierra por su benevolencia para con la niña y con él mismo.
Miró el horizonte y sacudió su cabeza para centrarse en el camino hacia un nuevo futuro.