Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Pararon cuando el disco solar estaba muy alto en el cielo.

Emanu dio descanso a los animales y ordeñó a las cabras para repartir leche entre todos.

Mientras Tana se dedicaba a alimentar a la niña, él salió por los alrededores a cazar alguna pieza para la cena.

Los niños jugaban con los cachorros e Ilena vigilaba con pesar la mirada algo extraviada de su madre, que parecía haber trasladado sus atenciones a la pequeña Sonja.

Al menos el cuidado de la criatura le daba consuelo por su reciente pérdida; lo notaba por la forma en que le hablaba a la niña, lo cual era un consuelo.

Emanu volvió con tres conejos atados por las patas traseras, los guardó en una piel y volvieron al camino. Solo se detuvieron junto a un río para llenar las calabazas de agua y dar de beber a los animales. Ilena vio el disco solar esconderse en el horizonte y se acercó a Emanu.

—Llevamos toda la jornada caminando, deberíamos parar y preparar una comida caliente con las piezas que has cazado.

—Mira allí —señaló una arboleda—, montaremos entre esos árboles el campamento.

Ella asintió y caminó a su lado, él tomó su mano y la miró de reojo mientras se llevaba los dedos a la boca para besarlos.

Detrás de ellos, Tana observó el gesto tierno y sonrió para sí misma.

Hizo bien en salir de la cueva y buscar un futuro, lejos del hombre que olvidó sus deberes familiares en busca de una ambición personal que en nada beneficiaba a la familia.

Nunca fue un hombre amable, pero desde que descubrió el interés de Emanu en su hija, fue aún peor.

No quería pensar en lo que le haría la tribu después de la acusación que ella hizo ante todos, y la verdad, tampoco le importaba.

Solo lamentaba haber dejado a sus dos hijos mayores, pero claro, los muchachos estaban empezando a vivir en su propio fuego con otros de su misma edad, y no les culpaba.

Organizaron el campamento para pasar la noche como el día anterior.

En tanto, Emanu descargaba y atendía a los animales ayudado por los tres niños, Ilena preparaba el fuego y puso el caldero con agua sobre las piedras, luego quitó la piel de los conejos y troceó su carne con las puntas de sílex que le dio Emanu.

Añadió algunas hierbas y bulbos troceados y dejó que el agua cociese y ablandase la carne.

Miró a su madre al otro lado del fuego alimentando a la niña.

Sonja había sustituido a Mur en el cariño de Tana, aunque por la tristeza de sus ojos notaba que el dolor de la pérdida seguía latente en su interior.

El ruido de ramas quebrándose la hizo volverse para encontrarse con sus dos hermanos mayores, tenían la cara enrojecida y la respiración alterada.

Ilena se levantó deprisa para acercarse a ellos, pero su madre fue aún más rápida.

Con la niña todavía en sus brazos se echó sobre sus hijos que ya le sacaban más de una cabeza de altura.

—¿Qué hacéis aquí? —Tana los besó en la cara a pesar del tono de regaño de su voz.

—No queremos quedarnos después de lo que pasó. —Vena sonrió descarado a su madre.

—¿Qué pasó? —Ilena les preguntó mientras se acercaba a Emanu que regresó al fuego al escucharlos.

—Han condenado a morir de hambre a la gran madre.

El chamán es quien gobierna el poblado mientras se decide quién la sucederá.

—Arlazón negó con la cabeza—. A padre lo dejaron volver al fuego, nos preguntó por vosotros y le dijimos que os habíais trasladado al fuego de Emanu.

—Miró muy serio al muchacho frente a él—.

Nosotros seguimos vuestras huellas y las hemos cubierto por si padre decide seguirnos.

—Entonces, el chamán me utilizó para quitar el poder a la gran madre. —Emanu apretó los dientes para contener su enfado—. Tenía sus propios intereses cuando dijo que me apoyaba.

—Por supuesto, ¿qué pensabas? —Tana habló con voz seria—. Llevaba tantos inviernos queriendo sustituir a la gran madre, que no sé cómo no os disteis cuenta tu madre y tú, al ponerlo de testigo.

—No pensé que quisiera romper el matriarcado —susurró.

—De momento, él dicta las normas y ha creado un consejo de cazadores, dice que quien provee los fuegos debe ser quien dicte las normas. —Vena revolvió el pelo de uno de sus hermanos y les sonrió.

El olor de la comida distrajo a todos de la discusión.

Ilena movía la carne mientras Tana hacía sentarse a sus hijos junto a ella, los niños les mostraron orgullosos a los cachorros que ya seguían a los pequeños en sus juegos y travesuras.

El ambiente era distendido, aunque siguieron discutiendo lo ocurrido en la galería hasta que Ilena comenzó a pasar cuencos de comida.

Como no había para todos, los jóvenes esperaron a que se quedasen libres los cuencos para comer ellos.

—Cuando nosotros nos fuimos nadie se había dado cuenta de vuestra marcha, por eso decidimos cubrir vuestras huellas. —Vena sonreía, mientras observaba a los cachorros rondar los pies de sus hermanos que dejaban caer algunos trozos de carne para ellos.

—Buscamos un poblado que nos acepte, y si no lo encontramos, hemos pensado crear nuestra propia tribu —Emanu le habló muy serio—. ¿Sabéis lo que eso significa?

—Crearemos nuestro grupo de caza. —Sonrió Arlazón y tomó el cuenco que le ofrecía su hermana.

—Estaremos solos para todo. —Emanu soltó el aire contenido—. No habrá chicas, ni mayores que nos digan cómo hacer las cosas.

—En eso te equivocas. —Tana se puso en pie frente a Emanu—. Soy lo suficiente mayor para guiaros.

—Vale, entonces tú serás la gran madre de nuestra tribu. —Rio Vena.

—No es eso lo que quiero ―le contestó Tana y miró a los tres jóvenes—. No quiero un nuevo matriarcado, pero tampoco un patriarcado. ¿No podemos simplemente crear un poblado donde todos seamos responsables de las normas y compartamos las responsabilidades?

—Me gusta tu idea. —Emanu sonrió y le guiñó un ojo a Ilena que estaba atenta a la conversación—. Eso es algo que habría dicho mi madre. —Miró a su hermana, dormida en brazos de Tana—. Que levante la mano quien esté de acuerdo con la idea de Tana.