Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Aina miró con los ojos enloquecidos a la muchedumbre enfurecida.

Ella era la matriarca, su palabra fue la ley de la tribu desde hacía muchas cosechas y, aun así, esos desagradecidos le gritaban y vilipendiaban.

Había vengado su orgullo como mujer cuando mató a Dar, incluso tuvo el regalo de dejar morir a su compañera cuando dio a luz antes de tiempo.

Su venganza iba a ser total, cuando consiguiera eliminar al hijo de la mujer que le robó al hombre que había destinado para ella.

Casi lo había conseguido al hacer que Zarras se retractase del trato y consintiera la unión de su hija con Caleb.

Pero el muy cretino enloqueció y cometió el mayor crimen que un hombre puede hacer.

Aina se lamentó mentalmente, al matar a un inocente y golpear a su mujer y a su hija, Zarras se había condenado. Ese giro de los acontecimientos la había dejado al descubierto ante su tribu, que se alzaba arengada por el chamán.

Miró con odio al hombre que seguía proclamando las falsas promesas de ella en su propio beneficio. Esperaba en silencio a que el chamán se cansase de gritar para poder arremeter contra él.

Su hijo se acercó por detrás para llamar su atención.

Intentó cogerla para sacarla del disturbio, pero ella se zafó con fuerza mientras se erguía en toda su estatura.

Se mantuvo firme mientras los hombres profanaban el matriarcado solo para empoderarse con el chamán, porque si de algo estaba segura es de que su reinado continuaría a pesar del intento de ese charlatán.

Volvió a dirigir su mirada de odio al muchacho de Sonja, y maldijo su sensatez al acogerlos en la tribu.

Había intentado acabar con ellos haciendo que todos les dieran de lado, pero no contó con las habilidades del muchacho, que se ganaba la confianza de los habitantes de la cueva gracias a sus originales ideas para conseguir comida, los artilugios que fabricaba y que ahorraban mucho trabajo.

Deshacerse de ese joven fue muy difícil, por eso ideó quitarle a la muchacha de Zarras.

Estaba segura de que una vez perdiera a la niña, estaría despistado y en la gran cacería podría deshacerse de él.

Después de todo, siempre ocurrían accidentes cuando salían a cazar los grandes animales del norte.

No se resistió cuando la pusieron junto a Zarras.

Lo miró con desprecio, después de todo él había provocado el caos que la rodeaba.

Sin pensarlo, escupió en su cara y se volvió majestuosa ante la masa humana que los insultaba.

Intentó hablar, pero alguien le tapó la boca.

Ella intentó liberarse, pero la sujetaba con fuerza.

Cansada, se quedó quieta en espera de que la dejasen hablar para defenderse.

—Deberíamos irnos de aquí. —Emanu se inclinó y le susurró al oído de Ilena.

—Ayúdame a sacarlos antes de que empeore el tumulto. —Ilena estaba pálida.

El muchacho asintió con la cabeza, le cogió a la niña y se la colgó, tomó de la mano a uno de los niños y le hizo señas para que cogiera a otro, hizo un movimiento con la cabeza y ella entendió que se refería a su madre.

El grupo se desplazó hacia un lado para esquivar a la masa efervescente que rodeaban a la gran madre.

Cuando alcanzaron un espacio lo bastante despejado, echó a correr hasta el fuego de Zarras.

Se detuvo cuando entró y las miró muy serio.

—Las cosas se van a poner feas. —Miró a las dos mujeres—. Ya he vivido algo así antes en mi antiguo poblado.

—¿Y qué hacemos? —Ilena lo miró con miedo.

—Marcharnos —contestó con seguridad.

—No puedo dejar a mi madre y hermanos —le susurró.

—Que vengan con nosotros. —Miró a Tana—. ¿Ella estará de acuerdo?

—Madre —Ilena le cogió las manos—, va a haber problemas, Emanu y yo nos vamos de aquí. ¿Quieres venir con nosotros?

Tana los miró con ojos vidriosos, los bajó al cuerpo inerte de su hijo y escuchó el llanto de los tres pequeños. Se tocó la cara dolorida y las magulladuras en las costillas. Si acababa el matriarcado, ¿qué sería de ella cuando volviese Zarras?

Miró a los hijos que aún estaban con ella y asintió con la cabeza. Se marcharía lejos antes de lamentar la muerte de otro.

—Recoged todas vuestras pieles y utensilios —ordenó Emanu—. Os espero en el cercado.

Salió dando grandes zancadas hasta su fuego, recogió las pieles, herramientas y utensilios hasta hacer un hatillo con ellas, las sacó hasta la empalizada y las colocó en la parihuela.

Después preparó varias bolsas de piel con comida.

Sacó las calabazas para llenarlas de agua y leche, recogió toda la carne y el pescado del ahumadero, ató cuerdas al cuello de las cuatro cabras y sus crías y se quedó mirando las jaulas de las gallinas.

Eran demasiadas, pero se resistía a dejarlas atrás después del trabajo que le costó capturarlas, así que ató varios palos atravesados a la parihuela y enganchó en el de más altura dos jaulas.

Miró el disco solar que empezaba su descenso, por suerte aún quedaba mucho para que se ocultara del todo.

Preparó las yeguas con su carga, ató las cabras al final de la parihuela, sacó los cachorros de su cercado y los ató a su cintura.

Mientras venían Ilena y su familia, sacó a Sonja de su mochila y le dio de comer; estaba terminando cuando aparecieron cargadas con sus pieles.

Acomodó a la niña en la mochila y se la colgó, luego recogió los paquetes y los acomodó en la parihuela.

Los niños al ver los cachorros empezaron a jugar con ellos y Emanu sonrió divertido.

Les ató las cuerdas de los animales y con las dos yeguas cargadas, emprendieron el camino hacia un destino incierto.

—¿Dónde vamos? —Ilena miró hacia atrás para comprobar que su madre los seguía.

—Hacia el sol. Cuanto más bajemos de estas tierras mejor es la temperatura; eso nos ayudará a encontrar un poblado que nos acepte.

—¿Estás seguro? Somos un grupo lamentable. —Observó a los niños jugar mientras tomaban el camino, y volvió la cabeza para mirar a su madre con el cuerpo de Mur en sus brazos—. Tenemos que convencerla para que devuelva a mi hermano a la Madre Tierra.

—Cuando montemos el campamento para dormir hablaré con ella.

La comitiva, la guiaba Emanu con la yegua arrastrando la parihuela y las cabras, mientras Ilena lo hacía con la otra, cargada con bultos de pieles y comida.

El potrillo la seguía obediente. Los niños volvieron corriendo con los cachorros, trotando tras ellos.

Pidieron comida, por lo que Emanu sacó varios trozos de carne ahumada y se los repartió.

Le dio otro a Ilena y se retrasó hasta quedar junto a Tana, pero ella rechazó la carne por mucho que le insistió. Finalmente, desistió de su empeño.

Volvió a ponerse a la par de Ilena y se miraron a los ojos; él negó con la cabeza; ella suspiró con pena.

El disco solar se escondió y la tierra se iluminó, como si el fuego corriera libre entre las sombras, cuando detuvieron la marcha.

Emanu descargó la parihuela y la carga de la otra yegua a la vez que Ilena preparó el fuego.

Mientras él se ocupaba de alimentar a los animales, los niños le ayudaban a pesar de estar cansados.

Tana estiró las pieles para que el grupo durmiera alrededor del fuego.

Cuando por fin se sentaron todos, compartieron pescado ahumado y un poco de leche. Al terminar la comida, Emanu empezó a contar la historia de los cazadores de bisontes del norte:

—En mi antiguo poblado, la gran cacería traía siempre la carne de mamut; sus pieles eran las más codiciadas por lo grandes que son y lo mucho que abrigan.

Pero entonces llegó el gran invierno, y los ríos se congelaron antes de que la tribu pudiese proveer de carne y pieles.

Los hombres tuvieron que salir de caza sin estar preparados y el invierno implacable se los tragó antes de que pudiesen alcanzar la manada.

Ninguno volvió, pero las mujeres no se rindieron, prepararon sus pieles y recogieron todos sus utensilios y herramientas.

Decidieron huir del gran invierno. Por el camino fueron encontrando poblados y algunas mujeres con sus hijos se quedaron en ellos, pero mi madre y yo sabíamos que el gran invierno siempre nos encontraría en las montañas.

Por eso seguimos bajando, atravesamos la tierra hasta quedarnos solos y nos unimos a vuestro poblado.

Ahora mismo somos pocos, pero si encontramos más como nosotros podremos construir un poblado donde el gran invierno no nos alcance, donde la gran cacería nos proporcione pieles y alimentos, pero que a la vez podamos crear un lugar único donde vivir, y disfrutar de lo bueno que tiene la vida.

El muchacho se acercó a Tana y la abrazó.

Ella lloró desconsolada, pues sabía lo que quería.

Con el corazón en un puño, se secó las lágrimas y asintió con la cabeza.

En silencio se apartaron del fuego del campamento.

Emanu escarbó en la tierra hasta tener un hueco donde dejar al pequeño Mur, después entre todos lo cubrieron y pusieron piedras encima.

Por la mañana, Emanu calentó en el caldero leche, después vertió un poco en cada cuenco y le añadió los cereales triturados.

Se había dejado la piedra de moler en la cueva, pero aún tenía bastante para preparar una comida saciante para todos.

El olor de la avena al mezclarse con la leche despertó a los niños, que se sentaron contentos a comer ante el fuego.

Con el estómago lleno, recogieron el campamento y continuaron el camino hacia tierras más amables.