Hasta que el tiempo nos alcance Capítulo 25 #2
81%

Capítulo 25 #2

Ilena le pasó a la pequeña y el cono, cogió el cuerpo de Mur y se acercó a Emanu que hablaba en voz muy baja con el chamán.

—¿Cómo estás? —Se sentó a su lado mientras miraba con pena el cuerpo sin vida del pequeño.

—Me pondré bien. —Apretó la mano de la muchacha—. Mi madre siempre decía que era un cabeza dura, supongo que es una suerte que tuviera razón.

—Ahora debéis acompañarme a la galería, tenemos que aclarar lo ocurrido delante del consejo.

Ambos asintieron ante el chamán. Ilena se acercó a su madre y la ayudó a incorporarse sin que en ningún momento soltase a la niña.

Miró a sus tres hermanos pequeños, escondidos al fondo de la cueva y los llamó para que los acompañase.

Emanu sentía cómo le daba vueltas la cabeza y se apoyó en Moses, mientras miraba con pena a Tana.

La mujer, con mirada ausente, sostenía a la pequeña Sonja mientras Ilena arrastraba a sus tres hermanos menores, y ocultaba el cuerpo inerte del pequeño Mur.

En la galería estaban casi todos los habitantes del poblado, se escuchaban sus murmullos por la rápida convocatoria de la gran madre, a un consejo en la comunidad.

Al verlos llegar, les abrían paso mientras el chamán encabezaba la triste procesión.

Al fondo, la gran madre sentada sobre una gran roca hablaba con la consejera de su derecha, mientras la que estaba a su izquierda observaba a la multitud con mirada crítica.

Delante de ellas, tirado en el suelo, atado y custodiado, estaba Zarras, que movía la cabeza mientras intentaba enfocar la vista hacia las mujeres sentadas frente a él.

El chamán, se abrió paso hasta su piedra a la derecha de la gran madre, e indicó a los que le seguían que se situasen a su derecha. Uno de los guardias golpeó con fuerza un gran palo contra el suelo, produciendo un sonido seco que reverberó por toda la galería.

—Estamos aquí para aclarar lo sucedido en el fuego de la familia de Zarras —la gran madre hablaba con voz fuerte y autoritaria—. Que se levante y nos diga lo que ha sucedido.

Un rumor recorrió las paredes de la galería mientras el sollozo de Tana interrumpió el silencio. El reo se incorporó con las manos atadas a la espalda, su frente perlada de sudor denotaba su nerviosismo, pero su fanfarronería natural llegó para rescatarlo.

—Gran madre, esta mañana al despertar, descubrí a mi mujer y a mi hija conspirando para hacerme romper el trato que hice contigo y la unión de nuestras familias.

—Miró de reojo a su mujer que dejó escapar un grito de indignación—.

Al pedirles explicaciones, se enfrentaron a mí.

Golpeé sin querer a mi mujer, y mi hija me atacó por la espalda.

Conseguí librarme de ella, pero Tana me atacó mientras Ilena salió de la cueva para buscar a su amante y doblegarme.

—Tragó saliva—. Mi mujer siguió golpeándome y solo pude defenderme empujándola.

La pisé en mi huida y entonces, Emanu, el amante de mi hija me empujó y golpeó.

Después de eso, no recuerdo más hasta que me he despertado atado y custodiado.

—¡MENTIRA! —Tana se adelantó hasta ponerse junto a Zarras.

—¡Madre! —Ilena la acompañó.

—Mi hija volvió a nuestro fuego cargada con leche y huevos, que Emanu sigue enviándonos a pesar de la traición de mi hombre al trato que hizo.

Mientras ella me aseguraba que el muchacho continuaría dándonos la leche para mi pequeño, él —señaló con furia a su hombre—, se enfadó cuando le dije que Emanu hacía honor todavía al trato.

Entonces me golpeó. Mi hija intentó defenderme y él la agarró por el pelo para estrellarla contra la piedra, conseguí que la soltara y le pedí que huyera.

Se enfadó tanto que me golpeó con rabia.

Mi hijo lloró por el ruido y él le dio una patada, me lancé sobre su pequeño cuerpo para protegerlo, pero fue inútil.

—Cogió el cuerpo sin vida del niño y lo descubrió ante el consejo.

Todos miraron con horror la cabeza amoratada del pequeño sin vida y ella se giró para mostrarlo al resto de la tribu—.

Me dio patadas mientras estaba en el suelo, y solo se detuvo cuando Emanu lo empujó para apartarlo de mí, entonces fue él quien recibió su ataque.

Después de eso, habéis sido testigos de su locura rabiosa.

—Es verdad lo que dice mi madre, cuando escapé fui en busca de Emanu para que la ayudase.

—¿Tienes algo que decir, Emanu? —La gran madre lo señaló.

—Exactamente así ha sucedido. —Carraspeó—. Solo quería apartarlo de Tana para que no le hiciera más daño, pero se volvió contra mí. Cuando llegasteis me defendía de su furia.

—¿Alguien puede añadir algo más? —Se levantó la gran madre.

—¡Yo! —El chamán se acercó al centro—. Yo fui testigo del trato hecho entre Zarras y Emanu, el hombre exigió mucho para dejar a los jóvenes unirse, y, sin embargo, el joven aceptó todas sus condiciones.

Todo fue bien hasta que tú te metiste en medio.

—Señaló a la gran madre—. Le convenciste para renegar del trato anterior en beneficio de tu hijo Caleb.

Lo peor de todo, es que ni siquiera le diste más que el joven Emanu, solo le ofreciste promesas.

—¡BASTA! Eso es entre Zarras y yo —gritó la gran madre.

—Te equivocas, tú has provocado la locura del hombre —El chamán se irguió en toda su estatura y levantó su báculo—.

Te has aprovechado de tu posición, has traicionado el matriarcado en tu propio beneficio y por ello ha muerto un niño inocente, ha enloquecido un hombre y has traído la desgracia a una familia.

—¿¡CÓMO TE ATREVES!? —La gran madre gritó mientras se acercaba furiosa al chamán—. Yo soy el matriarcado y mi palabra es la ley.

—Te equivocas. Tú eres una mujer, el matriarcado son todas las mujeres que dan vida a esta tribu, por eso las has traicionado. —El chamán casi choca su frente contra la de la gran madre—. Has provocado la muerte y eso, señora, te incapacita para seguir al frente de esta tribu.

El rugido general de los hombres hizo encogerse a la gran madre, mientras el chamán sonreía ufano y la señalaba sin decir nada más.

Las dos mujeres del consejo se apartaron con miedo, mientras los gritos y gruñidos de los asistentes envolvían la gran cueva con su sonido aterrador.

Emanu con mirada ensombrecida, escuchaba y se lamentaba de la deriva que estaba teniendo el juicio de Zarras.

Pronto los murmullos se hicieron más altos y audibles. Emanu fue dando pasos hasta acercarse a Ilena y Tana, los tres pequeños se agarraron a las piernas de su madre y su hermana.

Zarras miraba ojiplático a los hombres, que se acercaban con caras furiosas hasta donde estaban él y la gran madre.

—¡Se acabó el matriarcado! —Se escuchó retumbar por toda la galería.

—¡Falsa!

—¡Mentirosa!

—¡Has traicionado a la tribu!

Las voces críticas gritaban exaltadas y envalentonadas unas de otras, mientras la gran madre se apretaba la mano en el pecho.

Parecía que un gran dolor le estaba aconteciendo, sin embargo, su mirada era de puro desprecio y altanería.

Una piedra cayó a su lado rozándole en la sien, ella miró el proyectil sin creer que la habían atacado.

Nunca nadie se atrevió a levantar un dedo contra ella, su palabra había sido la ley del poblado desde hacía tantos inviernos que lo tenía como algo natural, pero su poder no le dio lo que ella ansiaba.

Cuando su hombre murió ella puso sus ojos en Dar, era el mejor cazador de la tribu y su cuerpo musculoso la hacía desear unirse a él.

Pero el hombre no la miraba ni se dejaba seducir.

La mayor humillación le llegó cuando el objeto de sus deseos se unió a Sonja; la extranjera.

El desprecio le llegó tan hondo como su rabia.

Aina recordó el momento de su venganza y sonrió para sí misma, cuando encontró a Dar en la cima de la montaña y tras suplicarle que abandonara a Sonja para unirse a ella, él se rio.

Fue lo último que hizo, pues le clavó su báculo de mando en la cabeza.

Dos golpes y la mirada de Dar se perdió en la muerte, luego hizo rodar su cuerpo hasta que cayó entre las piedras de la montaña.

Volvió a mirar a la masa humana que le gritaba y rio a carcajadas.

—¡No tenéis ni idea de todo lo que he tenido que hacer por vosotros! —gritó enloquecida.

—¡Pues cuéntanos esos sacrificios! —se mofó el chamán.

—Por vosotros tuve que renunciar al único hombre que amé, y cuando por fin mi compañero me dejó, Dar ya estaba con otra mujer —Aina continuó hablando a pesar de los murmullos que llenaban el ambiente—.

Ese poco hombre no quiso saber nada de mí, prefirió a la extranjera antes que a la gran madre.

—Se volvió a dar la vuelta ante el tumulto—.

Miradme bien, soy la mujer más importante de la tribu.

Mi sabiduría os ha guiado desde hace tantos discos de plata, que ni se pueden contar, ¿y para qué me ha servido?

—Les lanzó una mirada amenazadora—. Pero al final se lo hice pagar, y vosotros le seguiréis.

—El murmullo de los presentes se volvía cada vez más fuerte—.

Acabaré con todos vosotros igual que acabé con Dar. —Rio desquiciada.

La siniestra risa de la gran madre puso el vello de punta a Emanu, no quería escuchar más atrocidades de las que decía esa loca.

Todo el respeto que una vez sintió por ella se había esfumado cuando la escuchó confesar cómo se deshizo de Dar, por eso necesitaba salir de allí antes de perder los nervios y buscar justicia.

Sin embargo, no podía hacerlo con su hermana colgada al pecho y los hermanos pequeños de Ilena agarrados a sus piernas.

La voz de la gran madre seguía inundando la cueva, pero Emanu no quería seguir escuchando.