Capítulo 25
Caída del sueño
A l acercarse a la cueva, vio a Emanu que entraba con varias calabazas, le sonrió al ponerse a su lado y se fijó en que llevaba la leche para los niños, además de una bolsa de piel. Los cachorros le seguían saltando entre sus piernas mientras él les regañaba, aunque su gesto era divertido.
Dejó la cesta a un lado y luego puso a la niña sobre las pieles, ella se volvió para ayudarlo, pero él ya había soltado toda su carga.
—Toma. —Emanu le tendió una calabaza llena de leche y un hatillo de piel con huevos—. Espera y te traigo unos peces ahumados.
—No lo hagas. —Le sujetó el brazo—. Con la leche y los huevos es suficiente.
—El chamán me ha dicho que siga entregando mis regalos como si nada hubiese pasado —contestó y le sonrió, después le dio un beso tierno—. No quiero que pases hambre.
—Pero ¿qué pasará si el consejo acepta la ruptura del trato? —Ilena negó con la cabeza—. No seas tan generoso con nosotros, yo no lo tendré en cuenta si lo haces.
—Hazme caso, mujer lleva la comida a tu fuego. —Le guiñó un ojo—. Ya hablaremos más adelante de tu manía por llevarme la contraria.
Ella sintió cómo el calor subía hasta su cara, tragó saliva y sonrió avergonzada, pero el hecho de que él la incluyese en su futuro, le hizo sentir tan bien que, sin pensarlo, le dio un beso y salió corriendo con la leche y los huevos.
Al llegar a su cueva, Ilena miró a su madre incorporarse en las pieles donde dormía, su padre todavía roncaba con fuerza.
Se sentó junto al fuego y avivó las llamas, luego preparó el cono de leche para Mur y le cogió el pequeño a su madre.
Mientras el niño tragaba con fuerza, esta se sentó a su lado.
—También te ha dado huevos —dijo en voz baja Tana, al destapar el hatillo junto a la leche.
—Sí, y quería darme pescado, pero no lo he aceptado. —Miró a su madre—. Al menos hasta que no se aclare si su trato sigue adelante o el consejo acepta la ruptura de padre.
—Es un buen hombre: trabajador, valiente, ingenioso y cariñoso —miró hacia las pieles donde roncaba su hombre—, si el consejo acepta la ruptura, deberíais iros de aquí. No permitas que tu padre te entregue contra tu voluntad.
—Gracias, madre. ―Ilena dejó caer unas lágrimas—. Llegado el caso lo haré, aunque me duela dejaros.
—Solo quiero lo mejor para ti. Te mereces ser feliz y sé que con Emanu lo serás. —Apretó la pierna de su hija—. Aunque no volvamos a vernos siempre estaré contigo.
—¿Qué cuchicheáis vosotras? —Zarras se puso en pie entre ellas.
—Le estaba diciendo a tu hija, que Emanu es un buen hombre al seguir dándonos alimentos. —Miró ofuscada al suyo—. Sobre todo, después de tu traición.
Sin esperarlo, Zarras le dio un bofetón en la cara a su mujer. Tana se cubrió el golpe con la mano y miró asustada a su hombre. Ilena soltó un grito al ver a su padre golpearla, se levantó de un salto y dejó al niño con cuidado en las pieles.
—¿Cómo te atreves a golpearla? —Ilena abrazó a su madre mientras le quitaba la mano de la cara para ver el daño—. Sabes que la gran madre no tolera esa conducta. ¡Te denunciaré!
—Tú. —La señaló con el dedo y sin pensarlo, la cogió del pelo para apartarla de su madre—. Maldita mujer, todo esto es culpa tuya.
La levantó tirando del pelo y la tiró contra la pared de la cueva, ella puso las manos para no golpearse la cabeza, aunque cayó de rodillas junto a su hermano, que se despertó y lloró asustado por los gritos.
Zarras sacudió el mechón que se le quedó en la mano y fue a cogerla de nuevo, pero Tana se lanzó sobre su espalda y le mordió en la oreja.
Él gritó con rabia y se sacudió a la mujer.
Intentó coger de nuevo a la chica, pero ella salió corriendo; solo había un sitio a donde ir.
Entró al fuego de Emanu y se asustó al no verlo. Salió de la cueva y corrió a la empalizada donde él guardaba sus animales, pero tampoco estaba allí. Asustada por si su padre la encontraba, bajó hasta la zona de cultivos. Le vio a lo lejos y lanzó un grito, no sabía si de miedo o de alegría.
Al llegar junto a Emanu, se abrazó a él sorprendiéndolo.
Su respiración agitada no le permitía hablar, lloraba sin control; ya no tanto de dolor físico, sino por ver la bestia en que se había convertido su padre.
No entendía nada, siempre fue un hombre pausado y trabajador, solo después de dejar de salir a proveer a la familia, su carácter se había vuelto hosco y malhumorado, aunque jamás había golpeado a su madre.
—¿Qué ha pasado, Ilena? ¿Por qué estás llorando? —Emanu la abrazó y acarició sus hombros mientras le daba besos en la cabeza.
—Padre se ha vuelto loco —respiró hondo—, ha golpeado a madre y a mí me ha lanzado contra la pared de piedra. —Le apretó con fuerza—. Tienes que venir a ayudar a madre. —Volvió a llorar.
—Coge a los cachorros.
Corrió de vuelta a la cueva y colgó la bolsa de cereal en la empalizada, al verla corriendo con la cuerda de los cachorros, se la quitó y entró cargado con ellos al corral interior de la empalizada.
Le pasó la bolsa con la niña y al pasar por su fuego la dejó en él. Ella fue a protestar, pero él se negó.
—Voy a ver lo que pasa. —Le dio un beso en la frente—. Cuida de Sonja.
—Voy a por el chamán, él pondrá orden.
—Está bien, busca también a la gran madre.
Se separaron en la gran galería y ella fue en busca del chamán mientras Emanu se dirigió al fuego de Zarras.
Al acercarse, escuchó los gritos de dolor de Tana y corrió hacia el fuego.
Cuando entró, se paró en seco al ver al hombre golpeando a Tana sin piedad, la mujer estaba hecha un ovillo en el suelo.
Emanu lo empujó para apartarlo de ella, haciendo que cayera sobre su trasero, tenía los ojos desorbitados y de la boca le caían hilos de saliva espumosa.
El muchacho ayudó a Tana a incorporarse, pues la mujer lloraba con fuerza.
Entonces, vio que en sus brazos tenía a Mur y que el niño no emitía sonido alguno.
Se le escapó un gemido de pena al darse cuenta de que el pequeño, probablemente estuviera muerto, pero no pudo hacer nada más, Zarras lo agarró del hombro y le dio un puñetazo; el golpe lo pilló desprevenido y se le cortó el aire.
Al ver que el hombre se preparaba para lanzar otro golpe lo esquivó con agilidad, mientras ponía detrás de él a Tana.
La mujer lloraba ajena a lo que ocurría a su alrededor.
El hombre fue a golpearlo de nuevo y Emanu lo esquivó, buscó algo con lo que mantenerlo alejado y cogió un palo de leña, lo extendió entre su agresor y él. Ambos dieron vueltas tanteándose mientras el llanto de Tana los envolvía con un sonido macabro.
El grito en la entrada los paralizó a ambos, se volvieron para encontrar a la gran madre, el chamán y varios guardianes de la tribu.
Emanu descubrió detrás de ellos a Ilena; esa pequeña distracción la aprovechó el otro para darle un puñetazo en la cabeza.
El grito lo alertó, pero no fue capaz de esquivar el golpe, y sus ojos se cerraron escuchando el ruido de gruñidos y más golpes.
Ilena vio cómo los guardianes de la tribu reducían y ataban a su padre enfurecido, siguió escondida detrás del chamán por miedo a que se soltase y la golpease a ella también. No podía ver lo que ocurría más allá de la pelea con su padre, pero al no ver a Emanu y a su madre se asustó.
Por fin cesaron los gruñidos y ruidos de pelea y la gran madre se abrió paso hasta los guardias. Ilena entró detrás de ella y vio a su padre con varios hombres sobre su espalda, tenía los ojos cerrados en una mueca terrorífica.
Sin embargo, lo que la hizo entrar en pánico fue ver a Emanu desparramado en el suelo, tenía los ojos cerrados y le sangraba la nariz.
Corrió hasta él y se arrodilló junto a su cabeza, lo acarició y besó llorando.
Parecía muerto, por lo que gritó con furia mientras acunaba su cabeza en el regazo.
Sus gritos se unieron a los de la niña colgada en su pecho, pero ella no podía consolarla, no mientras su propia pena pugnaba por salir sin control.
Una mano la cogió del codo. Ilena abrió asustada los ojos llenos de lágrimas y vio a Emanu con mirada dolorida sonreírle a pesar de ello. Reaccionó con rapidez y lo besó en los labios entreabiertos con una mueca.
—¡Ya está bien! —La voz sonora de la gran madre atrajo la atención de casi todos en la cueva—.
Vosotros —señaló a los guardianes—, llevad a esta bestia donde no pueda dañar a nadie más.
Tú —señaló a Ilena—, deja de besar al muchacho.
Te recuerdo que tienes un contrato de unión con mi hijo.
Los demás, presentaros en la galería para aclarar este altercado.
La gran madre salió majestuosa del fuego de Zarras sin esperar contestación.
El chamán entró y cuando se quedaron solos, ayudó a Emanu a levantarse.
Después, observó el golpe en la frente. Ilena seguía arrodillada, el llanto de Tana los hizo girarse a todos.
La joven se acercó a su madre, que acunaba en sus brazos el cuerpo inerte de su hermano más pequeño.
El llanto se apoderó de ella al comprender que el niño estaba muerto.
Dejó a Sonja a un lado e intentó coger el cuerpo de su hermano de los brazos de su madre. Ella se resistía y lloraba sin control.
—Madre, deja que lo vea —susurró con palabras suaves en su oído—. Por favor.
Con reticencia, la mujer le dio el cuerpo del pequeño.
Ilena quitó la piel que cubría su cabeza y se le escapó un sollozo, una gran mancha morada ocupaba toda la frente y parte de la cara del bebé.
Sus ojos cerrados y la falta de aire en su pecho solo confirmaban la muerte del pequeño.
En ese momento la niña comenzó a llorar.
La joven fue a preparar el cono de leche y se sentó con ella en el regazo, mientras dejaba a su hermano muerto a un lado. Tana se acercó llorando y extendió sus brazos hacia la pequeña.
—Dámela, yo le daré de comer —se le escapó un lamento.