Capítulo 24 #4
—Si necesitáis más leche puedo darte solo un poco, no quiero dejar a Sonja sin nada.
—No, gracias, solo quería hablar contigo, pedirte perdón por no contarte lo del nuevo trato.
—No tienes porqué, sé que fue cosa de tu padre.
—Pero yo debí hablar contigo en vez de esconderme.
—Dime la verdad, ¿a quién prefieres? —preguntó con los dientes apretados.
—A ti, por supuesto. —Ella se le acercó dudosa—. Si quieres, dejaré mi fuego para venir ya contigo, desafiaré a mis padres.
—No, es mejor que sigamos las reglas, Moses va a reunir al consejo. No creo que debamos hacer nada drástico de momento. —Apartó el caldero cogiéndolo con unas pieles en las manos—. ¿Quieres comer conmigo?
—Huele muy bien. —Le sonrió con sinceridad.
Él le sirvió una buena porción en su cuenco y se sirvió los restos, ella negó y le cambió el recipiente, sonriente. Emanu intentó devolverlo de nuevo mientras reían, pero ella lo acercó a su pecho y comenzó a comer el rico estofado mientras lo amonestaba.
—Has estado trabajando duro todo el día, debes comer bien por la noche y reponer fuerzas.
—Tú también has trabajado mucho, tu cuerpo es tan delgado que necesitas la comida más que yo. —Intentó de nuevo cambiarle el cuenco sin éxito.
Sentados uno frente a la otra, comieron en un silencio extraño hasta que terminaron sus raciones.
Ella olió la piel sucia y arrugó la nariz, fue olfateando hasta encontrar la procedencia del ofensivo efluvio y lo cogió.
Sin decir nada más, salió de la cueva y frotó los restos junto a un árbol que había delante, restregó bien los restos de la piel y volvió al lugar con el pañal, no limpio, pero al menos sin ese horrible olor.
—No se me había ocurrido hacer eso. —Sonrió avergonzado.
—Tener cuatro hermanos pequeños me ha enseñado mucho sobre estas cosas. —Rio nerviosa.
—Eres preciosa —dijo sin preámbulos—. Desde la discusión, he tenido el corazón encogido.
Te quiero a mi lado desde el primer momento en que te vi, he estado esperando con ansias todo este tiempo, y lo que ha pasado…
—Negó con la cabeza, frustrado—. ¿Vendrías conmigo, aunque tuviésemos que dejar la tribu?
—Sí.
—Piénsalo bien, dejarías a tus hermanos, tu madre, tu familia. Puede que nunca más volvieras a verlos. ―Observó su cara sin perder ni un solo gesto.
—No tengo nada que pensar. Es cierto que me dolerá dejarlos, pero desde el momento en que mi padre dejó de pensar en mí para obtener un mayor beneficio con mi unión, los remordimientos abandonaron mi mente.
—Le devolvió la mirada con franqueza—. Siento algo muy fuerte por ti y siempre he sabido que abandonaría mi fuego familiar para tener el mío.
Desde el momento en que me elegiste y yo te acepté, solo he pensado en nosotros como familia.
Se levantó deprisa y la estrechó entre sus brazos, era pequeña y su cabeza apenas le llegaba al pecho, pero no le importaba.
El olor a aire, hierba y algo dulce inundó sus fosas nasales y le hizo salivar.
Levantó la cabeza y la besó con pasión, no pensó que alguien podría entrar a su cueva, ni que les pudiesen observar, solo quería estrecharla entre sus brazos y perderse en su cuerpo.
Sus bocas se movieron sin miedo, ella le dejó entrar y comenzaron una danza de lenguas que les arrancó gemidos de placer.
Emanu se apartó a desgana, apoyó su frente en la de ella y soltó poco a poco el aire de los pulmones.
—Será mejor que vuelvas a tu fuego. —La soltó con reticencia—. Ven mañana a por la leche de Mur.
—Lo haré, y deja las pieles de Sonja para que yo las lave. —Se empinó y le dio un pequeño beso en la barbilla antes de salir corriendo.
El muchacho se acostó junto a su hermana y se durmió en cuanto cerró los ojos. No le resultó extraño que su sueño fuese invadido por paisajes de montañas, viaje, cansancio y la promesa de un lugar donde montar su fuego familiar y crear una nueva tribu.
Despertó cuando Sonja comenzó a lloriquear y no le dio más importancia al sueño, cambió la piel de la pequeña y tomó la leche aguada para llenar el cono de alimentación. Mientras la niña bebía con ganas, él se perdió en su sueño. ¿Realmente sería tan malo volver a viajar?
Hacía más de dos veranos que terminó el viaje con su madre, pero solo ellos llegaron al poblado; en el camino se fueron quedando ancianos y niños.
Los hombres de su tribu no volvieron tras una gran cacería y después de esperar varias lunas, el hambre y el miedo los hizo moverse en busca de una tribu que los acogiera.
La habían encontrado, pero desde el principio la gran madre desconfió de ellos, y solo cuando Dar se unió a su madre sintió que los aceptaban.
Cierto que el poblado estaba lleno de hombres y mujeres de aspecto extraño, y que eran mucho más rústicos que ellos, pues apenas tenían utensilios, no sabían nada del cobre ni de utilizar animales para no tener que moverse con los vientos.
Sus cultivos eran escasos, por lo que su dieta era principalmente de carne y pescado frescos.
Cuando construyó el ahumadero y demostró la forma de conservar carne y pescado para las épocas en que escasearan, fueron renuentes, pero finalmente aceptaron la carne ahumada.
Las cabras supusieron una gran hazaña para Emanu, cuando las capturó y encerró en su empalizada todos le observaban escépticos, y como otras veces, reconocieron su utilidad.
Lo mismo ocurrió cuando atrapó las aves y las guardó en jaulas para alimentarse de sus huevos.
Se le escapó un suspiro al comprobar que si era necesario volvería a viajar en busca de otra tribu. Ilena era la mujer de su vida, aquella por quien su corazón latía.
—Hola —Ilena saludó con alegría.
—¿Dormiste bien? —Emanu se levantó y dejó a la niña en las pieles.
—Ajá. —Le sonrió, comenzó a reunir todos los utensilios sucios y los metió en la canasta junto con los pañales sucios de Sonja.
—Voy a atender a los animales. —Cogió a los cachorros y se los llevó con él.
Ella se colocó la bolsa para colgar a la niña en su pecho, cogió la cesta con lo sucio y bajó al río mirando al suelo para no tropezar.
Como otras veces dejó a la niña junto a ella y lavó primero las pieles sucias de la pequeña, las frotó bien con la hierba de la orilla y las dejó estiradas sobre unos arbustos, luego limpió el caldero y los cuencos frotándolos con tierra, los aclaró en la corriente del río y dejó escurrir un poco el agua boca abajo.
Volvió a coger a la niña y recogió todo en la cesta.